Qué gonorrea de virus y la necesidad de llorar
Desde mi última clase el jueves pasado, me he sentido muy enfermo. No me percibía así desde que me dio COVID-19 a finales del infame 2020 o…
Qué gonorrea de virus y la necesidad de llorar


Desde mi última clase el jueves pasado, me he sentido muy enfermo. No me percibía así desde que me dio COVID-19 a finales del infame 2020 o 2021, ya no recuerdo. Las dolencias del cuerpo no son nunca agradables. Cada tanto, Tánatos me dice ‘presente’. Se encarna en mí desde los dedos de los pies hasta las puntas de mi cabello, mientras saborea con su lengua urticante y venenosa toda mi corporeidad. Me lo hace saber con fiebre, con dolor en la espalda, en las piernas y en los brazos. Con ojos cansinos, vómito, diarrea, insomnio y sudoraciones nocturnas. Me recuerda que no soy más que 80 kilos de materia orgánica consciente y que en algún momento dejaré de ser, para inevitablemente colapsar en el vacío oscuro del silencio eterno. A propósito del Miércoles de Ceniza: “en polvo eres, y en polvo te convertirás”. Carpe Diem.
Una cosa son los dolores de la carne, y otra cosa son los del alma, como el desamor. Aunque los unos evocan a los otros y viceversa. Al fin y al cabo, cuerpo y mente se funden en una unidad indisoluble. El estar enfermo, además de recordarme la finitud y fragilidad de mi cuerpo, hizo revivir heridas emocionales que aún intento sanar: he estado triste y no he hecho sino llorar. ¿Por qué hay personas que se avergüenzan de esto? El acto de llorar es una regresión, un mecanismo natural en el que nos volvemos niños de nuevo, en la que viajamos psicológicamente a aquella etapa de nuestras vidas donde estábamos recién conformando nuestra visión del mundo y éramos más vulnerables, un momento donde la indefensión ante un mundo hostil y desconocido era una idea absurdamente pavorosa.
Lloramos porque hemos sido despojados de algo. De una rutina. De nuestro juguete favorito. De nuestros padres, que dejaremos de ver porque es nuestro primer día de guardería. De nuestra caricatura favorita, porque es hora de dormir. O de nuestra pareja, porque ha decidido dejar de elegirnos como la suya tras habernos jurado amor eterno. Llorar es un acto de expresión, de aceptación y de ordenamiento cerebral de un nuevo mundo ante un cambio radical. Poder llorar es un mecanismo adaptativo para sobrevivir a un entorno cambiante, fin último de todas las especies biológicas. Es un placer y una necesidad, una forma de supervivencia.
Además del llanto, por supuesto, he hecho de todo por recuperar mi salud y bienestar. He tomado medicamentos tradicionales y homeopáticos, me han inyectado, no he salido de casa, he distraído mi mente escribiendo, leyendo y viendo películas; he descansado, he dormido, y hasta me puse un ventilador pequeño en la cabeza para bajarme la fiebre — no sé qué tan útil haya sido esta idea desde un punto de vista médico pero al menos se sentía muy placentero — hasta que el fin de semana hizo corto y explotó, quemando las sábanas de mi cama, no sin antes dejar ver una chispa hermosísima, casi del mismo color de las bengalas que tuvo Atlético Nacional en el Atanasio Girardot, el día de la final de la Copa Libertadores en 2016.
Por fortuna en ese momento no tenía el ventilador en la cabeza, pude haberme quemado o electrocutado. ¿Premio o castigo? Si lo hubiera tenido allí, seguramente estaría escribiendo sobre quemaduras o algo peor, considerando que tenía un tarro de alcohol al lado, por las inyecciones que me habían aplicado. ¡Qué impredecible que es la vida! Siempre tiene maneras inesperadas de recordarnos lo frágiles que somos.
Al final, los dolores físicos y del alma son maneras distintas en que el cuerpo y la mente nos recuerdan que existimos. Como el fuego del ventilador que explotó sobre mi cama, la fiebre y el llanto también iluminan, aunque sea por un instante, nuestra propia fragilidad. Y si arder en fiebre es un suplicio; llorar, en cambio, es un alivio. Así, entre sudores, lágrimas y chispas, sigo aquí, dejando que la vida me duela, me cure y me haga sentir, hasta el próximo virus o el próximo desamor que, con suerte, no serán pronto.
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