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La gran enterradora

Lucia Gagliardini

ÁSPERA · 2025-12-16 10:01 · 0 claps · 2.4 min read
#aspera #cuento
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La gran enterradora

Lucia Gagliardini

Viviana Ceballos

Viviana Ceballos

1

Si de tu boca saliesen brevas, granadillas, guayabas te besaría una y mil veces, pero de tu boca no paran de salir kilos y kilos de cable electrificado. Lenguas de alto voltaje brotan de tu boca de barro. Tus ojos se dieron vuelta, y sólo veo lo blanco. Lo perdido. Esquivo tu abrazo de kilowatts y furia. Pero no te abandono.

La gran enterradora te dicen. Te temen. Te odian por lo bajo, en sus pensamientos, en sus puños resentidos. Dicen que cuando te detengas habrás enterrado lo suficiente, y saldrán de ti palabras futuras. Solo que a mí nada de eso me importa.

Mi madre desde chica me enseñó a llevarte frutas, flores y maíz. Me enseñó a untar tu cuerpo con ungüentos y arrodillarme a tus pies enormes de barro. Me enseñó a cantar. — La palabra sin música no perdura en la memoria — decía mi madre. Y sé cantar, aunque hable poco. En ese entonces, tu boca era una laguna y al ver el reflejo no sabía si yo era la nube que pasaba, el celeste del cielo, las montañas o esa cara de ojos grandes y mirada seria.

En tu boca pescábamos y nos lavábamos, juntábamos piedritas y nos quedábamos a la orilla. Todo esto antes de que mi madre muriera, antes de que tu boca se cerrara en un gesto triste y rabioso, salpicando agua y peces mordidos y sangrantes. Esa tarde te desprendiste del suelo y empezaste a caminar, a comer el cableado eléctrico de esta ciudad como si fuese un plato de fideos.

Mi madre me dijo que un día iba a tener que hacer algo que estaba mal, mal dijo mi madre, cuando ella no usaba esa palabra. Ahora entiendo. Caminábamos por la vereda de la casa de los colibríes, con las manos tomadas y los dedos entrelazados. — Mira mi niña el colibrí, mira el aretillo, la heliconia, mira el jardín — . Su voz entraba en mis oídos como un silbido, como el viento cuando baja de la montaña y trae historias, fragmentos de cosas que a veces lastiman. — Tú les debes, mi niña.

2

Anoche tuve un sueño. Soñé con el viento llegando y levantándome de la cama, llevándome al cementerio donde enterramos a mi madre. Soñé que me sentaba frente a su tumba y su espíritu se sentaba frente a mí. Su cuerpo se veía cansado, tenía puesto el vestido de flores que usaba el día en que murió.

— ¿Eres tú? ¿Mi mami?

— Sí, mi niña, llegó el momento. Acuraititú mempel ishuthaititú: que el comienzo de los tiempos se aleje del fin de los tiempos.

Mañana voy a llevarte flores, gran enterradora. Mañana te voy a tocar los pies como se los toqué a mi abuela antes de que muriera, para que sus tobillos cansados se entibiaran. Para que recordara el calor. Tengo que untar tus pies. Calentarlos un poco. Cada día están más helados. Los pies fríos son el inicio de lo que no tiene que ser. Mañana me voy a acercar a ti

de otra manera. Con un plan. Nunca fue esa la forma. Siempre fueron flores, ungüentos y cantos.

Tengo que sacarte de acá. Ellos no necesitan que los sepulten. Y yo necesito llevarte. Que cantes nuevamente. Gran enterradora, pasado mañana partiremos tú y yo. Y al día siguiente, te buscaremos un nuevo nombre.

Acuraititú mempel ishuthaititú, ablanda lo blando, curando cuando ando, lo duro no dura, se ablanda cantando. Acuraititú mempel ishuthaititú. Te nombro la fulgurante.


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