Decirlo es fácil, sostenerlo no tanto
Imagínate botar la colilla de un cigarrillo en la calle, dejar basura en un parque, desperdiciar agua mientras te bañas o lavas los platos…
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Decirlo es fácil, sostenerlo no tanto
Imagínate botar la colilla de un cigarrillo en la calle, dejar basura en un parque, desperdiciar agua mientras te bañas o lavas los platos, quejarte de la lluvia porque te arruina el día, fruncir la cara frente a la comida de otro porque no te gusta. Imagínate pasar junto a un árbol talado y seguir caminando sin que eso te mueva un poco por dentro. Imagínate vivir así y, aun así, decir que honras la tierra, que trabajas con sus fuerzas, que la sientes viva. Imagínate decir que eres un druida.
Imagínate empezar proyectos con entusiasmo y abandonarlos cuando dejan de ser cómodos, dejar trabajos abandonados, perder horas en distracciones que no te nutren ni te construyen. Imagínate repetir ese ciclo mientras hablas de disciplina, de camino, de vocación. Imagínate también descuidar el cuerpo, comer sin criterio, sostener hábitos que te desgastan, evitar cualquier forma de entrenamiento, vivir en la inercia física. Imagínate hablar de fuerza, de presencia, de espíritu del guerrero celta. Imagínate decir que eres un druida.
Imagínate pasar días sin sentarte en silencio contigo, sin observar tu mente, sin sostener una práctica mínima. No hay altar, no hay devocionario, no hay Lorica, ni Cóire, no hay gesto consciente hacia aquello que dices honrar. Todo queda en intención, en idea, en discurso. Imagínate decir que eres un druida.
Imagínate no leer, no investigar, no contrastar lo que escuchas. Repetir conceptos como si fueran propios, opinar sin haber profundizado, evitar el esfuerzo que implica comprender algo de verdad. Imagínate hablar de astucia, de claridad, de palabra bien usada. Imagínate decir que eres un druida.
Imagínate juzgar las decisiones de otros desde la comodidad de tu propia vida. Medir procesos ajenos sin conocerlos, hablar de conciencia mientras te sostienes en privilegios que no cuestionas. Imagínate posponer cambios que sabes que te corresponden, quedarte en vínculos que no construyen nada, repetir dinámicas que te desgastan. Imagínate llenar eso con palabras sobre magia, propósito o destino. Imagínate decir que eres un druida.
Imagínate cuidar tu imagen en presencia y permitirte otra cara cuando no te ven. Imagínate sostener dos versiones de ti según el espacio en el que estás. Imagínate decir que eres un druida.
Imagínate hablar de tribu y no estar disponible para nadie. No cuidar, no sostener, no acompañar. Encerrarte en tu propia forma de ser y llamar a eso autenticidad. Imagínate usar la palabra conexión mientras te desconectas de todo lo que te rodea. Imagínate decir que eres un druida.
Imagínate invitar a alguien a tu espacio, atenderlo, compartir con él, y luego quejarte por lo que costó, por lo que consumió, por lo que no hizo como esperabas. Imagínate convertir la hospitalidad en una cuenta mental que siempre estás cobrando. Imagínate decir que eres un druida.
Imagínate elegir a quién tratar con calidez y a quién no, hablar con intención de herir cuando te sientes tocado, usar la palabra como arma para marcar distancia o superioridad. Imagínate hablar de nobleza, de empatía, de dignidad. Imagínate decir que eres un druida.
Y en medio de todo eso, imagínate tener la honestidad suficiente para mirarte también ahí, aunque sea en pequeñas cosas. Porque este tipo de contradicciones no viven solo en otros. Aparecen, se filtran, toman forma en lo cotidiano. Verlas con claridad cambia la manera en que uno camina esta tradición.
Este tipo de preguntas no buscan señalar a nadie en particular. Se quedan dando vueltas para quien decida tomarlas en serio. Cada elección pequeña va mostrando si hay coherencia o si todo se queda en la superficie. Al final, llamarse druida solo tiene sentido cuando la vida empieza a alinearse con lo que se nombra y si algo de esto se reconoce, ya hay un punto de partida. Lo demás se construye desde ahí, paso a paso, con lo que se hace cada día.
메타데이터
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