← Back to list

El Nevado del Cocuy me enseñó a confiar en mis pasos y en mi cuerpo

Subimos una montañota por el cumpleaños de nuestro amigo Julián. Además de celebrar su vida, yo, que busco respuestas trascendentales en…

laurandrea · 2023-01-03 21:59 · 1 claps · 9.9 min read
#caminata #montaña #nevado #caminar #cocuy
Open on Medium ↗
Wiki topics: 📊 · Economic Policy

El Nevado del Cocuy me enseñó a confiar en mis pasos y en mi cuerpo

Subimos una montañota por el cumpleaños de nuestro amigo Julián. Además de celebrar su vida, yo, que busco respuestas trascendentales en todo lado, bajé del Nevado con la certeza de que mi cuerpo es poderoso y de que, aunque a veces no crea, puedo hacer cosas increíbles.

La alarma sonó a las tres y media de la mañana. A las tres y media.

Yo no me quería levantar de la cama por varias razones: la primera, tal vez la más obvia, es que -si no he sido lo suficientemente enfática- eran las tres y media de la mañana y a mí la cabeza empieza a funcionarme bien desde las seis.

La segunda razón es que el día anterior habíamos viajado por más de ocho horas en carretera desde Tunja hasta Güicán y la vía, como muchas en este país, bonita, bonita -lo que se dice bonita- no estaba. Después del trajín y con unas cinco horas de sueño encima, a esa hora el cuerpo me estaba gritando ‘soltame, hijueputa’ porque no estaba listo para empezar la mañana tan temprano.

La tercera, y probablemente la que tiene más peso en este conteo, es que yo estaba cagada del susto desde el momento en el que me propusieron subir el Nevado del Cocuy. “Te vas a morir”, fue lo primero que me dijo la voz fatalista y ansiosa que no me deja quieta casi nunca cuando le dije que sí a esa locura. Y ese sonido inmundo del teléfono era la confirmación de que ya no me podía echar para atrás.

De que ya estaba allá.

De que tenía que salir a caminar.

Empezó a amanecer y paramos a ver el Nevado. No creo que haya una foto (mía) que le haga justicia a lo que realmente se puede ver.

Empezó a amanecer y paramos a ver el Nevado. No creo que haya una foto (mía) que le haga justicia a lo que realmente se puede ver.

Empezamos a caminar (ahora sí) a las seis y cuarenta de la mañana. Con cada paso se me escurrían los mocos que me había dejado la gripa nosénúmerocuál que me había dado ese año y los dedos se me empezaban a hinchar. Allá tenía las manos de mi mamá (rechonchas y pequeñas), cuando en condiciones normales mis dedos son como los de mi papá: largos y flacos.

Entonces hicimos la primera parada y me sentí confiada en el camino. Ni estaba tan difícil. Ni me estaba cansando tanto. Ni se me estaba quedando medio pulmón en el andar.

Me sentí bien. Me sentí lista. Me sentí preparada.

Pero entonces empezamos a subir.

Sobrevivo por pura ansiedad (como meme y como mantra de vida)

Creo que no subí ni cinco metros cuando me quedé sin aire. Me empecé a desesperar porque, como suele pasar, entre más consciencia intentaba tener sobre mi respiración, más difícil era mantener el ritmo.

Yo estaba arriba, a no sé cuántos metros sobre el nivel del mar, agarrada con mis piernas y con mi fuerza de voluntad, pero se me había olvidado respirar. Si entraba aire a los pulmones era por puro instinto, porque si hubiera sido por mí y mi cabeza, la torpeza me dejaba morir allá, al lado de un frailejón.

Conocí un valle de Ernestos Pérez. Mi vida no volverá a ser la misma.

Conocí un valle de Ernestos Pérez. Mi vida no volverá a ser la misma.

Así que me quedé de últimas mientras mi grupo avanzaba. No los iba a retener. Suficiente tenía con el palo que me estaba dando en ese momento por no ser capaz de caminar y respirar al tiempo, como para cargar con el peso de estar reteniendo a otras personas que sí tenían buen ritmo.

No tenía de otra que parar, respirar con plena conciencia -aunque me costara- y seguir andando paso a paso. Y en especial, no tenía otra que confiar en mí, tratarme con compasión y recordarme la obviedad de que en la vida y en las caminatas por nevados cada quien va a su propio ritmo. Si el resto seguía, ese ya no era mi problema.

Para hacer más llevadera la caminada empecé a contar treinta y cinco pasos para recuperarme al siguiente. Respiraba veinte. Andaba otros treinta y cinco. Veinte. Treinta y cinco. Veinte. Treinta y cinco. Y cuando me sentía con fuerza andaba cincuenta. Ese era mi ritmo. Era lento, pero era mío.

El soroche es real y me respiraba en la nuca, pero yo fui más fuerte.

El soroche es real y me respiraba en la nuca, pero yo fui más fuerte.

Mario, uno de los guías que nos acompañaba, se quedó conmigo. Por ese gesto rutinario y de trabajo, que para mí también significó un acto empático y solidario, le agradezco mucho.

Es que, además, para subir el Nevado del Cocuy es obligatorio contar con un guía por cada cinco personas. De lo contrario, no solo es muy difícil andar sino que el riesgo de sufrir algún accidente aumenta, porque no hay nadie como estas personas que conozcan esa montaña tan bien.

Me puse a hablar con Mario, que dijo que yo hacía más preguntas que un perdido, un poco porque estábamos solos y quería hablar, un poco porque necesitaba que mi cabeza pensara en otra cosa que no fuera mi propia respiración y la presión -literal y metafórica- de subir tantos metros.

Sobre Mario, el andar y la vida

Mario nació y creció en Güicán. Empezó a caminar el Nevado cuando estaba en el colegio; se volaba de clases para irse a andar por la montaña. Era mejor que estudiar.

Subía el Nevado siempre que podía hasta que se aprendió el camino y se dio cuenta de que podía enseñárselo a otras personas. La primera persona que le pagó por guiarla en El Cocuy fue una extranjera, que por tener una vida en dólares -y no esta devaluada que nos tocó a los demás-, le dio buena plata. Y le quedó gustando, admite él. Se salió del colegio y se dedicó a vivir de eso.

−¿Y qué pasó después? −le pregunté.

−Me enamoré −me respondió sin pensarlo ni un momento.

También pasó que tuvo que prestar servicio militar. Cuando volvió del Ejército para seguir viviendo del camino, quien sabe si del enamoramiento y seguramente sí del Nevado, tuvo que validar el bachillerato porque le pedían que una institución académica como el Sena le diera un título que certificara mucho de lo que él había estado aprendiendo por su cuenta desde hacía años.

Ahora le piden profesionalizarse, pero yo no entiendo muy bien qué podría enseñarle una universidad que él no sepa desde hace más de veinte años. Se lo dije, aunque debe ser ignorancia mía.

A finales de la década de los 90, Mario tuvo que dejar la montaña nuevamente, pero esa vez no por su propia voluntad -si es que prestar servicio es un acto voluntario-. Las guerrillas, Farc y Eln, se estaban expandiendo por la zona y ya no era seguro seguir andando por ahí.

Así que se fue, pero volvió tres años después, dice él, porque extrañaba mucho su vida de caminante. Es lo que hace todavía, casi todos los días de su vida. Pasó el 24 y el 31 de diciembre allá y a mí me parece hermoso empezar un nuevo año haciendo una cosa de esas.

A Lili, gracias por invitarnos a caminar. Fue más que caminar.

A Lili, gracias por invitarnos a caminar. Fue más que caminar.

Mario hablaba sin ahogarse y yo tenía que tomar impulso para seguir preguntándole cosas. Cuando me veía mala, con el soroche respirándome en la nuca, me repetía como un mantra: “todo es mental”.

Todo es mental.

Todo es mental.

Todo es mental.

“Todo es mental”, me decía una y otra vez. Lo que él no sabía es que mi mente estaba a nada de gritarme: “¡marica, ya!”.

Luego intentó motivarme con otras cosas: me hizo pensar en la satisfacción de subir la montaña, o de comerme una bandeja paisa después de eso. O de tocar la nieve en el borde del glaciar. O de descansar.

Seguíamos caminando. Mario seguía teniéndome paciencia sin demostrarme, como me confesó cuando volvimos, que realmente no me tenía mucha fe.

La verdad es que yo tampoco me tenía mucha fe.

Si no subía, Mario me subía arrastrada

El Púlpito del Diablo es el nombre de uno de los tres recorridos que se pueden hacer al subir el Nevado del Cocuy. Es una piedra cuadrada rarísima que no tiene nieve, rodeada de una montaña que sí la tiene. Se llama así, según contó Mario, por una leyenda que dice que en Semana Santa el diablo se sentaba en la piedra a echar maldiciones. Hasta allá íbamos, aunque en ese momento yo todavía dudaba de poder llegar.

En el camino nos encontramos a tres personas: una señora a la que el dolor en el pecho le ganó y tuvo que parar y a dos amigas que venían desde Tunja y a quienes, como a mí, les había tocado detenerse mientras su grupo subía. Cuando nos vieron a Mario a mí se animaron a seguirnos el ritmo.

Quién sabe por qué, pero a mí me agarró la fuerza en el penúltimo tramo del camino, que se supone es el más duro: el Alto del conejo.

El nombre parece inocente pero no se engañen. Es un conjunto de piedras que toca trepar y subir con mucha intensidad. Si llueve, subir es difícil y bajar casi que clasifica como un intento suicida.

Yo soy dramática y exagerada y nunca he intentado ocultarlo, pero esta vez no estoy poniendo las cosas fuera de proporción. Era una gonorrea de subida.

Yo soy dramática y exagerada y nunca he intentado ocultarlo, pero esta vez no estoy poniendo las cosas fuera de proporción. Era una gonorrea de subida.

Y ahí estaba Mario, con su fuerza, su paciencia y su mantra: todo es mental. Ya no solo me recordaba que todo estaba en mi cabeza, sino que podía dar un paso más. Y lo mejor: que si seguía intentándolo, el paisaje iba a cubrir la comedera de mierda que me había costado llegar hasta ahí.

Sí valió toda la pena del mundo; no les voy a decir mentiras.

Cuando llegas ahí arriba no solo te sientes poderosísima por lo que tus piernas lograron, sino que levantas la cabeza y ves el borde del glaciar casi al lado. Es una mentira y es muy engañoso, me dijo Mario apenas me vio la cara de asombro. A partir de ese punto todavía nos quedaba al menos una hora y media de camino más. Y en subida.

Marica, ya.

Las dos chicas que venían de Tunja y que se habían sumado a nuestro camino, en el que yo seguía preguntándole cualquier cantidad de estupideces y no estupideces a Mario, se quedaron en el trayecto. Una de ellas no pudo seguir subiendo y su amiga, en un acto de solidaridad, se quedó acompañándola. Las recomendaron a uno de los grupos que ya venía bajando.

El Púlpito del Diablo.

El Púlpito del Diablo.

Lo que vino después se puede contar simple: yo seguía contando mis pasos y andaba de forma diagonal. Respiraba. Mario me recordaba que me uniera a él y que no me alejara tanto. Caminaba. Paraba. Respiraba.

Empezó a nevar y los pedacitos de hielo me caían a la cara. Se sentían como una cachetada. No me importaba porque si había llegado hasta ahí tenía que terminar. Eso mismo me decía Mario riéndose: “Sube porque sube, así la tenga que arrastrar”.

Cuando por fin ¡por fin! vi a mi grupo me entró una felicidad por todo el cuerpo que me dio la fuerza para llegar. Y llegué sin Mario. No me importó si tenía que esperarlo o preguntarle el camino. Llegué por mi cuenta, sin aire, cansada y con ganas de emperrarme a llorar.

Había llegado aún cuando mi cuerpo y la ansiedad me decían todo el trayecto que posiblemente no lo iba a lograr.

Ahí estaba yo, con los dedos congelados y las manos hinchadas como las de mi mamá. Con el estómago inflado y con gases por no hacerle caso a Mario de no sentarme en las piedras frías. Con las piernas vueltas nada y con el pecho hinchado de tanto rogar poder respirar bien. Pero ahí estaba yo.

Todo lo que sube tiene que caer, hasta el miedo que tenía en los ovarios

La parte más emocionante de toda esta odisea llegó cuando me tocó bajar. No fue fácil pero sí me costó menos que subir. Me costó, sobre todo, concentración y confianza en mí misma, en mis pasos al andar.

Cuando bajaba el Alto del conejo pensé una bobada que me ha acompañado todos estos días (porque yo soy una de esas personas dramáticas que encuentra respuestas para su vida hasta en las cagadas de los pájaros): a veces, muchas veces, casi todas las veces no hay nada más en qué apoyarse o en qué confiar que no sean mis pies y mis pasos.

Como las piedras eran tan altas la única opción para bajar era poner muy bien el pie, confiar en que la piedra no se fuera a deslizar y, con ello, en que el cuerpo no iba a seguir de largo. Supongo que así es la vida. A veces la cagas, a veces no. A veces te deslizas y te toca bajarle al ritmo. A veces sigues de largo y ya no hay nada que hacer.

Luego nos enteramos de que alguien sí había fallecido en esa parte de la montaña. De hecho, Mario le contó a Julián, nuestro amigo, que uno de los trabajos que tuvo fue encontrar los cuerpos de las personas que, por múltiples razones, habían muerto en el Parque Nacional.

Es que Mario, además de guía turístico, sabe de ciencias forenses. También es técnico de instalación de fibra óptica. Ahora hace parte de una asociación de guías que constantemente está entrenando y especializándose para hacer un mejor trabajo. Viven de esto y de otras cosas. En el futuro, cuando toque cerrar el parque por las inminentes consecuencias de la crisis climática, solo van a poder vivir de otras cosas.

Yo seguía bajando y agradeciéndole a mi cuerpo por ser tan fuerte y tan valiente. Por demostrarme casi que a las malas que aunque yo no le tenga fe, él es impresionante.

Que mi cuerpo es un cuerpo, como siempre lo digo, con todo lo que eso implica.

Que no importa cómo se vea o cuánto daño yo le haya hecho todos estos años con prácticas malsanas: mi cuerpo me sostiene y me lleva a donde sea que yo quiera llevarlo. Lo mínimo que merece es respeto, mientras aprendo a amarlo bien.

Eso fue sanador.

Obvio lloré.

Ya les dije que soy dramática.

Mi cara de felicidad a un lado, porque lo logré, porque soy poderosa, porque mi cuerpo es increíble. Y la foto que Juli me tomó usando mi maleta y mi gorro de aventurera (que no soy) (¿o sí?).

Mi cara de felicidad a un lado, porque lo logré, porque soy poderosa, porque mi cuerpo es increíble. Y la foto que Juli me tomó usando mi maleta y mi gorro de aventurera (que no soy) (¿o sí?).

pd: un saludo a Mario. Gracias por hacerme creer que me tenía fe, porque de lo contrario no lo hubiera logrado.


메타데이터
post_id
ad00a177abdd
slug
el-nevado-del-cocuy-me-enseñó-a-confiar-en-mis-pasos-y-en-mi-cuerpo-ad00a177abdd
url
https://medium.com/@laurandrea/el-nevado-del-cocuy-me-ense%C3%B1%C3%B3-a-confiar-en-mis-pasos-y-en-mi-cuerpo-ad00a177abdd
canonical_url
https://medium.com/@laurandrea/el-nevado-del-cocuy-me-ense%C3%B1%C3%B3-a-confiar-en-mis-pasos-y-en-mi-cuerpo-ad00a177abdd
author_url
https://medium.com/@laurandrea
status
ok
fetched_at
2026-07-26 07:39:23