La esperanza de occidente
La flotilla que se dirigía a Gaza ha conseguido algo muy trascendente: ser la esperanza de occidente.
La esperanza de occidente
Cuando La Vuelta llegó a Bilbao, muchas personas participamos por primera vez en una protesta en un evento deportivo que hacía tiempo que había dejado de ser deportivo. Los corredores no tienen la culpa, pero la oportunidad de protestar contra el genocidio del pueblo gazatí era demasiado buena como para no aprovecharla. La izquierda abertzale quiso apropiarse el éxito de la convocatoria y algunos sectores de la política quisieron ver a ETA detrás de las protestas, pero las protestas continuaron por toda la geografía hasta culminar en la etapa final en Madrid. Esta semana, la flotilla que se dirigía a Gaza no ha logrado su objetivo de hacer llegar la ayuda humanitaria que cargaba pero se ha conseguido algo muy trascendente: no hablo de llamar la atención internacional y provocar protestas por todo el mundo, incluyendo una huelga general ayer en Italia, sino ser la esperanza de occidente. La historia juzgará el abandono de occidente a sus valores, con una Unión Europea que ha perdido la autoridad para hablar de derechos humanos, pero el silencio de los gobiernos — cuando no la complicidad — y la inacción de la sociedad durante demasiado tiempo se verán parcialmente resarcidas por la creciente ola de indignación que, además de presionar a los gobiernos y empujar la historia hacia el fin de la locura, dejarán el consuelo de que las sociedades en su conjunto no abandonaron la humanidad y que reaccionaron clamando por lo más básico: exigir el final de una matanza despiadada, por mucho dolor que arrastre el pueblo judío en su historia reciente.
Sin embargo, todavía queda camino por recorrer. El reconocimiento del Estado de Palestina por países como España supone el reconocimiento de sus derechos, incluidos los marítimos, y no es posible consentir el abordaje de barcos en aguas internacionales bajo el pretexto de existir una zona de exclusión que ningún derecho ampara. Consentir estas acciones, aunque sean criticadas públicamente por nuestros dirigentes en España (cosa que por otra parte no ocurre en todos los países), supone reconocer que la ley que impera no es fruto del multilateralismo y del derecho internacional, incluido el humanitario, sino la ley del más fuerte. El temor a Estados Unidos es todavía demasiado grande.
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