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Bad Bunny en el Super Bowl: ¿celebración o estereotipo de lo que llaman “lo latino”?

Ayer, 8 de febrero de 2026, fue el Super Bowl LX y el esperado midtime show, que, como siempre, generó mucha expectativa. Pero esta vez, en…

Katherine Basch · 2026-02-09 21:03 · 1 claps · 7.8 min read
#latinoamerica #latinos #bad-bunny #super-bowl #identity
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Bad Bunny en el Super Bowl: ¿celebración o estereotipo de lo que llaman “lo latino”?

Ayer, 8 de febrero de 2026, fue el Super Bowl LX y el esperado midtime show, que, como siempre, generó mucha expectativa. Pero esta vez, en un ambiente político interno tan agitado en Estados Unidos — entre los Epstein files, redadas de ICE, muertes, etc. — , el artista que se presentaba no era otro que el artista puertorriqueño, y por ende latino, Bad Bunny. Estaba claro que habría un statement ligado a sus orígenes latinoamericanos en un Estados Unidos donde hubo una representación muy clara de lo que significa — y no significa — ser “latino” en el siglo XXI.

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Aclaro algo desde el principio: el show fue buenísimo. Sobre todo considerando el ambiente de racismo extremo que se vive hoy en Estados Unidos hacia esta comunidad, la representación en un espacio como el Super Bowl no solo fue pertinente, sino profundamente necesaria. Esto no es una crítica a Bad Bunny, ni a su propuesta artística, ni a que esa representación haya tenido lugar. Todo lo contrario.

Pero justamente a partir de ese show, he visto a muchísima gente en redes sociales hablando del “orgullo latino”, y ahí es donde se activa un pensamiento que llevo dando vueltas hace tiempo. No por el show en sí, sino por lo que se empieza a decir después, por cómo se usa esa palabra, por cómo se celebra una identidad que muchas veces viene cargada de simplificaciones, estereotipos y una mirada externa que rara vez se cuestiona.

Este texto nace desde ahí: no desde la negación del orgullo ni de la representación, sino desde la incomodidad de preguntarse qué estamos celebrando exactamente cuando hablamos de “orgullo latino”, quién define ese concepto y a quiénes deja fuera.

Que un artista puertorriqueño sea el primer latino masculino en encabezar este evento global y en su mayoría en español es un hito histórico para la música y para muchas comunidades. Pero también es un buen momento para cuestionar cómo se construye y se usa esa etiqueta de “latino” cuando se mira desde fuera, especialmente en lugares comoEuropa o Estados Unidos.

¿Qué implica reducir a vastas culturas, historias y diferencias internas a un solo concepto?

Si ya has leído otros de mis artículos, sabrás que soy chilena y que vivo en Berlín, Alemania, desde hace casi 8 años. Soy mestiza, tengo rasgos indígenas y vengo de una ciudad muy fría en el extremo sur del continente llamada Punta Arenas. Por lo tanto, el cliché del latino que vive en el calor y la playa no podría ser más lejano ni menos representativo para mí.

Photo by Hans-Jürgen Weinhardt on Unsplash

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Viviendo aquí he sido muchas veces víctima de fetichización por mi raza y mi apariencia física. Hombres blancos que dicen “me encantan las latinas” (¿qué se supone que significa eso?). ¿Cómo no va a ser ese un comentario fetichista y estereotipante? No hay ningún interés en mí como persona: soy latina y eso es lo único que necesitan saber. Es patético y ridículo.

Sin embargo, también me he cruzado con muchos perfiles de Instagram de chicas de distintos países de América Latina donde la descripción dice simplemente: LATINA. No quiero juzgar, pero no puedo dejar de preguntarme si no es una forma de abrazar esa misma cosificación y ese mismo estereotipo, porque genera algún tipo de “valor” y casi como si asegurara ciertas cosas sobre ti.

Pero ¿valor ante quién? ¿Para quién? ¿Y a costa de qué? ¿Y qué tipo de asociaciones vienen realmente con ese término?

Y no solo se me estereotipa: se me confunde. Me preguntan por información, costumbres o recetas de países que quedan a miles de kilómetros de mi tierra; se me atribuyen cosas ajenas y constantemente se me recuerda que, al final, “somos latinos”. Y ese es el punto, básicamente para muchas personas, somos todos iguales y eso no puede ser nunca positivo.

Es como si América Latina fuera un solo país, incluso un pueblito, como si fuésemos intercambiables, sin identidades locales, sin historia situada. Como si viniéramos todos del mismo lugar, como si ese lugar fuera pequeño, homogéneo, al igual que nuestra identidad.

Photo by Alexander Schimmeck on Unsplash

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Y creo que ahí está el problema. Autodenominarse latino empieza a operar como una marca: una etiqueta que promete ciertas características, ciertos gustos, ciertas formas de ser. Una identidad lista para ser consumida. Por algo los hombres blancos tienen esta idea de que es la latina, viene del porno, los medios de comunicación, los estereotipos — y eso no tiene nada de positivo. Es como si fuesemos una raza de perro que te asegura que su personalidad tendrá ciertos atributos.

En ese proceso, muchas vecves lo personal, lo local y lo nacional se diluyen. Y lo que queda no es una identidad compartida como se trata de ver, sino una versión simplificada de nosotros mismos, diseñada para ser entendida — y aceptada — por otros.

América Latina tiene cerca de 20.000.000 de kilómetros cuadrados; es un territorio inmenso que no se representa correctamente en los mapas mundiales clásicos (África tampoco). Ya hablé de este tema en otro artículo, sobre cómo la gente blanca trata a la gente de color. Si quieres echarle un vistazo, te dejo el link.

Esto de “ser latino” ni siquiera es una autodenominación, es algo que se nos impuso.

Generalmente, la gente de África no va a decir “soy africano”; te dirá nigeriana, senegalesa, yoruba, amárica, zulú, etc., por más que exista una historia compartida, muy parecida en muchos aspectos a la de América Latina.

Photo by Andrew Stutesman on Unsplash

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Pero los latinos, por algún motivo, hemos aceptado este término como parte de nuestra identidad, a pesar de que tenemos diferencias enormes entre nosotros y, cómo no, somos países distintos, con climas distintos, historias distintas. De hecho, incluso dentro de un mismo país la gente es distinta, como suele ser en todo el mundo.

Me pregunto por qué personas de otras regiones, con historias similares o donde también hay gente racializada, no se identifican con el nombre del continente como sí lo hacemos nosotros.

Lo otro que quería aclarar es que en el colegio nunca me enseñaron el concepto de América Latina como algo político, identitario ni geográfico. Se presentaba más bien como una categoría lingüística, para designar la zona donde se hablaban idiomas derivados del latín, como el español y el portugués. Pero incluso mucho antes, este concepto ni siquiera existía, y no lo inventamos nosotros. La idea de “América Latina” surge en Francia, a mediados del siglo XIX, no en el continente americano.

Fue impulsada por intelectuales franceses y adoptada por el gobierno de Napoleón III. La lógica era más o menos esta: Francia quería justificar su influencia imperial en América y, para eso, propuso que existía una gran familia de pueblos “latinos”. Básicamente, se construyó una narrativa fraternal para no parecer otro invasor más.

Ese marco conceptual no desaparece. Décadas después, en Estados Unidos, “latino” empieza a usarse de forma sistemática como categoría externa, desde la mirada blanca, primero imperial, luego administrativa y mediática.

Ser latino es un invento blanco, un invento europeo abrazado por el imperialismo y el racismo. Es usado para poner a todos dentro de un mismo saco, borrar identidades y culturas específicas. No importa si eres de Tijuana o de Ushuaia: eres latino y con esa etiqueta vienen expectativas, estereotipos, proyecciones ajenas y una idea prefabricada de quién deberías ser.

Y eso no es visibilización ni motivo de celebración. Es reducción, exotización y control simbólico.

Por eso me pregunto: ¿qué tanto tiene en común una persona de Santo Domingo con una persona de San Carlos de Bariloche? ¿Por qué permitimos ser estereotipados y además celebrar eso como si fuera orgullo.

¿Por qué no vemos a los europeos llamándose simplemente europeos, o a los africanos africanos? Porque hacerlo sería reduccionista y no representativo.

Photo by Jeffrey Eisen on Unsplash

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Entiendo el deseo de unidad y fraternidad. Hay un dolor compartido. Pero ese dolor no justifica la homogeneización.

El problema no es la comunidad, sino el hecho de que lo que se celebra como “latino” representa solo una pequeña parte del continente, principalmente el Caribe. Y la razón es concreta: la mayoría de los inmigrantes latinoamericanos en Estados Unidos provienen de América Central y el Caribe.

Como resultado, esta pseudoidentidad “latina” se construye en un país que no es latino y se moldea desde una mirada blanca, pero también es reforzada desde dentro: por latinos — principalmente de ciertos países — que terminan encarnando y reproduciendo esa identidad en base a la cultura específica de su región.

Así, una categoría que pretende representar a todo un continente se fabrica a partir de los códigos culturales, estéticos y simbólicos de una sola parte, mientras el resto queda fuera del relato, incluso cuando se presenta como si hablara por todos.

Es extraño si lo piensas. Y, aun así, por algún motivo se espera que todos abracemos esta identidad y nos identifiquemos con ella simplemente por haber nacido en esa parte del mundo, una región enorme y profundamente diversa.

Entonces, ¿dónde quedan la Amazonía, la cordillera de los Andes, la Patagonia, el desierto de Atacama, el altiplano, las pampas, los fiordos, los glaciares, los bosques, las costas frías, las ciudades grises y los territorios extremos? ¿Dónde quedan los climas fríos, el viento, el silencio, la distancia, el aislamiento, la austeridad y la contención?

¿Dónde quedan los genios literarios, los filósofos, los poetas y los pensadores políticos? ¿Dónde quedan las leyendas del rock, las bandas de metal, las escenas punk, los movimientos underground, la música experimental, las tradiciones folclóricas o incluso la bossa nova?

¿Dónde quedan los artistas que trabajan con el silencio, la melancolía, la abstracción o la oscuridad? ¿Dónde quedan las culturas marcadas por el frío, la distancia, la sobriedad y la introspección?

¿Dónde quedan las distintas mezclas raciales — los pueblos indígenas, las comunidades afrodescendientes fuera del Caribe, las diásporas europeas, el mestizaje en todas sus formas — ? ¿Dónde quedan los lugares que no son tropicales, ni coloridos, ni festivos, ni “calientes”, ni fácilmente consumibles?

Porque todo eso también es América Latina, solo que no la versión cliché de ella. Y ese cliché está basado en gran medida en Hispanoamérica; Brasil, por ejemplo, muchas veces ni siquiera es incluido en lo que se considera “latino”.

¿No es evidente que gran parte de lo que hoy se entiende por “lo latino” es una construcción creada y explotada desde Estados Unidos, amplificada por los medios de comunicación, y basada casi exclusivamente en una mezcla de culturas de una zona muy específica?

No todo son palmeras, calor y reggaetón.

Yo, por mi parte, sigo eligiendo lo local, lo situado, lo específico.

Sigo siendo patagónica, chilena y, obviamente, también latina, pero ese término nunca me representará cultural ni identitariamente, solo racialmente.

Todo lo demás se siente como un estereotipo del cual me niego a participar. Me niego a que se piense que somos todos iguales y lucho constantemente en Europa contra ser reducida a una etiqueta cómoda, simplificada y externa que borra mi historia, mi lugar y mi identidad real.

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Gracias por leer y/o compartir — de verdad significa mucho para mí. ^^


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