El Encanto de la Paramera de Boconó
Fue una tarde de octubre cuando sucedió
El Encanto de la Paramera de Boconó
Fue una tarde de octubre cuando sucedió

En la montaña alta de Boconó, el año 2025 transcurría entre el zumbido de las motos chinas, los camiones de carga y los agricultores faenando y revisando el precio de la carga de hortalizas que va principalmente a Caracas los fines de semana. Pero en el hogar de los Villegas, una familia de campesinos de piel blanca curtida y ojos claros asentada cerca del páramo, el tiempo parecía regirse por otra clase de costumbres.
El frío profesaba ser el mismo de todas las generaciones, ese que baja de las cumbres obligando a calentar el agua en fogones de leña antes de que aclare el día.
Fue una tarde de octubre cuando el orden de las cosas se rompió. En la placita del pueblo, aproximadamente a las siete de la noche, desorientado y tiritando de frío, apareció un niño de unos ocho años. Tenía el cabello rubio como el trigo y unos ojos verdes inmensos, típicos de los nativos de esas alturas, vestía una ropa tipo uniforme escolar que a los lugareños les pareció extrañísima, unos pantalones de tela gruesa beige, como la lona, ya gastados, y una camisa blanca rústica, sin marcas ni insignias. Al ver que lloraba buscando su casa, la familia Villegas lo acogió en su hogar, ofreciéndole una taza de café aguarapado y una arepa de maíz caliente frente al fogón. —Me llamo Modesto —dijo el pequeño, frotándose las manos—. Salí de la escuela y me quedé jugando con mis amigos cerca del patio. Cuando me di cuenta, ya eran las seis de la tarde. Me dio miedo que mi papá me regañara por llegar tarde a la casa; vivimos aquí arriba, en la montaña, así que corrí rápido. Pero la paramera bajó temprano. La familia se miró entre sí. La "paramera", esa neblina densa, blanca y húmeda que borra los caminos en cuestión de minutos, era un peligro bien conocido por todos. —Caminaba y volvía al mismo sitio —continuó el niño, con la mirada perdida en las llamas del fogón—. El frío me ponía la piel de gallina. El viento sopló fuerte y el camino desapareció. Llegué a un campamento cerca de una laguna que nunca había visto; allí había hombres bajitos, más pequeños que yo. Algunos brillaban como si fueran de oro. No me asustaron ni me hicieron daño, pero hablaban entre ellos, se reían y silbaban como el viento. Me dieron alimento y una bebida caliente y me quedé descansando en ese sitio; cuando la neblina se abrió subí hasta el pueblo. Pero este no es mi pueblo... las calles son duras como piedras, la gente es diferente y hay luz en todos lados. El padre de la familia intentó calmarlo y le preguntó en qué escuela estudiaba, pensando que se trataba de un niño de algún caserío vecino que se había escapado o perdido. —En la Escuela Federal Unitaria —respondió el niño con total naturalidad—. Mi mamá me dijo que este año, 1925, tenía que portarme bien para pasar de grado y creo que no lo he hecho. Un silencio cayó sobre la cocina. Los Villegas pensaron que el muchacho deliraba por el frío, el hambre o por el golpe del páramo. Sin embargo, el detalle de la "Escuela Federal Unitaria", una institución que no existía en Boconó desde hacía casi un siglo, encendió una alarma en las personas de mayor edad de la casa. La familia notificó a las autoridades. Llegaron unos funcionarios de traje elegante de la capital en vehículos muy modernos y costosos y se lo llevaron; en el pueblo y sus alrededores nadie reclamó al niño. Intrigados y con una sospecha que desafiaba toda lógica, la familia acudió al pueblo para investigar. Pasaron tardes enteras revisando con paciencia los archivos amarillentos y carcomidos por la humedad en la casa parroquial de la iglesia de Boconó y los libros viejos del registro civil. Fue en las páginas de un libro del registro civil de principios del siglo XX donde el corazón de la familia se detuvo. En una anotación fechada en octubre de 1925, constaba la nota marginal de una familia del mismo apellido, los mismos Villegas de la montaña alta, un niño de ocho años, llamado Modesto Villegas, de cabello rubio y ojos verdes y que vestía su uniforme escolar, había salido de la escuela una tarde y jamás regresó a su casa. La familia había dictaminado una sentencia que la ciencia del siglo XXI no podía registrar: "A Modesto se lo comió el páramo". Estaba encantado. El abuelo de la casa, recordando al niño, ajeno a un mundo cien años más viejo que él, recordó la advertencia que los antiguos indígenas Timotocuicas habían dejado grabada en el respeto a las cumbres. Comprendió que Modesto no había transitado rumbo a su casa por los caminos de tierra, sino por las grietas del tiempo, atrapado en los dominios del Ches. Para este ser primordial de las cumbres, el dueño absoluto del frío, del viento y de las lagunas sagradas, un siglo no era más que un parpadeo de niebla. El Ches, aquel ser antiguo encogido por el sincretismo en la mitología popular como un duende del páramo, había cobrado su tributo por la irrupción de un niño en sus predios sagrados, rompiendo el silencio. Lo habían mantenido cautivo en su "encanto" durante cien años del mundo exterior, protegiéndolo bajo el amparo de su magia etérea, para devolverlo intacto un siglo después, cuando abrieron la neblina. Modesto había regresado a su hogar, pero su hogar ya pertenecía al futuro. JGR 2026
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- 2026-06-28 04:42:08