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Domingo de Resurrección

Texto y fotografías: Rafael Grillo

Revista Pueblo Nuevo · 2026-04-19 14:31 · 0 claps · 10.8 min read
#crônicas #periodismo #havana #cuba #social-justice
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Domingo de Resurrección

Texto y fotografías: Rafael Grillo

Fotografías: Rafael Grillo

Fotografías: Rafael Grillo

PARTE I: ENTRE LOS MERCADERES Y EL TEMPLO

«Levántate y anda. Es Domingo de Resurrección». Me di ánimo. «Yo soy el camino, la verdad y la vida». Recité el mantra del hijo del Señor como fábula que podría enmarcar mi destino del día.

Una hora después, agarré el triciclo eléctrico que sale de Regla y coge por Vía Blanca. En la cuadra precedente a su punto final en Virgen del Camino, me apeé, decidido a que, antes de templo alguno, iba a llegarme a donde los mercaderes. Me habían contado de un almacén abierto hace poco y quería curiosear, si bien le suponía tumulto suficiente en la entrada como para hacerme desistir de inmediato.

Fotografías: Rafael Grillo

Fotografías: Rafael Grillo

Nada que ver. Era de pronto el alma trémula y sola frente al umbral. Pero lejos de inquietarme con el Síndrome de la Sospecha, colegí que esta mañana fue concebida para milagros. Y que dentro, aunque no ofertaban panes y peces, sí hallaría seguramente valiosos y multiplicados productos industriales.

Ya en el interior, echo un vistazo a camisas de hombre y vestidos de mujer colgados al fondo, a perchas con más indumentaria, y hurgo dentro de canastos abarrotados de chancletas y sandalias. Solo para cerciorarme de que la variedad es escasa y, encima, soy tipo tan estándar que mis tallas de ropa y zapato son las primeras en terminarse.

Dedico unos pocos minutos a ojear estantes con útiles del hogar y enseres eléctricos y discurro que esta mercancía obliga a recordar tiendas de los tiempos del CUC, las de Todo x1, x3 y x5, pero ahora multiplicadas por miles de pesos.

Cuando me apresto a dejar constancia gráfica, oigo que «está prohibido hacer fotos aquí» y se revela la existencia de una tendera, menos pendiente de servir que de escupir regaños. Por último, atisbo la quincalla electrónica tras mostrador, que un empleado custodia con cara de «¿si tiene puesto el precio para qué pregunta?».

Entonces, por fin, salgo al sol. Preguntándome si es también culpable el Bloqueo del pedestre sentido comercial y escaso gusto de los marchantes nacionales. Y sin sentirme tan hondamente defraudado como sí ávido de continuar la ruta y ser resarcido con el advenimiento de alguna maravilla.

A cien metros apenas del ruin comercio lee Leonor Pérez un libro, escrito presumiblemente por su hijo. Y José Martí arenga a un auditorio con los brazos abiertos y cae fulminado en Dos Ríos, en sendas escenas incrustadas sobre el marmóreo pedestal del monumento.

El parque consagrado a la madre del Apóstol me insufla aliento espiritual para ascender por calle Balear, bordeando el Hospital Pediátrico, hasta Calzada de San Miguel y seguir loma arriba, en busca de un recuerdo perdido.

Cuando el Festival de La Habana se expandía, incluso, a cines de barrio, fui hasta el Continental para ver Stealing Beauty. Treinta años han pasado desde mi descubrimiento de las caras juveniles de Liv Tyler y Rachel Weisz en esa película de Bertolucci. Mas, lo que hoy encuentro es un Cine Continental de rostro añejo, al que la belleza le fue robada. En su fachada maciza y descolorida, toda vida y sueño de cine se ha evaporado.

Fotografías: Rafael Grillo

Fotografías: Rafael Grillo

Bajo por Otero. Además de lo que parece «normalizado» ya en todas partes: calles rotas, albañales, basura y gente que vive de ella, duelen a la vista las mustias viviendas y el agudo contraste con las de quienes presumen de potentados en el vecindario. En vez de seguir recto hacia Calzada de Güines, me desvío para observar a los fieles saliendo de misa en la sobria Parroquia San Miguel Arcángel, conocida como Iglesia de La Rosalía.

Fotografías: Rafael Grillo

Fotografías: Rafael Grillo

Un gatico atigrado, collar en cuello, a todas luces perdido, llega casi hasta mis pies y lo agarro sin que se resista. ¿Ahora qué me hago con él? Pero aparece un hombre, atormentado, que lo andaba buscando. Pone cara de alivio cuando coloco al minino en sus brazos y toda la belleza que al mundo le estaba faltando brota en ese instante manso. Le pido «una foto, por favor»; me la concede y así queda inmortalizado el rescate. Con tal hazaña, presiento cumplida mi humilde resurrección.

PARTE II: RUMBO A LA VIRGEN PEREGRINA

Un tanque desbordado me da la bienvenida en Calzada de Güines (o Carretera Central). «Suerte de las avenidas», pienso. Al menos les ponen botes de basura.

Van a dar las 11:00 a. m. y solo he cumplido la quinta parte del itinerario que me propuse para la jornada. Paso con urgencia por delante de la librería Luis Melián, donde novedades editoriales se vendían en una época que luce hoy concerniente a la Antigüedad, y atravieso el río de cemento rumbo al mural del Indio Naborí, en que los versos suyos describen una infancia transcurrida por estos lares.

Fotografías: Rafael Grillo

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Me hundo en el reparto Juanelo. Una galería de artes plásticas (de las de antes) y un bar (de los de ahora) son la antesala al Parque de los Chivos. Omnipresente, Martí en una esquina del vergel. Enfrente, una terraza bien equipada como gimnasio me suscita la fantasía de unos muchachos fortachones bajando a recoger la inmundicia acumulada alrededor del busto del Maestro.

Fotografías: Rafael Grillo

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Muy poco de oasis, o paraíso escondido, exhibe este lugar y prosigo de inmediato, a través de carretilleros de verduras, choferes de triciclos y las ceibas del próximo parque. Desde allí se contempla la cuadrada glorieta que da cobijo a una angelical figura esculpida por Rita Longa y develada desde 1948.

Mi brújula señala a la señora de la Rosa de los Vientos. Con devoción me le aproximo y ante la bienhechora de la providencia me inclino. «Viajero: esta es la Virgen del Camino, urna de amor que, en mística presencia, ofrece su piedad al peregrino que busque en ella la inmortal esencia…», leo en su credo.

Fotografías: Rafael Grillo

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Pero la fuente que la circunda está reseca y cubierta de mugre y desecho la idea de volcar mi ofrenda ahí. En cambio, veo a una comadre sentada en el borde, enfrascada con el celular, y le extiendo mi mano. Muestro un billete de doscientos pesos y ella me mira incrédula. «Que le aproveche», le digo sonriente. La matrona agarra entonces el dinero y me devuelve la sonrisa.

Adiós, le digo, a la señora afortunada y también a la Virgen. Enfoco la Calzada de Luyanó en la mirilla y salgo caminando sin mirar atrás. Otra vez, me siento renacido.

PARTE III: IMAGINACIONES DE LA CALZADA

La imaginación, esa herramienta cognitiva con la que inventamos el futuro, también nos sirve para adivinar el pasado. Esta cualidad la pongo en práctica desde el momento que atravieso el Puente de Alcoy y piso la Calzada de Luyanó.

Fotografías: Rafael Grillo

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Imagino que aquello debió ser una fábrica y lo de más allá un almacén. Imagino la dulcería que hubo allí y la Tienda TRD y el Ditú que una vez estuvieron. Imagino esa abandonada estación de trenes como sitio antaño repleto de viajeros a la espera.

Imagino de aquel predio la pompa, hoy devastada, por la que una vez mereció la designación de Funeraria La Moderna. Imagino la magnificencia del Cine Luyanó, antes de rebajarse a dojo de artes marciales y acabar convertida en ruinas.

En una era pasada: en cada cuadra un comité. Ahora, un monótono reguero de casas ofertando las mismas bebidas, cigarros y comestibles. Constato (no imagino) el tránsito de la unidad ideológica a la unanimidad mercachifle.

Entonces me da por imaginar, con auspicio de futuro esta vez, a todo ese volumen de productos reunido con coherencia, como manda Mercurio, dios del Comercio, en un par de centros comerciales que faciliten la faena a los consumidores. De paso, con tanto vendedor quedando excedente, la forja de una fuerza laboral apta para ser redirigida hacia tareas más productivas y urgentes, que mejoren la cara y la vida de este país.

Pero mi pensamiento no juzga a la tropa numerosa de actuales buhoneros. Porque tampoco es que la realidad les ofrezca muchas alternativas. Un hombre ha apilado sobre la acera tres montones de piña, con distintos tamaños y precios. «Están buenas, lo garantizo. Esas te las doy a 120», me tienta el mercader con acento del Oriente. Agarro dos y me imagino ya descansando en casa, con el dulce de la fruta aliviando mi paladar de los sabores amargos del trayecto.

Fotografías: Rafael Grillo

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Me desvío de Calzada de Luyanó a la altura de una calle que me remonta a mis orígenes, Nuestra Señora de Regla. A la derecha, de un verde urgido de pasarle la brocha, destaca Hijas de Galicia, el hospital materno. Imagino la magnitud dramática del hecho de alumbrar y de criar un niño en las condiciones del presente y sigo adelante. Hasta Nuestra Señora de la Guardia, a la izquierda.

Igualmente precisaría una mano de pintura el agraciado templo de estilo neogótico. Y cambiar los tablones que tapian la entrada por un regio portalón. Veo gente acudiendo a la liturgia por un acceso al costado; me acuerdo de quitarme la gorra e ingreso también. Dividido entre la vergüenza por ofender a los devotos y los deseos de retratar la intimidad del santuario con la cámara del celular, me puede más lo segundo. Y tomo fotos hasta la saciedad.

Fotografías: Rafael Grillo

Fotografías: Rafael Grillo

Pero antes de partir, resuelvo hacer expiación por ese pecado de gula visual. Elijo un santo al azar, sin leer su nombre siquiera. Tampoco le miro la cara, por pudor, e introduzco cien pesos en la alcancía junto a sus pies.

Con el espíritu reformado tras el baño de fe, regreso al camino. Imbuido de fervor, le entro de nuevo a la Calzada. Para continuar imaginando…

PARTE IV: CUANDO EL CAMINO SE ACABA

Soy de la Verdad una ínfima porción y minúscula molécula de la Vida toda. De la palabra de Jesús en el versículo de San Juan («Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida»), me voy quedando solo con lo primero.

Soy el Camino, he vuelto a andar… Y lo que veo al regresar a Calzada de Luyanó es a La Ronda y Gintonic. Dos restaurantes de nuevo tipo que en nada evocan la hondura de los mandatos espirituales.

Al contrario, son ejemplos del materialismo más ramplón y la mímesis de los aires norteños. Una gran nevera con lata de Coca Cola pintada es parte esencial de la decoración en uno. Del otro paladar, apenas retengo la imagen del anciano asomado a un balcón encima, porque su silueta magra es negación absoluta de la tonificada mocedad promovida en planta baja.

Con dos tercios del trayecto cumplidos, merezco un reposo en lugar tranquilo y tuerzo por Fábrica. El espacioso parque de esa calle, con una ceiba inmemorial al centro, posee el típico hálito soporífero de los pueblos de provincia.

A la sombra de la parada conversa una pareja, de espaldas al ómnibus que nunca pasará. Sobre el césped contiguo al monumento del combativo Arturo del Pino — héroe de dos contiendas: contra los españoles y contra el tirano Machado — yace una mamá muy joven, con niña en brazos y un varón pequeño jugando alrededor.

Delante del antediluviano sillón de barbero instalado en una esquina, cuatro hombres, de edades distintas y similar vestimenta de andar por casa, liban de una botella y platican con la calma chicha del día después del Armagedón.

Fotografías: Rafael Grillo

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Me siento tentado a preguntarles si es que han visto por ahí a Pedro Páramo. Pero descubro en la cercanía una iglesia presbiteriana, que asombra por la incongruencia de sus vivos colores (rojo y amarillo) con la congregación de espectros circundante, tan afín a la Comala de Rulfo.

La máquina del tiempo me devuelve a tres décadas atrás, cuando retorno a la Calzada y me topo con Brascuba. A mediados de los 90 laboraba yo en selección de personal y capacitación de esa empresa mixta. Ahí me aficioné a sus cigarrillos y recuerdo su distribución impecable por las cadenas estatales de mercados y cafeterías que existían entonces. ¿Será la aniquilación de estas la respuesta cardinal al misterio de por qué sus marcas ahora solamente pueden conseguirse de manos de los merolicos?

Al menos esta fábrica se mantiene produciendo. Peor es la escena en la acera opuesta, donde un Elpidio Valdés casi tapado por churre gris todavía se desgañita exhortando: «Oigan, amiguitos, ¡hay que llegar temprano!». Aunque ningún pionero le atienda y la primaria Eliseo Caamaño permanezca cerrada quién sabe desde cuándo.

Fotografías: Rafael Grillo

Fotografías: Rafael Grillo

Doscientos metros más allá, Atlas ha dejado de sostener sobre sus hombros el fabuloso universo de la cinematografía. Hay que imaginar en las letras herrumbrosas de hoy aquel tiempo cuando brillaban en rojo y atraían gentíos a la sala oscura con nombre de titán mitológico.

Arribo al ángulo donde Calzada de Luyanó se diluye en Avenida Diez de Octubre. De esa Esquina de Toyo, antaño célebre por sus deliciosos panes y dulces, subsiste apenas un mostrador que expende el reseco y mínimo pan de la libreta.

Transito Diez de Octubre hasta su terminación en el Florida. Otra pantalla de cine que ya no es. Desde el parque de enfrente contemplo su fachada, con la seriedad de quien asiste al velatorio de un ser querido. Me asalta un recuerdo de la infancia: aquí fue donde vi «El flautista contra los ninjas».

Fotografías: Rafael Grillo

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¿Y si no volviera a tener jamás esta remembranza? La muerte de un cine es también el entierro de parte de la memoria. La mía y la de tantos.

Saco esta conclusión y me percato de que nada he comido durante la peregrinación. No soy el único, me imagino, al que le entra hambre al salir de los cementerios. Debe ser una señal del cuerpo indicando que uno permanece con vida. Extraigo de la mochila un paquete de sorbetos. Alimento que casi nunca ingiero, aunque sí me gusta, y por eso lo he incorporado en mis viajes como la hostia de la liturgia.

Estoy en el cruce de caminos donde termina el derrotero prefijado para la jornada. A partir de aquí empieza la vuelta atrás. Y decido hacerle caso al lector que me sugirió coger por Vía Blanca hasta Villanueva, en vez del rumbo por Cristina de andares previos.

Como este no es el regreso a Ítaca de un Odiseo acosado por el vengativo Poseidón, dios que le mina la ruta con tentaciones, obstáculos y peligrosas aventuras, será breve lo que resta por contar.

Apunto lo que voy viendo, como quien repasa las cuentas de un rosario de martirios. Veo una terminal de ómnibus sin ómnibus, la unidad de patrullas con su mala vibra, el remoto castillo en la loma de Atarés, la termoeléctrica en desuso, una estación de trenes sin trenes y el paseo marítimo con cartel de acceso prohibido…

Tras 12 kilómetros de puritica marcha, y en espera de la barca que surca la bahía hasta Regla, cumplo el rito final con «Lafría». Y mientras, imagino a la lata de cerveza pronunciando un sermón: «Soy la Verdad única, la Vida que queda y, para ti, el Camino se ha acabado».


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