Reflexionando sobre El Miedo a la Libertad (E. Fromm)
En este libro, Fromm, analiza la evolución de la historia teniendo en cuenta como el ser humano ha ido rompiendo esquemas dogmáticos para…
Reflexionando sobre El Miedo a la Libertad (E. Fromm)
En este libro, Fromm, analiza la evolución de la historia teniendo en cuenta como el ser humano ha ido rompiendo esquemas dogmáticos para pasar a organizarse entorno a estructuras en las que los pasos a seguir dejan de estar dados por imposición. En esta nueva forma de organización, las viejas certezas van perdiendo valor, mientras que de forma proporcional la libertad con la que las personas enfocan su vida va en aumento. Según el autor, estos esquemas dogmáticos otorgaban seguridad a las personas, el hecho de eliminarlos lleva implícita una pérdida de certezas que provoca en la sociedad una sensación de malestar. Esta idea podría resultar confusa teniendo en cuenta que este autor pertenece a la Escuela de Frankfurt. Como bien es sabido, las líneas de los autores de dicha corriente se enfocan en cuestionar las estructuras de poder, aun así, en este caso podría parecer que la idea general gira entorno a la defensa de la necesidad de dichas estructuras como forma de aliviar los malestares que pudiesen surgir en la persona, en el caso de que esta se proponga organizar su vida entorno a esquemas autónomos. Según Fromm, el ser humano no podría soportar dicho peso sobre sus hombros.
Encontramos una clara contradicción en otra obra del mismo autor, concretamente en el psicoanálisis de la sociedad contemporánea, donde afirma que “la conciencia es por su propia naturaleza disconforme, debe poder decir no, cuando todos los demás dicen si. En la medida que una persona sea conformista no podrá oír la voz de su conciencia y mucho menos actuar de acuerdo con ella”. ¿Acaso no es una forma de conformismo organizar la vida entorno a viejos esquemas dogmáticos? ¿No es menos conformista el hecho de organizar la vida entorno a esquemas creados de forma autónoma? Por desgracia, no sabremos que nos respondería el autor al respecto, pero a priori como lector se percibe cierta disonancia cognitiva entre ambas creencias. La idea de que las elecciones suponen una carga podría entenderla cualquiera que se haya visto obligado a resolver una encrucijada, ahora, ¿la persona hubiese preferido un contexto caracterizado por la falta de opciones como solución al dilema experimentado? Las ideas expuestas en el libro titulado el miedo a la libertad podría llevarnos a pensar que sí. Parece ser que desde esta línea, la libertad se entiende como aquella renuncia autoimpuesta a lo que podríamos denominar como esquemas de vida creativos y personales. Al mismo tiempo, se puede afirmar que el autor se muestra pesimista a la hora de creer en que se puede superar esa fase dogmática y alcanzar una nueva era libertaria que sea funcional, al igual que lo fueron las viejas creencias como forma de organización grupal. Este planteamiento parece lógico si nos preguntamos como podría funcionar una sociedad en la que los miembros no compartan códigos de conducta, ni valores, ni tampoco creencias. Cabe destacar que el centro de unificación de las viejas sociedades gira entorno a esta cuestión: similitud en la forma de entender la vida como vía facilitadora hacia las interacciones funcionales. No debe sorprendernos por tanto, el hecho de que alguien que haya crecido en este estilo de sociedad ponga en valor los efectos psicológicos adversos que supondría desarmar los cimientos sobre los que se construyeron las civilizaciones.
Analizando el contexto actual podría observarse esa tendencia innata hacia la internalización de dogmas o subjetividades como forma en la que estructurar la vida. Claro ejemplo de ello, es la creciente oleada de gente que recurre al coaching para que le den las claves a la hora de enfocar el día a día en un contexto supuestamente libertario, de esta forma se les da una imposición sobre lo que es bueno o malo para las personas sin pararse a analizar a las mismas como entes autónomas, ofreciendo una estructura genérica para las masas. Seguramente, muchos de ellos no comprenden porque sus antepasados iban cada domingo a la iglesia para que el párroco de turno les diese un sermón cargado de imposiciones y además hiciesen una donación económica voluntaria a la institución. Curiosamente, ahora son ellos mismos quienes recurren a un tercero para que les planifique la vida cotidiana, además, teniendo que realizar un pago obligatorio por dichos “consejos”. Curiosamente, muchas de estas personas no son capaces de ver la similitud entre ambas situaciones de cesión o sumisión ante dogmatismos. Teniendo en cuenta esta cuestión, se podría afirmar que la historia le ha dado la razón a Erich en relación a su postulado sobre el miedo a la libertad que enfrenta la masa social.
Volviendo al hilo de las contradicciones planteadas por el autor, cabe destacar otra idea que él mismo deja plasmada en su obra titulada con el nombre de psicoanálisis de la sociedad contemporánea. Ahí expone que la inseguridad de los seres humanos debe ser tolerada ya que la ausencia de la misma solo podrá lograse por sumisión o creencia ciega ante dogmas. Teniendo en cuenta este postulado, cabe destacar que se debería tolerar esta fase de inseguridad y malestar provocada por la ruptura de viejas certezas, ya que es la única vía de avanzar a instancias de pensamiento y organización adaptadas a las nuevas necesidades de los individuos. La reforma protestante iniciada con las ideas de Calvino y Lutero en el siglo XVI, la ilustración y la revolución francesa en el sigo XVIII, así como filosofías posteriores de índole individualista como podría ser la de Nietzsche, han ido colocando al ser humano en el centro, dejando a un lado la rigidez y homogeneidad que se daba en épocas anteriores en la forma de ver el mundo. La psicología de la Gestal vendría después para aterrizar a nivel teórico y en términos psicológicos esta pluralidad que se estaba comenzado a dar en la forma de entender el mundo, argumentando por esa vía que el significado otorgado a las percepciones puede ser personal. Esto hoy en día para los jóvenes podría parecer una obviedad, pero quizá no sería tan comprensible en entornos conservadores de épocas anteriores.
En términos freudianos este avance social podría considerarse como favorable, ya que favorece la reducción del super yo y una ampliación del yo. Se debe tener en cuenta que la crianza en un entorno excesivamente normativo podría provocar la internalización de demasiados límites, provocando esto un conflicto por la imposibilidad de regular las pulsiones del ello de una forma eficaz. A la contra, en un contexto menos normativo y con más posibilidades a la hora de exteriorizar las pulsiones, la personas podría seguir el principio de realidad con mayor facilidad. Pongamos el ejemplo de una persona homosexual criada en el contexto de una familia libertaria en España hoy en día, en comparación con otra que haya sido criada en una familia conservadora del mismo país en el siglo XVI. En este caso, vemos claramente que este último internaliza unas normas sobre conducta social que le impiden aceptarse a si mismo, además, el contexto le da opciones muy restringidas e inaceptables en el caso de que quiera exteriorizar su sentimiento. Mientras tanto, la persona criada en el contexto de una familia libertaria actual, no interiorizaría normas tan rígidas sobre conductas sexuales y además el medio le ofrece posibilidades para poder mostrarse tal y como es. En este sentido, la ruptura de las viejas creencias facilitaría a las personas el hecho de poder construirse a si mismas con el menor grado de conflicto interno posible.
En términos de Durkheim, se podría entender esta situación como un avance de una sociedad mecánica, donde la similitud entre individuos facilita la cohesión social, hacia una sociedad orgánica, donde la conciencia colectiva es menor y hay más espacio para la individualidad. A consecuencia de esta transición, hay posibilidad de que las personas experimenten una pérdida de identidad. Se debe tener en cuenta que aquello que religa a los seres por ser compartido entre ellos, a parte de facilitar la funcionalidad del grupo, también otorga al individuo una sensación de identidad que cubre una necesidad psicológica innata. Como bien se expone en el miedo a la libertad, la pérdida de valores y creencias que servían de abanderado identitario, podría provocar en los individuos la necesidad de seguir a un líder que realce todo aquello que el avance u otros factores comienzan a poner en duda. De alguna manera eliminar estas raíces sería como arrancar del individuo a tirones algo que siente tan propio como sus dos brazos. Claro ejemplo de ello es el fascismo que se vivió en la Alemania nazi, discursos enfocados a la recuperación de esa identidad amenazada como forma de embaucar a la masa son fáciles de percibir a su vez en las filas de partidos políticos de este estilo. Las necesidades humanas en estos procesos de transición social y desarraigo de creencias giran, por tanto, entorno al sentimiento de identidad, el cual se ve amenazado por el nuevo contexto. No ocurre lo mismo con la cohesión social, lo cual podría ser difícil de entender, teniendo en cuenta que la nueva sociedad a la que se camina esta integrada por sujetos cada vez más diversos. Siguiendo con las ideas de Durkheim, esto se explica mediante el concepto de solidaridad orgánica, lo cual hace referencia a la unión entre individuos que se da en sociedades modernas y complejas, donde la cohesión se consigue mediante a la complementariedad de roles entre miembros no tan homogéneos.
Dejando a un lado en análisis en perspectiva sociológica y enfocándonos en el ámbito cognitivista, se observa que el negativismo que Fromm propone en cuanto al uso que el individuo hace de su libertad, choca de frente con la idea del avance hacia la moral autónoma de la que habla Piaget. Recordemos que el estadio previo es el de la moral heterónoma, estado mental en el que las leyes se entiendes como algo absoluto y se cumplen de forma mecánica por una simple evitación del castigo. El avance hacia una moral autónoma supone una adquisición de una mirada mucho más holística hacia las leyes, donde se comprende que son un consenso modificable y por ello se genera un pensamiento crítico hacia las mismas, pudiendo poner en duda aquellas leyes que no se consideren justas y cumpliendo con gusto aquellas que se entienden como un compromiso con los valores de la comunidad. Teniendo en cuenta estos conceptos se podría deducir que un entorno totalitario y por tanto carente de libertad será menos propicio para el desarrollo moral autónomo de los individuos del grupo. Este punto, al igual que otros mencionados anteriormente también genera choques, ya no con su ideología ligada a los valores de la escuela de Frankfurt, sino con su faceta de psicoanalista, ya que en este sentido parecen más perversas las consecuencias de acotar la vida al ser humano en comparación con las que pudiesen surgir en un contexto de libre elección.
La línea cognitivista vuelve a poner en duda las tesis de Fromm si se toma como referencia el concepto vygotskiano de herramienta intelectual. En términos generales, esta idea describe la importancia de la interacciones con elementos externos complejos como forma de obtener un desarrollo cognitivo óptimo. Así pues, en una sociedad carente de libertad podría no haber acceso a ciertas herramientas que faciliten la creación de un pensamiento crítico, reduciendo en igual medida la posibilidad de que este pensamiento crítico creé nuevas herramientas intelectuales que favorezcan el desarrollo cognitivo de generaciones venideras. Siempre y cuando se tenga en consideración que la creación de herramientas que simplifiquen en exceso las tareas y anulen la reflexión del sujeto podrían provocar en quienes interactúen con ellas desde la infancia una situación de involución cognitiva.
En resumen, se podría decir que Fromm no estaba totalmente equivocado cuando expone esta tesis sobre las consecuencias que provoca el peso de la libertad en las personas, ya que no hace falta irse a otra época para encontrarse con personas carentes de criterio propio huyendo de si mismas y abrazando de forma voluntaria patrones impuestos desde fuera. Inseguridad, indecisión, miedo; todos ellos son factores que propician esas tendencias en algunos en mayor medida y en menor en otros, aun así, se percibe un discurso excesivamente sesgado en el relato analizado a la hora de describir estas tendencias, claro ejemplo de ello es el hecho de centrar el análisis en un fenómeno tan extremo como el nazismo. Falta considerar también los factores positivos que pudiesen surgir a partir de un cambio que suponga el abandono de los viejos esquemas con los que fuimos criados. Parece de lógica comprender que si no nos cuestionamos nuestras formas de organización nunca vamos a poder mejorarlas y claro está que este cuestionamiento parte del fomento de espíritus críticos que se enfrenten a lo establecido, esto sería imposible de conseguir sin libertad. Teniendo en cuenta en cuenta el año en el que se escribió la obra, época caracterizada por el enfrentamiento de propuestas comunistas y libertarias que posteriormente desembocarían en lo que hoy día conocemos como Guerra Fría, se podría entender que la línea marxista del autor supuso un sesgo importante para la tesis. Esa romantización del pasado podría generar una tendencia a apoyar regímenes comunistas, ya que dichos sistemas son más propicios para la estabilidad de los valores, justamente por la restricción de la libertad a la que someten a sus miembros. Es de justicia subrayar este aspecto a la hora de validar las ideas expuestas en el libro comentado, bajo mi juicio personal muy por debajo de otras del mismo autor como el arte de amar o el psicoanálisis de la sociedad contemporánea. Aun así, cabe destacar la importancia de esta obra a la hora de replantearnos si la identidad de los sujetos, tal y como se expone en la dialéctica hegeliana del amo y esclavo, pude ser independiente a esas formas de dominación y sumisión, o si el hecho de romper esa relación deja al ser humano navegando en el vacío.
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