Pensar demasiado unos tenis
y otras formas de proyectarse
Pensar demasiado unos tenis
y otras formas de proyectarse
Cada vez que pienso en usar mis Golden Goose, se me activa una cadena de contradicciones que no tiene nada que ver con los tenis… y al mismo tiempo tiene todo que ver con ellos.
Escuché al Arturito en uno de sus videos decir que ya están pasados de moda. Un video viejo.
Luego vi una serie de Netflix en la que sale Dakota Fanning, y alguien dice algo parecido.

Que ya no van.
Que ya fueron.
Que ya no.
Y aunque sé que es absurdo, algo en mí se inquieta.
No quiero estar pasada de moda. Obvio.
No quiero ser esa persona que no se enteró de que el tren ya pasó.
Pero luego entra otra voz, igual de fuerte:
la economía en Estados Unidos no es la misma que la de México.
Me los compré allá.
Aquí los he visto hasta en quince mil pesos.
Entonces pienso: I might as well use them.
Ya están aquí.
Ya existen en mi clóset.
No son los tenis más cómodos del mundo, no.
Pero tampoco son incómodos.
Y además, intento vivir desde un lugar menos consumista, menos impulsivo.
No estar comprando cosas nuevas sólo porque “ya no se usan” las que tengo.
Si ya los tengo, ¿por qué no usarlos?
¿Por qué tendría que reemplazarlos sólo para no sentirme “atrás”?
En medio de todo esto, recuerdo los True Religion.
Caros. igual.
Aspiracionales.
Me esforzaba mucho por comprarlos.
Me transportan a mis épocas universitarias.
Tenía algunos pares.
Y me acuerdo perfecto de unos color menta.
Porque el color menta siempre está presente:
en mis Golden Goose
y en mis antiguos True Religion.
En ese entonces entendí que existía un mercado secundario para las marcas caras.
Así que antes de que pasaran más de moda, vendí todos los pares de True Religion que tenía.
Los vendí en Mercado Libre.
No es que ganara mucho por cada uno.
Pero sí gané por el acumulado de tooooodo lo que vendía.
Y más importante: no acumulé.
Nada me frustra más que el potencial estancado.
Tener unos jeans colgados en el clóset
que alguien podría estar aprovechando,
sólo porque tú ya no los usas,
porque ya no están de moda.
Y ahora los veo regresar.
Porque aunque no sea una chica fashion,
hay una ley básica que siempre se cumple:
todo regresa.
Volviendo a mis Golden Goose.
Hubo un momento en el que también intenté soltarlos.
Llevé ese par — y unas chanclitas peludas que tengo — a Clark para venderlos.
No me acuerdo si los ofrecí en mil o en mil quinientos pesos.
El caso es que pasaron los meses.
Como seis.
Y no se vendieron.
Así que regresaron a mi casa.
Para aprovecharlos.
Ahí es donde entra el conflicto más incómodo:
sí me importa lo que piensen de mí.
Sí me importa mi imagen.
Sí me importa cómo me ven.
Y al mismo tiempo, estoy practicando activamente que no me importe tanto.
Que no viva desde la mirada externa.
Que no me defina una tendencia, una serie, un comentario al aire.
Entonces aparece el oso.
Ese pensamiento silencioso:
¿y si alguien me ve y piensa “esa vieja está pasada de moda”?
Y casi en el mismo segundo, otro pensamiento lo contradice:
¿y qué si lo piensan?
¿realmente pasa algo?
Sigo viendo a muchísimas personas en México usando sus Golden Goose.
En la calle, en cafés, en aeropuertos.
No parecen personas desactualizadas.
Parecen personas usando unos tenis que les gustan.
Y además hay algo irónico en todo esto:
la marca literalmente los hace verse puteados.
Ese es el punto.
Aunque estén gastados, están “bien”.
Aunque se vean viejos, están diseñados para verse así.
Qué chafa, pienso a veces, invertir una pasta en unos tenis
y que supuestamente “pasen de moda” tan rápido,
cuando físicamente siguen intactos, útiles, funcionales.
Empiezo a darme cuenta de que no estoy hablando de tenis.
Estoy hablando de pertenencia.
De validación.
De miedo a quedarme atrás.
De querer ser auténtica sin dejar de ser aceptada.
Soy una cosa y la otra.
Vanidosa y reflexiva.
Consciente y contradictoria.
Me importa lo que pienso de mí,
pero tampoco soy inmune a lo que piensan los demás.
Tal vez los use para el diario.
Tal vez los reserve para días específicos.
Tal vez los combine con prendas que sienta más mías, más cuidadas.
Tal vez simplemente los use un día y otro no.
Y al final, inevitablemente, me hago la pregunta que corta todo:
Son unos tenis.
¿Por qué carajos estoy pensando tanto en unos tenis?
No tengo una respuesta clara.
Pero sí una intuición:
no es por los tenis.
Es por todo lo que proyecto en ellos.
Y eso, aunque suene exagerado,
también es parte de conocerme.

메타데이터
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