Mi abuela es la última abuela que me queda.
Recuerdo vívidamente las visitas que hacía de niña a mi tía Magda. Un día mis papás decidieron que era buena idea comenzar a visitarla y…
Mi abuela es la última abuela que me queda.

Recuerdo vívidamente las visitas que hacía de niña a mi tía Magda. Un día mis papás decidieron que era buena idea comenzar a visitarla y nos llevaron a verla en varias ocasiones. Yo tendría unos 10 años, posiblemente cuando la conocí. No soy muy buena para calcular la edad que tenía cuando sucedieron algunas cosas.
Pero recuerdo que me impactó verla.
Era una señora muy, muy vieja. Tenía profundas arrugas y muy posiblemente no tenía dientes. Sonreía todo el tiempo y permanecía sentada en una mecedora mientras nos contaba de tíos, tías, primos, niños que yo no conocía, pero es que mis familias siempre fueron muy extensas y yo nunca fui muy buena para prestar atención a los nombres.
Mi tía Magda sí recordaba todo. Recordaba nombres, relaciones, quién había ido, quién no había ido y más. Ahora pienso que las visitas comenzaron porque ya esperaban que muriera pronto.
Mi tía Magda murió cuando yo tenía 14, eso sí lo recuerdo bien. Fue el primer funeral al que asistí y la primera vez que participé en los rezos y costumbres de mi familia. Los rosarios, el levantamiento de la sombra, las flores, las veladoras, el humo, el incienso…
Mi tía Magda tenía más de 100 años cuando murió.
Hoy tengo 46 años y he visto cómo se despedían tres de mis abuelos. Mi abuelo materno primero, por complicaciones con diabetes. Mis dos abuelos paternos después, por la edad. Ellos tenían 96 años cuando murieron cada uno.
En estos momentos estoy esperando la llamada de mi mamá, para que me diga que mi abuelita está perdiendo mobilidad y que posiblemente permanezca en cama. Mi abuela tiene 96 años.
Pensar en mis abuelos ahora me recuerda que yo llegaré también a ese estado alguna vez. Me hace consciente de mi fragilidad, de que ya no me muevo como antes, que no resisto igual que antes.
Que si paso mucho tiempo en cuclillas debo tener cuidado al levantarme, porque mis rodillas van a quejarse. Que no debo abusar de las cosas agrias o muy frías porque mis dientes van a resentirlo unos cuantos días. Que es mejor si como poco de todo lo que quiero, porque me hace falta un apéndice y una vesícula y mi estómago no trabaja igual.
Pensar en mis abuelos es ser consciente de que es mejor mantenerme activa para no molestar a los demás. Que prefiero ser capaz de ir al baño yo solita hasta el último día de mi vida, a tener a un mirón que pregunte todo el tiempo “¿cómo vas?”, porque en primer lugar… ¿quién va a ser ese mirón?
Ya hablé con mi mamá y mi abuela se niega a moverse. A veces resiento su actitud porque eso significa más trabajo para mi mamá y para mi madrina. Y entonces pienso, el martes me toca pilates y vas a poder ir al baño tu solita a los 96.
메타데이터
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