¿Dónde reside la maldad?
A lo largo de la historia de la filosofía podemos apreciar diferentes autores que se han preocupado por definir nuestra facultad de pensar…
¿Dónde reside la maldad?

A lo largo de la historia de la filosofía podemos apreciar diferentes autores que se han preocupado por definir nuestra facultad de pensar, como por ejemplo Descartes o Locke. Sin embargo, para Arendt estos filósofos, pocos, además, no han desarrollado el concepto de pensar tal y como ella quiere comprenderlo, es decir, más como los procesos de pensamiento que como los objetos de este. Esto se podría explicar dada su particular preocupación acerca de este respecto, puesto que lo que se evidencia en De la Historia a la Acción particularmente en el capitulo del pensar y las reflexiones morales, es que la problemática principal que la ha llevado a reflexionar sobre este tema es su visión sobre el juicio de Adolf Eichmann y la banalidad de la maldad que pudo encontrar allí. A partir de esta experiencia, Arendt no logra comprender cual es la razón por la cual a pesar de considerar las acciones de Eichmann por cualquier sociedad como viles e injustificables, él mismo no es capaz de reflexionar críticamente sobre lo que hizo. Dado esto, afirma que la maldad es realizada en gran parte por aquellos individuos que nunca se habían planteado realmente si eran buenos o malos (1995, p.128). Es más, en un apartado de su obra Eichmann en Jerusalén, afirma varias veces que el caso de este hombre recae casi en su “estupidez” y en su “incapacidad para pensar”, de lo que se sigue que Eichmann nunca se planteó realmente si lo que hacía era bueno o malo.
Teniendo esto en cuenta, es pretensión de este texto clarificar el concepto de pensamiento que Arendt adopta en el capitulo del pensar y las reflexiones morales, especialmente desde su concepción del diálogo consigo mismo ante el modelo de Sócrates como individuo ideal dentro de la actividad de pensar. Con este pequeño análisis que se realizará, se quiere comprender un poco las razones por las que Arendt deriva de la actividad del pensamiento la facultad de juzgar sobre lo bueno y lo malo, y como desde esta percepción podemos afirmar que el concepto como tal de “maldad” reside efectivamente en la consciencia individual y por tanto se excluye de cierta manera la concepción de una conciencia moral colectiva.
Es importante recalcar que el texto de la Historia a la Acción y capitulo abordado de la autora, se encuentra estrechamente relacionado con el tercer capítulo de La Vida del Espíritu, llegando incluso a tener muy pocas distinciones entre los párrafos y el manejo del tema. Se evidencia así mismo que en este texto la autora mejora algunas concepciones respecto al texto anterior, pero como se ha dicho, es muy poco lo que podemos distinguir entre ambos documentos. Por tal motivo, el presente texto pasará por alto ciertas cuestiones fundamentales ya abordadas en la sesión anterior.
I
Lo primero y que se considera relevante para analizar las posturas de Arendt en el texto, es recordar que el problema del mal, de la banalidad del mal, implica un desconocimiento o falta de reconocimiento sobre aquello que realmente hace algo “malo” o no. Esto se aprecia en el juicio de Eichmann y su falta de sensatez sobre sus acciones. Así pues, lo primero que Arendt revisará en las primeras páginas del capítulo serán sus afirmaciones sobre la incapacidad de pensar del condenado, y si esta era realmente la causa de su ‘tranquilidad de conciencia’. Para esto, es necesario saber que tipo de gente es la que posee la capacidad de tener aquella “conciencia” inicial de la que nos habla como aquella voz interna que nos dice lo que debemos hacer y lo que no. Sin embargo, este tipo de reflexiones la llevaban al campo ya convaleciente de la metafísica, por lo cual, ya conociendo su postura terminante frente a estas cuestiones, Arendt reafirma su creencia en la culminación de la distinción entre lo sensible y lo suprasensible y posiciona sus preocupaciones en el área de la actividad. El pensar entonces, se considera en primer momento como una actividad.
Ahora bien, si pensar es una actividad, se hace necesario realizar la distinción entre la actividad de conocer que frecuentemente se asocia directamente con el pensamiento y el “pensar” como tal. La primera hace referencia -según Arendt- a una construcción dirigida a un fin concreto, mientras que la segunda se concibe desde una necesidad del hombre de realizar esta actividad de pensar y no expresa tras de sí un producto tangible como el conocimiento, puesto que su objeto no pretende verificarse de alguna manera, sino que son los conceptos o ideas y estas a su vez están en lo profundo del individuo que cuando se propone analizarlas le es preciso aislarse del resto de seres. Más tarde nos dirá que el posible producto de esta actividad será la facultad del juicio y en él, la capacidad de distinguir entre lo bueno y lo malo, lo feo y lo bello. No obstante, afirmará también que “la capacidad y la necesidad de pensar no se limitan en absoluto a una materia específica” (1995, p. 114), lo cual nos sugiere que de esta actividad del pensar no solo se deriva el juicio, sino otras facultades que no pueden ser encontradas en la actividad de conocer, aunque no llega a especificar cuales o al menos, no se pudo dilucidar en el texto.
En este sentido, si la actividad de pensar se entiende como necesidad y capacidad, entonces no es privilegio de algunos individuos, todo ser humano posee esta capacidad y por lo tanto puede juzgar entre lo bueno y lo malo. Sin embargo, a pesar de querer utilizar constantemente a Kant y su pretensión de acción universal, se le escapa de las manos cuando encontramos excepciones a esta facultad de juzgar, no porque el individuo no posea en sí mismo la necesidad y la capacidad de pensar, sino precisamente porque tiene la posibilidad de ignorar dicha necesidad y rechazar su capacidad como se verá más adelante.
II
Ahora bien, esta actividad de pensamiento ha sido caracterizada específicamente a los “pensadores profesionales” que por antonomasia los entendemos como los filósofos. Ellos pensaban con un fin, para conseguir algo, su pensamiento era teleológico. Sin embargo, hay uno en particular que se sale de esta catalogación, y Arendt lo posiciona como el modelo que fue capaz de pensar fuera de todo objetivo, de concentrarse en el pensamiento mismo y por tanto “pensó sin convertirse en filósofo”. Sócrates es el punto de referencia de nuestra autora para conseguir aclarar un poco más el tema de la actividad de pensar, y su primer argumento para trabajarlo son los diálogos aporéticos de Platón.
Se hace interesante analizar lo anterior con detenimiento. La aporía quiere decir “sin salida”, de forma que todo diálogo del que era partícipe Sócrates nunca llegaba a una conclusión precisa y tangible, los finales eran las dudas y las aceptaciones de los errores cometidos por sus interlocutores o por el mismo Sócrates. Si recordamos la definición anterior donde se afirma que el pensar no tiene en sí mismo ningún producto, el argumento de Arendt respecto a la aporía de los diálogos va en este camino. A pesar de que todo el tiempo en cualquier diálogo podemos, de alguna manera seguir los argumentos y expresiones de cada una de las partes, estas no sugieren nunca una plena seguridad y siempre se llega a un final inconcluso. En ellos podemos identificar que los personajes animados por Sócrates tratan de develar conceptos muy cotidianos que la mayoría se contenta con obviar, y que por esta razón no hay una preocupación por reflexionar sobre algo realmente, puesto que se cree que no es necesario, excepto Sócrates. De esto se sigue que él es el ejemplo perfecto para distinguir la actividad del pensamiento, puesto que todo el tiempo se encuentra en ella y finalmente no obtiene ninguna definición y por tanto ningún resultado -si consideramos que son infructíferas las reflexiones realizadas- a pesar de haber dedicado buen tiempo a ella.
Ahora bien, ignorando la modestia de nuestro pensador, se nos hace importante recalcar su labor para incentivar este tipo de pensamiento en los otros. Se le compara con el tábano puesto que sabe como chuzar a otros individuos para que no continúen en su ignorancia e indiferencia en cuanto a ciertos temas que suelen pasar por obvios pero que siempre necesitan reflexión. Sin embargo, aquí se le compara con la comadrona porque no pretende enseñar los conceptos y las definiciones correctas, se presenta como estéril del conocimiento y con ello es posible ayudar a los otros a encontrar su propia reflexión y su propia actividad de pensamiento. Finalmente, como un torpedo que paraliza a los otros manteniéndolos con él en sus dudas y vacilaciones. De esta manera sabemos que Sócrates era un conjunto de acciones que componen esta actividad: incentivar el pensamiento, ayudar a encontrar su propia reflexión, mantener la duda y volver al primer paso.
En este punto, Arendt aclara el peligro que conlleva en sí mismo el pensar como la caída en el nihilismo, que de ninguna manera sería el resultado de este sino más bien una consecuencia de querer encontrar resultados para no tener que continuar pensando. Sin embargo, dicha consecuencia no se convierte en la única y tampoco en la más importante a pesar de que ponga en riesgo cualquier creencia que posea el individuo. No obstante, como no es pretensión del presente texto ahondar en este tema continuaremos con las consecuencias de la ausencia del pensamiento.
III
Teniendo un poco más clara la concepción de Arendt sobre la actividad de pensar, es menester referirnos a su visión del “no pensar”, ya que es a partir de aquí donde se puede entrever mucho más lo que será su apuesta final con relación a la maldad. Ella afirma que no pensar radica principalmente en la ausencia de un examen crítico por parte del individuo, es decir, de no someter a reflexión en este caso, las reglas de conducta establecidas en una sociedad. Hay que recordar que, la actividad de pensar de Arendt está en función de la acción moral que tome el individuo. Por tanto, no pensar se enfocará en la falta de examen de las reglas de conducta, y en ellas, lo que es la justicia, el bien, el mal, lo bello, lo admisible y lo inadmisible.
Esta actitud según ella es la que favorece a los gobiernos y en especial a los gobiernos totalitarios, para los cuales fue bastante sencillo invertir las normas morales básicas con el fin de alcanzar sus objetivos y no recibir ningún reproche u oposición lo suficientemente fuerte que les hiciera desistir. Recordemos también que, en Los Orígenes del Totalitarismo, Arendt hace referencia a las masas que se dejan llevar por lo que dicen sus dirigentes, esto se da porque este gobierno ya les ha arrebatado completamente su individualidad, impidiéndoles así mismo esta actividad de pensar que, como veremos, requiere justamente de ese encuentro consigo mismo para revisar las acciones y reflexionar sobre las cuestiones morales. Esta masa es capaz de obedecer cual borrego, no porque no tenga la capacidad para pensar sino porque más que arrebatársela, el gobierno totalitario le invalida esta capacidad y junto con ella el examen crítico que en teoría todo ser humano puede realizar respecto a sus decisiones morales y las de los otros.
Sin embargo, aquí se encuentra una distancia entre el pensamiento de Sócrates y el pretendido por nuestra autora, ya que es posible deducir de los diálogos que Sócrates en la pluma de Platón, creía que no es posible hacer el mal voluntariamente, lo cual desembocaría en la afirmación de que nadie es malo porque lo quiere y esto no es para nada cierto. Si bien el problema radica cuando la persona no somete a reflexión su conducta, es decir, cuando no piensa, no se puede negar que hay individuos que sabiendo de su maldad se contentan con realizarla. De forma que, podemos entender este apartado como la aclaración de la existencia de estos dos tipos de personas: aquellos que hacen el mal porque así lo desean, y por tanto tiene la facultad de juzgar entre lo bueno y lo malo escogiendo esto último, y aquellos que actúan sin reflexión alguna y sin tener realmente claro lo que es bueno y lo que es malo. No obstante, es importante tener en cuenta que para Sócrates los objetos de pensamiento son solo aquellos dignos de amor, de tal manera que valdría la pena analizar si realmente existen personas que pueden amar la maldad y actuar conforme a ella bajo este principio. Quisiera proponer una afirmativa a este respecto teniendo en cuenta que “<<los mejores no tienen convicción, mientras los peores están llenos de apasionada intensidad>>” (1995, p.136), pero queda abierta la posición del lector en cuanto a él.
IV
Conociendo la distinción realizada entre pensar y no pensar, se quisiera enfocar entonces la mirada en la cuestión de la reflexión de la conducta antes mencionada y a través de ella el examen crítico que se hace de la misma. Ya que en la sesión anterior se pudo debatir acerca de las afirmaciones “morales” dadas por Sócrates, no quisiéramos referirnos como tal a ellas, sino a aquel encuentro consigo mismo que hace posible esta reflexión, este reconocimiento de una diferencia o concordancia que puede existir en mí misma y porque desde este “diálogo silencioso” es que se deriva la facultad de juzgar.
El punto central que se quiere abordar es el encuentro consigo mismo, el cual puede entenderse desde la distinción que Arendt hace de la conciencia y la consciencia, la “conciencia moral se supone que siempre está en nosotros igual que la consciencia del mundo” (1995, p.134). Arendt (1995) nos muestra que la primera (conciencia), es la que debe decirnos que hacer y de qué debemos arrepentirnos. Esta era entendida como la voz de Dios antes de convertirse en la razón práctica kantiana. Sin embargo, es preciso entenderla en este contexto como el yo mismo, como la persona que espera en casa cuando ya no queda nadie más que yo; y es ella con quien al estilo socrático debo establecer un diálogo que incentive la reflexión sobre mis actos y no me permita ignorar las consecuencias de estos, de esta reflexión saldrá un resultado como examen crítico y finalmente el arrepentimiento o la satisfacción.
Ahora bien, a pesar de que todos tenemos la capacidad de realizar lo anteriormente planteado, Arendt nos dirá que esta actividad debe entenderse como una potencia que puede o no llevarse al acto como diría Aristóteles. Por tanto, es una posibilidad siempre vigente el hecho de ignorar o evitar este enfrentamiento con la conciencia del yo mismo, y aquí es importante volver a la afirmación de Sócrates donde no quiere que haya ningún tipo de diferencia entre su yo y su yo mismo, para lo cual debe actuar de tal manera que su yo mismo no pueda reprocharle y así estar en paz. Esta condición de tranquilidad Arendt la presenta casi como inherente al ser humano y la mejor manera de estarlo es evitando ciertamente el diálogo silencioso, es decir, optar la posibilidad de ignorar completamente al yo mismo y por tanto no prestar mayor atención a mis acciones ya sean “buenas” o “malas”.
Es precisamente este desprecio del diálogo silencioso lo que consigue lo que para Arendt es el “infinito mal”, ya que alguien que no se preocupa por la reflexión y examen crítico de sus actos no sentirá ningún tipo de remordimiento o culpa en caso de que sus acciones sean atroces. Si nunca se enfrenta con su yo mismo su moralidad es completamente superficial y volátil. En efecto, pierde voluntariamente su individualidad, procurando casi escapar de la soledad tal y como lo presenta Arendt con Ricardo III, quien enfrentado consigo mismo se preocupaba por sus actos, pero al sentirse acompañado criticaba la misma conciencia y le era indiferente el mal causado. Por tanto, esta conciencia es individual y no puede ser colectiva. Esta podría explicarse como una de las características de las masas del gobierno totalitario, puesto que el diálogo silencioso requiere cierto tipo de individualidad y de reconocimiento propio y las masas no lo tienen. De esta manera, no es que tengan una incapacidad para pensar, es que perdiendo completamente su yo mismo no tienen con quien enfrentarse cuando llegan a casa, y si este “yo mismo” intenta aparecer es mejor evitarlo para estar tranquilo.
De allí que no se les pueda culpar moralmente por sus acciones, puesto que esta facultad de juzgar aquello que es bueno o malo, bello o feo, deriva únicamente de la actividad de pensar, específicamente desde este diálogo silencioso consigo mismo que ellos no pueden tener o evitan, y como no lo tienen, y podríamos decir que en el caso de Eichmann nunca lo tuvo, entonces no se puede culparle por no saber que evitar enfrentarse consigo mismo es malo, porque realmente no comprendía el concepto de maldad o de bondad si nunca se había permitido tener este diálogo.
V
Luego de comprender que el mal reside en este proceso de pensamiento explicado por Hannah Arendt, quisiéramos diferir en una de sus últimas posturas cuando afirma que “el pensar como tal beneficia poco a la sociedad, mucho menos que la sed de conocimiento en que es usado como instrumento para otros propósitos” (1995, p.136), ya que si fuera posible que todos lleváramos a cabo esta reflexión y examen crítico de donde salen las concepciones morales, no tendríamos porque llegar a los puntos de la historia en los que se desmoronan las cosas como ella lo dice. No es el hecho de enseñar a pensar, puesto que esto es casi imposible, pero la mejor manera de evitar que existan individuos que ignoren esta capacidad que tienen, es procurando potencializar la actitud socrática, poniendo en duda todo aquello que parece obvio y no conformarnos con reflexiones superficiales y carentes de examen crítico.
Fue esto lo que llevó a Eichmann y a muchos otros a no sentir ningún tipo de remordimiento o arrepentimiento, ellos no eran “conscientes” de lo que estaba realmente bien o mal porque no se habían permitido pensar, no porque no pudieran, no porque fueran incapaces, sino porque por diferentes circunstancias incluyendo un adoctrinamiento de consciencia que ciertamente tuvieron, no fueron capaces de desarrollar y realizar en algún momento. Luego no hubo oportunidad, ya se habían convertido todos en una masa que como se ha dicho anteriormente, no puede tener esta conciencia y que por lo tanto no puede tener un juicio moral. Finalmente, estas apreciaciones quedarán abiertas a discusión y no se pretende en ningún momento dar seguridad de ellas, sino enunciarlas como posible acercamiento a la comprensión del pensamiento de Hannah Arendt.
Bibliografía
Arendt, H. (2002). La vida del espíritu. Barcelona: Paidós.
Arendt, H. (2006). Eichmann en Jerusalén. Barcelona: Debolsillo.
Arendt, H. (2008). De la historia a la acción. Barcelona: Paidós.
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Descartes, R. (2008). Meditaciones acerca de la filosofía primera. Bogotá́: Universidad Nacional de Colombia, Sede Bogotá́, Facultad de Ciencias Humanas, Departamento de Filosofía.
Locke, J. (1970). Ensayo sobre el entendimiento humano. Buenos Aires: Aguilar.
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