¿Quién me enseñó a sentirme naca?
¿Quién me habrá hecho tan mamona e insoportable de niña?
¿Quién me enseñó a sentirme naca?
¿Quién me habrá hecho tan mamona e insoportable de niña?
Lo digo porque hay cosas que se me quedaron adentro como imprinting de prepa: qué es naco, qué es pobre, qué es rico, qué es aspiracional, qué es “suficiente” y qué es nomás performance con bolsa cara.
Quizá madurar sea seguir acomodando cosas en la mente. Recolocar escenas. Volver a verlas ya no como verdades absolutas, sino como teatro social.
Mi suegra se compraba bolsas de diseñador, pero podía ir al mercado, a La Lagunilla, echarse unos tacos. Mi mamá, en cambio, tabuizaba las marcas, pero era mucho más fresa. Mi mamá podía salir de Polanco y entrar en alerta. Ir a Santa María la Ribera a comer y decirnos que cuidáramos la bolsa. Como si el objeto se contaminara fuera de su territorio natural.
Ahí entendí algo: hay gente que tiene lujo y hay gente que vive cuidando el símbolo del lujo.
Luego está Rodrigo Domínguez. Crecer con él me traumó. Claro: yo tenía trece, él quince. Dos niños traumados jugando a jerarquía social. Pero a esa edad una no piensa “este niño también está herido”. Una piensa: “esto que él ve en mí debe ser verdad”.
A los trece yo ya era insegura. A los trece fue mi primer intento de suicidio. Entonces sí, claramente había factores familiares, emocionales, atmosféricos. Pero también había clase. Había humillación. Había códigos. Había adultos hablando como si ciertas familias fueran la última Coca del desierto.
Alain, por ejemplo. Yo lo idealizaba. Nunca me gustó realmente. Pero cómo olvidar todo lo que mi mamá y, sobre todo, mi tía Lorena decían de él y de su papá como si fueran una mitología. Mi tía hablaba fascinada de que tenía una Jeep Liberty, como si eso confirmara algo. Como si ahí estuviera condensado lo correcto: la casa, los juguetes, el apellido, el papá importante, el mundo aparte.
Sí era un niño consentido. Sí tenía toooodos los juguetes. Sí era mamón. Pero el resto era teatro. O proyección. O las proyecciones de mi tía Lorena puestas encima del papá de Alain, Isaac, que ahora sé que vive en la Sexta. Y conociendo a mi tía, seguramente o se lo cogió o intentó cogérselo.
Con los años se cae la escenografía. Ves que simplemente era otra familia más.
Con Ángel era distinto. Ángel se me hacía algo naco, sateluco y al mismo tiempo había química. Me daba guilty pleasure. Hubiera tenido la vida material resuelta. Una de esas familias donde, por lo que entendí, las esposas firman NDAs y si se divorcian no les toca nada. Así de culeros. Así de “te dejamos entrar al sistema mientras no rompas la narrativa”.
A veces el dinero no compra libertad. Compra pertenencia condicionada.
Y yo no dejo de pensar en eso: hay familias económicamente impecables y emocionalmente corporativas. Hay gente rica sin sofisticación. Hay gente pobre con mundo interno. Hay gente con patrimonio y cero ternura. Hay gente con marcas y cero relajación. Hay gente que sabe estar en un mercado y gente que se rompe si la sacas de Las Lomas.
Por eso me interesa tanto la diferencia entre ricos, pobres, nacos, fresas, aspiracionales. No porque quiera hacer una taxonomía mamona de prepa. Sino porque esos códigos me formaron el sistema nervioso.
Las Yruegas, por ejemplo. Viajé con ellas a Orlando una Semana Santa. Me gustaban porque tenían patrimonio. Un tiempo compartido en Marriott desde hace años. Eso, para la Nat joven, significaba permanencia. Repetición. Futuro. Una familia que podía volver al mismo lugar. Una vida que no se improvisaba cada quincena.
Tal vez eso era lo que yo confundía con riqueza: continuidad.
Ahora que emprendo, entiendo otra cosa: casi nadie lo hizo solo. Siempre hay backstage. Capital inicial, socio operador, alguien que absorbió pérdidas, pareja que sostuvo la casa, familia que presentó al inversionista correcto, alguien que pagó la renta mientras “nacía el sueño”.
Yo soy demasiado transparente. Digo: no lo hice sola, no pude haberlo hecho sola, descuidé este negocio, tuve equipo, tuve suerte, tuve ayuda. Pero a mucha gente le interesa quedar bien. Proteger el mito. Decir “lo levanté desde cero” porque el mundo premia más la autosuficiencia que la verdad.
Cuando supe que a Alain tal vez alguien le metió lana al restaurante y él opera, me hizo sentido. No porque su mérito sea falso, sino porque apareció el andamio. Y cuando aparece el andamio, el éxito deja de ser milagro y se vuelve estructura.
Eso también me obsesiona: la estructura.
Por eso mi intuición empresarial me dice dos cosas contradictorias al mismo tiempo. Una: los centavos que no cuidaste se vuelven pesos. Dos: los pesos que cuidaste de más te pueden costar millones después.
Ahorita siento que la nómina de Grupo Lagunilla es alta. Charlie, Greta, contadora, equipo, compras, eventos. No veo tanta utilidad líquida para mí. Pero también sé que esa gente me compra ancho de banda, continuidad, capacidad operativa. Podría despedir a Greta y hacerlo todo yo, sí. Y chance me quemaría. Chance ahorraría pesos y perdería vida.
Emprender no es Excel puro. Tampoco intuición pura. Es una apuesta rara entre dinero, energía, relaciones humanas, timing y desgaste.
Y ahí entra Fer. Fer, la Partner, la amiga con la que más hablo. Es creidita, por eso no le diría “mi mejor amiga”, pero en muchos sentidos lo es. La química que compartimos emprendiendo juntas es inigualable. Las dos tenemos hambre de dinero, pero no hambre vulgar: hambre de sostener cosas, de entender cuánto cuestan, de dejar de vivir en fragilidad.
También hay una brecha. Yo invertí muchísimo. Casi un millón, ochocientos mil, como lo quieras ver. Y entonces aparece el resentimiento sano: ¿este acuerdo es proporcional al riesgo que yo tomé? ¿Estoy desarrollando una socia invaluable o estoy sosteniendo a alguien con una empresa que todavía no me sostiene a mí?
No sé. Y eso también es emprender: no saber todavía.
Este fin de semana también fuimos a Tepoztlán. Yo le insistí a Armando. Él me decía que traía un cuete en el culo, que qué pedo con mi intensidad. Y yo: vamos, no tenemos nada mejor que hacer, le caemos de sorpresa a tu papá.
Fuimos.
Me dio paz que fuera en un lugarcito donde Armando y yo habíamos ido hace años: pulques, quesadillas, tacos, micheladas. Pero claro, siempre está el trauma de la cuenta. Mi sistema nervioso se relaja cuando las cosas suceden bien. Cuando nadie abusa. Cuando nadie intenta pasarse de listo. Cuando todo cuadra.
Armando restó cosa por cosa. Mi quesadilla fue la más cara porque tenía chapulines y tenía un chingo de chapulines. Costó como 140 pesos. Pero sí le pusieron muchos chapulines. Hasta alcanzó para darle a Renée y al tierno niño Santi, que no paraba de jugar con ella y alborotarla de más.
Luego fuimos por Tepoznieves. Helado de mandarina. Fui la única que pidió algo. Pero cada vez estoy ocupando más mi espacio. No me importó tanto que me esperaran todos un ratito afuera.
De camino a Tepoz, Armando dijo algo que me pareció profundamente adulto. Dijo que si a sus papás les pasara algo, toco madera, usaría el contacto de Mateo, el cuñado cuyo papá conoce doctores, gobierno, salud, no sé. Pediría ayuda para meterlos a un hospital de gobierno. No quise escarbar. Esa era más la Nat de antes.
Y pensé: qué sexy.
No sexual. Más bien uno de esos non-sexual turn-ons: ver a tu esposo pensar en enfermedad, hospitales, contactos, recursos limitados, contingencia. Antes se emputaba si yo sacaba esos temas. Ahora piensa. Hace escenarios. Se vuelve adulto frente a mí.
Y también me dio paz otra cosa: saber que no reaccionaría dando un tarjetazo desesperado en un hospital privado para resolver años de descuido ajeno y dejarnos a nosotros con una deuda emocional y económica que ni nos correspondía. Ese también habría sido el Armando de antes.
Yo antes soñaba con rescatar a mis suegros por completo. Darles una casa, cambiarles la vida. Ahora lo pienso distinto: que ellos sostengan su gasto corriente y nosotros, si nos va bien, ayudar con un seguro modesto. Menos fantasía mesiánica. Más red real.
Y aunque vuelva la culpa, también vuelvo a algo que me da paz: ya intentamos ayudarlos con Clark Cuernavaca. Por unos años, estamos absueltos.
Me enorgullece la esposa que soy hoy. También me enorgullece ver quién se está volviendo mi esposo. A huevo, pensé. Nos merecemos mutuamente. Vamos madurando los dos.
Y luego mi cabeza salta a otro tema: hombres que les pegan a mujeres.
Porque sí. Porque mi cerebro no hace transiciones limpias. Iba a hablar de otra cosa, pero si salió esto, salió. Lo valido. Déjalo salir.
Me contaron el rumor de que George, mi socio en Patio, madreaba a Bárbara. Y luego pensé en otros hombres, en otras parejas, en versiones públicas carismáticas y versiones privadas oscuras. Pensé también en mí. En formas menos visibles de destruir una relación. En cómo yo también jugué con fuego emocional durante años y ya no quiero vivir ahí.
Entonces me pregunté algo incómodo: ¿puede alguien cruzar una línea gravísima y no volver a cruzarla jamás? ¿Puede un hombre haber sido violento en una relación y no repetirlo en la siguiente? Sí puede. Y también puede pasar lo contrario: que sólo aprenda a cambiar de máscara.
La realidad es más gris de lo que internet tolera. Hay hombres violentos que repiten toda la vida. Hay hombres que tocan fondo y cambian. Hay relaciones que funcionan como cámaras de combustión. Nada justifica golpear. Pero entender no siempre es justificar. A veces entender es aceptar que el mapa humano es más asquerosamente complejo de lo que quisiéramos.
Y también me doy cuenta de otra cosa: cuando el rumor toca a alguien cercano, el cerebro intenta acomodar una versión tolerable para seguir funcionando. Porque si mi socio hizo algo monstruoso, cambia el mapa entero. Y nadie quiere que el mapa entero cambie.
Ese mismo fin de semana vimos el documental de Michael Jackson, El Veredicto. Nos ha tomado una eternidad verlo aunque son tres episodios. Sale Michael holding hands with a kid, un niño que durmió en su cama, escenas que descolocan. Y lo que me movió no fue hacer una teoría sobre Michael Jackson. Fue que me abrió una puerta hacia mi papá.
Mi papá ya no vive. Michael tampoco. No me interesa entrar en conspiraciones. Lo que me interesa es la palabra que me cayó: inapropiado.
No necesariamente un abuso señalable con luz roja y expediente. Sino microcosas normalizadas en la atmósfera familiar. Mi papá en posiciones raras en el piso mientras mi tía lo masajeaba o al revés. Mi tía y mi papá en dinámicas físicas que no sé nombrar bien. Cosas que quizá todos actuaban como normales, pero mi cuerpo registró como raras.
He escrito sobre cosas valientes, pero esto no lo había tocado así: hacer inventario de lo inapropiado. No para armar un caso perfecto. Para dejar de gaslightearme la atmósfera.
También pensé en mi egoísmo con las notas de voz. Yo mando notas y luego no quiero escuchar las que me mandan. Las transcribo. Hay personas que casi nunca quiero escuchar. Como mi mamá.
Me da culpa porque algún día no va a estar y quizá voy a extrañar hasta su voz. Pero hoy hay algo en ella que me desespera. Chance esa manera de desvivirse por todos y no tener vida propia. Y qué tirana soy diciendo eso, porque también me ha servido tenerla disponible para mí casi 24/7.
Aunque también sé hacerme a un lado y decirle: te ves bien con tus outfits más modernos. Cómprate más cosas así. O viaja. Yo te ayudo.
He aprendido a escuchar mi cuerpo. Hay voces que entran directo al sistema nervioso como demanda, culpa o invasión. El texto me deja respirar. La voz de algunas personas no.
Y entre tanta cosa pesada, también hay olores.
A veces la calle te regala sabores extraños. Vas en rutina, entre Costco, Walmart, hielo, evento de gringa en Condesa, ansiedad pre-evento, que ya sé que siempre aparece y luego se me baja cuando empieza el evento, y de pronto hueles algo que nunca has olido. Especias de la India. Algo que no tiene nombre todavía en tu memoria.
El cuerpo se despierta tantito.
Como si la ciudad se hiciera más grande que tu propio circuito. Como si existiera una vida paralela donde alguien está cocinando algo que tú no entiendes, en un idioma que no hablas, y por un segundo no estás encerrada en tu lista de pendientes.
Eso también es riqueza, supongo. Que el mundo todavía pueda interrumpirte con algo vivo.
Y es que estaba en el car wash y lo que había olido eran las preparaciones del Mama San.
Y claro, vuelvo al wealth. Tengo dólares tatuados en el brazo porque romantizo esa economía. Por gringa, por aspiracional, por Atlas Shrugged, por Dagny Taggart moviéndose en avión privado, por railroads, por infraestructura, por gente que no está apagando incendios cada cinco minutos.
No romantizo sólo el dinero. Romantizo la reducción de fricción.
El private jet como símbolo no es “quiero un avioncito”. Es: quiero moverme sin tanta resistencia. Sin pedir permiso. Sin depender. Sin quedarme atorada en lo pequeño. Para alguien sensible al ruido, a la logística, al caos, el dinero también es amortiguador neurológico.
Y al mismo tiempo sé que los ricos también tienen problemas. Sólo son problemas de otra categoría. No necesariamente menos dolorosos. Pero sí menos ligados a supervivencia inmediata.
También estoy leyendo Atlas Shrugged y chance capto el 70%. Me pasa eso: me enfoco en detalles que me vuelven loca y se me va el macro, o entiendo lo grande y se me van los detalles. Antes eso me habría hecho sentir tonta. Ahora ya entendí que nadie opera al 100%. Nadie lee al 100%. Nadie recuerda al 100%. Nadie vive al 100%.
La gente entiende a medias y aun así construye empresas, se casa, hereda, traiciona, escribe libros, hace dinero, lidera industrias.
Suficiente continuidad también es una forma de inteligencia.
Y después está México. La calle. La necesidad. El señor de Costco que sí trabaja, que le gritas y aunque está grande te carga cinco bolsas de hielo para un evento. Ese intercambio se siente digno. Él ayuda. Tú pagas. Hay reciprocidad.
Pero luego están los otros. Los viene viene que no ayudan, pero quieren capturar una moneda de tu existencia. Los que ven la camioneta, el súper, el Costco, la mujer que trae prisa, y te ponen una deuda moral encima. Te lavo el coche. No gracias. Te abro la puerta. No gracias. Te cuidé el lugar. No gracias.
México es agotador porque nunca estás sola en el espacio público. Todo acto cotidiano se vuelve una micro negociación moral.
Y yo sí tengo empatía. Pero no quiero vivir permanentemente disponible para la necesidad ajena.
También intento no transferirle toda mi existencia al cliente. Si llevo dos coches, ¿realmente todo eso se lo tengo que cobrar? Si no estuviera ganando dinero con este cliente, probablemente también estaría moviéndome, desayunando, gastando tag, gasolina. Hay cosas que son costo del evento y cosas que son costo de existir.
Quiero ganar dinero, no exprimir.
Pero tampoco quiero hacerme pendeja y subsidiar con mi cuerpo, mi gasolina, mi ansiedad, mi staff y mi vida entera un evento que luego no deja utilidad.
Ese es el punto raro donde estoy parada: entre no ser abusiva y no dejar que abusen de mí.
Entre el lujo y la calle. Entre la culpa y el cobro. Entre querer cambiar vidas y querer que no me pidan nada. Entre escribir Medium y comprar hielo. Entre ser mamona y querer entender quién me hizo así.
메타데이터
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- 2026-07-09 20:42:47