Las que llegan temprano, las que nunca descansan: Ciudad de México y sus deudas con las mujeres…
Jane Jacobs I (https://culdesac.com/blog/post/anatomy-of-a-good-neighborhood-according-to-jane-jacobs).
Las que llegan temprano, las que nunca descansan: Ciudad de México y sus deudas con las mujeres trabajadoras. Una mirada desde la óptica de Jane Jacobs.

Jane Jacobs I (https://culdesac.com/blog/post/anatomy-of-a-good-neighborhood-according-to-jane-jacobs).
Resumen
Este estudio examina la relación que sostiene la planificación urbana y económica de las ciudades con la desigualdades laborales que viven las mujeres –particularmente en la Ciudad de México– con un enfoque en la segmentación ocupacional y las barreras que limitan el acceso a empleos de calidad. A partir de un análisis teórico y empírico, el texto expone que la exclusión de las mujeres del mercado laboral responde a decisiones u omisiones en la planificación económica y del territorio que provoca la concentración de sectores estratégicos en zonas poco accesibles y relega los trabajos feminizados hacia la precarización. La investigación plantea estrategias para redistribuir las oportunidades económicas en el territorio, fortalecer los servicios públicos esenciales e integrar el empleo femenino en el desarrollo urbano. Más que un diagnóstico, este trabajo ofrece una hoja de ruta para construir una ciudad que reconozca el esfuerzo de las mujeres trabajadoras y lo respalde con condiciones laborales y urbanas equitativas diseñadas a partir de las distintas teorías de la planeación del espacio y la economía.
1. La segmentación laboral femenina en la Ciudad de México como un problema estructural con raíces espaciales y económicas.
La Ciudad de México es un espacio de contrastes. Al mismo tiempo que algunos residentes –particularmente hombres– gozan del acceso a polos de desarrollo con empleos bien remunerados y accesibles, muchas mujeres enfrentan una realidad laboral por lo general complicada: largos traslados y en ocasiones bajo condiciones de inseguridad, trabajos precarizados y una inserción limitada en sectores estratégicos. Esta distribución desigual del empleo no es producto del azar ni una cuestión individual, sino el reflejo de un modelo urbano y económico que ha segmentado el acceso a las oportunidades con base en la especialización territorial del trabajo, así como en la distribución del tiempo y los recursos (Hayden, 1981). Desde la subordinación del bienestar colectivo al capital inmobiliario a causa la desregulación de los mercados hasta el cabildeo de los grandes empleadores para la legislación en materia laboral, las decisiones que impulsaron los defensores de los intereses corporativos en complicidad con gobiernos que promovieron políticas de corte neoliberal fomentaron un ambiente de desigualdad con múltiples dimensiones que permeó en todos los mercados de nuestra economía. En este contexto se reproduce la discriminación basada en el género, que actualmente persiste en los mercados laborales de la ciudad más densa y extensa perteneciente al territorio mexicano.
A partir de una revisión de las teorías de la planificación espacial, el análisis del estado actual del mercado laboral femenino en la Ciudad de México y la evidencia científica sobre desigualdad en el acceso al empleo, este estudio plantea recomendaciones de política pública para transformar las dinámicas estructurales que limitan la inserción laboral femenina. La planificación urbana, lejos de ser un proceso neutral, es un campo de disputa donde se definen las posibilidades de inclusión económica. Como argumentan Jacobs (1961) y Massey (1994), el desarrollo urbano y la configuración del mercado de trabajo están profundamente interconectados, y repensar el espacio es un paso fundamental para construir una economía más equitativa y funcional.
La segregación ocupacional femenina no puede explicarse solo a partir de diferencias en capital humano o elecciones personales. Si bien la teoría del capital humano sugiere que la educación y la experiencia laboral determinan las oportunidades económicas (Becker, 1964), la realidad muestra que incluso con niveles educativos equivalentes, las mujeres enfrentan barreras estructurales que restringen su acceso a empleos bien remunerados (López-Acevedo, Freije- Rodríguez & Cardozo Medeiros, 2021). Este fenómeno está directamente vinculado con la configuración espacial del trabajo y la forma en que la ciudad ha sido estructurada para sostener un modelo de producción y reproducción que excluye a las mujeres de sectores estratégicos (Massey, 1994). Jacobs (1961) señala que una ciudad funcional y equitativa debe garantizar la integración entre vivienda, empleo y comercio, evitando una especialización excesiva que relegue a ciertos grupos a actividades de menor valor agregado. Sin embargo, en la Ciudad de México, la localización de los sectores más dinámicos en zonas de alto costo de vida y la ausencia de una infraestructura de movilidad segura, así como de mayor cobertura, han generado barreras espaciales que restringen la participación laboral femenina en la economía formal (Rodríguez-Pose, 2008).
Desde una perspectiva urbana y territorial, la exclusión femenina del mercado laboral no puede desvincularse de la planificación de la ciudad. La falta de infraestructura de cuidados, la rigidez en la localización de los sectores productivos y las condiciones laborales precarias en actividades feminizadas no son fenómenos aislados, sino expresiones de un modelo de desarrollo urbano que ha priorizado la acumulación de capital sobre la equidad social (Hayden, 1981). En este sentido, la movilidad laboral de las mujeres está condicionada por múltiples factores espaciales y económicos, lo que requiere un enfoque integral que articule estrategias de movilidad con perspectiva de género, expansión de la infraestructura de cuidados y diversificación sectorial del empleo.
2. Segregación laboral en las ciudades desde la economía y la organización del espacio.
La literatura en planificación urbana, así como en economía laboral, permiten comprender cómo el espacio no solo refleja, sino que también reproduce desigualdades estructurales en el mercado de trabajo. En este sentido, la revisión teórica es fundamental para conceptualizar y entender los mecanismos mediante los cuales la configuración espacial restringe la movilidad laboral femenina y perpetúa la concentración de mujeres en sectores de menor remuneración y estabilidad. Desde la zonificación hasta la localización de infraestructura, el diseño urbano actúa como una estructura de poder que define qué oportunidades están disponibles y para quiénes. Este apartado retoma las contribuciones de autoras y autores cuya obra permite entender cómo el entorno urbano ha reforzado la segmentación de género en el empleo y qué principios deben guiar su transformación.
La segmentación del mercado laboral femenino en la Ciudad de México es el resultado de la interacción entre las estructuras económicas y la configuración artificial del espacio en la capital mexicana. Lejos de ser un proceso natural, la exclusión de las mujeres de ciertos sectores productivos es una construcción social que ha sido reforzada por decisiones de planificación que reproducen desigualdades preexistentes (Friedmann, 1987; Massey, 1994). Esta problemática no solo limita la movilidad laboral femenina, sino que también restringe el crecimiento económico y profundiza la precarización del empleo en sectores altamente feminizados (Hayden, 1981).
La planificación de lo urbano no es un proceso neutral. La distribución del espacio ha sido históricamente diseñada para responder a necesidades específicas que han ignorado a las mujeres en la planificación del desarrollo productivo (Jacobs, 1961). Desde un enfoque crítico, Soja (2023) sostiene que el espacio urbano no es solo un reflejo de la actividad económica, sino que actúa como un mecanismo que moldea oportunidades y determina quiénes tienen acceso a ellas. En este sentido, la Ciudad de México es un ejemplo de cómo la infraestructura, la localización de los servicios y la zonificación han generado una segmentación laboral que dificulta la inserción de las mujeres en sectores estratégicos (Rodríguez-Pose, 2008).
Dolores Hayden (1981) argumenta que la configuración del entorno urbano ha sido históricamente diseñada bajo un modelo que refuerza la división del trabajo basada en el género. La falta de servicios de cuidado infantil en centros de empleo, la dependencia del automóvil en el entorno citadino y la segregación funcional del territorio han impedido que las mujeres participen plenamente en el mercado laboral. En la Ciudad de México, esta realidad se materializa en la distribución de las oportunidades económicas, donde los sectores con mayor presencia femenina, como el comercio y los servicios, se encuentran dispersos y en condiciones de precariedad, mientras que los sectores estratégicos, como la industria y la tecnología, permanecen altamente masculinizados (Chanampa & Lorda, 2020).
Jane Jacobs (1961) enfatiza que la clave para una ciudad económicamente dinámica radica en la diversidad de funciones urbanas y en la proximidad de vivienda, trabajo y comercio. Su planteamiento resulta fundamental para analizar la segmentación laboral femenina, ya que la dispersión de las oportunidades de empleo, combinada con la escasez de infraestructura de cuidado y movilidad, genera barreras adicionales para la integración de las mujeres en el mercado laboral formal. La Ciudad de México es un claro ejemplo de cómo la planificación de usos de suelo rígida y la segmentación de los espacios productivos han dificultado la participación de las mujeres en sectores de alto valor agregado (Ruiz Rivera, 2013).
Doreen Massey (1994) refuerza esta visión al señalar que el espacio no solo es un medio físico, sino una construcción social que condiciona la movilidad y las oportunidades laborales de distintos grupos. Para la autora, la división entre lo público y lo privado es instrumental en la exclusión de las mujeres de los mercados laborales más competitivos. En el caso de la Ciudad de México, la persistencia de un sistema de movilidad que no termina de cubrir las necesidades de las mujeres trabajadoras, la localización desigual de oportunidades laborales y la falta de infraestructura de cuidados que les facilite compatibilizar trabajo y vida doméstica consolidan la segmentación ocupacional (Hall, 2014).
Desde un enfoque económico, el modelo de capital humano sostiene que la inversión en educación y capacitación es el principal determinante del acceso al empleo y los ingresos. Sin embargo, estudios como los de Harris (2003) y Hall (2002) demuestran que, aun con niveles de escolaridad similares, las mujeres enfrentan obstáculos estructurales para acceder a empleos bien remunerados. Massey (1994) contribuye a esta discusión al mostrar que las diferencias de acceso al empleo no son solo producto de decisiones individuales como la educación, sino que están mediadas por factores espaciales y sociales ya mencionados que restringen la movilidad y consolidan estructuras de exclusión.
Para transformar la realidad laboral de las mujeres en la Ciudad de México, la planificación urbana debe incorporar una perspectiva de género que aborde la interacción entre infraestructura, movilidad y acceso al empleo. En esta línea, Hayden (1981) plantea que la única manera de garantizar la equidad en el mercado laboral es mediante una reconfiguración del entorno urbano que integre espacios de trabajo accesibles, servicios de cuidado y sistemas de movilidad diseñados para las necesidades reales de la población trabajadora. Este enfoque se alinea con la visión de Jacobs (1961), quien sostiene que una ciudad debe ser lo suficientemente flexible para permitir que todas las personas –sin importar su género o cualquier otra característica– puedan participar en su desarrollo económico.
Las teorías de planificación urbana proporcionan una base sólida para comprender cómo las decisiones espaciales afectan la segmentación del mercado laboral. Desde la zonificación hasta la localización de infraestructura, el diseño de las ciudades ha jugado un papel crucial en la exclusión de las mujeres de sectores estratégicos (Frediani, 2009). Para lograr una transformación real, es fundamental adoptar un modelo de planificación que integre la movilidad con el acceso equitativo al empleo, garantizando que el espacio urbano no sea un obstáculo, sino un facilitador del desarrollo laboral de las mujeres.
3. Diagnóstico de las condiciones de empleo de las mujeres en la capital mexicana.

Jane Jacobs II (https://questionofcities.org/the-life-and-times-of-jane-jacobs-the-urban-activist-who-revitalised-city-planning/)
El mercado laboral en la Ciudad de México presenta una segmentación de género que restringe la movilidad laboral y limita el acceso de las mujeres a sectores estratégicos con mayor productividad y mejores salarios. Es importante señalar que esta segmentación no solo afecta la trayectoria laboral de las mujeres, sino que también incide en la eficiencia del mercado de trabajo y en el crecimiento económico de la ciudad (López-Acevedo, Freije-Rodríguez & Cardozo Medeiros, 2021).
Los datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del segundo trimestre de 2024 reflejan una distribución desigual de la participación femenina en los distintos sectores productivos. En el comercio, la proporción de empleo femenino es cercana a la masculina, con 1,120,489 mujeres y 1,175,768 hombres empleados en este sector (INEGI, 2024). Sin embargo, esta aparente paridad numérica no se traduce en igualdad de condiciones laborales, ya que una mayor proporción de mujeres en el comercio se encuentra en empleos informales o de menor jerarquía, fenómeno ampliamente documentado en estudios sobre segregación ocupacional en México (Cuellar & Moreno, 2022).
En los servicios profesionales, financieros y corporativos, las mujeres ocupan 734,695 empleos, mientras que los hombres representan 836,785 puestos en este sector (INEGI, 2024). A pesar de que este segmento ofrece mejores salarios en comparación con otros altamente feminizados, las mujeres continúan enfrentando barreras estructurales para acceder a posiciones de liderazgo y progresión salarial, lo que refuerza la segmentación vertical y amplía la brecha de ingresos (Talamas Marcos, 2023).
En contraste, la presencia femenina en sectores estratégicos sigue siendo marginal. En la construcción, las mujeres representan apenas 39,965 empleos, frente a 441,964 ocupados por hombres (INEGI, 2024). En el sector de transporte, comunicaciones y almacenamiento, las mujeres ocupan 153,382 empleos, mientras que los hombres alcanzan 724,570 (INEGI, 2024). La industria extractiva y la generación de electricidad muestran la mayor disparidad, con solo 4,265 mujeres empleadas, en comparación con 30,535 hombres (INEGI, 2024). Esta baja participación femenina en sectores de alto valor agregado refleja la persistencia de barreras institucionales y culturales que restringen la inserción de las mujeres en estos ámbitos (OECD, 2020).

Las condiciones laborales también reflejan desigualdades estructurales. En términos de carga de trabajo, las mujeres laboran en promedio 39 horas semanales, mientras que los hombres trabajan 47 horas (INEGI, 2024). Esta diferencia se explica, en gran parte, por la sobrecarga de trabajo no remunerado que enfrentan las mujeres, especialmente en el cuidado de niños y adultos mayores (Fabiani, 2023). Esta menor carga de horas remuneradas impacta directamente la acumulación de experiencia laboral y las oportunidades de ascenso, lo que perpetúa las brechas de género en el mercado de trabajo (Juarez & Villaseñor, 2023).
En términos salariales, la brecha de género en la Ciudad de México es del 11.7%, con un ingreso promedio de $68 por hora para las mujeres, en comparación con los $77 por hora de los hombres (INEGI, 2024). Esta disparidad no puede atribuirse a diferencias en escolaridad –capital humano– ya que tanto hombres como mujeres tienen, en promedio, 12 años de escolaridad (INEGI, 2024). En este contexto, las diferencias salariales parecen estar más vinculadas a la segregación ocupacional y a la menor presencia femenina en sectores de alta remuneración, un patrón que también surge en otros países con mercados laborales estructuralmente similares (Inter-American Development Bank, 2020).

Desde una perspectiva económica, la segmentación laboral por género tiene implicaciones significativas para la movilidad social y la eficiencia del mercado de trabajo. La concentración de mujeres en sectores de menor productividad restringe su capacidad de acumulación de capital y sus posibilidades de mejorar su posición económica (Cuellar & Moreno, 2022). Al mismo tiempo, la baja participación femenina en industrias estratégicas genera ineficiencias en la asignación del talento disponible, lo que puede reducir la capacidad de innovación y competitividad de la Ciudad de México (OECD, 2020).
Para profundizar en el estudio de la segmentación laboral femenina, resulta fundamental aplicar herramientas de análisis cuantitativo. El uso de modelos de regresión logística y multinivel puede identificar los factores que influyen en la probabilidad de inserción femenina en sectores estratégicos (López-Acevedo et al., 2021). Además, el cálculo de brechas salariales ajustadas por sector y características individuales permite evaluar con mayor precisión el impacto de la segmentación en los ingresos femeninos (Talamas Marcos, 2023). Finalmente, la implementación de métodos de inferencia causal como diferencias en diferencias (DID, por sus siglas en inglés) o propensity score matching (PSM, por sus siglas en inglés) podría contribuir a medir el efecto de variables como la infraestructura urbana o la disponibilidad de servicios de cuidado sobre la participación laboral femenina en la Ciudad de México (Stampini et al., 2020).
Uno de los principales desafíos metodológicos en el análisis de la segmentación laboral es la falta de datos con suficiente granularidad para evaluar las condiciones laborales a nivel local (demarcaciones o municipios). Por definición, al ser una encuesta con diseño muestral representativo a nivel estatal, la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) que se levanta trimestralmente en todos las entidades
federativas del país no permite estimar de manera directa indicadores laborales confiables a escalas más pequeñas. Para superar esta limitación, la aplicación de estimación de áreas pequeñas (SAE, por sus siglas en inglés) permite obtener estimadores indirectos al tomar fuerza de alguna fuente de datos de mayor cobertura, particularmente, del Censo de Población y Vivienda del INEGI y las proyecciones demográficas de la Comisión Nacional de Población (CONAPO).
Estos modelos estadísticos combinan los datos de la encuesta con la información auxiliar para identificar patrones espaciales y demográficos con mayor precisión. De esta manera es posible obtener indicadores laborales al interior de la Ciudad de México de mayor exactitud (menor sesgo) y mayor precisión (menor varianza) si ocurre simultáneamente que el modelo está bien especificado, los datos auxiliares son estadísticamente relevantes y disminuye el error cuadrático medio (MSE, por sus siglas en inglés) (Rao & Molina, 2015). En la actualidad el INEGI publica tabulados locales una vez al año con base en el primer trimestre. No obstante, incrementar desde el gobierno la frecuencia de estimación de indicadores como la cantidad de horas trabajadas, los niveles de ingreso y las tasas de informalidad en distintas demarcaciones modernizaría el diseño de estrategias públicas más focalizadas, como infraestructura de movilidad y expansión de servicios de cuidado infantil (Inter-American Development Bank, 2020), y agilizaría la adaptación de las estrategias de intervención pública.
Las desigualdades de género en el mercado laboral de la capital reflejan barreras estructurales persistentes que requieren atención desde una perspectiva de política económica y de planificación urbana. La segmentación sectorial, las brechas salariales y las diferencias en condiciones laborales limitan el desarrollo profesional de las mujeres y afectan la eficiencia del mercado de trabajo. Para avanzar hacia un mercado más equitativo, resulta imprescindible diseñar políticas que fomenten la inclusión femenina en sectores estratégicos, reduzcan la discriminación ocupacional y faciliten la movilidad laboral.
4. Discusión sobre la configuración urbana y los obstáculos persistentes en el acceso al empleo para las mujeres.
La segmentación laboral femenina en la Ciudad de México debe vincularse al rol de la ausencia de coordinación institucional para la planificación del espacio en la consolidación de un entorno que limita la movilidad de las mujeres y restringe su acceso a sectores estratégicos. Desde una perspectiva histórica, la estructura espacial de las ciudades ha sido moldeada por modelos de planificación que no han considerado las necesidades de las mujeres en el mercado de trabajo, reforzando una división funcional entre el ámbito productivo y reproductivo (Hayden, 1981). Esta separación ha tenido efectos directos en la configuración del mercado laboral, promoviendo la concentración femenina en sectores de menor valor agregado y limitando su movilidad intersectorial y geográfica.
La Ciudad de México es un claro ejemplo de cómo las políticas urbanas han influido en la distribución del empleo y la precarización de sectores con alta presencia femenina. Según los datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del segundo trimestre de 2024, las mujeres representan más del 50% de la fuerza laboral en sectores como el comercio y los servicios, pero su presencia en industrias estratégicas sigue siendo marginal (INEGI, 2024). Esta distribución ocupacional responde, en gran medida, a patrones históricos de desarrollo urbano que han priorizado la expansión del sector terciario en zonas periféricas, mientras que los sectores industriales y tecnológicos se han concentrado en áreas con barreras de acceso para ciertos grupos de población. Rodríguez-Pose (2008) explica que esta especialización territorial del empleo responde a dinámicas económicas que, en ciudades con altos niveles de desigualdad, han reforzado la segmentación laboral.
En el caso de la Ciudad de México, Frediani (2009) argumenta que la localización de los centros industriales y financieros en zonas con altos costos de vivienda y transporte ha generado obstáculos estructurales para la inserción laboral de ciertos sectores de la población. Esta distribución no solo impacta la equidad en el acceso al empleo, sino que también limita la movilidad social al dificultar la transición de las mujeres hacia industrias estratégicas con mejores condiciones laborales (Ruiz Rivera, 2013). Desde una perspectiva crítica, Massey (1994) plantea que la organización espacial de las ciudades refleja y refuerza desigualdades de género, ya que la localización de los empleos de alto valor agregado en zonas con mayores barreras de acceso restringe las oportunidades laborales para las mujeres. Chanampa y Lorda (2020) refuerzan esta idea al señalar que el crecimiento del comercio y los servicios en las periferias urbanas no ha significado una mejora en las condiciones laborales femeninas, sino la consolidación de un mercado de trabajo caracterizado por la precariedad y la informalidad.
El crecimiento de los sectores feminizados en la Ciudad de México ha estado vinculado a decisiones de planificación que han incentivado el desarrollo de espacios urbanos especializados en comercio y servicios, en detrimento de una diversificación sectorial equilibrada. Jacobs (1961) sostenía que una ciudad económicamente dinámica requiere una distribución equitativa de funciones productivas, evitando la sobreespecialización de ciertas áreas en actividades de bajo valor agregado. Sin embargo, el crecimiento urbano en la capital ha tendido a segmentar territorialmente las actividades económicas, relegando el empleo femenino a sectores con alta volatilidad laboral, bajos salarios al mismo tiempo que enfrentan costos de transporte más elevados que los hombres, como fue previamente señalado.
Este fenómeno se ha observado en otras ciudades del mundo donde el crecimiento del empleo en sectores feminizados ha sido resultado de estrategias de revitalización urbana que, en lugar de fomentar la inclusión de las mujeres en sectores de alta productividad, han incentivado su inserción en actividades de servicios y comercio informal (Sassen, 1991). En el caso de la Ciudad de México, la expansión del sector terciario en zonas periféricas ha creado mercados laborales caracterizados por la informalidad y la falta de estabilidad contractual, afectando especialmente a las mujeres (Chanampa & Lorda, 2020).
Desde una perspectiva crítica, Massey (1994) argumenta que el espacio urbano no solo refleja desigualdades de género, sino que también las reproduce mediante estructuras que dificultan la movilidad laboral de las mujeres y restringen su acceso a empleos mejor remunerados. La segmentación del mercado laboral femenino en la Ciudad de México confirma este argumento, ya que la concentración de mujeres en sectores con menores barreras de entrada, pero con peores condiciones laborales, es una consecuencia directa de un desarrollo urbano que aún no ha logrado aprovechar los potenciales beneficios sociales y económicos de la diversificación del empleo femenino y la inclusión laboral de las mujeres.
Una de las principales oportunidades para reducir la segmentación laboral de las mujeres es incorporar la diversificación sectorial como un objetivo dentro de la planificación urbana. Hayden (1981) sostenía que la estructura urbana debía rediseñarse para permitir la integración de las mujeres en sectores tradicionalmente masculinizados, asegurando que las políticas de desarrollo urbano incluyeran medidas para fomentar la igualdad en el acceso al empleo.
En este sentido, los modelos de planificación basados en la teoría de la city-region propuestos por Rodríguez-Pose (2008) ofrecen una alternativa para reducir la segmentación sectorial mediante la integración de polos económicos diversos dentro del mismo entorno urbano. En la Ciudad de México, donde la mayor parte de las oportunidades en tecnología, manufactura y finanzas están concentradas en ciertas alcaldías, la descentralización de estos sectores permitiría que más mujeres accedan a ellos sin enfrentar las barreras espaciales que actualmente limitan su participación.
No obstante, la diversificación sectorial requiere medidas adicionales para ser efectiva. Frediani (2009) argumenta que la inclusión de las mujeres en sectores estratégicos no solo depende de la distribución espacial de las oportunidades de empleo, sino también de la existencia de infraestructura urbana que facilite su acceso. En este sentido, la movilidad, la seguridad en el transporte y la disponibilidad de servicios de cuidado infantil juegan un papel clave en la posibilidad de las mujeres para integrarse en sectores de mayor productividad.
Uno de los principales obstáculos para la inserción laboral femenina en la Ciudad de México es la insuficiencia de infraestructura de movilidad y cuidado infantil. Jacobs (1961) advertía que la fragmentación del espacio urbano generaba ciudades ineficientes, donde las oportunidades económicas estaban desconectadas de la vida cotidiana de la población. En la actualidad, la falta de sistemas de transporte seguros y accesibles sigue representando una barrera para la participación laboral femenina, especialmente en sectores de alta demanda horaria como la manufactura y el transporte (Ruiz Rivera, 2013).
Los datos del INEGI (2024) muestran que las mujeres en la Ciudad de México trabajan en promedio 39 horas a la semana, frente a las 47 horas de los hombres. Esta diferencia, lejos de ser una elección individual, está directamente relacionada con la falta de infraestructura que permita compatibilizar el empleo con el trabajo de cuidados. Hayden (1981) sostenía que el diseño de las ciudades debía considerar la provisión de servicios de cuidado dentro de los centros de empleo, reduciendo así la carga de trabajo no remunerado sobre las mujeres. Sin embargo, en la Ciudad de México la oferta de guarderías y centros de atención infantil es aún insuficiente, lo que constituye una limitación en la capacidad de las mujeres para acceder a empleos de jornada completa (Cuellar & Moreno, 2022).
La segmentación del mercado laboral femenino no solo tiene consecuencias individuales, sino que también afecta el desarrollo económico y urbano de la Ciudad de México. Desde una perspectiva económica, la baja participación femenina en sectores estratégicos genera ineficiencias en la asignación del talento disponible y reduce la capacidad de innovación de la ciudad (OECD, 2020). Además, la concentración de mujeres en sectores con baja productividad contribuye a la persistencia de desigualdades salariales y limita la capacidad de acumulación de capital de las trabajadoras (López-Acevedo et al., 2021).
La exclusión de las mujeres del mercado laboral formal perpetúa un modelo de desarrollo que refuerza la dependencia económica y la informalidad. Massey (1994) argumenta que las ciudades deben ser entendidas como espacios de reproducción social, donde las desigualdades económicas y de género no solo se reflejan en la estructura del mercado de trabajo, sino también en la organización espacial y la provisión de servicios públicos. En este sentido, la falta de políticas urbanas que integren la equidad de género como un objetivo central contribuye a la persistencia de barreras estructurales que limitan la movilidad laboral de las mujeres y reducen su participación en la vida económica de la ciudad.
5. Hacia una planificación urbana con perspectiva de género: estrategias para inclusión laboral femenina.
El diseño de políticas públicas para la inclusión de las mujeres en el mercado laboral no puede reducirse a medidas compensatorias que perpetúen la lógica del mercado como un espacio neutral, sino que debe partir del reconocimiento de que las desigualdades de género en el empleo son construidas y sostenidas por dinámicas espaciales y económicas priorizan la rentabilidad sobre la equidad social (Massey, 1994). La segmentación ocupacional femenina en la Ciudad de México no es solo una cuestión de distribución desigual del empleo, sino un reflejo de la desregulación del trabajo, la precarización del sector de servicios y la transferencia de la responsabilidad del
bienestar desde el Estado hacia los hogares y, dentro de ellos, hacia las mujeres (Hayden, 1981). De acuerdo con el INEGI (2024), las mujeres representan más del 50% de la fuerza laboral en sectores como el comercio y los servicios, pero su participación en industrias estratégicas sigue siendo marginal, con solo un 5% de presencia en el sector de la construcción y un 18% en el sector de transporte y almacenamiento. Esta distribución ocupacional no responde únicamente a diferencias de capital humano, sino a creencias culturales, la organización espacial del empleo, la segmentación del suelo urbano y las dificultades en la movilidad laboral femenina (Rodríguez-Pose, 2008).
Desde la planificación regional y urbana, el problema no solo radica en la localización desigual de oportunidades laborales, sino en la rigidez del modelo económico y espacial que impide una redistribución justa del empleo, el ingreso y, en el mismo sentido, de la riqueza. La estructura urbana de la Ciudad de México ha favorecido la concentración de sectores estratégicos en zonas de difícil acceso para las mujeres, tanto por la infraestructura disponible como por la relación entre movilidad y segmentación ocupacional. Rodríguez-Pose (2008) señala que la especialización territorial del empleo responde a dinámicas económicas que refuerzan la segmentación laboral, pero también es resultado de políticas de planificación que han priorizado el desarrollo de ciertos sectores en zonas específicas, sin considerar las limitaciones de acceso para distintos grupos de la población. Jacobs (1961) ya advertía que la especialización excesiva de las ciudades tiende a reforzar desigualdades económicas y restringe la diversidad de oportunidades. En el caso de la Ciudad de México, la concentración de empleos bien remunerados en ciertas demarcaciones y la falta de infraestructura adecuada en otras han contribuido a la consolidación de una segmentación espacial del empleo que afecta de manera desproporcionada a las mujeres (Ruiz Rivera, 2013).
Los instrumentos para fomentar la inclusión laboral de las mujeres en sectores estratégicos no deben reducirse a la concesión de beneficios fiscales al sector privado, sino promover la democratización del espacio y la dignificación del trabajo. Hayden (1981) argumenta que el trabajo reproductivo debe ser integrado en la planificación urbana, pero su análisis no desarrolla cómo la falta de reconocimiento de este trabajo ha limitado la reconfiguración de la estructura productiva en sí misma. En lugar de añadir servicios de cuidado en los espacios de empleo bajo un modelo de incentivos cruzados entre empresas y el Estado, una política integral implicaría reconfigurar el mercado laboral mediante la reducción de la jornada laboral sin reducción de salario, la garantía de empleo digno y el fortalecimiento de la inversión pública en sectores estratégicos que generen empleos de calidad para las mujeres (Frediani, 2009). En la Ciudad de México, las mujeres trabajan en promedio 39 horas semanales, mientras que los hombres trabajan 47 horas, una diferencia que se explica en gran parte por la sobrecarga de trabajo no remunerado que enfrentan las mujeres en el hogar (INEGI, 2024). Si la brecha en horas trabajadas no puede ser explicada por diferencias en capital humano, sino quizá por la organización social del trabajo de cuidados, entonces las soluciones deben abordar de manera estructural la relación entre las oportunidades de empleo, planificación urbana, la disponibilidad temporal y las normas que dictan los lineamientos de equidad de género en el mercado laboral.
La infraestructura de cuidados no debe verse como un complemento de las políticas laborales, sino como la base sobre la cual se estructura el propio mercado de trabajo. La expansión de la infraestructura de cuidados debe estar liderada por el Estado y no por el sector privado, para garantizar que su provisión no quede sujeta a la lógica del beneficio comercial (Hall, 2014). En la Ciudad de México, la oferta de guarderías y centros de atención infantil no cubre la demanda, particularmente en las zonas donde se ubican las oportunidades laborales más competitivas (INEGI, 2024). En esta misma línea, la política laboral debe orientarse hacia la creación de un sistema público de cuidados, con centros de atención infantil gratuitos en zonas de alta
concentración de trabajadoras y con una red de espacios de apoyo a la crianza integrados en la planificación urbana. Hayden (1981) sostiene que la provisión de servicios de cuidado dentro de los centros de empleo es clave para reducir la carga de trabajo no remunerado sobre las mujeres. Una medida más ambiciosa es trasladar parte de estos servicios a los propios barrios y comunidades con la participación de las mismas redes de cuidados dentro de las comunidades, pues evita que el acceso al sistema de cuidados quede subordinado al interés privado y sea accesible solamente para quienes tienen una posición privilegiada al contar con un empleo formal.
El acceso a la movilidad es otra de las barreras estructurales para la inserción laboral de las mujeres, pero esta problemática no debe abordarse únicamente desde una perspectiva de transporte seguro. La manera en que las ciudades fueron diseñadas impuso costos diferenciales de movilidad entre hombres y mujeres, no solo por la percepción de inseguridad, sino por la propia distribución de las oportunidades laborales en el territorio. Massey (1994) señala que la segmentación espacial y laboral no es solo un reflejo de condiciones preexistentes, sino un mecanismo activo de exclusión que restringe la participación equitativa en el desarrollo económico. La solución, por tanto, no puede limitarse a mejorar la infraestructura de movilidad, sino que debe integrar una reorganización del mercado laboral que garantice que las oportunidades de empleo no se vean frustradas por la capacidad limitada de desplazamiento y los altos costos de transporte para las mujeres. Ruiz Rivera (2013) destaca que en muchas ciudades de América Latina, la fragmentación del territorio ha convertido a la movilidad en una barrera estructural para la inclusión económica, lo que refuerza la segmentación ocupacional y limita la diversificación del empleo femenino.
El acceso desigual a la educación y la formación profesional es otro de los factores que limitan la movilidad laboral de las mujeres; sin embargo, el problema no radica únicamente en la falta de capacitación, sino en cómo la estructura del mercado de trabajo y su distribución en el espacio condicionan las trayectorias laborales de las mujeres. Frediani (2009) señala que la inclusión en sectores estratégicos no depende solo de la oferta de formación, sino de la existencia de una estructura productiva que permita incluir a las trabajadoras bajo condiciones dignas y con posibilidades reales de ascenso. En este sentido, los programas de reconversión laboral deben estar alineados con una política industrial y de servicios que priorice la inversión pública y garantice que los sectores en expansión, además de generar empleos, promuevan la equidad en su acceso.
López-Acevedo et al. (2021) demuestran que, aun con niveles de escolaridad similares, las mujeres en México enfrentan barreras estructurales que impiden su acceso a empleos bien remunerados, lo que confirma que la desigualdad en el mercado laboral no es solo un problema de capital humano, sino de la segmentación y exclusión dentro del propio sistema económico. Si las oportunidades de empleo en sectores estratégicos están concentradas en zonas de difícil acceso o si las condiciones laborales en sectores feminizados siguen siendo precarias, la capacitación por sí sola no es suficiente para generar movilidad social. Para evitar que la localización del trabajo perpetúe la exclusión, es necesario adoptar una plaificación territorial del empleo que no solo busque redistribuir la oferta de trabajo en el espacio urbano, sino que también transforme las condiciones estructurales que han mantenido a las mujeres en empleos de baja remuneración e inestabilidad.
Las estrategias propuestas buscan transformar la relación entre género, mercado laboral y planificación urbana, asegurando que la estructura espacial de la Ciudad de México facilite la inclusión de las mujeres en sectores estratégicos. Es importante considerar que la segmentación ocupacional femenina no es un problema aislado del mercado de trabajo, sino el resultado de un modelo económico que ha priorizado la rentabilidad privada sobre el bienestar colectivo. En este sentido, la invertención del Estado para la redistribución del empleo, la expansión de la infraestructura de cuidados y la movilidad con enfoque de género son elementos fundamentales para reducir la segmentación laboral femenina y promover la equidad en el acceso a oportunidades económicas, pero su implementación no debería depender de mecanismos de mercado que reproduzcan la desigualdad en el acceso a bienes y servicios esenciales (Soja, 2023). En línea con los principios de desarrollo urbano equitativo planteados por Hayden (1981), Jacobs (1961) y Massey (1994), la planificación urbana debe ser una herramienta para democratizar el poder económico, fortalecer la provisión pública de servicios y garantizar que el trabajo, tanto productivo como reproductivo, deje de ser una fuente de explotación y desigualdad.
6. Conclusiones para redistribuir el espacio y democratizar el empleo.

Jane Jacobs III (https://questionofcities.org/the-life-and-times-of-jane-jacobs-the-urban-activist-who-revitalised-city-planning/).
Este estudio sostiene que la segmentación laboral femenina en la Ciudad de México no es un fenómeno aislado ni meramente producto de las decisiones individuales de las trabajadoras, sino el resultado de una estructura económica y urbana que ha condicionado históricamente el acceso de las mujeres a oportunidades laborales de calidad. La localización de los sectores estratégicos, la falta de infraestructura de cuidados y la distribución desigual de los recursos han limitado su movilidad y perpetuado su concentración en sectores precarizados. Más allá del mercado laboral y la planificación de lo urbano, el desequilibrio y la confrontación de intereses entre el poder económico y el poder político en la capital han impedido eliminar estas barreras, consolidando la exclusión de las mujeres de los espacios de mayor proyección y estabilidad.
Para abordar esta problemática, es fundamental integrar una perspectiva de planificación que transforme la manera en que se organizan el empleo y el territorio. La diversificación sectorial del empleo femenino no puede lograrse sin una infraestructura que garantice acceso equitativo a oportunidades laborales. Mejorar la movilidad, expandir los servicios de cuidado infantil y descentralizar los polos productivos no solo permitiría aumentar la participación de las mujeres en sectores estratégicos, sino que fortalecería el desarrollo económico de la ciudad. Además, una planificación urbana con perspectiva de género exponer las desigualdades actuales y socializar la importancia de mitigar su reproducción en el futuro.
El contexto político de la Ciudad de México es clave para entender la evolución de estas dinámicas. Desde la gestión del primer Jefe de Gobierno electo por voto popular en el año 2000, la capital ha sido gobernada de manera casi ininterrumpida por administraciones progresistas que han impulsado políticas sociales para garantizar derechos y reducir desigualdades. Sin embargo, durante años, estas iniciativas coexistieron con un modelo económico más amplio basado en principios neoliberales, lo que propició la desalineación de intereses entre las prioridades estatales y las decisiones adoptadas desde los más altos niveles de gobierno. A partir de esta circunstancia y en el contexto de este estudio, surge una línea de investigación desde la perspectiva de la ciencia política. ¿De qué manera la contraposición de intereses entre los distintos órdenes de gobierno complica la planificación del espacio y la economía para a corregir las fallas del mercado laboral, particularmente las desigualdades de género?
Asimismo, desde la academia y el gobierno, la implementación de metodologías avanzadas para el diagnóstico de las condiciones laborales es un paso esencial para generar respuestas más precisas y efectivas. Herramientas como la estimación de áreas pequeñas (SAE) generan estimaciones desagregadas a nivel local a partir de la ENOE para el ajuste informado y oportuno de las estrategias públicas. Asimismo, el uso de modelos de regresión logística y métodos de inferencia causal permiten la evaluación del impacto de políticas en la participación laboral femenina y proporcionan evidencia clara sobre qué estrategias funcionan y bajo qué condiciones.
En última instancia, la relevancia de la planificación del espacio y la economía radica en su capacidad para desentrañar las dinámicas espaciales y estructurales que explican la segmentación laboral de las mujeres. Las teorías de planificación urbana explican por qué el espacio no solo refleja la actividad económica, sino que asigna oportunidades y en muchas ocasiones restringe el acceso a las mismas. Al aplicar estas teorías al caso de la Ciudad de México, queda claro que la segregación en el mercado laboral no se debe únicamente al capital humano, sino también a barreras espaciales y sociales que limitan la movilidad y disponibilidad de las mujeres. Tanto una revisión a profundidad y con rigor metodológico de las políticas de acceso y distribución de recursos como promover iniciativas públicas para el usufructo equitativo de la ciudad resultan pasos fundamentales para reducir la segmentación ocupacional y mejorar la equidad de género.
No hay que olvidar que la Ciudad de México sigue siendo un territorio de contrastes, donde la distancia entre quienes acceden a empleos estables y quienes enfrentan barreras estructurales no se mide solo en kilómetros, sino en calidad de vida: tiempo, inseguridad y estabilidad. Las calles, al igual que los sistemas de transporte y las zonas industriales, no son meros escenarios neutrales, sino la expresión de decisiones económicas a cargo de la mano invisible –o la mano del poder económico– que manipula el mercado laboral y prioriza la rentabilidad sobre la equidad. Sin embargo, el diseño de la ciudad no es inmutable. Transformarlo implica reconocer que el espacio no solo distribuye oportunidades, sino que también puede democratizarlas. Apostar por una planificación urbana que coloque a las mujeres en el centro del desarrollo no es una concesión, sino una urgencia. Porque mientras la ciudad deba el derecho a condiciones laborales dignas a las que llegan temprano, las que nunca descansan, su prosperidad será también un compromiso incumplido.
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