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Cómo funciona probar muchas cosas

El mito de las 10 mil horas ignora que no todo se aprende como si fuera jugar al golf o tocar el violín.

Valentin Muro in Cómo funcionan las cosas · 2026-06-15 15:23 · 11 claps · 8.3 min read
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Cómo funciona probar muchas cosas

El truco para el éxito está en empezar cuanto antes y especializarse. 10 mil horas son las que toma volvernos excelentes en cualquier disciplina. A quien madruga…

Esta idea, popularizada por Malcolm Gladwell en Outliers (2008), tiene un predecible atractivo. Es cuestión de método, disciplina y, sobre todas las cosas, tiempo. La clave para el éxito, sin importar en qué, decía Gladwell, es la práctica de una tarea específica que pueda lograrse con 20 horas por semana durante 10 años.

De lo que Gladwell habla es de la “práctica deliberada”, un tipo de ejercitación significativa y sistemática. Mientras que la práctica común incluye repeticiones mecánicas, la práctica deliberada requiere de atención bien enfocada y se lleva a cabo con un objetivo específico para mejorar el desempeño. Todo esto tiene algo de magia, pero también algo de mito.

En 2013, un poco ofendido por lo que internet había hecho con su trabajo, K. Anders Ericsson, uno de los investigadores responsables de la supuesta teoría de las 10 mil horas, salió a disputar lo que se estaba diciendo. “Nunca jamás hablamos de una regla de las 10 mil horas”, escribió. Resulta que no toda habilidad en el mundo es equiparable con aprender a tocar el violín.

O, si vamos al caso, con aprender a jugar al golf.

David Epstein es un periodista de investigación que hace algunos años escribió acerca del componente genético en las capacidades deportivas de los mejores atletas. Si bien se titula The Sports Gene (2013), lo que Epstein argumenta es que no hay un gen para el éxito en los deportes. Se trata un poco de genética, un poco de crianza.

El éxito es un campo narrativo plagado de historias. Son las que le dan sentido a lo que sucede. Cada evento triunfal, o cada fracaso, está marcado por una historia que la explica. Y estas historias suelen estar marcadas por el esfuerzo que fue dispuesto para alcanzar cada objetivo. La gloria, todo el mundo lo sabe, viene acompañando el esfuerzo, y quien no la alcance probablemente no se haya esforzado lo suficiente. En parte, esto también nutre al discurso sobre la meritocracia.

Quizá el mayor aporte de aquel primer libro de Epstein haya sido dejar de lado todas esas historias, incluso si solo fuera por un rato, para detenerse en todas esas otras cosas que hacen al éxito además de las horas que se disponen para alcanzarlo. No es lo mismo haber nacido en una casa que en otra, en una ciudad que en otra, haber tenido padres con ciertos contactos fundamentales que haber crecido con padres analfabetos, pero tampoco es lo mismo haber nacido con ciertos genes y no otros. Confundimos con preocupante frecuencia el talento innato con el esfuerzo y la motivación.

Luego de haber escrito sobre la famosa regla de las 10 mil horas entre las páginas de aquel primer libro, a Epstein y Gladwell los llamaron para debatir en público. Preparándose para el debate, lo que Epstein encontró fue que, lo más frecuente entre la elite deportista no era la especialización temprana, sino su dedicación a un período de muestreo. Allí los atletas pudieron descubrir en qué eran buenos y qué era lo que les interesaba. En contra de aquella regla, los atletas que demoraron su especialización resultaron ser mejores a la larga que sus pares que, con un éxito temprano, encontraron el límite de sus capacidades mucho antes.

Range (2019), el segundo libro de Epstein, explora estas dos formas de ver el desarrollo personal y lleva el subtítulo de “por qué los generalistas triunfan en un mundo especializado”. Epstein comienza con dos historias del mundo de los deportes. La primera es quizá más reconocible que la segunda.

Eran los años 70 en California y la historia es la de un niño que, con solo seis meses, podía mantener el equilibrio en la palma de la mano de su padre mientras este recorría la casa. Podía sospecharse que algo de especial tenía. Entre los siete y los diez meses recibió su primer palo de golf, especialmente recortado para su tamaño, y comenzó a imitar los movimientos que había observado hacer a su padre.

Antes de los ocho años entró en su primer torneo y ganó. Y luego logró ganarle a su padre, un atleta retirado que durante sus años de formación había tenido que enfrentar su propia cuota de adversidades. Tiger Woods, su hijo pródigo, sería más importante que Nelson Mandela, que Gandhi, que Buda.

La segunda historia transcurre en Suiza. Su madre era entrenadora, pero nunca quiso entrenarlo a él, que aprendió a patear una pelota antes de aprender a caminar. De pequeño jugaba al squash con su padre, pero también había probado esquiar, hacer artes marciales, natación e incluso skateboard. Ningún deporte le era ajeno y eventualmente probó con básquet, handball, tenis, ping pong e incluso badminton usando de red el cerco con sus vecinos. Lo que más le gustaba, de todos modos, era jugar al fútbol.

Mientras hubiera una pelota, de qué deporte se trataba mucho no le importaba. A sus padres no les preocupaba si tenía aspiraciones deportivas, siempre y cuando probara muchas alternativas. “El muchachito era insoportable”, recuerda su madre, “no podía quedarse quieto ni por un minuto”.

Aunque su madre era entrenadora de tenis había decidido no entrenarlo a él. Cuando de adolescente empezó a prestarle más atención al tenis, sus padres antes que insistirle para que siguiera tenían que pedirle que no se lo tomara tan seriamente. Tenían una sola regla: “No hagas trampa”. No lo hizo, y empezó a irle increíblemente bien.

Luego de generar algo de barullo en su ciudad natal, un diario lo entrevistó. Cuando le preguntaron qué haría si algún día ganaba suficiente dinero jugando al tenis lo que dijo era que quería “un Mercedes”. La madre se volvió loca y habló con el periodista, que al revisar el audio de la grabación notó que había dicho “Mehr CDs” en alemán suizo. Un adolescente Roger Federer solo quería comprar más discos.

Era muy competitivo, pero cuando le ofrecieron ponerlo en un grupo con jóvenes un poco mayores, pidió quedarse en el suyo para estar con sus amigos. Lo que más disfrutaba de las clases era quedarse luego para charlar de música, o jugar al fútbol. Para cuando Roger abandonó otros deportes para dedicarse al tenis, sus compañeros llevaban años especializándose con entrenadores, nutricionistas y psicólogos. Nada de esto importó demasiado y para sus 35 años seguía siendo el mejor del mundo.

No es que la regla de las 10 mil horas sea nueva, sino que parece encapsular a la perfección la conocida idea de que la ventaja competitiva está dada por arrancar temprano. Que Tiger Woods saliera en televisión a los dos años no hizo más que reforzar esto en el imaginario colectivo. El problema quizá reside en que nos es muy fácil imaginar la ventaja de empezar antes que los demás, incluso si los beneficios son magros. “Hablamos mucho de la importancia de probar y fracasar, pero cuando realmente las papas queman no solemos alentarlo”, dice Epstein.

El peligro está en extrapolar algunos casos de éxito en ciertas disciplinas específicas, como el violín o el golf, hacia una regla general para el aprendizaje. La diferencia entre las disciplinas suele estar vinculada con el tipo de ambientes que proveen para el desarrollo. Según la distinción de Robin Hogarth, algunos entornos son “amables” (kind) y otros son “perversos” (wicked).

Un entorno amable para el aprendizaje es aquel en el que toda la información está disponible sin tener que buscarla, los patrones se repiten y las situaciones posibles están restringidas, por lo que será el mismo tipo de suceso lo que se repetirá. La devolución acerca de nuestro desempeño es inmediato y preciso. No hay otro comportamiento humano con el que lidiar más que el propio. Es por eso que buenos ejemplos de esto son el aprendizaje del golf o del violín.

Por el contrario, en los entornos perversos, no toda la información está disponible al momento de tomar una decisión. Generalmente se trata de situaciones dinámicas que involucran a otras personas y juicios ajenos, la devolución no es inmediata y, cuando la hay, puede que sea parcial e imprecisa. La mayoría de cosas que nos interesan son de este tipo, y no se parecen tanto al golf. No conocemos las reglas, y estas incluso pueden cambiar en cualquier momento. “La especialización temprana”, en estos casos, “no es la mejor opción”, dice Epstein.

Esta motivación por especializarse lo infecta todo, desde personas hasta instituciones donde distintos grupos ven una parte cada vez más pequeña del problema. Uno de los hallazgos posteriores a la crisis económica del 2008 fue el nivel de segregación interno de los bancos. Un grupo por acá que optimizaba su parte con otro grupo por allá que optimizaba la suya.

En respuesta a la crisis, en 2009 se instauró en EEUU un programa para incentivar a los bancos a que bajen el monto de las cuotas hipotecarias para quienes no podían pagar los montos totales. La idea estaba bien pero en la práctica se volvió perversa: una rama de un banco que se especializaba en préstamos hipotecarios bajaba la cuota, mientras que otra rama especializada en ejecuciones hipotecarias descubría que estos clientes de repente pagaban menos, los declaraba en default y les ejecutaba la casa. “La sobre-especialización puede derivar en una tragedia colectiva cuando cada individuo toma de forma separada la decisión más razonable”, escribe Epstein.

Incluso en el cuidado de la salud, contraintuitivamente, la especialización tiene sus riesgos. Cada vez más cardiólogos son demandados por intervenir con stents en casos en los que podrían ser peligrosos o inapropiados. Un estudio hace un par de años encontró que los pacientes cardíacos tienen menos probabilidades de morir si son internados durante un encuentro nacional de cardiología que obliga a miles de profesionales a abandonar sus puestos de trabajo. Lo que los investigadores sugieren es que podría ser porque baja la probabilidad de que se prueben tratamientos de dudoso efecto.

Como parte de la gira de promoción de The Sports Gene, Epstein quedó en contacto con muchas organizaciones, de entre las cuales se destaca la fundación Tillman, dedicada a dar becas a militares retirados, veteranos y sus familiares. Una de las cosas que más los aqueja es lo atípico de sus experiencias. Muchos tienen carreras universitarias, pero no cuentan con la experiencia laboral lineal que esperamos encontrar en LinkedIn.

Sus ansiedades remiten a volver a estudiar siendo mucho mayores que sus pares o luego de haber cambiado varias veces de carrera. Lo que no debemos dejar de lado es que todo esto se debió a que estaban acumulando experiencia inigualable en contextos sumamente diversos. Pero esta ventaja única suele ser considerada un defecto que debe ser sepultado y rápidamente corregido.

Epstein no demora muchas páginas en confesar sus propios temores, que coinciden exactamente con los míos. “Empecé a preocuparme de tenerle fobia a los compromisos laborales y de ser un barrilete que estuvo haciendo todo esto de tener una carrera muy mal”, escribe y me dan ganas de abrazarlo.

Lo que Range nos ofrece es la posibilidad de leer acerca de las ventajas de la diversidad de nuestras experiencias y de la especialización lenta, que en última instancia nos permite alterar la forma en que nos vemos frente al mundo.

El desafío al que nos enfrentamos, escribe Epstein, es el de mantener los beneficios de amplificar nuestras diversas experiencias, el pensamiento interdisciplinario y la concentración demorada en un mundo que cada vez más incentiva y requiere de la hiperespecialización.

“Aunque es indudable que hay áreas en las que son necesarias personas con la precocidad y claridad de Tiger, a medida que se incrementa la complejidad — a medida que la tecnología hace girar al mundo a través de redes de sistemas interconectados en los que cada persona solo ve una partecita — también necesitamos de más Rogers: personas que empiezan de forma bien amplia y abrazan la diversidad de experiencias y perspectivas a medida que progresan. Lo que necesitamos son personas con amplitud”.

Después de todo, quien ríe último ríe mejor.

“curiosity” by ibrahem abou elnour (CC BY-NC-ND 4.0)

“curiosity” by ibrahem abou elnour (CC BY-NC-ND 4.0)

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