← Back to list

LAS SIRENAS DE LAS ISLAS GALÁPAGOS

Por: Ángel Felicísimo Rojas. (En Un Idilio Bobo Libro de Relatos, Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1984)

Daniel Endara Zavala · 2026-04-27 17:52 · 0 claps · 23.1 min read
#leyendas-de-galápagos #sirena #ángel-f-rojas #cuento #galapagos
Open on Medium ↗

LAS SIRENAS DE LAS ISLAS GALÁPAGOS

La Sirena de Galápagos by Christine Gallardo. Jardin de Cerámica, Isla Santa Cruz-Puerto Ayora

La Sirena de Galápagos by Christine Gallardo. Jardin de Cerámica, Isla Santa Cruz-Puerto Ayora

Por: Ángel Felicísimo Rojas. (En Un Idilio Bobo Libro de Relatos, Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1984)

Yo, como que soy un mozo mediterráneo, he amado siempre las historias de mar. Les prestan los libros una belleza áspera y romancesca. En especial los relatos de otros tiempos. Pues en la actualidad, con este fervor de la literatura por despojar al mundo de todas sus leyendas, se nos ha dicho ya muchas veces que el mar es un enemigo malo, y que su salvaje belleza sólo pueden gozarla los turistas, es decir, un determinado número de hombres de cierta situación económica, desde la borda, en un viaje cómodo, pero que apenas habrá cosa más tremenda y esclava que la vida de los marinos, protagonistas de las maravillosas escenas que fueron gratas a nuestra niñez…

Como quiera que sea, el mar conserva para mí, pequeño burgués amigo de sentir las emociones espontáneas y las emociones aprendidas a gustar en los libros, un encanto misterioso y propenso a los ensueños. Actualmente, que vivo en la costa, en el puerto febril, nunca dejo de ir con frecuencia a la orilla, a ver la entrada y salida de los vapores. Es bastante provinciano, mas no tengo inconveniente en confesar esto de que salgo atropellado cuanto encuentre al paso cuando oigo el zumbido de un avión. Me encanta ver el vuelo de los aeroplanos, y, a pesar de que es retrasado y absurdo, los pilotos siguen siendo para mí seres extraordinarios, aventureros de una vida intensa y envidiable. Y que no me digan aquello de que se trata de una vulgar profesión con no más riesgo que otras y llena de aburridas responsabilidades. Que no me vengan con eso: no quiero perder la ilusión.

En esta contemplación de la orilla, de la suplencia de mar que es “nuestro” puerto, yo no soy el único cliente. Heterogéneo y abigarrado público acude cotidianamente a reclinarse en la balaustrada del malecón. Desocupados, vendedores ambulantes, marineros en tierra, aventureros criollos olorosos a aguardiente, empleados con sus novias a la salida de las oficinas y a veces, y esto es ya trascendental, capitanes sin barcos.

Mucha de esta gente, llevada a la orilla por una afición común, pues no espera nada concreto de sus largas y melancólicas paradas, está atenta a la conversación del vecino. No es raro oír, cuando menos se sospecha, del más desharrapado de todos la relación de su viaje, como el último de los variopintos, alrededor del mundo, quien, a las pocas frases, se traba en una cerrada conversación en inglés con ese gringo de cara arrugada y pelo ralo que fuma un largo puro, dejándolo a uno completamente desconcertado, pues uno apenas sabe expresarse en su idioma vernáculo.

Se forman coros cuyo centro es un narrador de palabra fácil que seguramente tiene también una gran soltura para mentir. Habla y habla dando pretexto para que los imaginativos nos representemos con viveza su historia acaso falsa y otras cosas… Y así se prolonga la narración, entre comentarios apasionados, hasta que la noche se cierra por completo y el aire que corre por la ría se hace más fresco y al resbalar por el cuerpo nos deja una deliciosa sensación tónica. Y claro, tienen preferencias las historias marinas, sobre todo si tienen el prestigio dramático de sugerirnos la visión desesperada de los naufragios.

Todo está bien.

Nos es narrada la historia en el amiente en que debe ser evocada. Ha ido anocheciendo. En la oscuridad sentimos el pausado latido del corazón de la eternidad, que o hincha las aguas de pleamar en la diástole o las disminuye en la vaciante de la sístole. Esa fuerza primordial vive y se mueve sonoramente, y hay un fondo de barcos anclados, de muelles de viejas tablas podridas, de balandras de velamen blanquecino, de canoas que se deslizan velozmente manejadas por una mano invisible, y, corriendo la vista hacia adelante, la silueta en severo luto contra el cielo, de las palmeras del trópico.

En este fondo, todo relato es válido; toda historia fantástica es verosímil. Sobre todo, si el aventurero que la cuenta es uno de aquellos desharrapados que habló inglés con el viejo extranjero fumador de puros, o si este raro capitán sin barco, que a respirar el cercano aire del mar en la orilla acude, es el que la narra.

¿Qué importa que la invente, si ella puede sumirnos en una emoción curiosa, si es capaz de hacerle, al grupo de “orilleros” desatender por un momento la realidad de la individual tragedia, que es a menudo hasta el primordial reclamo del estómago vacío?

2

Pues bien: pese a mi condición de hombre mediterráneo, amo el mar. Y no obstante mi conocimiento relativamente reciente con él y con algunos de sus aventureros, ya distingo a la legua cuándo tengo frente a mí a uno de esos capitanes sin barco, marineros en tierras nostálgicos. Puede no tener ninguna poesía para ellos el mar. Puede que hasta en momentos despreocupados se alegren de estar en tierra firme, sin afrontar las tremendas responsabilidades que exigen un barco, una ruta y una tripulación. Puede que el trabajo que desempeñan en la costa inmóvil sea más seguro, más tranquilo, más remunerador. Pero es lo cierto que esos hombres tienen una apasionada manera de visitar, periódicamente, la orilla. No quieren, no pueden, perder el contacto. Es muy fácil distinguirlos. Es el suyo un avance no exento de emocionada comprensión. Recordaran sin duda el deber exigente, en cuyo cumplimiento pusieron acaso jirones enteros de su vida. Y hay que advertir lo que significará para ellos una partida, o una llegada, o una larga travesía por los mares. Nada poético, nada de ensueño. Pero sí una extraña fuerza; la memoria de las duras obligaciones al principio vistas con odio. Luego con una especie de amor.

3

— Sí, en efecto: el tipo ese es capitán de altura retirado — confirmó uno de mis vecinos de balaustrada, un mocetón con los brazos desnudos llenos de tatuajes azules que apenas se distinguían en la piel oscura — . Y sabe dos historias interesantes.

— ¿Las ha oído usted?

— Sí. La primera es la traída que hizo de uno de los puertos del sur de un barco desarbolado que perdió el timón a la altura de Talara; y la segunda, su naufragio y estadía en las Islas de Galápagos, donde permaneció seis meses, un año antes de que los hermanos Gabino echaran a pique el “Albatros”…

Naturalmente, es sólo aproximado el texto de su conversación. Nos hallamos en un lugar donde la gente de la orilla tiene un lenguaje infinitamente menos decente; y el hombre de los tatuajes para decirme, más o menos, aquello de las dos historias que sabía del capitán, hubo de necesitar el empleo de las palabras más soeces de su repertorio. Y que me corten las manos como castigo a mi falta de fidelidad literaria y a mi eufonía falseadora del ambiente, que tienen la culpa de que en esto no lance, ni por cuenta propia, ni por la ajena, un solo taco.

La del “Albatros” es una de las más terribles historias de mar. La realidad en ella supera al más cruel de los cuentos fantásticos y horripilantes que tengan por escenario el mar. La han revelado los propios hermanos Gabino, a un grupo de sus amigos, aquella ocasión en que hicieron una travesía de contrabando que, en balandra, los llevó al puerto peruano de Paita. Pero esa es una historia distinta.

El capitán sin barco también la sabía, pues a él se la contó uno de esos amigos de los Gabino. Mas las cosas por su orden. Y antes que nada, las propias, personales historias. Por ejemplo, esta inverosímil leyenda del amor de los náufragos — de los compañeros del capitán, se entiende — , del amor de esos náufragos por las lobas de mar.

4

El capitán sim barco nos hizo el relato cerca del anochecido. Vestía de blanco, y era de esos hombres que no pueden decir una palabra sin acompañarlas de gestos, de visajes, de ademanes. Daba las espaldas a la orilla, al comenzar.

— Vamos a oírle mentir — decían unos, por lo bajo.

— Procuraremos entonces cogerlo en la mentira — decían otros.

Había, al parecer, un como ambiente inicial de desconfianza y quizá hasta de maliciosa prevención.

Pero cuando él se aprestó a hablar, con los fósforos en una mano y la pipa apagada en otra, todos los concurrentes al improvisado grupo hicieron silencio.

“Naufragamos un día martes”, nos contó. “Un día endemoniado”. Y agregó luego, tras una pausa llena mentalmente de recuerdos: “Un velero miserable, una cáscara de nuez a merced de las corrientes… Cuánta diferencia entre un vapor grande y pesado, y nuestro barquito. Llegamos sin saber cómo. ¿Creen ustedes que nosotros hicimos algo por ganar la orilla? Que idiota me pareció después de unos días el considerar lo siguiente: estábamos a poca distancia de la orilla, de la salvación, y ya no podíamos hacer nada para ganarla. Nos habríamos muerto al termino de ponernos a salvo. El mar estaba hinchado y crecía sobre el horizonte. Se rompía contra las rocas — las primeras que divisábamos después de días — en ampollas enormes. ¿Cómo llegamos?”. “Yo, por eso, creo en Dios. En el Dios de los mares”.

Entre los que oíamos había gente escéptica que no creía en nada. Entendió el capitán que su frase última acababa de caer en un terreno reticente, y paseó sus ojos en nuestro derredor, afirmándonos su fe con mirada dura. Y después de haber callado un momento tras la palabra mares prosiguió: “Habían seis isleños, seis presidiarios fugados hacía fecha de la colonia penal de San Cristóbal. Nos afirmaban ellos que merced a su intervención fuimos salvados, dándonos detalles a todo lujo de cómo nos ayudaron saliendo de una balsa desde el puerto. Lo asombroso era que de todo ello no recordábamos, ninguno de los cuatro náufragos, en lo absoluto. Ignorando por lo mismo si la balsa que blanqueaba sus maderos en la orilla, en lugar seco, la habían empleado, efectivamente, en salvarnos, o estaba, simplemente, embebida con el aguaje último. He aquí un secreto cuya verdad ninguno de los cuatro ha podido conocer”.

— ¿Y a cuál de las islas del Archipiélago llegaron? — inquirió uno de los oyentes. “A la Isla Sin Nombre”, contestó el capitán. Y creyó del caso añadir, con una dicción lenta, y ademán de imponente suficiencia: “la Nameless Island”.

— ¡Conque este hombre también es de los que chapurrea inglés! — murmuré. Pues yo, hombre mediterráneo, de pueblo pequeño y aislado del mundo, sigo admirando al que posee otro idioma que el materno.

“¡Isla Sin Nombre!”, gritó. “Ahí pasamos seis meses, desesperados. Hasta que, jugando el todo por el todo, nos embarcamos en la balsa de amarras casi rotas, traicionando a los isleños, matando a dos de ellos… Y otra vez el Dios del Mar, ese Dios a cuyo nombre responde algunos de ustedes con irónicas tosecitas, nos arrojó en San Cristóbal, desde donde, embarcados en el difunto “Albatros”, volvimos al continente”.

Rosendo Aguirre, mi compañero, es comunista. A él se dirige ahora el capitán, chupando insistentemente su pipa, para no gastar el tercer fósforo. Para mejor señalar a su interlocutor, le apunta con su dedo índice mutilado.

— Claro: mi historia, para usted, puede estar desprovista de interés social; no es un episodio de la lucha de clases, ni atribuyo nuestro naufragio al capitalismo. Usted amigo Aguirre, y algunos compañeros más, saben lo que es hambre, y lo que es desocupación, en la ciudad de Guayaquil. Es atroz eso, en efecto. También lo he pasado yo. Pero, ¿qué es una noche de dormirse, sin comer, en un portal, en relación con el hambre torturante, sin esperanzas de harturas; en la soledad; en la desnudez; bebiendo el agua de los volcanes de lodo, y empapándonos después largos días y noches interminables mientras durara la lluvia, sin tener en el islote desolado, donde guarnecernos? ¿Tiene idea de lo que es eso? No hay vegetación arbórea casi. Arrecifes y arrecifes. Y un suelo de lava apenas cubierto de hierbas ásperas. El de acá es un naufragio piadoso a lado de aquél. Es una delicia. ¡Felices los hambrientos que babean frente a las panaderías! Y claro, no es sólo hambre de comida y de abrigo lo que se tiene. Ah!, para un hombre normal la soledad sexual es la más terrible de las soledades”.

“No voy a ponerme a contar a ustedes detalladamente todas nuestras penurias, día por día y punto por punto. Tenga en cuenta, y eso sí no olviden, que la penuria angustiosa de cada día hay que multiplicarla por sesenta, y que esas noches que pasábamos en las grutas de la orilla, bajo la lluvia que se colaba hasta nuestras camas de paja, fueron otras tantas. ¡Corriente! ¿Es que la suerte del más desgraciado de los obreros del continente, del más esclavo de los indios del norte puede compararse con el horror de seis meses de pesadilla? Y luego aquí hay mujeres. ¿Quién es tan desgraciado que no pueda gozar aun cuando sea de una mujer podrida? “¡Pero allá, en la Isla Sin Nombre?”.

“No teman, muchachos. No voy a contarles todos los detalles de nuestra tragedia. Hablaré tan solo de una. De un hambre, de una necesidad cruel, de una cierta clase de hambre solamente. Imperiosa, desesperante, fatal. Lloraba y a veces. ¡Una mujer aquí! ¡Una mujer por favor!” — ¡El dios del mar no les oía! — comentó interrumpiéndolo, el camarada Aguirre.

El capitán detuvo sus miradas otra vez en la pálida fisonomía del camarada Aguirre, y vaciló en contestar, porque dijo primero, con viveza: — nos dio lobas de mar — y al punto, amostazados, corrigió: — Es decir… nosotros, cada uno por su cuenta… nos dedicamos, en el colmo de la desesperación, a matar lobas de mar…

Cambió aquí de tono, bajando la voz hasta llegar casi al bisbiseo. Sus palabras antes agitadas fueron saliendo recelosamente. Perdimos frases enteras. Pronto recobró su fuerza, no obstante, y su timbre alto y sostenido continuó:

— ¡Yo por eso temo al Dios del mar. Temo que no nos perdonará este pecado. Pecado monstruoso fue. Él nos lo cobrará. Somos deudores con él. Tenemos una cuenta con él por saldar. ¡Cómo tendrán que pagarla también los hermanos Gabino”.

Se echó el sombrero jipijapa hacia atrás, dejando desnuda su ancha frente blanca. Puso en ella la palma con los dedos horizontalmente, y de esta guisa bajó la mano morena y venosa desde la frente a los ojos, de éstos a las mejillas, concluyendo por acariciarse en el resbalón la barba de la quijada. Sacó una cara más resuelta y nos miró de frente. Esa mano, quemada, sin duda, acababa de barrer una serie de dolorosos escrúpulos.

Recorrió, para comenzar su justificación y cimentarla, al plebiscito. Formuló individual y sucesivamente esta pregunta, en tono perentorio, exabrupto:

— ¿Usted qué tiempo resistiría de abstención?

— ¿Y usted?

— ¿Y usted?

A esto le llamaba él, como buen vaporino “estar ballenero”

El resultado de sus preguntas parecían satisfacerle. Todos estaban de acuerdo en que difícilmente podría propasarse el límite de los dos meses. Una confirmación como ésta pretendía obtener. De ella extraía nuevas fuerzas para continuar su relato, que por momentos se nos antojaba podía tomar el camino de una corrupción sin nombre, como el nombre de la isla de los pecados bestiales.

— Yo jamás he podido creer en la pureza de Robinsón — continuó — . ¿Cómo se las arregló este hombre en sus años de soledad? El libro de Robinsón es un libro casto; mejor dicho, un libro hipócrita. En ninguna parte hallamos una palabra acerca de sus reclamos instintivos más íntimos”.

“Nosotros no tenemos por qué ocultar la verdad de estos reclamos: que son enteramente naturales, como tampoco sería sensato ocultar que teníamos frecuentemente una sed cruel. Acá, en el continente, esto, mirado superficialmente, parecerá tal vez monstruoso. Allá, al principio, el horror que me causó el conocer la verdad que había en la leyenda se convirtió a poco en tolerancia y en seguida en aquiescencia. Por último, me rindió. Sí, señores. Al igual que los isleños, al igual que mis compañeros de naufragio, pesqué, en las rocas solitarias, aquellas repugnantes criaturas marinas”.

Anticipó aquí el ademán a la palabra: Sujetaba la pipa con la izquierda, y la diestra, con ese índice decapitado y el largo dedo medio, se movía una y otra vez a la altura del hombro, en tanto que la manzana le subía y bajaba por obra de la saliva deglutida en esta pausa, hecha de silenciosas gesticulaciones. Los dedos se estiraban separados el uno del otro, en forma de compás, previniéndonos claramente lo que el capitán quería decir “Dos” … “dos” …

“Dos cosas terribles hay en los naufragios, las más terribles que pueden ocurrir a los sobrevivientes. ¡Y en qué circunstancias de derrota, de desesperación humana capaza de matar un millón de vidas, si las vidas fueran tan fáciles de apagar antes de que Dios sople en la tenue llamita!”

“Dos cosas terribles, atroces, compañeros. ¡A ver! ¿Cuáles son ellas? ¿Quién de ustedes da con ellas? Sí. Las peores, las más horrorosas, Peores que la muerte, peores que la desesperación. Son dos. Son dos”.

“La una (el dedo medio se bajó, quedando en la mano agitada el índice solitario) es tener que comerse a un hombre. No por cierto en el sentido de zumbón menosprecio a la vida con que los matones de tierra firme designan al hecho de quitarle la vida a otro, sino al pie de la letra, así: comerse a un hombre, digerirlo, hacerse antropófago, obligado por un hambre salvaje” …

“La otra (se batió ya la mano) es tener que aprovecharse de la agonía convulsiva de las lobas de mar”.

“Yo no he comido gente, a pesar de que mi profesión marina ha sido bastante cruel, imponiéndome pruebas inexorables. ¿Qué medios de conjurar un peligro posee el capitán de un pobre motovelero pequeñito, con una tripulación de desalmados, y en la imposibilidad de pedir auxilio en alta mar cuando lo necesita? ¿Qué es un casco de los nuestros comparado con un barco decente, dotado de telégrafo inalámbrico, para comunicarse con los otros? ¡No es cosa de broma tener que lanzar a veces un S.O.S. desesperado y no hallar cómo avisar al mundo que uno necesita auxilio!”

Todo esto es muy llevadero, sin embargo, mientras el destino no pida de nosotros mayores sacrificios. Tiene, por lo que he visto, hasta su cierto prestigio heroico. Y un náufrago particularmente es un sujeto visto con curiosidad e interés por los demás hombres. Pero, ¿a qué esa crueldad inútil de destino al recluirle meses enteros en un peñón solitario, en medio del océano, perdonándole a uno la vida y relegándole en una ociosidad forzada, en la cual la imaginación es la que nunca se está quieta?”

Un oyente extremadamente joven, de ojos azules, no los desprendía un instante del narrador. Se trataba de una cara ingenua y pura, por la cual vagaba una especie de inquieto pecaminoso asombro.

— Usted le está abriendo los ojos a esta criatura, capitán — dijo uno — .

— ¿Abriendo los ojos? — redarguyó al punto el más desconfiado de todos: ¡Los muchachos de este tiempo saben más que uno! ¡Nacen con los ojos abiertos!

Durante breves momentos todos los presentes detuvimos las miradas en el aludido. Posiblemente la cara imberbe se puso pálida.

“Por lo menos usted joven, ya sabe lo que es la necesidad sexual. Podrá, por lo menos, darse cuenta de los extremos a que puede llegar esta hambre cuando no halla medio de satisfacerse… Así como quien nunca ha pasado hambre ignora lo que esta sensación significa, lo que es una lúcida y dolorosa agonía en un cuerpo sano ávido de alimentos, tampoco ustedes, hombres de vida sexual más o menos regularizada, creo que pueden imaginarse el tormento insufrible de aquella otra hambre”.

“Nosotros estuvimos, vuelvo a decirles, seis meses en la Isla Sin Nombre, y de esos seis meses, cinco meses casi, estuve yo con aquel apetito insatisfecho y torturante. Tal era la verdad, compañeros. Y este servidor, hombre normal y exigente, se moría”.

“Ustedes van a decirme que había medios menos antinaturales de engañar al hombre. Medios que repugnen menos; que permitan conllevar la necesidad con una sucedánea satisfacción. Es verdad. Los hay, y yo mismo practicaba, cuando era imprescindible, el goce de mí mismo. ¡Pero cuán menguado resulta! ¡No es eso! Asqueado de ello, a poco se abandona la triste práctica. El problema no se resuelve así no más”.

El hombre, destacado contra la balaustrada, y la balaustrada fija en un fondo de aguas cabrilleantes y de oscuras manchas vegetales de la tierra firme de allende el río, se hallan hundidos ya en la noche. La iluminación eléctrica quedaba un poco lejos. Y las luminarias de un buque extranjero surto en las aguas del puerto parecen pertenecer a un segmento de la ciudad que se ha desprendido dislocándose del resto. La brisa no se limita a resbalar: penetra hondamente, produciendo un estremecimiento tónico y dulce. ¡Qué grata frescura en contraste con la bocanada tórrida que se levanta del asfalto!

Si bien la noche ha caído sobre la fisonomía del narrador, por el sentido de sus frases, por su tono, por sus pausas y períodos, por el ademán, o violento, o lento, o vacilante, o en avances de sus dos manos, seguimos presintiendo, uno por uno, todos sus viajes. Es fácil decirse, por ejemplo: “ahora arruga la frente”; “en esta pausa se queda con la boca abierta”; “he aquí que ha guiñado pícaramente el ojo izquierdo”; “acaba de bajar los ojos, como si quisiera sacar las frases de la tierra”. Los pies tampoco permanecen quietos. Se mueve dando pequeños pasitos, de un lado a otro.

“Pasada esta primera fase, — prosiguió — la visión de la mujer se presenta con avasalladora fuerza. Teníamos pesca abundante. Comíamos con hambre. Las tortugas entregaban al saqueo sus enormes posturas de huevos enterrados en la arena. Comíamos también carne de tortuga. Carne que no moría con facilidad, carne que palpitaba con vida mientras la asábamos en el fuego, después de cuatro horas del sacrificio del animal. ¡Carne que nos la comíamos viva, que la digeríamos viva quizá!”

“Y asegurada la comida, aplacado el hambre de nuestros estómagos, venía el otro, el que no podíamos sobrellevar”.

“Nos dispersábamos. Debo decir a ustedes que, pese a aquella soledad, mis tripulantes no me perdieron nunca el respeto que les inspirara mi seriedad, y ni siquiera llegaron a tomarse la libertad de una confesión íntima. Creo que había en ello un poco de odio, pues cuando yo estoy al frente de un barco me transformo en otro hombre, soy severo e inflexible. Me favorecía en la isla el que yo era el único que sabía orientarme y guiar. Y ellos necesitaban de mí, necesitarían de mis conocimientos”.

“La mujer, les vuelvo a decir, es al principio una representación concreta, tangible casi. En mis noches de desvelo, el chasquido de las olas me parecía el arrastrarse de una larga falda de seda por un piso, o por lo menos, el roce almidonado de una enagua femenina, y me dormía casi acariciando a la hembra semirreal, evocada con toda el ansia de mi imaginación. Alguna vez, al principio, conseguía tener ensueños en que se desarrollaba una representación del acto sexual más o menos perfecta, y entonces amanecía como iluminado. Mas con el tiempo, esa imagen concreta se iba debilitando. Ya no satisface el goce solitario. Defendía los vestigios de estos recuerdos deleitosos rabiosamente. Pasaba revista mental a todos los cuerpos de las mujeres a quienes había querido. Las llamaba por sus nombres. Y un día en que estaba en la playa después de hartarme de ver, como siempre, el horizonte en espera del soñado barco, los otros me sorprendieron infraganti. También, como ellos, me pasaba las horas muertas haciendo en alto relieve cuerpos de mujeres en la arena”.

“Me avergonzó esta señal de debilidad, lo confieso. Ellos debieron haberse reído de mí al darse cuenta de que participaba secretamente de sus febriles actividades. Y por largos días no volví a alejarme, a solas, en la playa. Pero el tiempo no pasa en vano”.

“Después de esta imagen de la mujer concreta, viene la imagen de la mujer ideal. Una especie de fluido que se siente en todas partes, que es vago e inasible, como la inmensidad. Se llega uno a decir entonces: “Así es. Hay una especie de divinidad que se llama mujer”. A ratos se cree que se sueña. “Se sueña”, ¿o es cierto que en el mundo, más allá de ese inmenso cinturón de agua que ciñe la Isla Sin Nombre, en esa tierra a la cual quizá no llegaremos jamás, hay unos seres maravillosos, que son así, así, así?”

“Sostengo categóricamente que ninguno de nosotros cayó en el homosexualismo a esta altura de la crisis. ¿Por qué nos salvamos? No sabría decirlo. Desde luego, al afirmarlo no lo afirmo con orgullo. Si el reclamo se hubiera desviado en ese sentido, no habríamos podido resistirnos. Pero la válvula de escape no estalló por esa vía. El recurso que aprendieron de los isleños salvó a los náufragos de esa desviación. No es para enorgullecer a nadie, ciertamente, lo que tuvimos que hacer”.

“Estábamos en que el género femenino es un sueño maravilloso. Los atributos más bellos que puede concebir la fantasía excitada se reúnen para dar vida al ensueño. Pero el resultado se desvanece. Ese fluido, ese espíritu sorprendente que nos ronda, al contrastar con la realidad, con la hambreada soledad sexual, es capaz de enloquecer al más equilibrado. ¡Qué lejos queda el goce solitario del que podría conseguirse si ese misterioso ente, mal realizado en fugitivos relámpagos, se trocara en objetividad, si ese espejismo, para el viajero transido de sed, fuese un lago de aguas tranquilas y frescas!”

“Y había, finalmente, otra agonía: las cópulas de los animales de la isla, realizadas a pocos pasos de nosotros, con la voluptuosa y salvaje inocencia de los placeres primitivos. Era eso para matarse, para llorar, para enloquecer”.

“Volví, por mi parte, a modelar torsos femeninos en la arena tibia al sol”.

5

De golpe, en transición brusca, cortó el tema. Fue curioso el efecto de desconcierto. Preguntó a boca de jarro:

— ¿Qué les parece el pésimo tabaco que está vendiendo el estanco?

Vació el contenido de su pipa, cuya hornilla se había apagado desde hacía rato, y, acercándose a la luz, volvió a cargarla, aplastando la picadura por medio de una constante presión de la yema del pulgar.

Tomó al grupo, volvió a la penumbra, y merced a un encendedor que le facilitara alguien, se bañó la cara con la lumbre rojiza, antes de encender la pipa. Divisamos todos el rostro afilado y el vértice de la nariz larga y aguda, dispuesto a cortar la noche como una quilla.

— Además de la facha de marino, cree saber el secreto de las pausas oportunas — pensé.

Con la primera bocanada de humo, le pareció adecuado apelar a nuestro parecer por segunda vez.

— ¿Qué habrían hecho ustedes en nuestro caso, más claro, en mi caso? — preguntó — . ¿Qué habrían hecho? El diario de a bordo de mi espíritu dice: “Es imposible vivir más, un solo día más. Y una mujer, uno de esos seres maravillosos, que existen en tierra firme, está a dos mil millas de la Isla Sin Nombre. Soy un náufrago, y, acaso, no veré nunca más a uno de esos seres soñados. Por otra parte, yo debo respetar y hacer respetar mi autoridad moral de capitán, y no debe vérseme desfallecer…”. ¿Qué hacer, díganmelo? ¿Qué determinación tomar? Y usted, comunista Aguirre no me diga que pedírselo al Dios del mar, porque lo destapo”.

Un zambo de brazos macizos, en camiseta, que había estado casi desde un principio, guardando absoluto silencio y fumando cigarrillos tras cigarrillo, descalzo y sentado en el pretil, rió esta vez con una risa estridente. Le pareció, sin duda, muy cómica la amenaza del capitán al camarada Aguirre.

Cuando cesó la risa cargante y aislada, el narrador nos asestó otra pregunta.

— ¿Qué opinan ustedes acerca de la leyenda de las sirenas?

Aguardaba la respuesta, con las manos en las caderas, la cabeza alta y la pipa entre los dientes. Y otra vez la misma pregunta:

— ¿Pero qué me dicen ustedes de las sirenas?

Claro estaba que lo único que interesaba ahí era su opinión en el asunto. Y por esa razón guardábamos silencio. Además, es probable que tampoco nuestras ideas alrededor de ello fueran muy concretas.

6

“Efectivamente. Es una leyenda. Pero como todas, tiene su origen en hechos verídicos. ¿A qué época se remonta su origen? Esto no lo sé. No domino la historia. Parece que antiguamente se hablaba mucho de las sirenas. Los griegos creían acaso en ellas de verdad. Ahora, camarada Aguirre, nos burlamos de todo. Pero si rastreamos un poco en esta leyenda de las mujeres-pez, de seguro hallamos que se trata de hechos reales hasta cierto punto”.

“No cabe duda que fueron marinos los que la contaron primero. Yo me imagino más o menos, así las cosas: una larga travesía, el recuerdo de las esposas o las queridas que se quedaron en su casita, allá en tierra firme, un naufragio, el tormento de que ya les he hablado, y la sucesión de días interminables y de encendidos sueños eróticos. Y como consecuencia inexorable, después del homosexualismo quizá, el pecado de la bestialidad, que en ese entonces probablemente no lo es…”

“Y estos monstruos marinos, estas mujeres hechiceras, estas voces humanas maravillosas, estas sirenas de la leyenda tengo para mí que no fueron, brutalmente, otra cosa que lobas de mar. Así, como suena: lobas de mar”.

Se detuvo una vez más, para escupir uno de sus salivazos viscosos, producto del tabaco fuerte de la pipa y de la conversación. Tosió ligeramente, compuso el pecho, y prosiguió:

“Reparen ustedes en esto: según la leyenda, las sirenas atraían irresistiblemente a los marinos. Y quienes cedían a sus pérfidas tentaciones encontraban la muerte. Me parece que en este hecho existe una idea de castigo. Y sólo se castiga lo que está fuera del orden natural, sólo se castiga el pecado. Esos hombres sabían ya que pecaban. Por lo cual el goce triste de lo prohibido, de lo antinatural estaba penado con la pena suprema. La moral de esos hombres sentía la necesidad de acompañar a la concepción del inmenso pecado contra las leyes de la naturaleza, la pena capital e irreparable”.

“Hombres en caso parecido al nuestro, que procedieron más o menos como nosotros, bajo el imperio de una necesidad suprema, en épocas remotísimas, forjaron en torno a una repugnante tragedia sexual una bella leyenda, de tentación, de voluptuosidad y muerte. Es digna de los griegos. Nosotros, en esta época, no vivimos ya de leyendas, y llamamos a las cosas por su nombre, por terribles que sean”.

7

Y pareció de súbito caer sobre el narrador un tremendo desgano de seguir hablando. Las últimas frases anteriores fueron saliendo lentamente, desteñidas del vigor de la vida. Como un mecanismo falto de cuerda, fueron apagándose y espaciándose las frases. La espalda misma se le dobló y la cabeza cayó sobre el pecho. De perfil, la figura cansada semejaba una envoltura carnal sin fuerzas. Una gran postración parecía quebrar la antes erguida figura del aventurero.

Largo rato nos quedamos silenciosos, a solas con nuestros pensamientos. Seguramente todos soñábamos un poco.

Al volver de mi sueño, el hombre, con la espalda encorvada, continuaba como un criminal convicto y confeso ante un tribunal implacable.

Tal vez le pesaba intolerablemente el haberse ido de la lengua, porque no era un cínico de aquellos que se vanaglorian de toda clase de hazañas. Tal vez tenía vergüenza de haber confesado algo de sus cosas. Alguno de nosotros le dijo no sé qué palabras, y el hombre, estremeciéndose, continuó:

“Las sirenas de la leyenda tenían voz humana; cantaban con su seductora voz femenina… También yo oí, o creí oír esa voz; una voz humana… un dulce y doloroso quejido de mujer. Sí, compañeros. Yo Joaquín Durán, en un rincón de la playa, cerca de una gruta; yo oí una especie de quejido y un suspiro de mujer, momentos después de que me sobresaltara el ruido que produjeron muchos cuerpos al arrojarse en el agua. Una voz femenina, que se quejaba y sollozaba lastimeramente…”

Afirmaba con inusitada fuerza. Su cuerpo había vuelto a erguirse, y el pecho se levantaba resuelto. La cabeza recobró, al moverse enérgicamente subrayando las palabras, la cortante agudeza de quilla de su nariz grande y afilada.

“Oí sollozos y suspiros de mujer. No cabía duda de que los había oído. ¿Una alucinación? Aguardemos. Escuchemos. Espiemos, con el corazón estremeciéndose con arrolladora inquietud. Detengamos nuestro paso y contengamos la respiración. ¿Es solamente el leve crujido de la arena al ser pisada por mis plantas? ¿Es el chasquido de las olas al latiguear sobre las rocas? ¿Es mi propio jadeo, mi propia desesperación? ¡No! ¡Mil veces no! Eran gargantas de mujer, que lloraban, que se quejaban. En la playa, en la arena, ni el más leve rastro, fuera del que yo, Joaquín Durán, ¡iba dejando!”

“Eran las sirenas, eran los monstruos marinos de la leyenda”,

“Avancé con gran cautela, por entre las rocas carcomidas como calavera. Al colarme por una órbita de esas, vi entre las rocas lo que no soñara jamás. Dos de mis compañeros de naufragio asestaban golpes en la nariz de un lobo de mar, y el animal sangrando y exánime lanzaba dolorosos gemidos, suspirando y sollozando, como criatura humana”.

“Se revolcaba en la sangre que manaba de su hocico destrozado. El sexo del animal moribundo era, exactamente, el de una mujer. Exactamente, y uno de los dos compañeros míos consumaba la posesión del cuerpo de la bestia convulsa”

“No sé bien qué no más pasó por mí. Tuve mil impresiones contrapuestas. Quise matar a los hombres, quise imponer mi autoridad de capitán y castigar la infamia. ¿Qué no más pensé?”.

“Ellos, iniciado por los isleños, lo hacían a escondida de mí. Seguían temiéndome y recelándose de su capitán. Ahora la casualidad me ponía en camino propicio para condenar el pecado bestial…”

“Pero no resultó así, señores míos…” “El hambre venció”.

El capitán hizo silencio, y volvió a parecer como que quedaba, entre nosotros, pavorosamente solo. El solo contra todos nosotros. Acusado y asqueados acusadores sorprendidos por lo inaudito.

El jovencito imberbe no pudo callarse: — ¿Entonces, usted… capitán?… Pero el capitán no contestó la pregunta incompleta.

— No consigo evitar un estremecimiento cuando, por halagar mi vanidad de experto marino retirado, alguien me saluda diciéndome: “¿Qué hay, viejo lobo de mar?”.

“La clásica frase consagratoria revive en mí este recuerdo de pesadilla, de vergüenza y de horror”.

“¡Viejo lobo de mar!”

9

— ¿Pero tú crees en eso? ¡Supercherías puras! Eres un ingenuo tragacuentos. Algo como eso oí a los isleños de la Isabela y a sus mujeres. Nadie le daba crédito, naturalmente. Y esas siete mujeres de la Isabela se reían de buena gana. Para mí, por cierto, no hubo problema. Una de esas mujeres de un isleño fue también mía.

Estábamos hablando con un ex–confinado político que hacía pocas horas llegara del Archipiélago al continente. Habíamos hablado mal del gobierno hasta agotar el tema. Y ahora nos divertíamos con el pequeño galápago que trajo consigo, contemplando con curiosidad el menudo ejemplar de una fauna desconcertante, sobreviviente de una época geológica remotísima. — Así que eso que nos dijera el capitán era una impostura? — Un embuste, un vulgar embuste. Y él un farsante. ¡Un vulgar embustero!

Y, poniéndose de pie, inició la despedida. El aguerrido mozo iba a preparar el viaje para su tierra, donde seguiría luchando.

Nos tendió una mano ruda y callosa, que quemaron esos soles y curtió ese aire. Y al salir, se ajustó la correa de su cinturón. Un cinturón ancho, de color café oscuro, con el pelaje sedoso y brillante. Una correa hecha de piel de lobo de mar. Loja-Guayaquil, 1931–1937.

Transcrito y revisado 7 de abril de 1999 por Daniel Endara Zavala para el libro: Antología Básica de Cuentos, Relatos y Leyendas de la Provincia de Galápagos.


메타데이터
post_id
0b0c585da191
slug
las-sirenas-de-las-islas-galápagos-0b0c585da191
url
https://medium.com/@endarazavala-80891/las-sirenas-de-las-islas-gal%C3%A1pagos-0b0c585da191
canonical_url
https://medium.com/@endarazavala-80891/las-sirenas-de-las-islas-gal%C3%A1pagos-0b0c585da191
author_url
https://medium.com/@endarazavala-80891
status
ok
fetched_at
2026-07-14 04:53:50