Habitable, moldeable y digestible
Sobre escalones que crujen y pinturas desconchadas
Habitable, moldeable y digestible
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(Inspirada por *este tweet***)
Estoy de vuelta en mis cuatro paredes, en el lugar donde la vida (mi vida) se empezó a formar. Las marcas de esta habitación cuentan la historia de todas mis versiones, de todos mis intentos de transformación para encajar en un molde que no sé qué forma tiene.
Siempre he intentado pasar lo más desapercibida posible. Ser un plato apto para el consumo y fácil de digerir. No quedar relegada en el menú, pero no ser el plato estrella.
Pienso en mí misma como una casa, un pequeño hogar. Yo misma he elegido el papel de las paredes y los muebles de cada estancia, yo misma he elegido la cantidad de escalones y la altura de las ventanas. Yo misma he elegido los planos de las tuberías y el color de las tejas.
Pero lo que no he elegido ha sido las marcas que han ido quedando.

Las fotos de este post son todas instantáneas de lugares que me han servido como hogar en algún momento
Por este hogar han pasado cientos de personas. La mayoría solo se asomaron a la ventana, intentando poder captar un destello, un pequeño instante de la persona que aquí habita. Otras muchas se atrevieron a tocar a la puerta, a horas muy distintas entre sí. Varias pasaron a hacerse un café, y unas pocas se quedaron a dormir en el cuarto de invitados. Esta casa ha estado llena de torbellinos y ha sufrido terremotos, porque la dueña no siempre ha tenido mucho ojo a la hora de abrir la puerta. Algunos cuadros están algo torcidos, el tercer y el duodécimo escalón crujen cuando se pisan y el papel tiene marcas de decoraciones que fueron quitadas después de mucho tiempo (algunas, por cambio de ideas de la dueña, otras, por vergüenza a mostrar sus gustos).
Al comentar que este hogar tenía desperfectos, varios arquitectos se presentaron a darme su opinión. Me sugirieron tirar paredes abajo, pero entonces la cocina y el salón quedaban unidos y a mí no me gustan las cocinas americanas. Me comentaron que hiciera las ventanas más pequeñas, pero entonces no tendría luz suficiente para leer por las mañanas. Me aconsejaron que construyera un sótano para conseguir más espacio, pero la oscuridad me da miedo. Al final se fueron, decepcionados, incapaces de entender que los consejos que me daban basándose en sus casas no me los podía aplicar, porque no puedo cambiar los planos que ya tengo.

Y, sin embargo, crear un hogar es un viaje terrible. Su aspecto ha llegado a cambiar decenas de veces en periodos increíblemente cortos, lo que hace que un proceso que debería ser tranquilo y consistir en el autodescubrimiento se convierta en una tarea horrible que me dejaba sin fuerzas y sin poder dormir. Intenté amoldar mi casa a un gusto que no era el mío, que me aseguraba que no recibiría críticas feroces por parte de las visitas, pero que me hacía sentirme increíblemente sola en cuanto estas se marchaban. No han sido pocas las ocasiones en las que le he dicho a mi psicóloga que “quiero la vida idílica de manual, con una casa azul de dos plantas y una valla blanca que rodee el jardín” (estereotipo, obviamente, influenciado por todas las películas estadounidenses que he consumido a lo largo de mi vida), el epítome del no pensar, del encajar, del acomodo. He intentado cumplir esta imagen decenas, cientos, miles de veces, pero nunca conseguía que quedara como en las películas.
He intentado arreglar yo misma los desperfectos de mi hogar.
Bueno, más que arreglar, taparlos.
He pintado las paredes para repasarlas, he puesto alfombras para ocultar el desgaste del suelo y he cambiado los grifos que goteaban. He tirado (con mucha pena) los muebles que eran coloridos y he limpiado la nevera, asegurándome de no tener nunca ingredientes “extraños”. He intentado presentar siempre una casa impoluta y una despensa lo más digestible posible.

Y aun así, aun trabajando arduamente en tener la casa lo menos destacable posible (que no sea un desastre, pero que no llame la atención ni cause envidia), he tenido desencuentros. Algunas visitas se marcharon indignadas al notar que el blanco con el que repinté una pared no era exactamente el mismo tono que había antes, sacudiendo todos los cuadros con el portazo que anunció su salida. A pesar de hacer las comidas más comunes y rápidas del mundo, recibí algunas quejas sobre pesadez de estómago, incluso se llegó a propagar un rumor de que mi cocina podía llegar a mandar a la gente al hospital. Me han llegado a tocar a la puerta para llamarme la atención por tener alguna flor marchita en el jardín, e incluso un par de personas se quejaron porque no se aclaraban con dónde estaba el baño (tercera puerta a la derecha al salir de la cocina).

Flores increíblemente dramáticas (la morada, aparentemente marchita, tan solo necesitaba un poco de agua)
Llegué (sigo llegando) a la conclusión de que, por mucho que intentara cambiar mi casa para molestar lo menos posible, no puedo cambiar su estructura. Puedo tratar de ocultar sus desperfectos todo lo que quiera, y puede que esto incluso funcione a veces, pero hay algunos que nunca se irán. Cada vez que llega el verano se me cuelan mosquitos porque las mosquiteras no funcionan bien, pero eso no hace que decida ahogarme de calor manteniendo las ventanas cerradas. Y cada vez que llueve repiquetean las ventanas debido al viento huracanado que hay en esta zona, pero es un sonido que ahora me ayuda a dormir. Sigo sin poder tolerar las comidas muy fuertes, pero tengo más variedad de ingredientes en la nevera desde que empecé a dejar entrar a gente capaz y dispuesta a enseñarme a cocinar. Mis estanterías tienen libros de una enorme variedad de géneros, con portadas variopintas que me recuerdan a quienes me los regalaron.
Solo sé que soy habitable, y que en mi hogar no puede entrar cualquier persona. Solo quiero invitar a pasar a aquellos que utilicen el felpudo de la entrada y que contribuyan a que el salón se llene de vitalidad (que no necesariamente de gente). Aquellos que solo aceptan las almendras que cultivo si yo acepto los limones que ellos plantan. Quiero que pasen para bailar en la cocina mientras el sol entra por la ventana una mañana de domingo, deslizándonos en calcetines por las losas porque así es más fácil moverse. Quiero poder abrirles la puerta sin que me invada el miedo de que encuentren una mota de polvo, sin miedo a que vean todos los defectos (mis defectos) de este pequeño rincón del mundo.
Soy una persona de pasos suaves y palabras tranquilas. Intento ser consciente de que, por mucho que lo intente, el paso del tiempo se acabará reflejando en los cimientos de mi hogar. Sin embargo, quiero poder otorgarle a este lugar la vida que merece, permitiendo solo el paso también a aquellos de pasos suaves y de palabras amables, que miren con amor (y puede que en ocasiones desconcierto) todos los aspectos por los que pasarán estas cuatro paredes mientras la estructura siga en pie.
Para ellos siempre tendré una colcha limpia y unas toallas disponibles por si necesitan un lugar donde quedarse.

메타데이터
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- 2026-06-24 04:09:36