Estoy cambiando, otra vez.
Y las manos que cuidan se transforman conmigo.
Estoy cambiando, otra vez.
Y las manos que cuidan se transforman conmigo.

*Y cuando dejé de buscarme, pude encontrarte. Justo ahí donde todo es trascendente. Puedo sentirme abriéndome, acercándome. *Kae Tempest
Estoy cambiando. Otra vez. (Otra vez, dice mi corazón con ternura). (Otra vez, dice la mente con prejuicio).
Soy la prueba viva de la impermanencia: cambian mis certezas, mis conceptos y las formas de mis tejidos comunitarios. La manera en que sostengo y cómo me dejo cuidar ha mutado; y es que, también las manos que cuidan (la Sangha), van transformándose hacia una nueva forma.
Me doy cuenta de que cuidar no siempre significa integrar. Y para mí, que la inclusividad es uno de mis motores de vida, me ha revolcado un poco esta nueva comprensión. Así llegó un duelo inesperado, una leve ruptura del corazón; otra lección avanzada de desapego (y ah-ah-ay, cómo me duele).
Veo ahora que cuidar también es tomar distancia; es proteger a quienes amas de aquello que podría ser una vuelta más de arrastre mutuo dentro de la rueda del sufrimiento. Entiendo que esa forma de protección es, quizás, una de las maneras sagradas más incomprendidas de servicio y de amor.
Entonces, junto al duelo, llega también una nueva comprensión: que la sangha no significa estar siempre juntxs de la misma manera o en el mismo espacio físico. Una comunidad espiritual auténtica y humana es, ante todo, una presencia sutil que te invita a abrirte; un refugio seguro donde no tienes que esconderte, porque solo así, sin máscaras, se puede desarrollar un verdadero coraje.
Thich Nhat Hanh decía que la Sangha es una “comunidad de resistencia” porque resiste el impulso colectivo de la codicia, la ira y la ignorancia y que cuando nuestro sufrimiento interno no ha sido atendido, solemos proyectarlo y descargarlo en nuestras relaciones, en nuestra familia o en nuestro activismo. Decía que es ahí donde necesitamos amigxs espirituales, hermanxs de ruta, lo suficientemente valientes como para ayudarnos a ver nuestros puntos ciegos, reconocer el sufrimiento y transformarlo; incluso cuando eso implique sostener el espacio desde la distancia.
En el budismo, la Sangha es uno de los tres refugios, es el suelo fértil que nutre a Bodhicitta, la intención genuina de despertar para ayudar a que otrxs también lo hagan.
A. Hameed Ali, en una de sus enseñanzas sobre la comunidad espiritual, dice que comprometerse con un camino también implica comprometerse con el cuidado de lxs demás. Es establecer un entorno donde, cuando los momentos se ponen difíciles o recibimos malas noticias, sabemos que no estamos solxs. Nos sostenemos y nos inspiramos para que, si algunx de nosotrxs se desvía por un momento de la práctica o de lo divino, la sangha esté ahí para recordarle el camino de regreso al corazón.
Necesitamos la hermandad para inspirarnos a conectar con la respiración, a habitar el cuerpo y a no sentir vergüenza de nuestra vulnerabilidad. Y aun cuando las formas cambien y nos encontremos distantes físicamente, la bondad compasiva prevalece.
메타데이터
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