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“Metido hasta el cuello”. Capítulo 9.

Segundos después, se despide de sus padres, y desde el propio coche, va trabajando.

lashistoriasdeisabel · 2024-09-20 19:39 · 0 claps · 18.1 min read
#elevador #susto #acoso
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“Metido hasta el cuello”. Capítulo 9.

Segundos después, se despide de sus padres, y desde el propio coche, va trabajando.

— Hola, Fernando. Buenos días — Genaro, afectuosamente, lo saluda.

— Amigo, mañana nos vemos — él sonríe, con bastante satisfacción — Ahora mismo, te enviaré, toda la planificación del viaje. Si se requiere de algún cambio, me lo dices de inmediato. Quiero una cocina en la propia escuela, y decorada con motivos infantiles.

— Ya tengo contratada a la chica, que va a decorarlo todo. También está listo, el equipo de especialistas, que va a hacer el montaje de la cocina — con agrado, Genaro, también sonríe — Creo, que te conozco bastante, y he decidido adelantar algunas cosas.

— Perfecto — ya en el inmueble, Fernando se concentra en buscar parqueo — Revisa todo lo que te acabo de enviar. Y recuerda llamarme, si hay algún inconveniente, o si quieres agregar alguna otra idea.

— De acuerdo, Fernando. Nos vemos pronto — sin nada más que agregar, terminan de hablar.

Pero, Fernando, al salir del coche recuerda, que no había recibido respuesta, del último mensaje, que le envió a Elisa, sobre las correcciones del libro y sobresaltado, cae en cuenta, de que tampoco le había devuelto las llamadas. Muy extrañado, opta por llamarla una vez más, y de igual manera, no recibe contestación.

Aprisa, pero sin dejar de pensar, en que lo último que supo de ella fue, un mensaje de felicitación, que le envió, al terminar el programa de televisión, sigue avanzando dentro del inmueble, y casi llegando a su oficina, decide enviarle un mensaje de voz, «Elisa, buenos días. Te he llamado varias veces, y no me devuelves las llamadas. Tampoco respondes a mis mensajes. Por favor, hazme saber de ti. Abrazos, Fernando».

Lo que menos imagina él es, que Elisa, en estos momentos, está en su casa, sentada en el jardín, tomando un café y sumergida en sus pensamientos. Ha recibido sus llamadas, y ahora escucha su mensaje, pero no puede responderle. Entristecida, se pone de pie, y prácticamente con lágrimas en sus ojos, se dice así misma.

— Es mejor así Fernando, no tengo alternativa. Tengo que evitar acercarme a ti.

Fernando toma asiento, frente a los cristales, que adornan su oficina y trata de buscar ecuanimidad, mirando a lo lejos. Es una total contrariedad, que Elisa no le responda, porque tiene prefijada una cita con ella, y no sabe si debe acudir o no. Y deduciendo, que su asistente, tiene alguna novedad para él, de inmediato la llama a su oficina.

— Permiso, señor — a simple vista, Leila ha amanecido, con muy mal carácter.

— Leila, por favor, ¿has podido localizar a Elisa? — sin poder evitarlo, él deja entrever, su ansiedad.

— No, señor. Pero, he llamado a la editorial y se mantiene su cita, como está programada — contrario a lo habitual, ella se mantiene, muy retraída.

— Bien — Fernando no dice más, y se concentra en su ordenador.

Pero, al ver, que Leila, sigue de pie, frente a él, le pregunta.

— Leila, ¿deseas algo más? — y se queda mirándola.

— Sí, señor ¿por casualidad, usted ha revisado su perfil de Instagram? — con visible malestar, ella lo mira, con toda atención.

— Realmente, no he podido — extrañado, le pregunta — ¿Hay algo relevante, que requiera tanta urgencia? — aunque la escucha, él sigue concentrado en la revisión de sus correos electrónicos.

— No sé, si para usted es algo relevante, pero no siendo suficiente, que lo relacionen con su editora, ahora, lo vinculan a una periodista — con los puños apretados, trata de controlar, la impotencia, que la domina.

Fernando quiere obviar sus comentarios, porque deduce muy bien, el trasfondo de todo, pero al ver, que ella no se retira, le responde.

— Leila, las redes tienen muchas cosas buenas, pero como sabemos, no es así, con todo — con total calma, le dedica una mirada sincera — En realidad, cada cual piensa lo que quiera, para eso existe, la libertad de pensamiento. Por favor, déjame adelantar, que ya casi, debo irme.

Leila esperaba otra reacción, quizás, más comprensiva, pero cada día, Fernando le resulta, menos previsible, y no le queda más remedio, que dar media vuelta, y marcharse de su oficina. A pesar de su respuesta, apenas se cierra la puerta, él se ve tentado a revisar las fotos en cuestión, y sin darle la menor importancia, piensa, «hay gente para todo en esta vida».

Acto seguido, intenta retomar la concentración en lo que hacía, pero como si no hubieran sido suficientes las interrupciones, recibe otro mensaje de su acosador.

— Esto tiene que parar — totalmente fuera de control, empuja la silla, y como una fiera, sale de su oficina.

Con el rostro totalmente tenso, llega a la oficina de Manolo y hace, lo que no acostumbra; empujar la puerta, con desbordante ira.

— No me preguntes, ya lo verifiqué — muy preocupado por su actitud, Manolo lo mira — Salió del mismo ordenador.

Fernando respira con mucha fuerza, pero no pronuncia palabra alguna; siente que la impotencia, lo vence. Por lo que impulsivamente, da la espalda y sale del edificio, con rumbo a la editorial.

Por primera vez en la vida, va retrasado a una cita profesional, y lo peor, por primera vez, va conduciendo, totalmente cegado por la ira. En su cabeza tiene un solo pensamiento que lo domina, y es hacer sufrir, despiadadamente a Alexandra, a como dé lugar.

Alejada de esos horribles pensamientos, Alexandra desayuna junto a Mirtha, para después, irse a la Policía.

— Tuve que comprar cosas para desayunar — con fuerza, Mirtha le reprocha — No tienes aquí, nada, que se pueda comer.

Con sus palabras, Alexandra, se ve imposibilitada de dejar su mente volar.

— Eso mismo me dijo él — profundamente, suspira.

— ¿Él? — sorprendida, Mirtha la mira, porque lo mismo lo aborrece, que lo exalta.

— Sí, Mirtha, él. A partir de ahora, será siempre, él — y de pronto, recuerda algo — Por cierto, ¿sabes quién se me declaró ayer?

— No me digas, que el cocinero, además de salvarte, te declaró su amor — y ríe a carcajadas, hasta con la boca llena.

— No, Mirtha. Él, de lo menos que habló, fue de amor — algo sofocada, Alexandra, confiesa — Ayer, Rosendo, en el bar, me declaró su amor. Creo, que, por eso, bebí de más, para no pensar en todo lo que me dijo; fue muy insistente. Y no es que él sea mala persona, ni desagradable, yo admiro mucho su trabajo. Es más, Rosendo es un excelente profesional, pero no lo amo, ni lo amaré jamás.

— No te creo, ¿Rosendo? nunca lo hubiera imaginado — Mirtha se queda, totalmente sorprendida.

— Ciertamente, no lo vi venir. Intentando acercarte a Frank, yo sola, caí en sus manos — la mirada de Alexandra, se pierde, en el horizonte, cuando enfatiza — No me gusta para nada. Lo admiro, pero hasta ahí.

— Pero, Alexandra, pásame la receta, por favor. No entiendo, por qué todos se enamoran de ti — en ese instante, Mirtha se muestra, algo celosa.

— Pues no tengo receta, Mirtha. Debe ser, porque paso de ellos — con la mirada muy iluminada, agrega — Exacto, eso mismo tienes, qué hacer con Frank, pasar de él — entusiasmada con su idea, se pone de pie — Empieza a darte importancia, no lo persigas, ni le demuestres nada. Verás el resultado.

— ¿Y si es peor, y me obvia definitivamente? — al escucharla, Mirtha se asusta demasiado.

— Pues, entonces, no era para ti, y tendrás que mirar hacia otra parte — sin decir más, comienza a alejarse — Voy a vestirme, que nos vamos.

En ese momento, y sin todavía Mirtha, apartarse de la mesa, recibe una notificación en el móvil, y al revisarlo, se pone muy nerviosa.

— Alexandra, ¿ya viste esto? — de repente, ella muestra unos ojos, bastante alocados, al tiempo, que Alexandra se le acerca.

— ¿A qué te refieres? — de un impulso, Alexandra le arrebata el móvil.

Instantáneamente, pierde todo el color de su rostro y desfallecida, cae sobre una silla.

— Por dios, pero, ¿quién subió esto a Instagram? — de inmediato, la vergüenza, se apodera de ella — ¡Qué locura!, me veo borracha, y con una cara de espanto.

— Es muy cierto. Tú te ves horrible, pero el que te lleva en brazos, se ve muy bien — Mirtha, sin piedad, se echa a reír.

— ¡Qué desastre! — Alexandra se lleva las manos a la cabeza, pero reacciona — En definitiva, a mí no me conoce nadie, y me da igual. Pero él, es una figura pública, ¿Qué pensará la gente? — no obstante, a que la pena la invade, enfatiza — ¿No sé quién rayos lo mandó a pasar por ahí, en ese preciso momento?

— Bueno, Alexandra, él se involucró porque quiso; nadie lo obligó — de pronto, a Mirtha le entran deseos de ser razonable.

— No es tanto así, Mirtha. Como quiera que sea, ya nos conocíamos y me vio en problemas — bastante agobiada, Alexandra, suspira — Realmente creo, que le debo una disculpa.

— ¡Uf!, ya tienes la justificación perfecta, para acercarte a él — aunque lo pretenda, Mirtha no puede contener la risa.

— Mirtha, déjalo ya, porque no me aguanto — algo contrariada, Alexandra regresa a su habitación, para vestirse, de una vez.

Desde la cocina, Mirtha, que sigue disfrutando de los acontecimientos, a viva voz, le grita.

— Deberías invitar a Elisa y juntas, ir a verlo, a ver por cuál se decide — sabiendo lo que le espera, sigue recogiendo la mesa, pero muerta de la risa.

En un alocado impulso, Alexandra, nuevamente, se le acerca.

— ¿A qué Elisa te refieres? — y la mira, totalmente intrigada.

— A la del noveno piso — realmente Mirtha, mortificarla, lo disfruta — ¿No recuerdas, que anoche, él le dedicó el postre, que hizo en el programa? La foto lo dice bien claro, ¿Elisa o Alexandra?, ¿quién es el amor, del galán de nuestras cocinas?

— ¡Bah!, la gente es ridícula — con paso errático, regresa nuevamente, a su habitación.

En la editorial, Frank, algo contrariado, mira la hora, porque ni Alexandra, ni Mirtha, acostumbran a llegar tarde. Y al ver, que el tiempo pasa, se preocupa y toma el móvil con la intención de saber de ellas. Algo, que le fue imposible de hacer, porque de forma muy sorpresiva, Rosendo, irrumpe en su oficina.

— Rosendo, te juro, que equivocaste la profesión; sirves para espía — Frank sonríe, pero con visible sobresalto — ¡Qué pasos más ligeros tienes, por dios!

— Llevo un rato aquí, pero estaba tomando café — muy ágilmente, se sienta frente a él — Estoy esperando a Alexandra. Ayer tomó de más, y no me ha respondido a las llamadas. Quiero saber, si pasó la noche bien.

Frank se inquieta, y no puede esconder la extrañeza, que provocan sus palabras. No obstante, le pregunta.

— ¿Y ese interés de repente, por Alexandra? — él siente una vez más, que Rosendo, está lleno de sorpresas.

— Ayer le confesé, mis sentimientos. Sentí, que había llegado el momento apropiado — muy intensamente, suspira — No me dijo nada, pero tampoco me rechazó de plano, por lo tanto, no pierdo las esperanzas.

De un impulso, Frank se pone de pie, y trata de no exteriorizar su malestar. En definitiva, él nunca se atrevió a decirle nada a Alexandra, y mucho menos, le había contado a nadie, lo que sentía por ella. Pero, Rosendo, no se queda ajeno a la contrariedad, que ve en su mirada y decide hablarle francamente.

— Frank, alguien me había comentado, que a ti te interesaba, pero como anoche, te vi tan entregado a Mirtha, supuse, que no era verdad y me arriesgué — con mucha serenidad, Rosendo quiere dejar las cosas bien claras.

Frank no habla, solo piensa con calma. Llevaba años trabajando con Rosendo, pero realmente se da cuenta, de que no lo conocía. Desde que empezó a hablar de Alexandra, supuso, que no sabía de su interés por ella, pero ahora lo deja perplejo, con su comentario. Le queda muy claro, que, para Rosendo, la amistad no cuenta, ni hay límites, para sus posturas.

— Rosendo, me alegra saber cómo piensas, pero debo decirte, que, si hubiera sido al revés, yo te hubiera preguntado — Frank no puede evitar, mirarlo con mucha furia.

— Bueno, pues ya sabes, somos diferentes — y se pone de pie, con la intención, de irse de inmediato.

Pero como si el destino estuviera a favor de Frank, en ese momento, le entra una notificación de Instagram, y sonríe jocosamente, por la idea, que muy rápidamente, le viene a la cabeza, «parece que la venganza llegó, más rápido, de lo que yo quería».

— Rosendo, espera, no te vayas. Ya no tenemos que averiguar por Alexandra — gustosamente, le enseña las fotos — En efecto, anoche tomó demasiado, pero el chef más joven y talentoso de España, la llevó en sus brazos, a casa.

La cara de Frank es de victoria, cuando una idea lo domina, Alexandra, no iba a ser para él, pero tampoco para Rosendo, que no la merecía. En cambio, Rosendo no dice nada, pero su cara hierve de odio y de ira. Y sin medir consecuencias, después de dar un portazo, sale de la oficina.

Frank no esperaba tal comportamiento, pero lo disfruta. Respira intensamente, y sonriendo, hace la llamada, que iba a hacer, antes, de que Rosendo intentara, amargarle el día.

— Hola, Frank. Buenos días — le responde Mirtha, que nerviosa, le aprieta la mano a Alexandra.

— No pregunto por Alexandra, porque ya las redes sociales, me dieron la respuesta — algo contrariado, pregunta — ¿Cómo amaneció? ¿Tiene algún golpe de importancia?

— Te la paso, que voy conduciendo — muy rápidamente, ella le da el móvil a su amiga.

— Hola, Frank. Te íbamos a llamar ahora — sin proponérselo, Alexandra emite un gemido de dolor — Aún me duele la cabeza; nunca antes, me había pasado esto.

— Imagino — como el que no quiere las cosas, Frank, sigue indagando — ¿Mirtha se quedó contigo?

— Sí, esa fue la suerte. Se pasó, la noche entera a mi lado — Alexandra abre muchos los ojos, buscando la total complicidad, de Mirtha.

— ¡Qué buena amiga es, la admiro! — pero Frank, no se contenta, y sigue haciendo preguntas — Pero el chef de la entrevista, te llevó a casa, ¿es cierto?

— Sí, ¡qué amable es! No podía imaginar, que me recordara — Alexandra respira, bastante sofocada — Me vio, se condolió de mí, y me llevó. Enseguida llegó Mirtha, y me quedé con ella, todo el tiempo.

— Sí, realmente parece muy buena persona — Frank, inevitablemente, traga en seco — Pero bueno, ya todo pasó. Resuelvan todo rápido, que tengo trabajo para las dos. Aquí las espero.

Transcurre una hora aproximadamente y Fernando está por subir al ascensor, que lo conduce a la editorial, donde le revisan su libro. Por suerte va solo, y logra encontrar el equilibrio emocional, que estaba deseando, para poder entrevistarse con su gentil editora. Pero para su sorpresa, a los pocos segundos, y antes de que se cerrara la puerta, corriendo, entra Alexandra.

Al verlo, ella se asusta, pero imposibilitada de regresar, suelta el aire, que le oprimía el pecho, e intenta pedirle disculpas, por todas las molestias que le había causado, y por todas las barbaridades, que le dijo. Pero al ver tanto odio en su mirada, se retracta y decide alejarse de él, todo lo que fuera posible.

Fernando cierra los ojos, pretendiendo, que la ira no lo dominara, pero ante ese impedimento, interpreta como una señal, haberla encontrado nuevamente, a solas. Por lo que, con visible furor, detiene el ascensor, y con fuerza, se acerca a ella, para pegarla contra la pared.

Los ojos de Alexandra, se abren desmesuradamente y no puede controlar el terror, que su mirada le inspira.

— Quiero que me digas, ¿qué te he hecho, para que me acoses de esa manera? — sin medir consecuencias, Fernando le mete un puñetazo, a la pared del ascensor.

Alexandra cree, que él, se ha vuelto loco. Y ante la incapacidad de respirar, ni de moverse, dos lágrimas, salen desprendidas de sus hermosos ojos. Pero ni así, él flaquea.

— No te conozco de antes y no quiero nada tuyo — la ardiente mirada de Fernando, traspasa la piel de Alexandra — ¿Qué puedo tener o querer que sea tuyo?, dímelo de una vez — casi fuera de control, le grita — Soy cocinero y vivo orgulloso de serlo, ¿por qué te molesta que sea feliz?

Alexandra, llora y tiembla a la vez, pero lo peor, no sabe qué decir. Sus lágrimas se vuelven sofocados sollozos y no tiene posibilidades de huir.

Pero él, ante la fragilidad que siente entre sus poderosos brazos, recupera el juicio. Como ráfagas recuerda, las veces que lloró de niño, cuando lo acosaban entre todos y ahora él, hace lo mismo con ella, que ni tan siquiera, le ha dado la oportunidad de defenderse. Y totalmente enloquecido, más por su belleza, que, por otra cosa, se aparta, y la deja libre.

Al verlo alejarse de ella, pero todavía sin poder controlar su llanto y sus temblores, Alexandra, pone el ascensor en marcha. No obstante, atina a decirle.

— Nunca pensé, que fueras tan malvado — con mucha furia, se limpia las lágrimas — Eres pura fachada. No le das, ni la más mínima oportunidad a los demás, de decir lo que piensan. Estoy muy decepcionada, eres todo lo contrario a lo que dije de ti, en la entrevista.

Muy asustada, pero rebelde, Alexandra mira hacia el número del piso. Van por el ocho, y ella sabe, que él, se queda en el 9.

— Te odio con todas mis fuerzas. Odio el día en que te conocí. Y lo peor de todo, aún no sé, qué te he hecho para merecer tanto maltrato — y se recuesta a una esquina del ascensor, ignorándolo por completo.

Llegado el piso 9, Fernando sale del ascensor, sin mirar hacia atrás. Aterrorizada, Alexandra, suspira, pero sus habilidades de periodista y de reportera le dicen, que algo no anda bien. Son demasiadas incongruencias, para una persona tan centrada.

Fernando, trata de calmarse, porque sabe, que todos lo miran en su andar, hacia la oficina de Elisa. Pero lo que más lo atormenta es, que, en ninguno de sus enfrentamientos con Alexandra, ha podido despejar, ni una sola de sus dudas.

— Adelante — él escucha una voz, que lo invita a pasar, a la oficina de su editora.

— Buenos días — Fernando se sorprende al ver, a una persona desconocida, que gentilmente le extiende su mano.

— Siéntese, Fernando, por favor — la chica, también toma asiento y le explica — A partir de ahora, yo seré la editora, que lo atenderá. Su libro ya ha sido totalmente corregido, y va a pasar a impresión, de inmediato.

— Muchas gracias por la información, pero quisiera saber, qué ha pasado con Elisa — la mirada de Fernando, no puede ocultar, algo de contrariedad.

— Discúlpeme, por favor. Por ahí debí comenzar — muy amablemente, la joven editora, sonríe — Mi nombre es Deborah, y sustituyo a Elisa, que ha pedido ser trasladada, para otra sucursal.

Fernando no quiso ser indiscreto, y ultimó todos los detalles con la nueva especialista, pero algo con respecto a Elisa, no lo deja tranquilo. Siempre, habían tenido excelentes relaciones y no logra entender, esa repentina decisión, sin tan siquiera, habérselo comentado. Y muchísimo más, con compromisos de trabajo, pendientes, entre ellos.

Un rato después, mientras se aleja del inmueble, empieza a analizar, y algo no le encaja. Una repentina decisión de su editora, unida, a las innumerables llamadas y mensajes, que no le ha respondido. Definitivamente, algo no está bien.

Totalmente contrariado, sube a su coche, sin dejar de pensar, que su vida se había complicado últimamente y no entiende por qué. Y ahora, con otra obsesión, rondándole el cerebro, hace una llamada.

— Hola, Fernando — Julieta, le contesta.

— Dirás, que mi vida, recientemente, se ha vuelto rara, y te doy la razón — aunque parezca imposible, Fernando logra sonreír.

— ¿A quién tenemos que investigar, esta vez? — Julieta, parece que no, pero realmente lo conoce, a la perfección.

— Pues a mi ex editora. Se ha desaparecido, no contesta llamada alguna, y nadie sabe decirme nada de ella. Con trabajo pendiente, me han comunicado, que pidió traslado para otra oficina. Y eso, no me lo trago, porque ella es extremadamente profesional, para dejar algo sin terminar — y se queda muy pensativo — ¿No crees que es algo raro?

— Pue sí, bastante raro. Pero mantén la calma y déjamelo a mí — con una sonrisa, Julieta, se despide de él.

Después del encuentro de Alexandra con Fernando, ella se encerró en el baño, y aún no ha logrado salir. Cada vez que lo intenta, vuelve a llorar, y ya la cara la tiene tan inflamada, que le resultará muy difícil esconderla de los demás. Y ahora, con un enorme sobresalto, siente su móvil sonar.

— Hola, Mirtha — con palabras entrecortadas, ella le responde.

— ¿Dónde estás, Alexandra? — Mirtha se preocupa — Estacioné el coche, subí después que tú, y resulta, que no has llegado; nadie te ha visto.

— Estoy en el baño y no puedo salir — ella susurra, con evidente melancolía.

— ¿Tanto rato? y eso, ¿por qué? — decididamente, cada vez, ella entiende menos a Alexandra.

— No puedo parar de llorar — de solo mencionarlo, retoma el llanto, sin poder detenerse.

— Dios mío, pero, ¿qué ha pasado ahora? voy para allá — y le cuelga, sin esperar más.

A los pocos minutos, Mirtha entra al baño y Alexandra, totalmente descompuesta, sin parar de llorar y temblorosa, le cuenta todo, lo que había sucedido, entre ella y Fernando.

— Alexandra, ahora soy yo, la que te va a dar un consejo — Mirtha le habla, con mucha sensatez — Algo aquí no encaja. Él dice cosas, que, según tú, no tienen sentido. Te acusa y te pregunta cosas, como si tuvieran un pasado y ustedes nunca antes, habían coincidido. Esto solo se resuelve conversando y dejando las cosas bien claras.

— Estoy de acuerdo contigo, Mirtha. Pero si su actitud es la de una fiera, ¿cómo puedo llegar a él? — visiblemente atormentada, añade — Cuando pierde los estribos, yo no logro pronunciar, ni una sola palabra.

Mirtha se queda en silencio por unos segundos, pensando en alguna alternativa factible, hasta que se le ocurre una gran idea.

— Pues, cítalo en un lugar neutral, o pídele una cita, y que él decida dónde verse — Mirtha da vueltas en redondo, pensando en opciones — Puede ser en su oficina, o aquí, pero, que sea una cita oficial. Donde no haya forma de violar los protocolos, y puedan hablar con sensatez.

— ¡Mirtha, eres genial! — con fuerza, Alexandra la abraza — Se me acaba de ocurrir una idea, con todo, lo que me has dicho. Le pediremos una cita, pero a nombre tuyo, porque si sabe que soy yo, se negará. Y a la hora cero, en vez de ir tú, me aparezco yo.

Sin todavía salir del baño, Mirtha llama a la oficina de Fernando, y es Leila, la que atiende.

— Solo podrá atenderla, hoy, a las 5 de la tarde, porque a partir de mañana, saldrá de viaje — le explica Leila, mientras toma nota.

— Muy bien, a mí me sirve perfectamente — y terminan la llamada, con todo acordado.

Más calmada, Alexandra se lava la cara, respira con fuerza, y junto a Mirtha, salen del baño, como si nada hubiera pasado. Pero, desde que llega a su escritorio, se da cuenta, de que han movido sus cosas de lugar, y su ordenador, está encendido.

— Por favor, ¿quién ha trabajado en mi ordenador? — muy molesta, mira hacia todos sus colegas — Si cada cual, tiene una computadora, ¿por qué usan la mía? — aunque los censura con la mirada, a uno por uno, nadie le responde.

La algarabía es tanta, que Frank, desde su oficina, escucha todo el revuelo, y muy apurado, sale a contenerla.

— Alexandra, por favor, tranquilízate. Esas no son posturas propias de ti — Frank, trata de hacerla entender, aunque se apena. Es la segunda vez, que usa su ordenador, sin su consentimiento — Necesitaba un documento tuyo, que quedaste en enviarme, y no lo hiciste. Mira la hora que es, no tenía alternativa.

— Frank — Alexandra trata de calmarse, pero se ve disgustada — Pudiste llamarme. De hecho, hablamos temprano.

— Lo hice, pero dada las circunstancias, olvidé decírtelo, y también olvidé dejarlo apagado. Mis disculpas. Lamento disgustarte tan a menudo — sin dudas, Frank muestra mucha sinceridad.

— De acuerdo, Frank — aún molesta, le dice — Voy a la calle, a cubrir la noticia que me asignaste. Regreso tarde o mañana.

— Perfecto — de inmediato, Frank gira su mirada hacia Mirtha — Te quedas conmigo. Hoy, una de las dos, tiene que hacer trabajo de oficina.

— Muy bien, que se quede Mirtha contigo — rápidamente, le responde Alexandra.

Sabiendo que tiene que ponerse a trabajar enseguida, y bajo la presión de Frank, Mirtha suspira intensamente, pero antes, acompaña a Alexandra, hasta el ascensor.

— Suerte, Alexandra. Te llamaré por la noche — y la mira, con algo de temor.

— Todo saldrá bien, no te preocupes — Alexandra la abraza, y hasta sonríe — También te deseo suerte. A ver si hoy, logras algo con tu jefe, ya que te escogió para el trabajo de oficina. Es ahora o nunca — entre sonrisas, se despiden.

En el momento, en el que se va a cerrar la puerta del ascensor, corriendo, llega Rosendo.

— Hola, Alexandra — él le sonríe, con muy buen ánimo.

— Hola, Rosendo — Alexandra lo saluda, con la naturalidad de siempre.

— ¿Vas a cubrir la noticia de los trabajadores del metro? — sus preguntas, de forma intencional, no recaen directamente, en el tema, que tanto desea; necesita ser cauteloso.

— Sí, Rosendo. Pero hoy, me asignaron a otro fotógrafo — con algo de diplomacia, le explica — No sé los motivos; supuse que estabas en otro trabajo.

— No es eso. Frank no me quiere cerca de ti — con el mayor descaro del mundo, se le acerca un poco.

— ¿Qué dices, Rosendo? — bastante contrariada, ella, da un paso atrás — Frank es muy profesional y nada está por encima de la calidad del trabajo. Pero tú mejor que nadie sabes, que tenemos a varios fotógrafos. A ti seguramente te dio, alguna tarea de mayor complejidad.

— Es posible, pero no lo creo. Hoy le dije, que estoy enamorado de ti, y que tengo muchas esperanzas de llegar a algo contigo — con total destreza, se le vuelve a acercar, un poco más.

Photo by Velizar Ivanov on Unsplash

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Completamente abrumada, Alexandra mira hacia los dígitos, que indican los pisos, para darse cuenta, que el ascensor, definitivamente, no avanza.

— Rosendo. Creo haber sido, muy sincera contigo — muy sofocada, Alexandra respira, con visible intensidad — Yo te dije, que, por el momento, no quiero ninguna relación.

— Claro, lo tuyo es estar sola, deseando, a que el cocinero, te tome en brazos, y te lleve a casa — fuera de control, Rosendo da un puñetazo, en la pared del ascensor.

— Cálmate, Rosendo; estás hablando demás — con algo de temor, ella se vuelve a apartar — Cualquiera, que me conociera, podría haberme ayudado. No obstante, quiero que te quede una cosa bien clara, yo no tengo nada con nadie, pero tampoco, tienes derecho a meterte en mi vida.

Al ver, que la puerta se abre, Alexandra sale, prácticamente corriendo. Pero, sin dejar de pensar, que su día con los ascensores había sido de los peores de su vida. «A partir de mañana, subo los diez pisos por las escaleras; esta agonía no la sufro más». Con notable prisa, toma el coche, junto al colega que la esperaba, para dirigirse a cubrir la noticia, que debe terminar, antes de las cinco de la tarde.


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