Astrid Noir: La Reina de los Martes. Experiencias Psicodélicas, Microdosis y Viajes Interiores ✨
Un relato sobre errores, psicodelia y cómo encontrar belleza en el caos de un martes cualquiera.
Astrid Noir: La Reina de los Martes. Experiencias Psicodélicas, Microdosis y Viajes Interiores ✨
Un relato sobre errores, psicodelia y cómo encontrar belleza en el caos de un martes cualquiera.
Te voy a contar cómo empezó este lío, y de paso, por qué los martes nunca volverán a ser lo mismo. 🌀
Un verano, un drama… y mi gato Kandinsky. 🐾
El pasado verano fue un auténtico drama. Había terminado con… llamémosle Bill, sí, como el de Kill Bill, pero menos épico y más tóxico. Era un verano ardiente y extraño en Menfis, la ciudad que nunca duerme… o casi nunca, porque en agosto parecía haber caído en un coma postapocalíptico.
Todo el mundo estaba de vacaciones, mientras yo sobrevivía con Kandinsky –mi gato– y una soledad tan profunda que habría inspirado un réquiem o dos. Mis días se resumían en escuchar a Lana del Rey en bucle y mi último descubrimiento en podcasts: Janina Thomassiny y su Sabiduría Psicodélica. Ella no lo sabe, pero ese verano se convirtió en mi mejor amiga. Plantó sin querer la semilla de El Club del Trip. 🎶🎧
Mientras el resto del mundo brindaba con cócteles tropicales en playas paradisíacas, yo sobrevivía desde mi pequeña casa con piscina a las afueras. Un lujo, lo sé, pero no llenaba el vacío.
Entre el curro, las lavadoras, limpiezas de armarios, lámparas de sal y nevera inspeccionada de arriba a abajo, mis días se repetían como un déjà vu eterno. Las tardes las pasaba viendo a Kandinsky — mi gato — asarse al sol con esa actitud que de: “Te tolero porque me alimentas”. Y las noches, ah, esas eran un desfile de reflexiones en las que me preguntaba cómo demonios había llegado ahí.
Las Trufas Psicodélicas y el Cambio Interior que Transformó mi Verano 🍄.
Estaba más perdida que un GPS en el Triángulo de las Bermudas. Pero, en medio de todo ese caos disfrazado de rutina, algo dentro de mí empezó a gritar en silencio. No era una crisis existencial de manual, sino una llamada desde lo más hondo, pidiendo un cambio que me sacudiera, me sacara de mi zona de confort y me lanzara al vacío.
Así que una tarde cualquiera decidí que ya estaba bien de dramas. Me metí en growbarato.net, una web maravillosa y llena de magia, y pedí unas trufas psicodélicas. Algo ligero para cambiar el rollo. Lo típico, ¿no? Pues no. En lugar de recibir las pequeñas dosis listas para consumir, me llegó un pan de setas para cultivar.
Mi primera reacción fue: ¿Setas? Me sentí como quien se despierta con gemelos de repente: ‘¿Yo pedí esto?’. 🤦♀️🌱 Pero el caballero súper amable de atención al cliente me convenció con una frase inesperada: “Solo piensa en ello como en una oportunidad. Es fácil, casi no tienes que hacer nada. Y además es terapéutico.” Y como yo soy de esas que no le dice que no al destino cuando se presenta disfrazado de oportunidad, cultivé esas pequeñas criaturas psicodélicas, mientras Kandinsky me miraba con cara de: ¿y ahora esto?

Viaje Psicodélico: O-Ren Ishii, un Tigre Cósmico y Colores en Movimiento 🌌.
No voy a mentir: cuidarlas fue todo un viaje. Las humedecí, las observé con la paciencia de quien espera magia, y cuando llegó el gran día, las recolecté con una mezcla de reverencia y curiosidad. Fue justo entonces cuando mi amiga –llamémosla O-Ren Ishii, reina de los bajos fondos, femme fatale con la lengua más afilada que la katana de Bill y capaz de dejar llorando a un portero de discoteca con una sola mirada– acababa de aterrizar en Menfis, fresca como una lechuga después de unas vacaciones de ensueño dando tumbos por algún archipiélago paradisíaco. Entre risas y su eterno deseo de contarme hasta el último detalle de sus aventuras, decidimos que era el momento perfecto para probar la cosecha juntas. Una dosis para cada una, una tarde por delante y muchas ganas de descubrir qué nos esperaba.
Pero claro, como buena antiheroína suburbana, O-Ren me envió un mensaje sorpresa: ‘Me crucé con no sé quién. Estamos tomando un Sex on the Beach. Luego voy.’ Genial. Mientras tanto, mis 3,3 gramos de Copelandia Hawaiian recién recolectadas bajaban por mi sistema digestivo gritando como si estuvieran en una montaña rusa, con el típico “gestito” milenial de “‘¡Vamos YAAAA!’”. Por mi parte, ya empezaba a notar los efectos.
Solo estaba Kandinsky para acompañarme. En un abrir y cerrar de ojos, mi gato se había transformado en un tigre cósmico, sus rayas se retorcían como auroras boreales, y sus ojos albergaban galaxias enteras. Parecía estar al tanto de mi estado alterado porque no paraba de saltar a mi alrededor, esquivándome con una agilidad casi teatral. Sus movimientos tenían un ritmo hipnótico, como si él también estuviera en su propio trip, jugando a cazarme y, de paso, vacilándome.
El primer salto al vacío. ✈️💫
Ese fue mi primer viaje sola y no voy a negarlo: tenía miedo. Me sentía como Frodo frente a Mordor, sin más opción que seguir adelante. Pero, vaya viaje. Todo vibraba. Los cuadros parecían susurrarme historias que nunca había escuchado. Me reí hasta llorar y lloré hasta reír, como si todas las emociones que había guardado durante meses finalmente encontraran su salida. Mi banda sonora era como un mantra que guiaba cada instante: Liquid Bloom y TJ Rehmi. Sus sonidos envolvían el espacio, tejiendo una atmósfera que parecía parte del viaje, amplificando cada sensación hasta hacerlas casi palpables. De repente, sentí que todo encajaba: el caos, el lugar… incluso yo misma.
Por primera vez en meses, me sentí realmente viva. Agradecida. Conectada. Cada rincón de mi casa era un descubrimiento; la luz, los colores, los objetos… todo tenía una energía nueva. Cuando empezó a caer el sol, llevé velas al borde de la piscina y dejé que el humo de la salvia purificara el aire. El agua estaba perfecta. Me sumergí y me sentí en paz conmigo misma, las sensaciones de paz y felicidad eran absolutas. Todo era más bonito, más profundo. O tal vez mi mirada era distinta.
Cinco horas después de la ingesta, cuando estaba aterrizando de vuelta a la realidad, apareció O-Ren Ishii con su glamour intacto y una botella de champán bajo el brazo. Brindamos bajo las estrellas, con los pies en la piscina, rodeadas de velas e incienso. Compartimos nuestras respectivas aventuras: ella, sus días de archipiélago paradisíaco; yo, mi viaje cósmico. Nos reímos hasta que el aire se llenó de esa complicidad que solo surge entre amigas que han cruzado sus propios abismos.
Kandinsky, ahora en su forma felina habitual, nos vigilaba desde las sombras, con la tranquilidad de quien sabe más de lo que cuenta. Fue en ese momento, bajo el cielo estrellado y con el reflejo del agua bailando a nuestro alrededor, cuando entendí algo: las mejores historias –las que importan de verdad– siempre comienzan con un salto al vacío. Y aquel salto me había acercado un poco más a Astrid Noir.

Un Martes Caótico y La Microdosis: Errores, Básculas y Revelaciones.
Hasta aquí la primera parte. Te voy a contar el resto.
Unos meses después, con la despensa llena de setas mágicas, pensé que era el momento perfecto para hacer un ciclo de microdosis. Ya lo había intentado una vez estando con Bill, pero, siendo sincera, fue un desastre: no estábamos de humor, lo hice con trufas, no llevaba un registro de nada… una colección de errores que prometí no repetir. Esta vez iba en serio. Después de dos lecturas exhaustivas de The Microdosing Guidebook y sintiéndome como una experta recién salida de un foro espiritual, decidí que estaba lista para empezar el ciclo. ¿Y por qué no un martes cualquiera? Primer error.
Con la confianza de una kamikaze, calculé mi dosis: 0,03 gramos. Perfecto, pensé. ¿Qué podría salir mal?
Al principio, todo parecía normal. Pero pronto, los mensajes de WhatsApp en mi móvil empezaron a brillar y a bailar como luces de un árbol de Navidad pasado de vueltas, mientras Kandinsky volvía a transformarse en ese tigre cósmico de rayas hipnóticas. “¡Mierda!” pensé.
De repente, un mar de náuseas me atrapó. Repetía mentalmente: “No puede ser, no puede ser,” como un mantra desesperado, mientras intentaba mantener la compostura. Entre flashes psicodélicos, me di cuenta de que tenía un tema de curro importante que responder en WhatsApp, justo cuando mi madre decidió que era el momento ideal para llamarme insistentemente.
Con el estómago revuelto y apenas pudiendo enfocar la pantalla, respondí lo del curro lo más rápido que pude, tratando de sonar profesional mientras sentía como mi alma se iba flotando a otra dimensión. A mi madre, que seguía llamando sin descanso, le tuve que colgar y enviar un mensaje a toda velocidad: “Madre, mucho trabajo. Luego hablamos.” Apenas veía las letras, pero esperaba que entendiera que estaba… ocupada.
Estaba claro: había cometido el segundo error del día. Un error de cálculo brutal. Me tomé 0,3 gramos en lugar de 0,03. Diez veces más de una microdosis. Entre risas nerviosas y destellos de comprensión cósmica, lo primero que hice fue intentar mirar en la calculadora de dosis de Zamnesia para saber si estaba en “dosis pequeña, normal o alta”. Digamos que las matemáticas nunca fueron mi fuerte, por si no había quedado claro. No podía ni enfocar la pantalla del móvil y el pánico empezó a instalarse cómodamente en mi sistema nervioso.
Llamé a O-Ren Ishii, por supuesto. Pero su very busy work como reina de los bajos fondos a veces le impide responder llamadas. Así que recurrí a mi segunda llamada de emergencia: Sienna Villalobos. Si Almodóvar la conociera, sería su chica preferida de calle. Y no es la primera vez que me salvaba de una parecida.
Le conté mi situación entre balbuceos y le pedí que consultara la calculadora de Zamnesia para poder evaluar la gravedad de la situación. Sienna, siempre práctica, abrió la calculadora de Zamnesia mientras yo le recomendaba la herramienta como si me pagaran por ello (aclaración importante: no me pagan). Mientras introducía los datos, con la tranquilidad de quien ha visto de todo en esta vida, me soltó:
-“Anda, maja, qué historias te montas, podrías escribir un libro… 0,3 es un viaje suavecito; si te agobias, me llamas. ‘Alaaadioósh’
-“Un libro no sé, pero seguro que da para un buen lío…” Y ahí me dejó, la muy hija del universo, con el móvil en la mano y Kandinsky observándome de reojo como si también estuviera evaluando mis decisiones, esta vez con esa mirada que decía claramente: “¿De verdad, ser humano? ¿Otra vez metida en estas historias?”
No hace falta decirlo, pero trabajar en esas condiciones era misión imposible. La pantalla del ordenador era un festival de colorines y letras que se mezclaban como si estuvieran en una rave. Cada intento de concentración terminaba en un suspiro frustrado. Estuve de viaje unas cuatro horas, entre preocupada por no poder trabajar y, al mismo tiempo, tratando de convencerme de que podía relajarme.
Y, al final, lo hice. El viaje se volvió más suave, como una ola que te mece en vez de arrastrarte. Quizá lo ideal habría sido que esto hubiera pasado un día festivo, pero bueno, aquí estábamos. Empecé a darle vueltas a todo: las historias, los desastres, las risas. Algo empezó a encajar en mi cabeza.

La revelación: El Club del Trip. 💡✨
Y esa noche, entre restos de velas e incienso que olía a los recuerdos del último verano 🕯️💨, un Kandinsky más cósmico que nunca y una calma que tardó en llegar, pero valió la pena, nació la idea de El Club del Trip. También nació Astrid Noir: una criatura mística que transforma el caos en historias y las noches en escenarios inolvidables. No tiene una dirección fija, pero siempre vuelve a casa con algún mechero de mas y el rastro de la noche en su mirada. No da lecciones de vida, pero te enseña a reírte de tus desastres y a encontrar belleza en lo inesperado.
Algo me quedó clarito: a veces, los errores más grandes son los que nos hacen despertar. Era martes, aunque claramente debería haber sido un día festivo reservado para experimentos existenciales, y en lugar de usar una báscula decente como esta, usé una que venía de regalo con el Cola-Cao. Aunque, siendo honesta, soy más de té matcha… pero está claro que ni el mejor matcha protege de tus propias genialidades.
Lo que empezó como un error de cálculo terminó siendo una oportunidad para conectar conmigo misma. Porque, al final, no se trata solo de los viajes que hacemos, sino de cómo decidimos verlos y de lo que aprendemos de ellos, incluso cuando el desastre parece tener la última palabra.
El Club del Trip no nació de un plan perfecto, sino de aceptar el caos, reírme de mis desastres y encontrar belleza incluso en el lío. Porque, al final, todos tenemos nuestros martes caóticos, nuestras luces de colores y esos momentos en los que algo dentro de nosotros simplemente… despierta.
Disclaimer:
y por supuesto, no sigas mi estela. Esto es mi vida, mis martes y mis desastres. Tú sabrás qué haces con los tuyos. Pero si tú también tienes tus martes, tus luces y tu caos, este Club también es para ti.
Si esta historia te hizo vibrar, comparte tu experiencia en los comentarios o sigue a El Club del Trip para más aventuras cósmicas ✨
By Astrid Noir
메타데이터
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- 2026-07-14 12:17:41