← Back to list

Por qué la emigración se convierte en una trampa para quienes buscaban salvación

La emigración es siempre un acto de desesperación disfrazado de esperanza. Todas nos imaginamos la misma escena: el avión aterriza, el tren…

Enny Querencia · 2026-07-14 16:54 · 0 claps · 7.5 min read
#violencia-de-genero #mujeres-migrantes #españa #empoderamiento-femenino #maternidad-y-protección
Open on Medium ↗

Por qué la emigración se convierte en una trampa para quienes buscaban salvación

La emigración es siempre un acto de desesperación disfrazado de esperanza. Todas nos imaginamos la misma escena: el avión aterriza, el tren de aterrizaje toca la pista calentada por el sol, y sales a una nueva vida donde el aire es más limpio, los horizontes más amplios, y las viejas pesadillas se quedan allá, a miles de kilómetros, en un pasado frío y gris.

Huimos. Unas huyen de países donde la corrupción ha carcomido las instituciones del Estado, donde una denuncia por malos tratos es solo motivo para que el agente de guardia se ría. Otras huyen de un sistema donde la violencia doméstica está inscrita en el código de la cultura como una norma. Otras huyen del caos sistémico, donde la ley se convirtió hace tiempo en una herramienta en manos de quienes tienen más poder.

Y aquí estamos. En España, en la costa, donde el sol brilla casi trescientos días al año. Parecería que la propia naturaleza debería sanar las almas. Pero miro a las mujeres a mi alrededor y veo cómo esa luz encandila, dejando al descubierto lo que intentábamos esconder en la sombra.

Veo a tantas mujeres que trajeron aquí a sus maridos, con la esperanza de que el clima suave y el ritmo pausado de la vida «arreglaran» a sus hombres. Pensaban que allá, en su tierra, hacía demasiado frío y todo era demasiado sombrío, y que por eso sus parejas se volvían más duras, más agresivas. Pero el sol no cura la codicia. No cura la crueldad ni cura la dependencia.

Al contrario: en esta vida «relajada», muchos hombres simplemente se quitan la máscara. Beben más. Se sienten dueños de un nuevo territorio. Y su violencia se vuelve más refinada, porque ahora tienen una palanca perfecta: la barrera del idioma.

Ven cómo sus esposas, al encontrarse en un país extraño, pierden el suelo bajo los pies, cómo no logran encadenar dos palabras en español para explicarle a la policía lo que ocurre tras las puertas cerradas. Eso hace que la tiranía sea casi absoluta. Las amenazan con la deportación, amenazan con quitarles a los hijos: manipulan lo más querido que tenemos.

Todas hablamos idiomas distintos, pero compartimos el mismo miedo a acercarnos a la puerta de una institución del Estado. Vinimos a un país que se enorgullece de sus leyes de protección a la mujer, un país donde los derechos humanos no son solo palabras vacías. Vinimos con la esperanza de que aquí, por fin, seríamos personas protegidas por la ley, y no simples apéndices de nuestros agresores.

España, que acoge con tanta calidez a los refugiados… ¿pero es capaz de protegerlos?

La realidad golpea el rostro con mucha más fuerza que cualquier golpiza en casa.

Nunca olvidaré la frase que me dijo una agente de policía: «Si tienes miedo de tu expareja, no necesitas ir a la policía, necesitas ir a un psicólogo».

En ese momento se hizo un silencio en la sala. Miré a esa persona y comprendí: para ella, una mujer que sufre acoso y amenazas durante años es un «problema» que hay que derivar a otro lado. ¿Un psicólogo? ¿En serio? ¿Cómo va a detener un psicólogo a alguien que persigue, que manipula a los hijos, que usa todas las palancas a su alcance para destruir la vida de una mujer?

Y lo más terrible es que no fue un caso aislado, ni un desliz casual. Es el sistema. Llegué a escuchar cómo en la comisaría de una ciudad dijeron: «Tenemos casi 300 víctimas de violencia, no necesitamos ni una más».

Te quedas de pie en esa oficina y comprendes que sobras. Eres un error estadístico, «una más», que empeora las cifras, que los obliga a escribir informes y que, en general, les molesta para poder vivir tranquilos en su ciudad soleada. Personas cuya obligación directa es proteger te transmiten abiertamente que no te necesitan. Que tu seguridad es un asunto personal que debes «trabajar» con un especialista, y no algo que la ley deba proteger.

¿Qué se siente al ser una mujer emigrante que comprende que está encerrada en una jaula de cristal? Ves a la gente alrededor: pasean, toman café, viven una vida normal, mientras tú te duermes cada noche con el teléfono en la mano, comprobando si la puerta está cerrada con llave. Vives en un país que tiene leyes contra la violencia, pero no puedes usarlas, porque a tu grito de auxilio responden con un trámite.

Y esas 300 víctimas no hablan de otra cosa más que de un sistema que no da abasto. No hace falta mandar a una víctima más al psicólogo, hace falta trabajar en mejorar, formar al personal para reconocer la violencia y anticiparse a la situación, en lugar de limpiar sus consecuencias.

Somos mujeres de países distintos, de culturas distintas, de estratos sociales distintos. Trajimos hasta aquí nuestros sueños y nuestros dolores. Pero nos encontramos con que aquí, en la «mejor Europa», también existe su propia indiferencia. Solo que es diferente: no es corrupta, no es caótica, sino fría, calculada e impecablemente burocrática. No quiere verte. Quiere que estés callada, que no exijas atención, que «resuelvas tus asuntos tú sola».

Toda España está decorada con hermosos carteles sobre la igualdad y la lucha contra la violencia. Pero ¿de qué sirven los carteles si, en el momento crítico, mirando a los ojos a una persona de uniforme, no ves protección, sino el deseo de deshacerse de ti cuanto antes?

¿Por qué callamos tanto? ¿Por qué permitimos que esta indiferencia devore nuestras vidas? No somos simples migrantes. Somos personas que encontraron el valor de dejar la tiranía. Lo apostamos todo para darnos un futuro a nosotras mismas y a nuestros hijos. Decidirse a emigrar ya es un acto de un coraje colosal. Pero los policías de uniforme no lo entienden.

A veces me parece que todo este sistema está diseñado para ponernos a prueba. Pero ¿quién les dio derecho a ponernos a prueba cuando venimos a pedir protección? Nadie.

Pienso en los miles de mujeres que, en este mismo instante, están escuchando las mismas palabras. Que vuelven a casa, bajan los brazos y siguen soportando, porque les dijeron que «fueran al psicólogo». Cuántas vidas se han roto simplemente porque el agente estaba ocupado, o de mal humor, o porque «ya tiene demasiadas víctimas» y no quiere sumar una más.

Esto no es la tragedia de personas aisladas. Es el fracaso de un sistema que olvidó que detrás de cada cifra — 300, 3.000, 30.000 — hay personas vivas. Mujeres que confiaron en la ley. Que creyeron que, en una sociedad civilizada, su dolor sería escuchado.

A veces pienso que la única manera de sobrevivir es comprender que esperar la salvación desde fuera es lo más peligroso que existe. Aprendemos a sobrevivir en cualquier condición. Aprendemos a reconocer al agresor antes de que levante la mano. Aprendemos a reunir pruebas cuando nos dicen que no existen. Aprendemos a entender el sistema desde dentro para encontrar sus resquicios. Nos convertimos en expertas de nosotras mismas, porque nadie más quiere asumir ese trabajo.

Y esto no es una «historia de éxito». Es la historia de cómo nos obligan a ser fuertes, cuando tenemos todo el derecho a ser débiles y estar protegidas. Es la historia de cómo nos vemos obligadas a construir nuestra propia armadura, porque la que el Estado nos prometió resultó ser de cartón.

Miro la puesta de sol sobre el mar y veo a miles de estas mujeres: inglesas, ucranianas, latinoamericanas, europeas del Este. Somos todas distintas, pero llevamos las mismas cicatrices. Estamos aquí. Existimos. Y nuestro silencio no es consentimiento. Es la espera del momento en que dejemos de pedir. Cuando comprendamos que nuestro derecho a la vida no depende del humor de un agente de policía ni del número de víctimas en su informe.

En todos estos años comprendí algo simple y aterrador: cuando el sistema se niega a escucharte, tú debes convertirte en quien habla por sí misma. Y cuando dejas de esperar la salvación desde fuera, ganas una fuerza que nadie podrá quitarte.

Mi propio camino hacia esta comprensión…

Fue largo. En Ucrania dirigí una organización social y trabajé hasta el agotamiento: sacábamos mujeres de las salas de reanimación, rescatábamos hijos de secuestradores, nos enfrentábamos a la corrupción y a la ilegalidad abierta. Vi miles de destinos de mujeres, y cada uno me enseñó lo mismo: la protección no es un ruego, es una estrategia.

Y luego la vida me colocó en la misma posición, ya en España. Tuve que aprender de nuevo a protegerme a mí misma y a mis hijos, en otra realidad jurídica, en otro idioma, en una cultura desconocida. Pasé por juzgados, por denuncias falsas, por esa misma mirada fría de la policía que no quiere «una víctima más».

Fue justo entonces, cuando me faltaba de forma catastrófica una guía — qué hacer aquí y ahora — , cuando empecé a reunir mi experiencia en un solo lugar. No como teoría, sino como un mapa construido con los escombros de mi propia lucha.

Así nació el libro «El silencio no es oro» — una guía práctica de prevención y respuesta a la violencia de género para mujeres en España.

No es una colección de frases inspiradoras ni un manual de autoestima. Es un intento de responder a las preguntas que a mí, en su momento, nadie pudo responderme: cómo reconocer a un tirano antes de que empiece a destruirte por dentro. Cómo leer las señales del cuerpo, que percibe el peligro antes de que la mente logre comprenderlo. Cómo entender en qué etapa de una relación tóxica te encuentras, porque la violencia rara vez comienza con un golpe: comienza con una «prueba de límites» que es fácil confundir con simples celos.

Aparte, sobre la indiferencia institucional: por qué la sociedad y el sistema a veces se ponen del lado del agresor, y qué se puede hacer realmente al respecto, más allá de indignarse. Sobre cómo preparar una salida: documentos, dinero, seguridad digital, cómo hablar con la policía y los servicios sociales para que te escuchen de verdad. Cómo elegir a un abogado y no caer en una trampa más, esta vez jurídica.

Un apartado aparte para lo más terrible que puede ocurrir: cuando no te devuelven a los hijos o se los llevan. Las primeras horas, que lo deciden todo. Cómo demostrar la violencia cuando no hay pruebas físicas. Cómo prepararse para el juicio dentro del sistema español, conociendo su realidad, y no sus ilusiones.

Y también, la vida después. Porque salir del infierno no basta: hace falta además volver a una misma — aprender de nuevo a confiar, recuperar la independencia financiera, no dar un paso atrás hacia los mismos patrones.

No prometo una pastilla mágica. Si alguien te promete una solución fácil cuando está en juego tu vida y la seguridad de tus hijos, esa persona miente. Pero sí prometo otra cosa: después de este libro ya no estará esa impotencia paralizante que existe ahora. Habrá comprensión: hacia dónde moverse, a qué puertas llamar, cómo construir tu protección ladrillo a ladrillo. No es magia. Es conocimiento, y ese conocimiento te convierte de un blanco en alguien que dirige el proceso de su propia seguridad.

Mis libros los puedes encontrar en este enlace: https://sites.google.com/view/chaikovska-books/

Y si este texto resonó en ti — si emigraste a España, vives ahora con miedo y no sabes por dónde empezar — , puedes escribirme directamente. A veces el primer paso es simplemente contárselo a alguien más.


메타데이터
post_id
114a609f9ed5
slug
por-qué-la-emigración-se-convierte-en-una-trampa-para-quienes-buscaban-salvación-114a609f9ed5
url
https://medium.com/@ennyquerencia/por-qu%C3%A9-la-emigraci%C3%B3n-se-convierte-en-una-trampa-para-quienes-buscaban-salvaci%C3%B3n-114a609f9ed5
canonical_url
https://medium.com/@ennyquerencia/por-qu%C3%A9-la-emigraci%C3%B3n-se-convierte-en-una-trampa-para-quienes-buscaban-salvaci%C3%B3n-114a609f9ed5
author_url
https://medium.com/@ennyquerencia
status
ok
fetched_at
2026-07-19 11:18:54