FÚTBOL MEXA
UNA IDENTIDAD QUE APRENDÍ A DESARMAR (Y A VOLVER A HABITAR)
FÚTBOL MEXA
UNA IDENTIDAD QUE APRENDÍ A DESARMAR (Y A VOLVER A HABITAR)

Crecí viendo fútbol sin saber que estaba viendo algo más que un deporte. En mi casa, el fútbol no era un juego: era un estado emocional.
Mi papá jugaba fútbol. Le gustaba el fútbol. Vivía el fútbol.
Y yo lo veía frente a la televisión, gritándole a once personas que no podían escucharlo, mientras la tensión se mezclaba con alcohol y con una violencia que no siempre encontraba otro lugar por dónde salir. Durante muchos años, para mí, eso era el fútbol.
No lo pensé así. No lo cuestioné. Simplemente lo absorbí, como se absorben las cosas que vienen de casa: sin filtro, sin distancia, sin nombre.
Incluso jugué. Uniforme, cancha, equipo. Hice lo que se supone que debía hacerse.
Pero algo no encajaba.
No era rechazo frontal. Era una incomodidad silenciosa, persistente. Como si el fútbol me estuviera pidiendo algo que yo no quería darle.
Con el tiempo entendí que no era el fútbol lo que me incomodaba, sino la forma en que lo estaba conociendo.
Durante muchos años pensé que el fútbol era eso: gritar, descargar, explotar.
Y como no quería repetir ese gesto, me alejé. No por desprecio, sino por intuición. Porque algo dentro de mí entendió antes que yo que no quería ser un adulto gritándole a una pantalla para sentirse vivo.
Pasó el tiempo. Uno crece. Empieza a observar más de lo que reacciona.
Y un día, casi sin buscarlo, el fútbol regresó… pero desde otro lugar.
Ya no desde la herencia. Desde la mirada.
Ahí apareció la primera grieta real: el fútbol, en sí mismo, no es violento.
Es cuerpo en movimiento. Es estrategia bajo presión. Es error, ajuste, cooperación. Es tiempo y azar negociando entre sí.
El fútbol es profundamente humano.
Entonces algo se acomodó distinto en mi cabeza: si el juego es bello, ¿por qué lo que lo rodea a veces no lo es?
Y la pregunta se volvió más precisa, más incómoda, más honesta:
¿Qué se le está cargando al fútbol que no le corresponde?
Cuando miras con atención, lo empiezas a ver en capas.
Primero, el juego. Luego, la emoción. Después, algo cambia.
El fútbol deja de ser solo fútbol cuando empieza a funcionar como contenedor de identidad.
En sociedades donde muchas personas no controlan su tiempo, su trabajo o su futuro, aparece algo muy eficaz: una identidad lista para usar. Un nosotros inmediato. Un enemigo claro. Un relato simple.
No necesitas construirte: ya eres algo.
Ahí el fútbol deja de ser deporte y se convierte en infraestructura emocional.
Los clubes ya no son solo equipos: son marcas simbólicas. Los medios ya no narran partidos: narran conflictos. El marketing no vende camisetas: vende pertenencia.
Y la afición, sin darse cuenta, empieza a vivir a través de algo que no eligió conscientemente.
Cuando el equipo gana, ganas tú. Cuando pierde, sientes que pierdes tú.
Y esa ecuación es peligrosa.
Aquí nace el grito. No como pasión, sino como síntoma.
El grito no va dirigido al jugador. Va dirigido a una vida que no responde.
Por eso la exigencia absurda. Por eso la deshumanización. Por eso la incapacidad de perder.
No se está discutiendo un partido. Se está defendiendo una identidad frágil.
Durante mucho tiempo pensé que el problema era la afición. Luego entendí que era más complejo.
Esto es un ecosistema.
Los clubes permiten ciertos relatos porque funcionan. Los medios los amplifican porque venden. El marketing los vuelve épica porque fidelizan consumo. La afición los adopta porque necesita sentido.
Y el país entero opera como fondo, porque rara vez nos enseña a pensar las emociones; solo a descargarlas.
Por eso sorprende tanto cuando aparece otra forma de vivir el fútbol. En la ultima final Toluca vs Tigres me toco ver en redes:
- Aficiones que reconocen al rival.
- Que agradecen el juego.
- Que entienden que perder no los invalida.
- Que disfrutan sin humillar.
No son moralmente superiores. Son simbólicamente menos cargadas.
No les pidieron representar a la nación. No les pidieron encarnar un trauma histórico. No les vendieron el odio como identidad.
Y entonces el fútbol vuelve a ser lo que es.
Juego. Encuentro. Emoción compartida.
Este texto no nace para atacar al fútbol. Nace para desarmar la idea de fútbol que heredé.
La que confundía gritar con sentir. La que confundía pertenecer con pensar. La que normalizaba la violencia emocional como pasión.
Con los años entendí algo simple y difícil a la vez: crecer no siempre es sumar ideas nuevas. A veces es quitar las que estorban.
Y cuando quitas eso, algo interesante pasa.
Hoy puedo decir algo distinto.
El fútbol sí me emociona. De verdad.
Me emociona ver a diez, once, veinte personas que son de las mejores en algo, dándolo todo por noventa minutos. Me emociona que eso exista. Me emociona la coordinación, el riesgo, el error, la posibilidad.
Me emociona saber que, por un momento, miles de personas pueden mirar lo mismo y sentir algo parecido.
Ya no necesito que el fútbol piense por mí. No necesito que me dé identidad. No necesito gritar para sentir.
Puedo disfrutarlo desde otro lugar.
Tal vez de eso se trata también crecer: no de dejar de emocionarte, sino de aprender desde dónde lo haces.
Porque cuando entiendes las capas, no se pierde la magia.
Se vuelve más consciente. Y, curiosamente, más alegre.
메타데이터
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