El chino
Hay un chino que me mira. No es un eufemismo: es un chino que me mira.
El chino
Hay un chino que me mira. No es un eufemismo: es un chino que me mira.
Cada vez que paso por la vereda, se queda sentado ahí, sobre un cajón de Quilmes, con las sandalias desgastadas y una remera azul verdoso que le habrá regalado algún distribuidor. Es flaco, alto, desgarbado; no podría ser un experto en kung-fu. No todos los chinos pueden ser karatecas, son demasiados. ¿Cómo se defenderá el chino? Seguro es más peligroso de lo que parece.
Al principio tomé su actitud como algo natural: está en el extranjero, cuidando de su negocio. Esta gente, se sabe, es muy desconfiada. La calle desborda de linyeras y fisuras que roban almacenes extra-grandes. Yo no tengo cara de ciruja. Nunca robé. Ni siquiera un chicle. Paso todos los días por el supermercado, soy amigo de Jazmín (Ha-Ming me parece que se llama). Una mujer que podría ser su hermana, prima, tía, esposa. Vayaunoasaber. Jazmín atiende y se ríe. Tiene unos anteojos gigantes que le hacen los ojos todavía más achinados. Me encanta Jazmín. Yo creo que el chino lo sabe. No es boludo. O al menos lo sospecha.
No debería seguir comprando, porque el chino me mira. En una de esas compro unos fideos o una soda y me muero envenenado. ¿Cuántos chinos morirán por año? Son miles de millones. Quizás escondan algo en sus productos, un método para controlar la población. La competencia abunda y la producción en masa tarde o temprano viene defectuosa, o mortal.
El chino me mira. Y encima, ahora lo noto, me persigue.
No voy directo a los vinos porque va a pensar que soy un borracho, debe creer que me los quiero chorear, en especial los de cajita. También evito las heladeras. Por ahí asume que soy inspector sanitario y que ando revisando el estado de los quesos untables. De todas maneras, no duro mucho en un sector, siempre me escapo. Atravieso las bolsas de alimento balanceado, hago de cuenta que voy a comprar yerba y me dirijo hacia la fiambrería. Giro en la esquinita del carnicero y miro si hay algún pan lactal o ese pan chino que no es chino, pero es más parecido a una baguette. Una baguette china. No sé si los chinos comen baguette.
Una vez le pregunté a la fiambrera que me vende la baguechina si el chino también la miraba. Me cuestionó si me refería al esposo de Jazmín. Le contesté que no sabía cómo era el parentesco, que era posible. Me dijo que el marido nunca aparece, y que hizo pintar todo de verde. Verde es la mafia china. O la azul. No tengo precisiones. Nunca lo vio en el local. Asume que pone la guita desde China. Este es otro chino, el de la puerta. Me dijo que no hay chinos en la puerta. ¿Era ciega esta muchacha? Acá no somos todos iguales, si hay un tipo con ojos rasgados, se nota.
Si la trataba de loca, me iba a tomar por desquiciado. ¡Cómo no va a haber un chino en la puerta! Es obvio, le conozco las mañas. Camufla su mirada estrecha entre el fierrito de las góndolas. Se lo iba a comentar a la empleada, pero no sea cosa que empiece a ficharlo, o peor aún, a conspirar con él. Yo sé que el chino la tiene controlada. Está confabulada. Chino de mierda, se metía con los nuestros. Ya no era personal. Juré no regresar.
Me fui a lo de Sara, la otra fiambrera. Te mata con los precios. No te vigila. Pero sí te mata. También estaba el otro chino de la avenida, el de la fachada pintada de azul. Rivales, estimo, con el chino que me mira. Unas cuadras de más no justifican quedar en el medio de un conflicto regional. Y Sara te mata con los precios. Prefiero a Jazmín.
Le pregunté a Sara por el chino. Me dijo que no se metía porque son raros. Me pareció un poco racista de su parte. Yo no soy racista. A mí me gusta Jazmín. Pero ese chino me mira. Me tiene cansado.
A este hay que guapearlo, de frente. Que entienda cómo se manejan las cosas en el barrio.
“Nijáu” es muy cordial. “Chinchuá”, me dijeron, es “la concha de tu hermana”.
¿Y si es el hermano de Jazmín? Lo único que falta.
Tenía que buscar algo para apurarlo.
Todas las de perder. Es más alto que yo y puede hacerse el desentendido con el idioma.
Decidí confrontarlo.
Me tomé unos días para planificar. Pasé por la vereda, no entré a comprar.
Analicé su posición, sus ademanes. Si usaba sandalias cuando llovía o si cambiaba por otro calzado.
Si me mira, lo miro. Si se mueve, me muevo.
Agarré un cajón vacío de Quilmes. O de otra cerveza. O de Coca. De esas retornables. Da igual. Me senté al lado. A ver quién aguantaba más.
El chino me miró. Yo lo miré. Nos miramos.
Jazmín me dijo que me vaya, que a la gente no le gusta.
Yo me quedé en la vereda.
Ahora los superviso.
Dijo que iba a llamar a la policía.
Linyera y fisura no soy. No le voy a robar.
Después vino la cana. Les dije que los estaba vigilando.
Voy a cuidar mi vereda.
Me distraigo.
Miro a Jazmin.
Ella no me mira.
El chino no está más.
Ojalá fuera chino.
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