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Escribir no me hace menos intensa. Me hace menos peligrosa para mí misma

La verdad es que no me gusta dormir en lugares que no sean mi casa. Aunque ame a la gente con la que estoy.

Natalia Antonoff · 2026-06-05 19:14 · 0 claps · 4.9 min read paywalled
#codependencia #regulación-emocional #hipersensibilidad #vida-interior #patrones-emocionales
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Escribir no me hace menos intensa. Me hace menos peligrosa para mí misma

La verdad es que no me gusta dormir en lugares que no sean mi casa. Aunque ame a la gente con la que estoy.

Dormir fuera siempre me deja una sensación rara en el cuerpo. Como si mi sistema nervioso nunca terminara de acomodarse bien.

Y no sé. Tengo algo muy sagrado con mi esposo alrededor de dormir juntos. Ni siquiera sé explicarlo bien sin que suene exagerado. Pero me gusta despertar y verlo. Me gusta nuestra rutina. Me gusta nuestra cama. Nuestro espacio. Ya sé que quedarme fue más por Mila, por pasar tiempo con ella, porque sé que esos momentos luego crecen y cambian y ya no vuelven igual. Entonces hago el esfuerzo aunque ya vaya mentalizada a que probablemente no voy a dormir bien.

Pero la noche sí tuvo un momento muy bonito.

Mila se me recostó encima del pecho como bebé y yo la sostuve como si siguiera siendo chiquita. El Oura Ring que me prestó Dani empezó a prenderse en rojo porque detectó estrés o movimiento o quién sabe qué cosa, y yo pensé: sí, ya sé. El peso de Mila de casi siete años me está aplastando un pulmón un poco. Me cuesta respirar.

Pero no me quise mover.

Porque hay momentos que una sabe que se están yendo mientras están pasando.

Por lo pronto acabé pasándome a la cama de Mila. La litera. La de casita de muñecas. Sábanas de unicornio, peluches por todos lados y una sticker de Hank’s Pizza Choza pegada por ahí que me dio muchísima ternura porque se sentía tan de niña real. Tan suyo.

Me quedé viendo el cuarto un rato.

Y luego hice lo peor que pude haber hecho.

Agarré el celular.

Estuve escuchando Atlas Shrugged mientras jugaba solitario como señora disociada de aeropuerto y después acabé scrolleando Instagram como una hora. Una hora entera de meter gente a mi cabeza.

Y ahorita que llevaba ya rato sin usar Instagram, sí sentí feo volver. Hasta tuve una pesadilla horrible donde recaía con alcohol, pero honestamente creo que la recaída real fue abrir redes otra vez.

Mi cerebro no consume Instagram de forma superficial. Ve algo que le sorprende y no lo suelta. Una cara. Un comentario. Una vida ajena. Y luego todo eso se empieza a mezclar conmigo aunque ni siquiera tenga que ver conmigo.

Y es agotador.

Porque de repente otra vez estoy pensando en personas en las que ya no quería pensar. Otra vez gastando energía mental en gente que ni está presente físicamente en mi vida. Como si las redes fueran una puerta giratoria abierta permanentemente hacia la cabeza de los demás.

Y creo que por eso me pegó tanto.

Hay gente que puede scrollear y olvidar. Yo no. Yo absorbo. Archivo. Relaciono. Me imagino cosas. Analizo tonos. Dinámicas. Microgestos. Como si mi atención tuviera poros abiertos todo el tiempo.

Entonces terminé durmiéndome tardísimo. Dormí mal. Y al día siguiente Dani escribió en el grupo que tenemos ella, Armando y yo diciendo que quería vernos.

Y sentí ambivalencia inmediata.

Por un lado sí quería estar para ella.

Y por otro me dio miedo ver cómo la iba a encontrar emocionalmente.

Al poco tiempo llegaron ella y Tello.

Y aquí es donde me siento incómoda porque no me gusta sentir que no puedo ser 100% sincera.

Ella dice que ya no quiere estar con Carlos, pero por dentro yo pienso:

wey… ¿sí sabes lo que implica realmente no estar con él?

Porque no sería solamente terminar una relación. También perderías el nivel de vida que tienes gracias a él. Y suena horrible decirlo en voz alta porque automáticamente parece que una está reduciendo todo al dinero, pero no. El dinero cambia demasiadas cosas reales de la vida como para fingir que no importa.

Armando y yo siempre decimos algo: en la vida todo son palancas. Subes una. Bajas otra.

Antes, cuando estaba más chica o más ingenua, sí llegué a fantasear con una pareja con muchísimo dinero. La típica fantasía femenina medio aspiracional de “él resuelve todo”. Pero ya no pienso tan simple.

Porque esos hombres que te dan camioneta, propiedades, viajes, dinero y tú nomás cuidas la casa y los hijos… honestamente siento que son unicornios. En la mayoría de los casos, si alguien te da muchísimo dinero, también va a esperar muchísimo control a cambio.

Y hasta cierto punto lo entiendo.

No estoy diciendo que esté bien. Mucho menos cuando ya entra la violencia económica o cosas más graves. Pero sí entiendo que cuando alguien genera el dinero y sabe lo que cuesta hacerlo, naturalmente quiere tener cierto control sobre cómo se mueve ese dinero.

Y muchos matrimonios sí se parecen muchísimo a una sociedad.

Tú das esto.

Yo doy esto.

Derechos.

Obligaciones.

Negociaciones invisibles.

Lo incómodo es que Dani y Carlos ya ni siquiera parecen una pareja enamorada. Parecen dos personas sosteniendo un acuerdo que a veces los asfixia pero del que también obtienen cosas.

Ella es buena ama de casa. Mantiene la casa y la comida a los estándares de Carlos. Cuida al hijo. Mantiene una estructura.

Y él provee. Da estabilidad. Da nivel de vida.

Pero hablan horrible uno del otro.

A espaldas del otro.

Y también de frente.

Y aún así siguen juntos.

Y ojo, yo también soy súper codependiente de Armando. O sea, ayer literal sentía una especie de abstinencia. Ya me quería regresar a mi casa. Aunque también era comodidad porque nunca duermo bien allá, pero sí pensé mucho en él. Entonces tampoco estoy hablando desde superioridad moral. Solo que hay codependencias distintas.

Hay unas donde todavía hay amor, admiración, construcción.

Y hay otras donde parece más miedo, costumbre o intercambio. O distintas formas de violencia, como en este caso.

También me impresionó mucho cómo Dani habla del dinero ahora. Hoteles. Bolsas. Camionetas. Marcas. Lujos. Y no necesariamente desde presumir, sino porque genuinamente ya se acostumbró a esa vida.

Uno se acostumbra rapidísimo a lo bueno.

Y también el dinero compra algo más silencioso: aceptación.

Te vuelves anfitriona.

La de la casa bonita.

La que invita.

La que pertenece a ciertos círculos.

Y perder eso también debe doler.

Luego pensé algo medio fuerte:

cuando alguien no se siente visto dentro de su relación, empieza a subcontratar la atención afuera.

Stories.

Fotos.

Nombres repetidos.

Coqueteos microscópicos.

Gente que aparece demasiado en conversaciones.

Y no sé si estoy proyectando o simplemente ya veo patrones que antes no veía.

Porque hubo un tiempo donde seguramente yo era la Dani de alguien más.

En ese momento yo todavía sentía que estaba viviendo algo enorme. Algo apasionado. Algo importante.

Y Raquel probablemente me veía exactamente así desde afuera mientras yo estaba metida en mis dramas de hombres, validación, noches de copas, intensidad emocional y caos disfrazado de romanticismo.

Ahora siento que me convertí en la Raquel de Dani.

La que ya no está adentro del huracán.

La que observa.

Y honestamente eso también tiene algo triste.

Porque ver patrones no necesariamente te hace más feliz. Solo te hace menos ingenua.

Ayer también pensé seriamente en deshabilitar Instagram.

Necesito menos exterior y más vida interior.

Y escribir esto… creo que es mi manera de regularme. Ya lo había pensado antes, pero nunca lo había escrito tan claro: escribir para mí sí es regulación emocional.

Y la neta, si eso tiene algo de malo, pues ni modo.

Porque sí noto una diferencia enorme entre escribir las cosas y dejarlas pudrirse adentro de mí.

Hay entornos que se me meten demasiado al cuerpo. Conversaciones que se me quedan pegadas horas después. Dinámicas humanas que ya no puedo dejar de observar aunque quiera.

Entonces escribo.

Como quien abre una válvula para sacar presión.


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