El lujo sabe a comida, pero el cuerpo no puede comer
Desde un perfume con olor a leche, cartera en forma de hortalizas, colecciones de firmas de lujo inspiradas en hamburguesas, papas fritas o…
El lujo sabe a comida, pero el cuerpo no puede comer
Desde un perfume con olor a leche, cartera en forma de hortalizas, colecciones de firmas de lujo inspiradas en hamburguesas, papas fritas o snacks ultraprocesados hasta desfiles donde una baguette o un tomate se convierten en accesorios de alta costura. Estos son apenas algunos de los ejemplos de una tendencia que parece consolidarse en la moda y el consumo contemporáneo: La comida se transformó en un nuevo símbolo de lujo.
Paradójicamente, esto ocurre en un contexto en donde el ideal aspiracional de la extrema delgadez vuelve a posicionarse con fuerza, impulsado a su vez por la popularización de medicamentos como el Ozempic.
La contradicción resulta llamativa, mientras los alimentos se convierten en objeto de deseo estético, inspiración de campañas publicitarias y piezas de diseño que alcanzan valores exorbitantes, el acto de comer continúa siendo vigilado, restringido y moralizado. Se celebra la imagen de la comida, pero no necesariamente el consumo. La gastronomía deja de ser únicamente una necesidad biológica o un espacio de encuentro social para convertirse en un recurso visual, un elemento aspiracional y una declaración de estatus.
No es la primera vez que la moda se apropia de la alimentación como una fuente de inspiración. A lo largo de las ultimas décadas, diferentes diseñadores utilizaron frutas, verduras o dulces como estampados y referencias culturales. Sin embargo, el fenómeno actual parece responder a algo más profundo. Es una época atravesada por la inflación alimentaria, las dificultades económicas y el encarecimiento de productos básicos en distintas partes del mundo, ciertos alimentos comienzan a adquirir un valor simbólico que trasciende su función cotidiana. Lo ordinario se vuelve extraordinario, lo que antes era un simple cartón de leche o una bolsa de papas fritas, ahora puede convertirse en un accesorio de miles de dólares.
Al mismo tiempo, el cuerpo vuelve a ocupar el centro de la conversación. Después de algunos años en los que el discurso del body positivity parecía ganar espacio en la cultura popular, la interrupción masiva del Ozempic y otros medicamentos similares reabrió viejos debates sobre los estándares de belleza. Celebridades, influencers y figuras públicas comenzaron a exhibir cambios físicos drásticos, alimentando nuevamente un ideal corporal mucho más cercano a la delgadez extrema que al discurso de la diversidad corporal que predomino durante la última década.
Las redes sociales potencian esa contradicción. Basta con recorrer Instagram o Tiktok para encontrar videos de personas cocinando recetas extremadamente elaboradas, degustaciones de restaurantes exclusivos o los denominados unboxing de productos gourmet que acumulan millones de visualizaciones. Sin embargo, en esas mismas plataformas proliferan rutinas para reducir el apetito, consejos para consumir menos calorías y tendencias que romantiza volver a cuerpos cada vez más pequeños. La comida se complementa, se fotografía, se colecciona y se convierte en contenido: Pero el acto de comer parece quedar relegado frente al mandato de controlar el cuerpo.
Quizás el lujo ya no continua únicamente en poseer objetos caros, sino en apropiarse de aquello que resulta escaso, deseado o incluso prohibido. La comida, especialmente aquella asociada al placer, se convierte así en un símbolo ambiguo: Representa abundancia, pero también culpa; deseo, pero, también restricción. Es un objeto de consumo visual antes que una experiencia sensorial.
Esta tensión no solo habla de las transformaciones de la industria de la moda, sino también de las contradicciones culturales de nuestra época. Vivimos rodeados de imágenes de alimentos irresistibles mientras se multiplican los discursos sobre el autocontrol, la productividad del cuerpo y la optimización permanente de la apariencia física. Consumimos con la mirada aquello que a veces sentimos que no deberíamos consumir con el cuerpo.
Quizás esa sea la gran paradoja de este momento histórico: Nunca la comida estuvo tan presente en la cultura visual y, al mismo tiempo, nunca pareció tan condicionada por las expectativas estéticas. En un mundo donde una cartera en forma de apio puede costar más que un salario mensual y un medicamento para adelgazar se convierte en objeto de deseo global, la alimentación deja de ser simplemente comida para así transformarse en un lenguaje que habla de estatus, identidad, belleza y poder.
메타데이터
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