Sesiones cuadrienales: autoridad, renovación y misión
Una sesión cuadrienal es mucho más que una sucesión de informes, votaciones y nombramientos, es en realidad, una expresión de nuestra…
Sesiones cuadrienales: autoridad, renovación y misión
Una sesión cuadrienal es mucho más que una sucesión de informes, votaciones y nombramientos, es en realidad, una expresión de nuestra comprensión de la iglesia.

Cada cuatro años, las asociaciones de iglesias de la Iglesia Adventista del Séptimo Día celebran sesiones en las que los delegados reciben informes, revisan el rumbo institucional, toman decisiones y eligen a quienes asumirán determinadas responsabilidades de liderazgo. En general, se trata de un procedimiento administrativo necesario. Para algunos, es una temporada de expectativas, cálculos, conversaciones discretas y noticias que, gracias a las redes sociales y a la eficacia del pasillo, suelen circular antes de que la comisión correspondiente aparezca formalmente para leer sus recomendaciones.
Pero una sesión cuadrienal debería ser mucho más que una sucesión de informes, votaciones y nombramientos. En ella se expresa una determinada comprensión de la Iglesia — eclesiología, en el lenguaje de los téolgos — : — quién tiene autoridad, — cómo se delega, — quién participa en las decisiones — y para qué existe la organización.
En ese sentido, una sesión no es únicamente un acto administrativo. Es también una declaración teológica.
Lo anterior significa que, detrás de estos procesos se encuentran, o deberían encontrarse, convicciones profundamente bíblicas:
— el sacerdocio de todos los creyentes, — la Iglesia como cuerpo, — la autoridad entendida como servicio — y la toma comunitaria de decisiones como un ejercicio de reflexión y compromiso con la misión.
También conviene recordar que la Iglesia no pertenece a sus administradores, a sus pastores ni a quienes han aprendido mejor los códigos internos de la organización. Pertenece a Cristo. Y quienes reciben autoridad dentro de ella no adquieren una propiedad, sino una responsabilidad temporal: servir al cuerpo y conducirlo hacia la misión.
Desde luego, los procedimientos representativos no son infalibles. La historia eclesiástica, incluida la nuestra, demuestra que una votación puede ser reglamentaria sin ser necesariamente sabia, y que una decisión puede ajustarse al manual sin reflejar plenamente el espíritu del evangelio. No me mal entienda. Los reglamentos son indispensables; pero la madurez espiritual también. Confundir ambos elementos puede llevarnos a pensar que, porque se cumplió el procedimiento, se alcanzó automáticamente el discernimiento.
Importante recordar…
Llegados a este punto, me parece importante reconocer que, en algunos ambientes eclesiales latinoamericanos, escribir una columna de opinión para analizar públicamente los procesos institucionales todavía puede interpretarse como rebeldía, deslealtad o falta de confianza en la dirección divina. Como si la fe exigiera silencio y que la lealtad consiste en asentir. Sin embargo, una comunidad que proclama el sacerdocio de todos los creyentes debería formar personas capaces de pensar, preguntar, discernir y contribuir responsablemente a la vida de la Iglesia.
La confianza en Dios no requiere suspender el juicio.
Existe, por supuesto, una crítica destructiva: la que se alimenta del rumor, atribuye intenciones sin pruebas, convierte las diferencias en ataques personales y utiliza la indignación como espectáculo. Estoy convencido que esa crítica no edifica. Pero también creo que, debemos reconocer que existe una crítica que nace del compromiso, de la preocupación pastoral y del deseo de que la Iglesia sea más coherente con lo que enseña.
Además, callar frente a prácticas cuestionables no siempre es prudencia. A veces es comodidad. Y convertir cualquier cuestionamiento en una amenaza contra la unidad puede ser una manera muy eficaz de proteger la paz, aunque no necesariamente la verdad.
Y finalmente, no escribo estas líneas porque me interese lo que llamo la “política eclesiástica”. Tampoco pretendo interpretar los motivos de personas concretas ni reconstruir lo que ocurre dentro de comisiones cuyas conversaciones, por razones éticas, deben conservarse en reserva. Otro día podríamos hablar sobre la moralidad del cotilleo de pasillo, de las filtraciones y de esa peculiar habilidad adventista para conocer una votación antes de que sea anunciada oficialmente.
Mi interés es otro. Como feligrés, como alguien vinculado al ministerio y como una persona que todavía conserva cierta dosis de idealismo eclesial, me interesa reflexionar sobre dos cosas celebro y considero esperanzadoras y, un asunto que aún me inquieta de las sesiones recientes del norte de México.
1. Una nueva generación toma responsabilidades
Celebro que una nueva generación esté asumiendo responsabilidades relevantes en la Iglesia. Mi generación. Pastores adultos jóvenes comienzan a ocupar espacios desde los cuales podrán influir en la cultura organizacional, las prioridades ministeriales y la relación entre administración, pastores y congregaciones.
No lo celebro porque la juventud sea una garantía de competencia, espiritualidad o innovación. No lo es. Una persona joven puede reproducir con notable eficiencia los vicios de generaciones anteriores. También puede aprender rápidamente que es más sencillo adaptarse a una cultura que transformarla.
Cambiar la edad de los dirigentes no equivale necesariamente a renovar el liderazgo.
Sin embargo, la llegada de una nueva generación sí abre una oportunidad para aportar:
— nuevas preguntas, — una sensibilidad distinta hacia las necesidades de las congregaciones, — mayor familiaridad con los cambios culturales y tecnológicos y, — posiblemente, una disposición renovada para escuchar.
No es poco.
Pero… —siempre hay un pero—, para que esta oportunidad se convierta en transformación, serán necesarias, en mi opinión, al menos dos condiciones:
a. Mentoría
La primera es que los líderes con mayor experiencia asuman seriamente la tarea de la mentoría. No me refiero a ofrecer consejos ocasionales, contar anécdotas ministeriales o enseñar cómo sobrevivir dentro de la organización. La mentoría profesional y cristiana requiere intencionalidad, objetivos, escucha, retroalimentación, acompañamiento y una transferencia progresiva de responsabilidades.
Mentorear no es fabricar imitadores.
El buen mentor no busca conservar el control a través de sus discípulos. Les ayuda a desarrollar criterio propio, les permite experimentar, acompaña sus errores y se alegra cuando llegan a hacer cosas que él mismo no habría imaginado.

b. La capacidad de observar y escuchar
La segunda condición es que la nueva generación conserve la capacidad de observar y escuchar. Llegar a una posición de liderazgo no significa haber comprendido automáticamente a la Iglesia. Las oficinas pueden producir una percepción engañosa de cercanía con el territorio. Los informes presentan datos; no siempre transmiten el cansancio de un pastor, la frustración de un joven, las preguntas de una familia o el desencanto silencioso de una congregación.
Quien deja de escuchar a la Iglesia termina dirigiendo una versión imaginaria de ella.
Por eso, la renovación generacional merece esperanza, pero no una esperanza ingenua. Debemos orar por los nuevos líderes, acompañarlos, hacerles preguntas, ofrecer colaboración y, cuando sea necesario, recordarles que la autoridad cristiana pierde legitimidad cuando deja de parecerse al servicio.
2. Nuevas personas en las comisiones
También considero positivo que personas que nunca habían participado en comisiones de nombramientos tengan acceso a estos espacios de deliberación. La participación no debería convertirse en patrimonio de un pequeño círculo de expertos en juntas, reglamentos y conversaciones estratégicas.
Naturalmente, incorporar personas nuevas tiene riesgos. Quienes desconocen estos procesos pueden ser más vulnerables a presiones informales, argumentos incompletos, lealtades personales o a esa práctica que en el argot interno podría describirse como “dirigir la junta” o, con menos elegancia, cabildearla.
Ojo… La manipulación rara vez se presenta como manipulación. Normalmente es más sutil, puede disfrazarse de experiencia, información privilegiada o preocupación por la obra.
Pero la respuesta a ese riesgo no debería ser mantener las comisiones en manos de quienes siempre han participado. El remedio sería peor que la enfermedad. La inclusión de nuevos delegados puede ampliar las reflexiones y el diálogo colectivo, romper círculos cerrados y convertir la participación institucional en una verdadera experiencia de discipulado.
Para ello, no basta con asignar una silla. Es necesario formar a las personas para deliberar.
Participar responsablemente en una comisión exige:
— comprender las funciones que se están evaluando, — distinguir entre popularidad y competencia, — reconocer posibles conflictos de interés, — escuchar argumentos opuestos, — valorar información suficiente — y proteger la dignidad de quienes son considerados.
Exige también confidencialidad.

Conviene aclararlo: confidencialidad no es lo mismo que secretismo. La primera protege a las personas y permite hablar con libertad responsable; el segundo evita la rendición de cuentas. Una comisión ética debe cuidar sus conversaciones sin convertir la opacidad en virtud espiritual.
Incluir nuevas voces es una buena señal. Pero renovar las sillas no siempre renueva la conversación. Si no se modifican las prácticas, los nuevos participantes pueden terminar aprendiendo los mismos hábitos que se pretendía superar.
La tarea que aún queda: regresar al campo
Hay, sin embargo, un asunto que todavía me inquieta: la dificultad que algunas personas experimentan para regresar al ministerio pastoral o a responsabilidades locales después de haber servido en la administración.
No pretendo juzgar las motivaciones de nadie. Comprendo que dejar una responsabilidad administrativa puede implicar duelo, incertidumbre y una sensación genuina de pérdida. También yo podría experimentar emociones similares. La administración ofrece posibilidades de influencia, redes de colaboración, acceso a decisiones y una plataforma amplia de servicio. Renunciar a ella no debe ser sencillo.
También comprendo el argumento de “aprovechar la experiencia” como una oportunidad de permanencia. La experiencia es valiosa y la Iglesia haría mal en desperdiciarla. Pero existen formas de aprovecharla que no requieren convertir los cargos en residencias prolongadas ni bloquear el desarrollo de nuevos líderes.
La experiencia puede transferirse mediante mentoría, asesoría temporal, formación de equipos o comisiones, documentación de aprendizajes y acompañamiento a quienes asumen nuevas responsabilidades. Pero, compartir experiencia no exige conservar indefinidamente el puesto desde el cual se adquirió.
Una cultura de liderazgo servicial debería permitir transitar entre funciones sin interpretar el regreso al campo como descenso, castigo o pérdida de estatus. Si pastorear una congregación se percibe como una posición inferior a trabajar en una oficina administrativa, quizá tengamos que revisar no solo nuestro sistema de nombramientos, sino también nuestra teología del ministerio.
El problema no es que alguien desee continuar sirviendo desde la administración. El problema aparece cuando la organización comienza a comunicar, aunque sea de manera implícita, que ciertos espacios representan promoción y otros retroceso.
En el cuerpo de Cristo no debería haber ministerios de primera y de segunda clase.
La circulación saludable del liderazgo permite que nuevas personas crezcan, que la experiencia se distribuya y que la organización recuerde que ningún dirigente es indispensable. Todos somos necesarios; ninguno es propietario de la misión.

En conclusión
Celebro, por tanto, las señales de renovación que he observado. Celebro que una nueva generación reciba responsabilidades. Celebro que nuevas personas participen en espacios de deliberación. Celebro la posibilidad de que estas decisiones contribuyan a transformar la cultura organizacional de la Iglesia en el norte de México.
Pero celebrar no significa dejar de pensar.
Una nueva generación puede repetir prácticas antiguas. Una comisión más diversa puede ser conducida por los mismos mecanismos informales. Un discurso sobre liderazgo servicial puede convivir cómodamente con la búsqueda de estatus. La renovación verdadera no sucede cuando cambian los nombres en un organigrama, sino cuando cambian las maneras de ejercer la autoridad, formar líderes y relacionarnos con la misión.
Además, necesitamos una Iglesia donde la experiencia no cierre espacios, al contrario, desarrolle más oportunidades; donde la mentoría produzca personas libres y competentes, no dependientes; donde participar en una comisión sea una escuela de discipulado y compromiso con la misión; y donde dejar un cargo no sea interpretado como dejar de ser útil o retroceso.
¿Y cuál es mi rol en todo esto? Creo que la respuesta está en la actitud de los pioneros adventistas que, construyeron un movimiento que hace preguntas. Un movimiento que busca la verdad, la examina, la vive y la comparte. Recuperar ese espíritu implica cultivar una fe que piensa, una autoridad que sirve y una organización que nunca olvida por qué existe.
Oremos por quienes han recibido nuevas responsabilidades. Velemos para que las buenas intenciones se conviertan en prácticas coherentes. Y trabajemos para que las sesiones cuadrienales no sean solamente momentos para elegir dirigentes, sino oportunidades para renovar nuestro compromiso con el discipulado y la misión.
¡Maranatha!
메타데이터
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