¿Por qué idolatramos a criminales?
En diálogo con sus protagonistas, la película documental “Los ladrones: la verdadera historia del robo del siglo” recrea el robo más audaz…
¿Por qué idolatramos a criminales?
En diálogo con sus protagonistas, la película documental “Los ladrones: la verdadera historia del robo del siglo” recrea el robo más audaz de la historia argentina. Lo que revela dice más de nosotros que de ellos.
Por Delfina Cuevas
“En barrio de ricachones, sin armas ni rencores, es sólo plata y no amores” — Los ladrones del siglo.
Todo parecía ser una mañana cualquiera el 13 de enero de 2006. Sin embargo, la tranquilidad de San Isidro se esfumó cuando un grupo de ladrones irrumpió en la sucursal del Banco Río de Acassuso. Con armas de juguete, tomaron a 23 rehenes y durante siete horas mantuvieron en vilo a la policía, al Grupo Halcón y a todo el país.
Mientras afuera se desplegaban cientos de efectivos y el operativo policial copaba la manzana, adentro los asaltantes negociaban con calma, pedían pizzas y hasta le cantaron el cumpleaños a una rehén. Cuando finalmente la policía entró al banco, los chorros ya no estaban: habían escapado en gomones por un túnel subterráneo que excavaron durante meses, llevándose más de 19 millones de dólares en efectivo y kilos de joyas extraídos de 143 cajas de seguridad. Los periodistas lo describían en esa época como “el robo más espectacular de la historia argentina”, llamándolo también “el robo del siglo”.
El documental “Los ladrones: la verdadera historia del robo del siglo”, dirigido por Matías Gueilburt y estrenado en Netflix en 2022, reconstruye ese hecho a través de los testimonios de cuatro protagonistas principales: Fernando Araujo, “el artista”; Luis Mario Vitette Sellanes, “el actor”; Rubén “Beto” de la Torre, “el hampón”; y Sebastián García Bolster, “el ingeniero”. Del clan solo faltaron Julián Zalloechevarría, “el paisano”, “El Doc” y “El Nene”, de estos dos últimos nunca se supo la identidad. Todos hablan por primera vez ante las cámaras, luego de haber cumplido parte de sus condenas y recuperado la libertad.
[embed]“Los ladrones: la verdadera historia del robo del siglo”. Tráiler oficial del documental de Netflix.
También cuenta con los testimonios de Walter Serrano, “el guardia”; Estela Maris, “la clienta”; Leandro, “el bancario”; Miguel Ángel Sileo, “el negociador”; y Gastón Garbus, “el fiscal”.
La película recorre la planificación del robo, que llevó más de un año, el desarrollo del asalto y la fuga, pero también la caída de la banda: al mes del golpe, Alicia Di Tullio, la esposa de De la Torre, delata a sus cómplices y las detenciones se suceden una a una. Los investigadores solo pudieron recuperar una parte mínima de lo robado. En 2010 los cuatro son condenados a penas de entre 9 y 15 años, aunque ninguno llega a cumplirlas en su totalidad.
El famoso “Donatello Project”, no por el Renacimiento sino por las Tortugas Ninja, fue un plan de precisión. Araujo declara que se encargó de estudiar la psicología del Grupo Halcón, la toma de rehenes y las frecuencias policiales, y que sabían que tenía que ser con armas de juguete para que la condena fuera menor. Para él, conocer al enemigo es cuando la guerra casi está ganada. “Tenía que tener algo de arte” y vaya que lo logró.
El documental realmente te atrapa. La fotografía, la música, la historia. El robo del siglo se recreó de distintas maneras por su valor cinematográfico, pero esta vez verlo actuado y reconstruido por quienes lo hicieron es escalofriante. Me sorprendió tanto su nivel de actuación que tuve que buscar fotos de los protagonistas en la actualidad para verificar si realmente eran ellos. Me lleva a pensar todo el tiempo en qué se les pasará por la cabeza cuando recrean las escenas de su propia vida: cuando planifican el robo, cuando asaltan y cuando los detienen.
Y ese detalle de actuación, sumado al asombro por esta historia, me asusta. Me atrapa su ingenio, su inteligencia, y me empiezo a olvidar de quiénes son. De verdaderamente quiénes son. Su historia completa.
No estamos hablando de Álvaro Morte, Pedro Alonso o Úrsula Corberó. Ya no hablamos de protagonistas de series puramente ficcionales como La casa de papel. Estamos hablando, en el caso de Luis, del famoso “hombre de traje gris” que entró prófugo al país y siguió cometiendo delitos con total tranquilidad. Él mismo lo dice en el documental: “Si bien mi primer delito no tiene nada que ver con un robo, allí conocí la cárcel, conocí la cárcel de verdad. Y cualquiera que conozca la cárcel, cuando sale, no es el mismo y aprende todo tipo de delito. Te vas convirtiendo en un delincuente. Y ¿qué hace un preso prófugo en un país extraño? Se vincula con delincuentes”.
O hablamos de Alberto de la Torre, que al momento de su detención había estado preso casi 20 de sus 52 años por robos calificados y secuestros extorsivos. En este robo lo condenaron a 15 años y solo estuvo 8 años y medio.
A Araujo lo condenaron a 14 años, pero en definitiva estuvo un año y medio preso. Apenas fue detenido pasó 20 días en prisión y fue liberado. No tenía pulsera, podía ir a dar clases al gimnasio. Así estuvo hasta que cuatro años después se realizó el juicio. Sebastián estuvo 25 meses detenido en penal o comisaría y 2 años en domiciliaria, cuando debería haber cumplido una condena de 9.
Y vos pensás estos datos en frío y decís que son unos hijos de puta. Pero ves el documental, te metés en la historia, y ya no pensás en cómo la pasaron los rehenes y sus familias durante esas 7 horas. No pensás en el sacrificio de esas personas para juntar esa cantidad de dinero, y más apenas unos años después del 2001. Algo tuyo quiere que esos protagonistas que “actúan” se salgan con la suya.
Mi crítica no apunta tanto a cómo está realizado el documental, ya que considero que cumple su objetivo de contar la verdadera historia del robo del siglo, sino más bien a lo que nos hace sentir y a cómo actuamos frente a eso. El cine refleja lo que somos como sociedad. Y al ver este documental no puedo evitar hacerme las siguientes preguntas: ¿qué tan efectiva es la justicia argentina? ¿Cómo nos comportamos como sociedad frente a estas personas?
El problema no es la reinserción en la sociedad, sino que, en palabras del propio Araujo: “hay gente que, de golpe, idolatra este hecho, que lo ve como… no sé, algo fuera de serie. Pero convengamos que no es una obra de caridad. Es un robo”. Los propios criminales contaban que la gente los paraba para felicitarlos y pedirles autógrafos.
Un ídolo es una imagen de culto adorada porque se la considera una divinidad. Y si se la considera divina, se la considera intocable. Entonces, ¿por qué convertimos en ídolos a los criminales? Porque pareciera que eso es exactamente lo que hacemos: volverlos intocables.
En 1985, María Bernardina de las Mercedes Bolla Aponte de Murano, más conocida como Yiya Murano o la envenenadora de Montserrat, fue condenada a prisión perpetua por estafar, envenenar y asesinar a tres de sus amigas. La libertad llegó antes de lo esperado: en 1995 salió de la cárcel por una reducción de pena y la aplicación de la ley del “dos por uno”. Después de eso, en vez de recibir condena social, se convirtió en una estrella de la mesa de Mirtha. Notas periodísticas a cambio de dinero, venta de merchandising y subastas como la del juego de té que usó para envenenar, a partir de 20.000 dólares.

Yiya Murano años después en una entrevista.
Y hoy, en pleno 2026, en la provincia de Córdoba, tenemos a Claudio Barrelier. Un hombre de 33 años, padre, hincha de Instituto, militante peronista y, sobre todo, empleado de la Municipalidad de Córdoba, a pesar de que en mayo de 2025 ya tenía antecedentes por privación ilegítima de la libertad calificada y violencia de género. Solo 20 días estuvo preso. Pagó la fianza y continuó con su vida con normalidad. Un año después se convirtió en el femicida de Agostina, una niña de 14 años. Claudio no ideó el robo más legendario de Argentina, pero se llevó más que eso. Y como él hay miles. No le piden autógrafos ni se subastan sus tazas de té, pero igual lo idolatran, lo vuelven intocable y lo protegen. Lo vuelven intocable cuando no escuchan la primera denuncia. Lo protegen cuando le echan la culpa a la víctima y un medio de comunicación habla de la “soltura” de una nena de 14 años.

Claudio Barrelier vía Instagram
Y en los tres casos se nota algo: todos estaban entre nosotros. Son parte de una familia típica de clase media, van a la iglesia, estudiaron.
No importa si se trata de la primera asesina serial de los 70, del robo del siglo de los 2000 o de cualquier femicida que aparece cada 31 horas en Argentina.
En este mundo al revés pareciera que quienes cometen delitos la pasan mejor. Quienes envenenen y maten en serie se convertirán en estrellas de pop. Quienes roben sumas inexplicables y tomen rehenes pasarán a ser grandes actores de Hollywood. Y quienes en Cofico, Córdoba, desnuden, maniaten y priven de libertad a una mujer tendrán un puesto de trabajo en el Estado. A este mundo al revés hay que girarlo.
메타데이터
- post_id
- 1a0ef1c3ff26
- slug
- por-qué-idolatramos-a-criminales-1a0ef1c3ff26
- url
- https://medium.com/@delficuevas13/por-qu%C3%A9-idolatramos-a-criminales-1a0ef1c3ff26
- canonical_url
- https://medium.com/@delficuevas13/por-qu%C3%A9-idolatramos-a-criminales-1a0ef1c3ff26
- author_url
- https://medium.com/@delficuevas13
- status
- ok
- fetched_at
- 2026-07-10 05:19:05