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Mucho más que la última misa

La muerte del Indio y el impacto que provocó en la mayoría de nosotros, nos obliga a mirar algo que va mucho más allá de la desaparición…

Lucas Alvarez · 2026-06-08 02:33 · 0 claps · 4.4 min read
#duelo #psicologia-social #rock-nacional #indio-solari
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Mucho más que la última misa

La muerte del Indio y el impacto que provocó en la mayoría de nosotros, nos obliga a mirar algo que va mucho más allá de la desaparición física de, quizás, el músico más importante de la historia del rock nacional.

Miles y miles de personas en la calle, primero en plaza de mayo, después en el obelisco y desde ayer revolucionando mi ciudad natal, Avellaneda, que se convirtió en la sede de lo que ya podemos afirmar que es el acontecimiento social más impactante de los últimos tiempos.

Conmueve ver familias enteras, congregarse a despedir al Mister, Dando testimonio de cómo los redondos, le salvaron la vida o como fueron refugio cuando todo parece que se va a la mierda, cuando se te va tu viejo o tu vieja antes de tiempo, cuando la guita no alcanza y los demonios te susurran al oido para tomar malas decisiones.

Porque quienes crecimos en los 90 y atravesamos la crisis del 2001 aprendimos demasiado temprano que a veces la intemperie llega sin avisar.

Y es ahí donde se siente, que lo que aparece es mucho más que la tristeza colectiva de despedir un ídolo. Siento que, parafraseando a La Renga, se está terminando esa tensa calma que antecede el huracán. Puede parecer exagerado pero como dijo uno de los ricoteros en plaza de mayo, cuando todo está mal el Indio nos enseñó que hay que pararse de manos.

No solamente por el clima político actual que naturaliza la crueldad y convierte al que no piensa como ellos, en un enemigo.

Sino, yendo más a fondo, es ser consciente que estamos viviendo en una época que hizo del individualismo extremo una forma de vida. Nos enseñan a competir más que a cooperar, a destacarnos más que a encontrarnos, a construir una identidad propia antes que un destino compartido

Las redes sociales nos invitan a exhibirnos permanentemente, las aplicaciones están diseñadas para la satisfacción instantánea, efímera y trivial. Y, lamentablemente la política de un tiempo a esta parte interpelo a buena parte de la sociedad desde el enojo. Entonces, todo nos lleva a creer que pareciera haber cada vez menos espacios donde reconocernos como parte de algo común.

Por eso las imágenes de esta despedida emocionan, como también la masividad del Ni Una Menos, o la marcha por los 50 años del golpe cívico-militar. Es lo que nos demuestra que la necesidad de pertenecer a algo más grande y de reafirmarnos en nuestra identidad colectiva, está ahí latente siempre.

Un pueblo, no olvida.

Ya lo decía Pichón-Rivière que nadie se construye en soledad. Somos sujetos de vínculos. Nos construimos en relación con otros, en grupos, en experiencias compartidas, en proyectos colectivos. Sin embargo, la IA con sus prompts condescendientes y sus promesas de resolverlo todo, insiste en convencernos, lógicamente, de que somos individuos autosuficientes, responsables absolutos de nuestros éxitos y fracasos.

La despedida del Indio nos recuerda otra cosa : Que seguimos necesitando al otrx, Más cuando en el encuentro, en el abrazo compartido, está el consuelo y el alivio a tanta tristeza.

En este sentido, Didier Eribon escribió sobre las heridas que dejan las rupturas con los mundos de pertenencia. Porque cuando una comunidad desaparece no se pierde solamente un espacio o una tradición. También se pierde una parte de nosotros mismos.

Y quizás eso explique la emoción que nos atraviesa a tantos al mismo tiempo. No estamos llorando solamente la muerte de Carlos Alberto Solari. Estamos despidiendo una parte de nuestras propias vidas. Una época, un lenguaje compartido, una forma de encontrarnos con los propios, familia, amigos pero también, fundamentamentalmente, con ese otro que no conozco quizás y sin embargo los recitales, las letras y la música de los redondos, nos hermana.

Lo reafirmo una vez más durante décadas, el universo ricotero fue mucho más que música. Fue un acontecimiento social. Una identidad cultural. Un punto de encuentro para personas que no necesariamente pensaban igual ni vivían de la misma manera, pero que encontraban ahí algo que las unía.

Hoy, cuando gran parte del discurso público parece organizado alrededor de la fragmentación, el enfrentamiento y la desconfianza, resulta conmovedor ver cómo miles de personas vuelven a reunirse alrededor de una memoria común.

Como si por unas horas reapareciera eso que creíamos perdido.

Otro filósofo que en lo personal me gusta mucho, Nietzsche , advertía que las sociedades necesitan construir sentidos compartidos para no caer en el vacío. Cuando esos sentidos se debilitan aparece el nihilismo: la sensación de que nada tiene demasiado valor y de que cada uno debe arreglárselas por su cuenta.

Quizás por eso el Indio trascendió tanto la música. Porque para muchos representó una forma de resistencia frente a ese vacío. No porque tuviera todas las respuestas.

Sino porque ayudó a construir una pregunta colectiva. La pregunta por el nosotros.

Tengo casi cuarenta años. Pertenezco a una generación que creció entre promesas incumplidas, crisis económicas, transformaciones culturales profundas y búsquedas personales muchas veces difíciles de explicar. Una generación que aprendió demasiado temprano que las certezas podían desaparecer de un día para otro.

En medio de todo eso, el Indio estuvo ahí. Como estuvieron ciertas canciones, ciertos libros o ciertas películas que terminan formando parte del paisaje emocional de una época.

No fue necesario haber ido a todos los recitales. Ni saber cada letra de memoria. Alcanza con reconocer que hay algo de nuestra historia circulando en esas canciones y en las personas que las hacen propias.

Por eso, cuando veo que somos una multitud despidiéndolo, siento que no estoy siendo parte solamente de un funeral de quien marcó una era.

Estoy viendo uno de los últimos grandes rituales colectivos de la Argentina. Y, paradójicamente, también una señal de esperanza.

Porque si miles de personas todavía son capaces de reunirse alrededor de una memoria compartida, de una emoción común y de una historia que sienten propia, entonces tal vez el individualismo no haya ganado del todo.

Tal vez, incluso en medio de tanta crueldad, tanta fragmentación y tanto desencanto, siga existiendo algo profundamente humano que se niega a desaparecer.

Tal vez el verdadero legado del Indio no sean solamente sus canciones. Tal vez sea habernos recordado que ninguna vida se construye sola.

Que seguimos necesitando historias comunes. Que seguimos necesitando encontrarnos.

Y que, aun en tiempos que parecen empujarnos a vivir encerrados en nosotros mismos, todavía hay miles de personas dispuestas a cantar juntas una misma canción.

Quizás porque, en el fondo, siguen buscando lo mismo.

Porque entre las filas interminables, los abrazos, las canciones y las lágrimas, estamos despidiendo a una leyenda, pero también recordando esa idea que intentan desterrar, la certeza de que de esta, nadie se salva solo.


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