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Tradición, progreso y civilización

Las dos primeras dan forma a la tercera, siempre que el ritmo sea el correcto.

Plumígrafo in vocES en Español · 2025-11-14 12:25 · 53 claps · 4.1 min read
#cultura #ensayo #tradicionalismo #progreso #progresismo
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Tradición, progreso y civilización

Las dos primeras dan forma a la tercera, siempre que el ritmo sea el correcto.

“El cisma” por Jehan Georges Vibert (1874)

“El cisma” por Jehan Georges Vibert (1874)

Es probable que nuestra vida como civilización se resuma en un intento de responder a la pregunta acerca del sentido y lo cierto es que hemos demostrado ser bastante ineptos para conseguir ese objetivo. La frustración que produce la paz nos lleva a buscar sentido en la nada, pero cuando estamos en medio del caos volvemos a anhelar la paz que nos da la certeza. Una y otra vez, nos aferramos a esos diminutos recuerdos de nuestra infancia o, cuando hablamos de naciones o culturas, a nuestra Edad de Oro.

En medio de la locura contemporánea, anhelamos la sencillez y el aislamiento, lo que no es de extrañar si consideramos que estamos rodeados de ruidos, personas, dinero y objetos materiales. La proliferación de distractores nos lleva a una neurosis que nos hace estar ansiosos e intranquilos, siempre esperando algo, siempre respondiendo a alguna señal. Esta forma de vivir, tan reactiva y nerviosa, desestructura el orden que nos daba seguridad y paz interior. El problema es que no es fácilmente identificable con el mal, pues nos seduce, nos entretiene, nos da herramientas y nos ayuda (aunque sea en apariencia) a afrontar las dificultades del mundo que nos rodea.

Entonces estamos ahí, divididos espiritual e intelectualmente, anhelando la tranquilidad, pero luchando contra ella cada día. Creemos que estamos creando o fortaleciendo una civilización cuando, en realidad, la estamos horadando y destruyendo. En el aceleracionismo de la posmodernidad tardía, nos hemos convencido de que la civilización es la tecnología y el avance técnico, pero eso no es verdad. La civilización es el resultado del despliegue de la tradición y del progreso, en una relación que la modernidad ha intentado desestructurar con cierto éxito. Su tarea fue hacernos creer que ambas estaban en las antípodas, cuando en realidad su complementariedad es parte de las sutilezas de la existencia histórica.

La tradición y el valor del pasado

Por lo general, la tradición es entendida de una forma simplista. Lo que la mayoría de las personas entienden cuando escuchan el término es una referencia a una práctica repetida y perpetuada. En parte es cierto, las tradiciones se transmiten por la vía de la repetición. Aunque existan textos que expliquen cómo ha de realizarse esa práctica, las tradiciones se transmiten por la reiteración de un ritual. Ahora bien, esta percepción conlleva un error fundamental: la creencia de que la tradición es lo inalterado.

La verdad es que la tradición es una conexión de costumbres. Fluida y sutilmente, estas costumbres se proyectan hacia el futuro, conservando aquello que les es esencial. En suma, son una forma de comunicación entre el pasado y el presente que resalta la relevancia que tiene para nosotros lo que hicieron quienes vinieron antes, pues nos enseñan las lecciones de la historia de nuestra propia sobrevivencia. En este punto, la tradición se conecta con los términos historia, memoria y mito, pero esa es una relación que trataremos en algún otro momento.

El progreso y el valor del futuro

Así como creemos que la tradición es aquello que se reitera y se mantiene inalterado, también hemos dejado que la modernidad nos haga creer que el progreso es el avance y la mutación constante. Tanto es así que cada movimiento artístico, político y cultural de la modernidad ha decidido concentrarse en el cambio perpetuo y, por ende, en la novedad y juventud como única virtud posible.

Nuevamente, el error es aislar el concepto. El avance solo puede darse en el tiempo y, por lo mismo, es inseparable de su pasado. Para algunos, la aceleración del tiempo ha llevado a su completa atomización. Como la transformación se ha acelerado tanto, el presente y el futuro se confunden y se aíslan. Bajo esta mirada, no habría pasado que fuera posible.

La civilización: conexión entre pasado y futuro

Es posible (debo estudiarlo a fondo) que la ideologización excesiva de la discusión sobre la tradición y el progreso nos haya encerrado en un callejón que no tiene salida más que su entrada. Quienes le han declarado la guerra a la modernidad han adoptado la misma posición de quienes la defienden, puesto que han pretendido aislar a la tradición como un elemento inalterado y conservado en un pasado remoto.

Por otro lado, quienes han hecho de la tradición su más terrible enemigo, se esfuerzan por tomar al futuro como el presente del progreso en permanente transformación. Como nada permanece, nada tiene valor y todo es reemplazable e intercambiable.

Pero la verdad es que los seres humanos no funcionamos así. Hasta el progresista más acérrimo necesita y posee anclajes que le dan estabilidad. Esto es porque el ser humano tiene una tendencia natural a la valoración de su contexto. No es correcto confundir esto con la resistencia al cambio, aunque se relacionan.

La tradición como valoración de los que nos precedieron y el progreso como transformación y mejoramiento se complementan bastante bien cuando se les permite seguir el ritmo correcto. De su sana relación han nacido las reglas morales, la filosofía, la retórica, el arte y la prudencia de las humanidades. La civilización, bien diría Norbert Elías, no son los avances técnicos, sino las reglas que subyacen a ellos.

El refinamiento de nuestras costumbres es una mezcla de respeto por el pasado y mejoramiento progresivo. Es también una alusión al cuidado de los detalles, al amor por la excelencia y al cuidado por las relaciones armoniosas. También es una forma de gestión del cambio (perdonen la cursilería), pues reconoce que existe una resistencia y promueve su reemplazo lentamente, sin alterar lo que es esencial. Cuando este ritmo se corrompe, ya sea para detener el avance o para acelerarlo, lo que resulta es el vaciado de sentido de los hábitos para el primer caso o el abandono de las pulsiones irracionales para el segundo.

No cabe duda de que, quizás, deberíamos cambiar el foco dialéctico del estudio de la tradición y el progreso y concentrarnos más en la sutileza de la fluidez del cambio y en el desarrollo de la civilización como intermediaria entre ellos. Quizás así logremos algún avance que supere el estancamiento presente.


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