El deber de los vivos con los que se fueron
Todas las mañanas, mirándome al espejo, rezo esta oración: Mira que te mira Dios, / mira que te está mirando, / mira que vas a morir, /…
El deber de los vivos con los que se fueron

Todas las mañanas, mirándome al espejo, rezo esta oración: Mira que te mira Dios, / mira que te está mirando, / mira que vas a morir, / mira que no sabes cuándo.
Desde que el humano es humano, el temor a lo desconocido que evoca la muerte es un hecho que construye y otorga significado a lo religioso, en el sentido más primigenio. Al contrario de lo que algunos modernos e intelectuales de salón con muchas lecturas creen, la religión es, en primera instancia, ‘religare’: la atadura entre el aquende y el allende; entre el mundo de los vivos, los que «están», y el de los muertos, los que «no están». Y es que el verbo estar no es de hecho preciso, pues apela a erguirse o a la existencia y, realmente, en el sentido material, el muerto ya no existe y no puede erguirse, pero «habita» en un lugar, más allá de la memoria del vivo que no lo olvida, que es capaz de «contenerlo». Me refiero obviamente al sepulcro.
Theodor Adorno aseguraba que lo humano consistía en la presencia de lo ausente y los cementerios, además de las iglesias, son el epítome de esta gran verdad, pues en ellos opera la firme creencia de los vivos que los visitan de que los muertos, de alguna forma, «están» sin estar, «existen» en su ausencia. Lo mismo ocurre con Dios en su hogar. Y es así como el humano separa y a la vez, con esa separación, discierne entre lo sagrado y lo profano. Odi profanum vulgus et arceo, decía Horacio, en un alarde de superioridad casi nihilista de querer negar la profanidad antropológica incluso en los poetas. Es evidente que se equivocaba porque si bien no somos iguales en vida, la muerte nos iguala, pues de ella nadie escapa.
Todas las mañanas, mirándome al espejo, rezo esta oración: Mira que te mira Dios, / mira que te está mirando, / mira que vas a morir, / mira que no sabes cuándo. Tales palabras resonaban antaño en la consciencia de los vivos como las de Mateo (25:13) ante la llegada de Él [vigilate quia nescitis diem neque horam]. Ciertamente, no sabemos cuándo ocurrirá, ni cómo, ni por qué, pero nuestra condición mortal insoslayable, pese a los constantes intentos de las ciencias y, a día de hoy, del transhumanismo para evitarla, nos empuja — o nos debería empujar— a desear una vida plena (no confundir con atiborrada), y tal como decía Jung «la vida no vivida es una enfermedad de la que se puede morir».
Ahora bien, hoy no quisiera dedicar más párrafos a los vivos. Mi detenimiento esta tarde para escribir tiene la única intención de convencer al lector de visitar mañana, día de los difuntos, a sus allegados en el segundo lugar donde «existen». Como ya he dicho antes, el primer lugar es la memoria de los vivos, del recuerdo. Recordar significa guardar en el corazón, y ese es el primer hogar de los muertos. No obstante, ese recuerdo no basta. Debe visitarse también el segundo hogar. Y esto es algo que no puedo explicar. Es una afirmación que debe comprobarse empíricamente; se sabe al asistir año tras año al cementerio y toda palabra acerca de ello sobra.
Tras la misa de esta mañana, he estado revisionando la película ‘El séptimo sello’, de Bergman. Una escena me ha conmovido. Un pintor, al principio del largometraje, terminaba su obra, ‘la danza de los muertos’, en una iglesia. «Me parece que conviene advertir al pueblo que tiene que morir», respondía al uno de los protagonista, el escudero Jöns, tras decirle éste que por qué pintaba tal estupidez. Ese pensamiento tan cínico, que a pesar de su cinismo no niega la inexorabilidad de la muerte, está tan presente en nuestros tiempos que no es de extrañar en absoluto que haya sepulcros sin flores, tumbas por limpiar y muertos sin visitar. De hecho, ocurre también con los ancianos que, aun vivos, «mueren »siendo olvidados por aquellos que también deberán rendir cuentas más tarde. Así, mientras el recuerdo es vital, el olvido es mortal, lo perenne está en los corazones, en los templos y en los sepulcros y, mientras nosotros no nos traslademos a esos lugares sagrados, es nuestra obligación mantener esa tradición que edifica el Allende como humanos que somos.
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