Misericordia, de Alain Guiraudie
Pese a su minimalismo, o tal vez por eso, la profundidad filosófica que tiene Misericordia parece de otro mundo. No es juego de palabra: la…
Misericordia, de Alain Guiraudie
Pese a su minimalismo, o tal vez por eso, la profundidad filosófica que tiene Misericordia parece de otro mundo. No es juego de palabra: la misericordia del título de esta película francesa del director de **El desconocido del lago**, hace referencia directa a una dimensión religiosa que apunta literamente al perdón empático y real, no al oportunista perdón que se pide para los medios y al que parecemos acostumbrarnos, no sin cierta violencia.

“¿Cómo vivir con esto?”, le dice Jeremie al cura frente al abismo al que está por arrojarse. “-Se tiene que arreglar para acordar con su conciencia, todo el mundo lo hace.” El centro de la película gira de pronto en torno esta conversación (la de la foto que ilustra esta nota), en medio de ese paisaje esplendoroso de un interior francés en la que seguidamente el sacerdote enumera los males del mundo actual y enfatiza algo así como a nadie le importa, por qué le va a importar a Ud. Pero hay una pista en este sacerdote que lo saca de su habitual tarea de salvar el alma de las ovejas descarridas y en su propio descarrío encuentra la salvación del ser que ama. Cuando la mentira y la culpa azotan a Jeremie, la voz de la Iglesia le dice que puede ocultar para salvar: una respuesta lógica, fuera de toda norma, pero lógica.
Aunque, ojo, Jeremie que ha llegado al pueblo para el funeral de su antiguo patrón, no es un personaje que pueda simpatizarnos. Porque en su rareza, en su capacidad de invasividad, en su carácter de convertirse en el centro de los amores de todos, o casi, en la inexpresividad de su cara es un personaje que nos expulsa. Recuerda en algo a Malcolm McDowell, menos excéntrico, más apático, más escéptico.
Aún en su religiosidad, Misericordia es una película escéptica que se ubica bien en el centro de este tiempo actual, y el escepticismo de Jeremie, como significado absoluto, el sinsentido de su existencia tiene una única respuesta en el absurdo. ¿Por qué pedir y usar la ropa del muerto? ¿Por qué quedarse en esa casa, casi atraído por una fuerza imantada con tono buñueleano: por qué el policía aparece en la cama de Jeremie, a las 2 de la mañana, increpándolo, interrogándolo aprovechando su sueño, como si hablar en sueños fuera el lugar de la verdad. ¿Por qué usar la ropa de Walter, desearlo, acosarlo? ¿Por qué nacen sobre la tierra esos hongos? ¿Por qué el bosque es un espacio de pasaje? ¿Por qué el cura aparece siempre?No hay racionalidad en esos comportamientos ni en esos hechos.
El erotismo en Misericordia ya no aplica a los cuerpos jóvenes que se revuelcan en la orilla del lago, sino que hay un soslayo, un costado. No hay sexo aquí, hay deseo, pero el de las personas mayores o el de los cuerpos no hegemónicos (lo queer también está allí) el de la gente común, la de un pueblo en el interior de algún país del mundo.
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