#Ellas52: Rosario (41/52)
[…] Sólo la fiebre y la poesía provocan visiones. Sólo el amor y la memoria. No estos caminos ni estas llanuras. No estos laberintos…
#Ellas52: Rosario (41/52)
[…] Sólo la fiebre y la poesía provocan visiones. Sólo el amor y la memoria. No estos caminos ni estas llanuras. No estos laberintos. Hasta que por fin mi alma encontró a mi corazón. Estaba enfermo, es cierto, pero estaba vivo […]
Sucio, mal vestido. Roberto Bolaño

I
La fiebre ganó la batalla de esta tarde. Al rendirme, dejé caer todo el peso en el sofá cama beige que en estos últimos meses me resguarda. Me tapé con la cobija azul, cerré los ojos y empecé a hundirme en el sueño tembloroso mientras acariciaba la textura del sillón. En cada movimiento aletargado, algo cambiaba en los hilos, eran otros, más gruesos. Entonces la punta de mis dedos me llevó hasta aquel sillón gris de la sala del departamento en Fuentes Brotantes, el lugar donde vivíamos cuando tenía cinco años y me atacaron las paperas.
II
Las mañanas con una hija enferma eran difíciles para mamá, pero en el departamento de al lado vivía la señora R, y era nuestra aliada.
Esas mañanas cobijadas por mi sillón-guarida y la cobija café con amarillo, tejida por mi abuelita Clementina, regresan a mi memoria acompañadas por el sabor de la manzana hervida y las visitas constantes de R que entraba a cuidarme.
R era cariñosa a su modo, me parecía un poco seria, pero me gustaba que estuviera cerca. Sé que me platicaba, no sólo durante la enfermedad, también las veces que me recogía en el kínder donde la maestra Susana me impactaba con su melena y los ojos pintados de azul. Sé también que me gustaba jugar con los dos hijos de R, David y Paco, y gracias a una foto he comprobado que hasta algún pastel de cumpleaños compartí con ellos.
¿Ocuparemos nosotros, la familia del departamento de al lado, un lugar en su memoria?
III
Si hoy caminara por las calles del sur de la ciudad y me la cruzara, no la reconocería. Es parte de una serie de recuerdos que se parecen más a un sueño.
Lo borroso de su rostro en mi memoria permite, en estas horas febriles, combinar sus facciones con todas aquellas mujeres que me han abrazado durante alguna enfermedad. Mamá, abuela, tía, vecina, mamás prestadas, con sus manos me untaron el ungüento del saber dar, pero también el de saber recibir. Y aunque ese último es sanador, hoy reconozco que a veces me resulta difícil de aceptar, a pesar de que en esos días no lo fue.
Abro los ojos. ¿Por qué tengo la cobija azul tan bien acomodada?
Ya entiendo, en este viaje sueño-recuerdo, los cuidados de R llegaron hasta a mí, precedidos por sus acostumbrados pasos sigilosos para no despertarme. Tal vez, porque también sabía que, a estas alturas, me hubiera resistido. Aunque después viniera el arrepentimiento, porque entonces yo hubiera entendido que el amor en las horas de enfermedad también necesita ser recíproco. Recibir los cuidados es, al mismo tiempo, agradecer la disposición del otro para estar, aliviar y abrazar.
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