¿Qué es ese bodoque del fondo? (sobre Norma, de Santiago Giralt)
Reflexiones en torno a Norma, la historia de una mujer de 65 años que se anima a desaprender y transformar su visión de mundo para…
¿Qué es ese bodoque del fondo? (sobre Norma, de Santiago Giralt)
Reflexiones en torno a Norma, la historia de una mujer de 65 años que se anima a desaprender y transformar su visión de mundo para acercarse más a ella misma.
Título original: Norma Año: 2023 Duración: 93’ País: Argentina Dirección: Santiago Giralt Guion: Santiago Giralt — Mercedes Morán
Además de todos los mandatos que Norma fue cumpliendo, se rebela frente al último gran mandato que recibimos las personas, que es: a determinada edad ya está, organizá lo que tenés, lo que construiste, no revises nada, no persigas el deseo. (…) Hay una frase muy reconocible que es “oh, qué adolescente que es”, primero, demonizando la adolescencia, y segundo, sí, es verdad que a partir de los 50, 60, otra vez, cómo en la adolescencia, empiezan muchos cambios en los organismos, y a mí me parece que resignarte, y que te quieran resignar y jubilar, no. Yo me resisto a ese mandato, yo quiero seguir persiguiendo la felicidad, el deseo, los sueños hasta el último momento de mi vida.
MERCEDES MORÁN¹
Hay algo de la película que tiene que ver con una persona que rompe las normas, que rompe las reglas, que se porta un poco mal para luego ser un poco más feliz, que me parece que ha identificado un rango de espectadores más grande del esperado al inicio.
SANTIAGO GIRALT²
Cuando somos niños pedimos que nos cuenten el mismo cuento una y otra vez. Rechazamos cualquier innovación en la historia, porque en la repetición encontramos el goce. (…) Desde nuestra escasa experiencia de vida, la realidad se muestra gigantesca, desconcierta y atemoriza con sus constantes cambios. Entonces los cuentos vienen a tranquilizarnos. En cada repetición confirmamos que hay verdades que no se modifican con el tiempo. Sin ser reales, esas historias son tierra firme donde hacer pie cuando algo desconocido amenaza nuestro suelo de pocas certezas.
LUISA IRENE ICKOWICZ³
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Norma no es una mujer, es un símbolo. Es decir, sí, es una mujer. Una mujer llamada Norma que tiene 57 años, vive en un pueblo del interior, tiene un marido, una hija, lleva la vida acomodada de un ama de casa con buen pasar económico. Pero, antes que eso (o después, o a través de), es un símbolo, un arquetipo. Norma, la mujer normada. La que ha vivido toda su vida enmarcada en un marco que no eligió.
Para Norma, las normas que rigen su mundo son únicas, indiscutibles, necesarias. Se desdibujan y se presentan como el mundo en sí mismo. La vida en “Las Tucas” (un pequeño pueblo ficticio que se entrega al juego de palabras con las otras tucas, las que no serán causantes, pero sí síntoma y catalizador del progresivo proceso de liberación de la protagonista) es así, así ha sido siempre, y así habrá de ser por los siglos de los siglos. No hay opción, ni tampoco habría por qué haberla. Se está bien así.
Las personas que rodean a Norma viven su vida de un modo uniforme y preestablecido. Se calzan el traje del rol que les fue asignado, juegan el juego que les tocó en suerte y cuyas reglas –claras, necesarias, indiscutibles– han sido pensadas en algún tiempo que ya ni se recuerda. Las reglas estuvieron ahí desde siempre y cada quien las adopta y adapta a su propia función: la mujer que calla y se esparce en su taller de pintura; el periodista que se alarma y se indigna ante la delincuencia y la inseguridad; la empleada doméstica que renuncia, se tiñe de rubio y se fuga con el hombre de la casa; el hombre de la casa que tiene camisa y juega al golf y afirma que sí, que en la pareja son felices, que no entiende por qué la pregunta, que qué más se puede pedir.

Mercedes Morán protagoniza y co-guiona este relato de transformación.
La película comienza con la renuncia intempestiva e inflexible de Rosita, la empleada doméstica que ha sido el pilar de la casa durante los últimos veinte años. Señora, me voy. Con ese simple aviso, que es a su vez maldición y sentencia, el mundo de Norma se desplaza, se corre un milímetro hacia un costado, y es ese corrimiento, enorme y diminuto a la vez, el que desencadena la tragedia.
Ya nada encaja con nada, el marco se ve claro ahora como lo que es: un marco estrecho y chato en el centro de una pared inmensa que no parece tener comienzo ni fin, una pared que asusta en su inmensidad, una pared a la que todos los de adentro condenan como peligrosa y amenazante, un lugar al que es mejor no acercarse, con el que es mejor no coquetear, no mirar siquiera para no ser tentado por todo aquello que, por amenazante, es igual de magnético.
El marco está torcido. Es apenas un milímetro, pero ese milímetro es insoportable.
Norma se queda sin empleada doméstica (la muchacha de confianza, la traidora, la desagradecida), y es tanto el trabajo que debe hacer ahora que los hombros le pesan, y la carga se vuelve tan pero tan pesada que la ayuda a marcar el límite. Hasta acá. Ignorar ya no es una opción. Jugar el juego ya no es una opción. Al menos no así, no de esta manera. Y si no hubiese sido la empleada hubiese sido cualquier otra cosa; no es la renuncia la que genera en Norma una profunda incomodidad con su manera de vivir, sino simplemente el hecho fortuito que desvela su mirada oculta, que aporta urgencia y extrema la incomodidad con su sobreadaptabilidad a un entorno castrante y opresivo.
Así, despierta y se apura una tendencia al interior de Norma que es profunda y que se opone a todo lo que ha asumido siempre como verdadero y necesario, una tendencia que ha aguardado silente a que llegue este momento, con la templanza y la confianza plena de quien sabe que en algún momento el momento, por mucho que tarde, va a llegar.
Y, cuando llegue, la transformación será inevitable.

Norma (Mercedes Morán) y Judith (Lorena Vega), su amiga-guía en esta nueva etapa.
Norma pinta. Su profesora de taller la reta como a una niña por salirse del borde, por apretar muy fuerte o muy débil el trazo, por no aplicar las técnicas que están aprendiendo — todos juntos, todo el grupo — en ese espacio y momento particular. ¿Qué es ese bodoque del fondo?, pregunta en una escena, espantada, la profesora. La pintura en proceso se muestra de espaldas. Frente a ella, y frente a cámara, la tallerista, los compañeros y Norma, con la sonrisa pícara de la niña llena de tierra a la que ningún grito le quitará el placer de haberse embarrado. Esa soy yo, responde.
En un gran acierto, la pintura no se muestra al espectador en ningún momento de la película. Esa pintura, autorretrato libre, es el símbolo exacto del proceso identitario que está enfrentando la protagonista. Un proceso de transformación profunda que la lleva a ubicarse al fondo, a transgredir impunemente las líneas que le marca el entorno. A ser un bodoque, algo sin forma y sin nombre, algo distinto de lo que alguna vez fue y de lo que su esposo, y su hermana, y su madre, y su profesora de taller han esperado — y han obtenido — siempre de ella.
Y es que sólo corriéndose a ella misma del centro, solo animándose a dibujarse así, al fondo y como un bodoque, a mirarse de frente como algo oscuro e informe, solo así puede mirarse de nuevo como si fuese esta la primera vez; construirse desde cero, atendiendo ya no a su edad, ni a su apariencia física, su clase, su oficio, sus modales aprendidos, sino exclusivamente a lo más limpio y profundo en el interior de su alma, a eso que una vez fue y que fue siempre, pero que tenía muchos, demasiados velos obstruyendo la visión, y que ahora, a sus cincuenta y siete años, recién nacida, se dispone a ver.

Norma no es una mujer, es un símbolo, y una invitación.
A todas aquellas mujeres que en algún momento de su juventud alzaron una mochila pesada y elegida a medias, y empezaron a caminar, desdibujando progresivamente su propia individualidad en pos de un marido, unos hijos, una crianza, una casa, un descanso, otra crianza — de nietos esta vez. Pero también una invitación que se abre a todas aquellas personas que, estén en el momento de su vida en el que estén, sientan que hay una cierta distancia entre lo que hacen y lo que son, una disonancia, por minúscula que sea. Un milímetro corrido del marco, que les puja, aunque se digan a sí mismos que no es nada, aunque le encuentren una y mil excusas y causas ficticias, aunque busquen el cambio en variantes artificiales del mismo sistema que les aprieta y los oprime en lo más profundo de su verdadero ser.
Una invitación a empezar de cero, a animarse a hacer las cosas de un modo diferente, a poner enfrente de sí un espejo, a pintarse como un bodoque, y animarse, esta vez sí, por primera vez y para siempre, a mirarse de verdad.
Notas [1] Entrevista radial en “Perros de la calle” (20/10/23) [2] Entrevista televisiva en “Teledoce informa” (23/10/23) [3] “En tiempos breves. Apuntes para la escritura de cortos y largometrajes” (2008). Ed. Paidós.
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