Un gallo para Esculapio, el regreso de Bruno Stagnaro a la TV
Luego de haber sacudido el cine con Pizza, birra, faso y la TV con Okupas, Bruno Stagnaro vuelve con Un gallo para Esculapio. Entrevista
Un gallo para Esculapio, el regreso de Bruno Stagnaro a la TV después de Okupas. Entrevista
Luego de haber sacudido el cine con Pizza, birra, faso y la televisión con Okupas, el nombre de Bruno Stagnaro dejó de estar visible. Ahora, a más de quince años de aquello, vuelve a encabezar un proyecto propio: la serie Un gallo para Esculapio, protagonizada por Peter Lanzani y producida por Underground. En esta entrevista cuenta qué fue de su vida en esos años de proyectos inconclusos.
Por Mariana Kairuz

Entre 1998 y 2000, cuando el país se preparaba para romperse (una vez más), Bruno Stagnaro estrenó, en cine y en televisión, dos ficciones que llegaban para romper con todo: la película Pizza, birra, faso (codirigida con Adrián Caetano) y la serie Okupas. Dos relatos que arrasaban con las anquilosadísimas, artificiosas, a veces sencillamente imposibles representaciones de pobres y marginales en la Argentina, y generaba nuevos modos de mostrar y de decir, buscando no tanto el realismo como sí un nuevo verosímil. Una idea, un posible acercamiento, algo que podía ser imperfecto pero que estaba decididamente vivo. Pizza… impulsó una de las vertientes que inauguró –junto con Mundo grúa y la pionera Rapado– el nuevo cine argentino, y Okupas se convirtió en un programa de culto visto infinidad de veces por al menos dos generaciones de fanáticos a través de YouTube. Stagnaro tenía menos de veintisiete años cuando estrenó la serie, y mientras que muchos de los que trabajaron con él desarrollaron carreras importantes en ambos medios locales, él pareció desaparecer, ocultarse en proyectos ajenos, encargos y otros asuntos que lo distanciaron durante una década y media del lugar prominente en el que muchos de sus seguidores lo hubiéramos imaginado.
Por esto es que el estreno de Un gallo para Esculapio, la nueva serie de nueve episodios escritos y producidos por Underground y dirigidos por él –que se verán desde mediados de agosto por TNT, Telefé y Cablevisión Flow– están destinados a convertirse en el “regreso” de Stagnaro, con una apuesta clara por la ficción que registra a su modo los diecisiete años de cimbronazos que vivió el país desde Okupas, y también la evolución de su sistema de representación. Lo primero que sorprende de este relato estructurado en torno al universo de las riñas de gallos y los piratas del asfalto es que Stagnaro vuelve a hacer verosímil lo improbable: Peter Lanzani interpreta a Nelson, un chico humilde y en principio un poco apagado que llega desde Misiones a Buenos Aires para traerle un gallo a su hermano. El acento misionero de Lanzani no solo no es la catástrofe y la vergüenza que este tipo de experimentos tienden a ser, sino que es creíble y nos compra de inmediato, metiéndonos de lleno en una historia ambientada en buena parte en Camino de Cintura, en escenarios que Stagnaro filma como si fuera un western, con una vitalidad asombrosa. Como si nunca se hubiera ido.
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“En mi recuerdo, Pizza… y Okupas están asociados, como si fueran parientes lejanos”, nos dice Bruno Stagnaro, en una entrevista para la que le roba algo de tiempo a la posproducción contrarreloj de los últimos episodios de Un gallo para Esculapio. “Hay algo del esquema de producción de Okupas que replicaba el de Pizza…, pero a Okupas la siento un poco más propia, no por haberla dirigido yo solo sino porque me identificaba más con el personaje de Rodrigo (de la Serna) cuando lo escribía, porque contaba el descenso de un pibe de clase media, alguien más cercano a mí. De tanto en tanto vuelvo a verla, y nunca se editó en DVD ni está en ninguna copia aceptable, se ve en YouTube para el orto, pero sigue existiendo y tiene una cosa medio iniciática que le permite ir renovando el público. La vio mi hijo Renzo, que ahora tiene dieciocho, y le gustó: yo creo que de algún modo se fue volviendo más actual. Hoy encendés la tele y te retrotrae a esos tiempos.”
Haciendo publicidad fue, dice, “un director del montón”, “pero ser un director del montón es algo que te da continuidad y una tranquilidad económica que no tenés de otro modo”. Dejó de hacer publicidad en 2010 y vuelve ocasionalmente desde su productora, como lo hizo el año pasado para los spots de campaña de Scioli. El costo de esa continuidad y de esa tranquilidad fueron los otros proyectos que quedaron por el camino. Algunos suenan sorprendentes. “Había uno”, recuerda, “que hoy me da pena porque en aquel momento era algo novedoso para la tele pero después de The Walking Dead ya es otra cosa. La idea era que en el 2001 se había ido todo al carajo. La serie arrancaba en 2010 en una ciudad arrasada, posapocalíptica, después de una guerra civil con gobiernos autónomos en los barrios. El protagonista se despertaba sin recordar cómo había terminado ahí y buscando identidad se vinculaba con un tipo que decía conocerlo del colegio y lo llevaba a su lugar, en la república de la Boca, enclaustrada en Almirante Brown. Era un delirio con una cosa medio El Eternauta, que usa la ciudad como escenario derruido”.
ENTREVISTA> ¿Cómo ves hoy ese cambio en el modo de representar a los pobres que consiguieron entre Pizza… y Okupas? En Pizza… había una confluencia de cosas, porque Adrián venía trabajando en cortos no tanto sobre marginados pero sí sobre los estratos más bajos de la sociedad. Yo había encontrado un disparador en una anécdota que me contaron sobre una modalidad poco común de robo a un taxi. Pero creo que más allá del retrato de marginalidad de los pibes, un motor muy fuerte fue el retrato de la amistad. En muchos aspectos es como una reelaboración de Cuenta conmigo, una película que a mí me mata cada vez que vuelvo a verla, porque Pizza… es finalmente sobre unos tipos que se quieren. No sé si será por el cuento de Stephen King, pero hay un grado de verdad impresionante en los vínculos entre los personajes de esa película, que creo que después vuelve a marcarme cuando hago Okupas, donde también el tema de la amistad es uno de los ejes centrales. Creo que ese verosímil del que hablamos está más ahí, en esa construcción de los personajes, en la verdad del vínculo entre ellos, que en el retrato de la cuestión social.
“Hoy tengo puesta la energía en cosas que antes me chupaban un huevo, en el plano estético: antes lo único que tenía en cuenta era el lado más humano, pero hoy sí me importa dónde poner la cámara, la altura, la angulación.”
En Un gallo para Esculapio logran algo muy difícil con el acento de Peter Lanzani. ¿En qué momento te das cuenta si lo que se está diciendo y el modo en que se dice te resulta creíble? Tanto en Pizza… como en Okupas lo que hicimos fue no apegarnos nunca mucho a los diálogos escritos, solo establecer un camino, el recorrido emocional por donde pasaban las escenas, y luego pedirles a los pibes que los dijeran con sus propias palabras. Esto implica un grado de libertad que es difícil de lograr, porque tener libertad lleva tiempo y riesgo, son dos factores que tratan de reducirse al mínimo desde la producción. Es un esquema que funciona si sos el autor y el director. Y es fundamental el casting, confiar que va a funcionar bien con gente que no tiene experiencia previa en actuación. Hay que salir a buscarlo y mover estructuras para que eso suceda. En cuanto a Peter, creo que es uno de los grandes logros de Un gallo para Esculapio. Asumió un riesgo tremendo en muy poco tiempo y con una actitud muy lúdica. Se fue a Misiones tres o cuatro días y después trabajó con una coach, pero todo el proceso llevó menos de un mes, y el resultado sorprende porque sabés que es Peter, pero enseguida te metés en la historia con él, y en menos de diez minutos ya es Nelson. Eso es mérito suyo.
¿Y qué pasó? ¿Por qué tuvo que pasar todo este tiempo hasta que pudieras volver a hacer un proyecto como este? Lo que pasó fue la vida… El origen de este guión se remonta a los primeros años después de Okupas. En su primera versión, fue un proyecto de largometraje que escribí en 2004 o 2005, que en su estructura era muy similar: la historia de un tipo que trae un gallo de riña para encontrarse con el hermano, pero el hermano desaparece y el tipo sospecha de un mafioso barrial. No recuerdo por qué no prosperó, pero lo retomé recién hace un año y medio cuando me junté con la gente de Underground para armar algo para tele. Venía escéptico, porque en todo este tiempo transité muchas veces ese estar “a punto de”, y por diferentes motivos no los llegué a plasmar. En parte tiene que ver con eso que decía de tener cierto grado de libertad, de autonomía. Paradójicamente, después de Okupas estuvimos a punto de hacer muchos proyectos con Ideas del Sur (que produjo aquella serie para Canal 7), y llegamos a escribir siete u ocho capítulos de una serie llamada Invisibles, pero nos agarró el 2001 y todo se detuvo. Para cuando retomamos el vínculo, me encontré con una Ideas del Sur diferente, más armada, con otros proyectos.

¿Cómo era Invisibles? Era la historia de un tachero que empieza a los cincuenta y pico, tiene una crisis existencial muy grande y comienza llevar una doble vida, cuando descubre que le gusta disfrazarse de policía y salir a la calle disfrazado. Empieza a arrastrar a sus amigos y se termina armando una banda de falsos policías que disfrutaban de sentirse visibilizados de pronto. Los acusaban de ser una banda de delincuentes, y terminaban transformándose justamente en aquello de lo que los acusaban: era una cosa casi surrealista. Hubo otras ficciones… A veces se me caían por cuestiones de la productora, y otras terminaba por bajarlas yo porque no me terminaba de convencer el esquema en el que me estaba involucrando. En medio de esos proyectos frustrados empecé a dirigir publicidad, con lo cual tenía resuelta la cuestión de la supervivencia.
¿Cuál fue el origen de Un gallo para Esculapio? Estaba escribiendo un guión en el bar Un Gallo para Esculapio, que está en Uriarte y Cabrera, y en un momento de bloqueo me dije: “¿qué onda este nombre?”, y me puse a investigar un poco y encontré el cuento de Platón sobre Sócrates, que justo antes de morir, envenado por cicuta, le dice a su amigo y secretario Critón: “Le debemos un gallo a Esculapio, no te olvides de pagar esa deuda”. Nadie, ni sus discípulos, saben qué significa; si Esculapio era un tipo común o si con esto Sócrates quería asegurarse su ingreso a la inmortalidad con una ofrenda. Pero para mí lo importante era invertir el camino, escribir la historia a partir de un título, y me parecía simpático pasar una historia de un origen tan remoto y erudito al contexto de Camino de Cintura, que es como la parte de atrás de la gran ciudad, el lugar donde las cosas encuentran su destino final, la chatarra y el óxido. También investigué la riña de gallos y me encontré con que está muy presente en algunos sectores de la sociedad, con motivaciones muy diversas: hay millonarios que hacen esto porque les gusta, jugadores empedernidos que pierden todo en la riña, tipos que no tienen un mango y lo juegan todo acá. Tiene que ver, creo, con el sinsentido general de la vida, y la necesidad de aferrarse a algo. En este caso son los gallos, como para otros puede ser un piano, o el fútbol. Es la necesidad de encontrar un anclaje que te corra la mirada del vacío total. Y también es una continuación de eso que decía antes de la amistad como centro de Pizza… y Okupas. En esta serie, más vinculada a lo policial, siento que ese rol lo ocupa la amistad de Nelson con el gallo.
“Tener libertad lleva tiempo y riesgo, son dos factores que tratan de reducirse al mínimo desde la producción. Es un esquema que funciona si sos el autor y el director.”
El contexto televisivo en el que volvés a estrenar es uno muy distinto: ahora hay cierta expectativa puesta sobre las series, a las que se les reclama un tratamiento más cinematográfico. Sí, y vi algunas de las series más populares. Mad Men me voló la cabeza. En este tiempo hubo todo un aprendizaje pero no sé todavía si fue para bien o para mal. A Un gallo… la siento más instalada en el estándar de las series que se hacen hoy, mientras que en Okupas todo era más intuitivo, yo sentía menos presión respecto de los ritmos narrativos. Hoy tengo puesta la energía en cosas que antes me chupaban un huevo, en el plano estético: antes lo único que tenía en cuenta era el lado más humano, pero hoy sí me importa dónde poner la cámara, la altura, la angulación.

Luis Brandoni, Peter Lanzani y Bruno Stagnaro.
Pero tanto Okupas como Un gallo…, con sus diferencias, se sienten vivas, frescas. Es que básicamente ese es el tema: que esté vivo. Es algo que el cine yanqui de los 70 lograba con una precisión y una austeridad que hoy, con lo que pasó en Hollywood, es muy misteriosa. Tener mucha libertad para hacer cualquier cosa también te puede jugar en contra: volviendo a mis años “sabáticos”, que no fueron tales, me encontré con que la falta de un límite claro puede ser abrumadora, te desorganiza mucho. Cuando abundan el tiempo y recursos, cagaste, porque empezás a cubrirte y ya no contás desde ningún lugar. Es difícil encontrar un lenguaje cuando todo es posible. Te engolosinás con un recurso antes que con la idea de encontrar una línea. Ahora lo que espero es que para la próxima no pasen quince años.
Un gallo para esculapio Con Peter Lanzani, Luis Brandoni y Julieta Ortega. Estreno martes 15 a las 22 por TNT. Completa on demand a partir del miércoles 16 en Cablevisión Flow y Canal 1 HD
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