Lugares de esperanza I
En este año jubilar 2025, has recibido la invitación a ser peregrino de la Esperanza. Pero una mirada por los acontecimientos sociales que…
Lugares de esperanza I

En este año jubilar 2025, has recibido la invitación a ser peregrino de la Esperanza. Pero una mirada por los acontecimientos sociales que nos están afectando, no parece alimentar una Esperanza. A ella se suma los sinsabores de las adversidades que estás viviendo a nivel personal.
No quieres renegar de la Esperanza, pero ¿dónde encontrarla?
En esta Cuaresma, te invito a peregrina a cinco lugares donde seguro que encuentras Esperanza. Son “lugares de aprendizaje y ejercicio de la esperanza”, dice el Papa Benedicto XVI, lugares para aprender a Esperar, lugares para ejercitarse en la virtud de la Esperanza. Cada una de las cinco semana de Cuaresma vas a peregrinar a uno de esos lugares de Esperanza.
Esa peregrinación semanal consiste en un tiempo de oración cuaresmal, al menos un cuarto de hora, mejor algo más, durante el cual no realizas ninguna otra actividad, tampoco con el celular o móvil. Cuando dispongas de ese tiempo, busca un lugar adecuado, donde mejor puedas concentrarte y menos cosas te estorben, y entonces comienza tu oración. Comienza con la señal del cristiano, hecha conscientemente, como una oración gestual, invocando al Señor trino:
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Vas a empezar visitando un lugar de ejercicio de la Esperanza que provoca sentimientos fuertes en el corazón, y al que hay que acercarse con la humildad del que poco puede saber sobre el mismo, acogiéndolo como un lugar de aprendizaje. Porque nos adentramos en ese lugar con una fe desnuda, desprovista, sorprendida, atenta. Pues ciertamente, la Esperanza no es una virtud que tú puedas producir, como sí puedes hacer con la humildad, sino que es un regalo que Dios te da, una gracia, una virtud teologal -una de las solo tres-. Por eso la recibes en oración, en apertura a Dios, en acogida de su don.
Padre de lo eterno, Padre del Señor Jesús el Cristo, Padre mío, aquí estoy, ante Ti, con todo respeto y con toda confianza, con reverencia y con cariño, conTigo pasando este rato, un tiempo de un encuentro que me enriquece y me llena de tu paz, de tu shalom, de tu Espíritu; aquí estoy ante Ti y conTigo para aprender a esperar en Ti, a esperar de Ti, a esperar conTigo, a esperarTe. ConTigo todo está bien; en Ti todo está en armonía, en orden; de Ti me viene todo lo que necesito, me viene tu Espíritu Santo, el Espíritu que infunde en mi alma la virtud de la Esperanza cierta y auténtica. Aquí estoy, esperando en Ti, esperando de Ti, esperándoTe. Eres todo lo que necesito, Padre eterno, Padre de Jesucristo, mi Padre. Amén.
El Catecismo te enseña que “la esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra” (nº. 1817). Esperas cuando aspiras a la vida eterna, he ahí el lugar donde ejercitar la Esperanza, “la Esperanza de vivir siempre en Él” (Papa Francisco, SNC 19). Es parte de tu fe: “Creo en la vida eterna” (credo apostólico), “espero la vida del mundo futuro” (credo niceno-constantinopolitano).
Cuando tienes viva tu fe en la vida eterna, trabajas con esperanza por el bien de los demás: **“la esperanza escatológica no merma la importancia de las tareas temporales, sino que más bien proporciona nuevos motivos de apoyo para su ejercicio” (Concilio Vaticano II, **Gaudium et Spes 21). En cambio, cuando no das importancia a esta fe, tiendes a una vida más centrada en ti mismo, porque ¿qué más da?: “Cuando, por el contrario, faltan ese fundamento divino y esa esperanza de la vida eterna, la dignidad humana sufre lesiones gravísimas” (GeS 21)
Creo, Señor, pero aumenta mi fe. Haz que mi fe sea viva, que influya en mi vida, que determine mi comportamiento. Que mi creer no sea solo confesar una verdad, que mi creer se la fuerza que dinamiza mi vivir. Creo en la vida eterna, Padre, en vivir siempre contigo; creo en esa vida que tu Hijo Jesucristo me consiguió con su muerte en cruz y su resurrección; en esa vida plena en el Espíritu Santo que he recibido en mi Bautismo y en mi Confirmación. Porque creo, espero Señor. Espero encontrarte cara a cara, encontrar ese día mi felicidad sin las limitaciones de ahora. Porque espero esa vida, Padre, tu Espíritu me impulsa a vivirla ya, a desear que todos la vivan ya, a sufrir por quienes apenas sobreviven o malviven. Que la vida que tu Hijo nos alcanzó con su Pascua, puedan disfrutarla todas las personas, que a nadie le sea arrebatada. Eso espero, Padre, pero aumenta mi esperanza. Amén.
En este rato de oración cuaresmal, estás madurando en la virtud de la Esperanza, visitando un lugar de aprendizaje y de ejercicio como es la vida eterna, un lugar complejo, pero imprescindible. “Otra realidad vinculada con la vida eterna es el juicio de Dios, que tiene lugar tanto al culminar nuestra existencia terrena como al final de los tiempos” (Papa Francisco, SNC 22). “La parte central del gran Credo de la Iglesia se concluye con las palabras: «de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos ». Ya desde los primeros tiempos, la perspectiva del Juicio ha influido en los cristianos, también en su vida diaria, como criterio para ordenar la vida presente, como llamada a su conciencia y, al mismo tiempo, como esperanza en la justicia de Dios. La fe en Cristo nunca ha mirado sólo hacia atrás ni sólo hacia arriba, sino siempre adelante, hacia la hora de la justicia que el Señor había preanunciado repetidamente. Este mirar hacia adelante ha dado la importancia que tiene el presente para el cristianismo.” (Papa Benedicto XVI, Spes Salvi 41).
El juicio es lugar de “esperanza en la justicia de Dios”, a quien todo no da igual, en Quien podemos esperar con toda confianza. También es “una llamada a la conciencia”, una invitación cuaresmal a la conversión, “para ordenar la vida presente”.
Padre Eterno, tu infinita misericordia con todos es real, siempre invitas y esperas que nos convirtamos a Ti, siempre esperas que me convierta a Ti, y ese es mi deseo más profundo en esta cuaresma, quiero y deseo convertirme a mí, y espero que no se quede en un simple deseo. Señor Jesucristo, eres el Juez de vivos y muertos, me encontraré conTigo en el día del juicio, “*tanto al culminar mi existencia como al final de los tiempos*”, y lo haré con confianza total, porque “sé de Quién me he fiado”**, sin temor, porque en el amor no hay temor, sólo han de tener quienes no aman, quienes hacen desgraciada la vida de otras personas, pero no los que cada día nos empeñamos en hacer del mundo un hogar para todos, movidos por el Espíritu, el que está haciendo surgir un nuevo mundo que entonces veré, que ahora me cuesta ver, que ahora veo en la esperanza. Espíritu divino, mantén fuerte la esperanza en mí, que el pecado del pesimismo no anide en mi corazón, que confíe en tu acción salvífica en este mundo. Amén.
A ese lugar de Esperanza que es el juicio que nos introduce en la vida eterna, te acompaña la Madre, la Estrella que te guía por el mar de esta vida:
Salve, del mar Estrella, Salve, Madre sagrada De Dios y siempre Virgen, Puerta del cielo Santa.
Tomando de Gabriel El Ave, Virgen alma, Mudando el nombre de Eva, Paces divinas trata.
La vista restituye, Las cadenas desata, Todos los males quita, Todos los bienes causa.
Muéstrate Madre, y llegue Por Ti nuestra esperanza A quien, por darnos vida, Nació de tus entrañas.
Entre todas piadosa, Virgen, en nuestras almas, Libres de culpa, infunde Virtud humilde y casta.
Vida nos presta pura, Camino firme allana; Que quien a Jesús llega, Eterno gozo alcanza.
Al Padre, al Hijo, al Santo Espíritu alabanzas; Una a los tres le demos, Y siempre eternas gracias.
(Versión castellana de Lope de Vega del original latino)
Oh dulce Corazón de María. Sé la salvación {del alma} mía.
SNC son las siglas de “***Spes Non Confundit***”, título de la “BULA DE CONVOCACIÓN DEL JUBILEO ORDINARIO DEL AÑO 2025” del **Papa Francisco**.
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