Un Puerto Llamado Domingo
Es domingo otra vez. Y el mundo — con su relojería devota y su rutina disfrazada de ceremonia — insiste, como cada semana, en que este día…
Un Puerto Llamado Domingo
Es domingo otra vez. Y el mundo — con su relojería devota y su rutina disfrazada de ceremonia — insiste, como cada semana, en que este día es para descansar. Pero hace tiempo que el descanso dejó de descansarme. El domingo se ha vuelto otra cosa: un umbral discreto, un pasadizo entre las exigencias del mundo y los susurros más bajos de mi alma. No es pausa, es interludio. Es el único día donde puedo pensar sin destino, sentir sin coraza, respirar sin meta… mientras barro el suelo como quien ordena su mente, trapeo como quien limpia una pena, y lavo ropa como quien se despoja, una prenda a la vez, de los restos invisibles de la semana.
La luz entra por la ventana como quien no quiere molestar, pero tampoco pide permiso. Se posa con sigilo de ladrón, y no roba más que certezas. Roba, sí, pero con elegancia. Y yo — agradecido — le permito el saqueo.
Desde la cocina, Dios, Jesús y esa paloma inquietante que nunca terminé de descifrar, me invitan a salir. Quieren ciclovía, quieren sol, quieren calle. Insisten con esa ternura de quienes tienen planes para ti sin preguntarte si tú tienes cuerpo — o alma — para cumplirlos.
El Padre, con voz de decreto disfrazada de consejo, promete que el aire fresco renueva no solo los pulmones, sino también el espíritu; que el orden del cosmos se refleja mejor cuando uno se pone en movimiento. Jesús, más cercano, más humano, me dice que caminar entre calles y bicicletas es como rezar sin palabras; que el cuerpo, cuando se mueve, recuerda que está vivo, y que en cada paso, cada pedalazo se va un peso que ya no se necesita. La Paloma, en cambio, no articula palabra alguna — pues su lenguaje no es el del logos, sino el del soplo — . Se expresa en ráfagas sutiles, en fenómenos apenas perceptibles que escapan a la gramática pero no al sentido: evoca. Y en su evocación deposita imágenes que no argumentan, pero persuaden con la eficacia de lo esencial. Niños riendo, viento que acaricia el rostro, esa ligereza que solo se experimenta al descender por una pendiente, sin frenos ni temor, como si el mundo, por un instante, recordara su vocación de juego.
Me cuesta creer en su famosa unicidad cuando cada uno tiene su modo distinto de buscar convencerme. Pero yo me quedo en la cama. No por pereza, sino por lealtad. Porque hoy mi cuerpo eligió ser puerto, no rueda. Porque hay días en que no salir también es una forma de escuchar.
Hoy le soy fiel a mi cobija. Una selva domesticada en tela gruesa, con estampados de tigres tibios color café con leche. Esta cobija no me arropa: me redime. No fue un conquistador quien la creó, ni un profeta. Sospecho — con gratitud callada — que fue una mujer anónima, un domingo como este. Mientras el mundo glorificaba mapas y fuego, ella inventó el consuelo.
Y entonces me asalta una pregunta:
¿Será que dejamos de explorar y conquistar porque empezamos a dormir mejor?
Tal vez Colón, Polo, Shackleton y Armstrong no fueron valientes, sino insomnes desconsolados. Tal vez nunca buscaron gloria, sino una cobija suficientemente grande como para tapar la intemperie de estar vivos.
El sol, ese intruso atrevido, se cuela por mi ventana con la torpeza de quienes creen que toda luz alumbra. Refracta en mi café, y en el techo ilumina una mancha: una pisada lunar. No es solo una mancha. Es memoria. Es eco. Es visita.
Mi lobo hambriento — el que alimento con resentimientos reciclados — gruñe. El otro, más sabio, más flaco, pero inmortal, susurra:
“Fue ella.”
La que no es rusa ni astronauta, pero orbita en mi cama como una luna exiliada. No supo volver. O no quiso. O tal vez, simplemente, ya no sabe cómo se regresa.
Y entonces, como por conjuro, se sientan conmigo los exploradores de antaño.
Colón, desde la proa de mi cama, me dice que los mapas se inventan cuando uno regresa, no cuando uno parte.
Polo, desde la popa, asiente con ojos de polvo: “Todo hallazgo comienza con una pérdida”.
Shackleton, ese héroe de hielo y duda, me habla de naufragios nobles, de orillas sin nombre y de la valentía más difícil: volver sin trofeos, con el alma vacia.
Armstrong, suspendido en la mancha del techo, pronuncia sin gravedad:
“Un pequeño paso para una astronauta sin nave, un salto inmenso hacia alguien que aún espera.”
Y entonces lo comprendo. No buscamos puertos perfectos. Buscamos corazones que no cierren la puerta cuando volvemos rotos.
¿Será eso la esperanza?
Esa criatura furtiva que se esconde bajo la almohada como un ratón dentista, no para robarme los dientes, sino para devolverme las sonrisas que olvidé mostrar.
Una mentirosa piadosa que, de vez en cuando, dice una verdad.
Una huésped que llega sin maleta, y se queda a vivir entre las grietas.
Jesús — el hijo del carpintero que sí lo crió, no el otro — me recuerda que para recibir náufragos hace falta madera, clavos y una terquedad dulce que no le tema a los juicio. Y yo, que apenas logro mantener un pensamiento sin que se me resbale, abro Temu y busco un flotador interestelar.
No porque crea que la salvará, sino porque imaginarlo me mantiene a flote.
Todo náufrago, alguna vez, sueña con un salvavidas.
No quiero salvar el mundo hoy. Ni siquiera quiero salir.
Solo deseo ser un puerto.
No uno de postal. No uno con faros relucientes ni protocolos de atraque.
Uno viejo, con madera que cruje y olor a sal.
Un puerto de esos donde las velas rotas aún encuentran viento.
Donde la vergüenza no tiene aduana.
Donde nadie pregunta por qué te demoraste tanto.
Es domingo. Otra vez.
Pero ya no es solo un día. Es un taller invisible.
Una carpintería donde la lentitud es martillo y la ternura, clavo.
Quizá no se trata de lo que hago con el tiempo,
sino de cómo dejo que el tiempo me habite.
Como me habita el recuerdo de ella,
La carta y las preguntas que no contesté,
las palabras que aún no me atrevo a deletrear.
Y sin saber cómo — como quien encuentra el mar al doblar una esquina cualquiera —
entiendo que esta cama no es trinchera, sino astillero.
Que esta cobija es vela.
Que el sol en el techo sobre esa huella es brújula.
Y que el puerto que buscaba,
sin saberlo,
ya era yo: no porque supiera anclar, sino porque ahora sé recibir.
Porque al fin comprendo que ser puerto no es estar quieto,
sino estar dispuesto.
Y que hay naufragios que no necesitan ser salvados,
sino simplemente bienvenidos.
Es domingo otra vez.
Y por fin entiendo por qué no quiero que se acabe.
Porque ahora sé quedarme.
Y sé esperar.
메타데이터
- post_id
- 22d522e8a64c
- slug
- un-puerto-llamado-domingo-22d522e8a64c
- url
- https://medium.com/el-intersubjetivista/un-puerto-llamado-domingo-22d522e8a64c
- canonical_url
- https://medium.com/el-intersubjetivista/un-puerto-llamado-domingo-22d522e8a64c
- author_url
- https://medium.com/@thejuanalvarez
- status
- ok
- fetched_at
- 2026-07-19 05:45:37