Fe: la clave del Homo Economicus
Al día cientos de millones de intercambios comerciales son completados exitosamente. Algunos intercambios son muy breves, realizando la…
Fe: la clave del Homo Economicus
Al día cientos de millones de intercambios comerciales son completados exitosamente. Algunos intercambios son muy breves, realizando la compra y pagos de inmediato, otros por el contrario son más extensos completando el pago varios periodos después cerrados el trato.
Diversos economistas han seleccionado a la confianza de los participantes como papel central en el éxito de cada transacción. Kenneth Arrow señalaba que la confianza es esencial en las transacciones, exponía con su estudio la relación médico-paciente. Douglass North explicaba que los sistemas institucionales solo funcionan cuando las personas confían en ellos. Oliver Williamson mostraba que la confianza reduce los costos de transacción y explica cómo se estructuran las empresas. Y Keynes veía en la confianza un componente indispensable para que los inversionistas asuman riesgos y busquen rentabilidad futura.
Pero, ¿es la confianza realmente el núcleo de cada transacción económica? A mi juicio, no lo es. Al analizarlo con detenimiento, el verdadero motor no es la confianza, sino la fe. No me refiero al sentido religioso, aunque no está del todo alejado. Según la Real Academia Española, la confianza es la “esperanza firme que se tiene de alguien o algo”, mientras que la fe es el “conjunto de creencias de alguien, de un grupo o de una multitud de personas”.
Ambos conceptos se rozan, pero existe una diferencia esencial: la confianza se apoya en evidencias pasadas; la fe, en cambio, mira hacia adelante. La confianza se construye sobre experiencias verificables; la fe, sobre la convicción de que algo ocurrirá, aunque no existan pruebas plenas. Sin embargo, esa distinción se difumina en la práctica: toda confianza, por más racional que parezca, contiene un salto al vacío. Por ello, toda confianza encierra un grado de fe.

Una de las transacciones que más me sorprenden es la que ocurre en los servicios de entrega de comida a domicilio, especialmente en las pizzerías. Uno llama y realiza el pedido; la otra parte comienza a preparar exactamente lo solicitado, confiando en que el cliente proporcionó los datos correctos y contará con el dinero justo para pagar al recibir el pedido.
Esa creencia es recíproca: el cliente, a su vez, espera que los alimentos fueron preparados con higiene y, en el extremo, que no contengan sustancias dañinas o peligrosas. Cada transacción económica encierra esa doble esperanza — una por cada participante — y es precisamente esa fe mutua la que sostiene las relaciones económicas.
Ejemplos comerciales sobran para demostrar la presencia constante de esa esperanza: al invertir en la bolsa, guardar dinero en el banco, comprar por internet, adquirir un boleto para el teatro, pagar la suscripción a una plataforma de música, acudir a una revisión médica, asociarse en un emprendimiento, hacer las compras del supermercado, pagar el recibo de luz, comprar una casa, rentar un vehículo, contratar un servicio de planeación de bodas, comprar un boleto de avión, rentar una película o pagar la suscripción al gimnasio, entre muchos otros.
Incluso cuando una de las partes incumple, seguimos creyendo que las instituciones harán valer el trato. Y si las instituciones fallan, creemos que instancias superiores corregirán el error. En otras palabras, la fe del sistema económico, político y social descansa sobre una cadena de fe: fe en las personas, en las reglas y, finalmente, en la idea de que el sistema mismo funciona.
Lo mismo ocurre en el ámbito empresarial: al contratar servicios de mantenimiento, pagar a proveedores, asociarse con otras organizaciones o incorporar nuevo personal. Y también en el ámbito gubernamental: al seleccionar proveedores, diseñar políticas para controlar la inflación o implementar estrategias de inversión. En todos los casos se actúa bajo la suposición de que las cosas saldrán como se espera, aunque nunca haya certeza absoluta.
En cada una de estas transacciones persiste un grado inevitable de fe. Aunque una empresa haya cumplido antes con la calidad de su producto, nada garantiza que siempre será así. Esa misma confianza proyectada hacia el futuro atraviesa todos los vínculos humanos: en lo romántico, al sostener acuerdos de pareja; en lo familiar, al creer que los seres queridos estarán presentes en los momentos difíciles; en la amistad, al guardar un secreto; y, por supuesto, en lo religioso, al confiar en la incierta promesa de un lugar mejor después de la muerte. En todos esos casos, actuamos impulsados por una convicción silenciosa de que lo que apreciamos — personas, instituciones o ideales — seguirá siendo digno de nuestra fe.
Esa disposición humana a creer, incluso sin pruebas suficientes, tiene raíces profundas. El biólogo Piotr Kropotkin sostenía que la cooperación y el apoyo mutuo fueron tan determinantes para la evolución como la competencia. Los primeros grupos humanos sobrevivieron gracias a esa fe básica en que los demás no los traicionarían — aunque a veces ocurriera — . Sin esa confianza anticipada, la caza colectiva o el reparto del alimento habrían sido imposibles. Tal vez la fe, más que una idea espiritual, fue una estrategia evolutiva: un mecanismo emocional que permitió mantener la cohesión cuando la evidencia era escasa o ambigua.
En definitiva, toda economía moderna descansa sobre una fe compartida. Creemos que el dinero conservará su valor mañana, que las empresas cumplirán sus promesas y que los demás respetarán los acuerdos. En cada intercambio se produce un salto invisible entre la razón y la esperanza. Tal vez el Homo economicus no sea solo racional: es, sobre todo, un creyente silencioso en los demás.
Fuentes:
· Real Academia Española. (2025). Confianza. En Diccionario de la lengua española (23.ª ed.). https://dle.rae.es/confianza
· Real Academia Española. (2025). Fe. En Diccionario de la lengua española (23.ª ed.). https://dle.rae.es/fe
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