Puentes
Lo vi hace algunas semanas en la estación de Moncloa.
Puentes
Lo vi hace algunas semanas en la estación de Moncloa.
El anuncio en las pantallas led de gran superficie aludía al calendario de este año, dos mil veintiséis, haciendo particular hincapié en una cosa:
Los puentes.
Se ve que la empresa de turismo quería dar una buena noticia (y, a la postre, vender un servicio). La cuestión, según se anunciaba, es que este año hay tantos puentes para aprovechar.
Puente es, en la jerga española, además del apellido del cuestionado Ministro de Transportes, la denominación de lo que en Argentina nombramos como “fines de semana largos”.
La publicidad me llamó la atención, no porque me viera interesado en los servicios de aquella empresa, cuyo nombre no recuerdo, sino más bien debido al énfasis con que ésta se jactaba de proclamar una buena nueva.
Porque sí: los puentes son una buena noticia, algo que celebrar. Pero el asunto es cuáles y por qué.
Pensando en todo esto fue que vino a mi memoria el recuerdo de un texto de José Luis Martín Descalzo.
Explica el sacerdote español que “de todos los títulos que en el mundo se conceden” el que más le gusta “es el de Pontífice, que quiere decir constructor de puentes”. Este nombre cabe a toda persona que, viviendo con el corazón abierto, se dedica a superar las distancias que muchas veces nos separan a unos de otros y a cada uno de todo lo demás. Sin embargo, la tarea es “muy dura” y “no se hace sin mucho sacrificio”.
Un puente es una construcción que conecta dos puntos, permitiendo el trasvase sobre ríos, fosos y abismos de toda índole.
Su funcionalidad implica que el puente no es más que una mediación, un segmento de tránsito, una suerte de no-lugar al que se pertenece apenas el tiempo que requiere el paso por él.
Un puente, de este modo, existe para ser trascendido… como una asignatura, digamos. O, mejor aun, como un profesor.
Los puentes son, a menudo, la vía de acceso a -y de salida de- una ciudad.
Pienso, por ejemplo, en el puente de Brooklyn, entre los distritos neoyorkinos de dicho nombre y Manhattan; o, más próximo al lugar que me vio nacer, en el puente Saavedra, aquel que marca el paso desde la ciudad de Buenos Aires al municipio bonaerense de Vicente López (y viceversa).
Otros puentes de cierta importancia en mi vida son, por caso, el madrileño puente de los Franceses o el barroco puente de Toledo, también en Madrid, que une ambas riberas del Manzanares.
Pero por encima de todos diría que se destaca una pequeña construcción de piedra, posiblemente sin nombre, que oficia de entrada en la ignota aldea gallega de Ribadiso da Abaixo en el antepenúltimo día del Camino de Santiago. Muy cerquita -nobleza obliga- sitúo al majestuoso puente románico de Puente la Reina, en la merindad de Pamplona, que, en su juego de espejos con el río Arga, lo pone muy difícil de fotografiar mal.
Sí, definitivamente los puentes son una buena noticia.
Porque allí donde faltan, por un lado, reina la incomunicación (¿Cómo se iría, en tal caso, del aeropuerto de Pittsburgh al campus universitario de Steubenville, cruzando el río Ohio?). Y porque allí donde se encuentran, por el otro, se mantiene latente la posibilidad de una visitación...
Porque un puente es como la promesa de una novedad.
Cruzarlo, como quien se refiere a un umbral, puede ser, en ocasiones, el gesto inaugural de una nueva vida.
Después de todo, acaso así haya que entender el sentido de que existieran, en su día, los trasatlánticos o ahora, epítome de la movilidad en nuestro tiempo, los aviones.
Y los abrazos.
Tú lo sabías Me ayudaste a cruzar Y me diste a beber de tu orilla Tú ya sabías Qué palabra abrirá Cada puente que cose mi herida

Este es el puente de Puente la Reina. Y los versos de arriba son de Vetusta Morla
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