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Cuando se apagan los mapas

— Faldas del Nevado de Toluca a la Gran Estupa Bön, Valle de Bravo —

José Manuel Velasco · 2025-01-08 02:14 · 0 claps · 11.9 min read
#senderismo #corral-de-piedra #estupa-bön #estado-de-méxico #valle-de-bravo
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Cuando se apagan los mapas

— Faldas del Nevado de Toluca a la Gran Estupa Bön, Valle de Bravo

Sobre esta ruta me enteré gracias a un video de YouTube de Roberto Lara, alias @betornillo, un senderista que comparte en línea cada una de sus escapadas a la montaña. Entre otras cosas, me llamó la atención que Beto calificara esta ruta como la “más bonita de México”, lo cual me pareció una de esas exageraciones que uno suele repetir al final de cada excursión. En su defensa, hay que reconocer que es difícil no desbordarse cuando uno se interna en el bosque, sobre todo durante o inmediatamente después de caminatas largas. Es el rush del senderista que, según un biólogo que conocí en Oaxaca, es resultado de la presión rítmica del hueso occipital sobre la base del cerebro que — al recibir el estímulo — libera dopamina, endorfinas, serotonina y demás inasque nos hacen estar bien.

“Caminar es masajear el corazón con los pies”, dice mi amiga Majo. Y si hay algo que todos necesitamos con urgencia es precisamente eso: masajear el propio corazón. Pero me estoy desviando. Además, esta vez me pierdo por un estrecho e insufrible sendero de cursilería que no pinta nada bien, así que retrocedo y vuelvo mis pasos para retomar al relato que me concierne: la ruta Nevado-Valle, cuarenta y cinco kilómetros a pie que se recorren en dos días y que atraviesan parajes escénicos de los municipios de Zinacantepec, Temascaltepec y Amanalco de Becerra en el Estado de México, una región con llanos, pastizales, bosques de oyamel y encino, peñones de roca ígnea, milpas, huertos y granjas de truchas.

Ceci y yo llevábamos ya varios meses con la intención de hacer esta caminata, pero por una u otra razón la acabábamos postergando. Primero porque leímos sobre la detención de una célula del cártel de la Familia Michoacana en Amanalco y después porque alguien nos dijo que la zona estaba ocupada por talamontes y que, al ser así, lo más conveniente era realizar la ruta con guías especializados y en un grupo grande. Hartos de hacer planes que nunca se concretaban, decidimos que era momento de hacer la ruta y que no podíamos demorar más tiempo esperando las condiciones ideales. Así que después de un breve chapuzón en nuestros calendarios acordamos una fecha para los últimos días de diciembre.

Primer día: Mapa del Nevado a Corral de Piedra, 23 km.

Mapa de la Red de Caminos del Sur

Mapa de la Red de Caminos del Sur

La ruta Nevado-Valle comienza en el mapa monumental ubicado a pie de la carretera Toluca-Ciudad Altamirano, una mole de piedra pintada de rojo y amarillo que luce la insignia de la Red de Caminos del Sur y que sirve como marca de partida para los casi cincuenta kilómetros de recorrido hasta la Estupa Bön, el punto final de la excursión. El tramo inicial asciende y serpentea a través de un tupido bosque de oyameles hasta llegar a la explanada de Las Cruces, a aproximadamente 3,300 metros de altura, un espacio votivo con un pequeño altar a San Jorge y un par de crucifijos de madera adornados con listones y flores de colores, rodeados por montículos de piedras dejadas ahí a manera de ofrenda.

Al llegar a este lugar uno ya puede sentir los efectos de la altura y el esfuerzo. Son esos siete kilómetros iniciales en los que el cuerpo coge ritmo y se hace a la idea de una jornada entera de marcha. Es también la etapa en la que cada caminante hace su autodiagnóstico anímico y mental. Comúnmente, alrededor de este momento suelen asomar las primeras reacciones: la preocupación, los gestos efusivos de entusiasmo, las molestias físicas y la resistencia ante el esfuerzo. En este punto prematuro del viaje, nuestro grupo se había polarizado: unos manifestaban signos de aprensión y fatiga y el resto — súper energizados — se había descalzado para sentir la tierra húmeda en la planta de los pies.

Para nuestra fortuna, durante este tramo vimos cientos de mariposas monarca (esa primera oleada que emigra desde Canadá en el otoño para refugiarse del frío en los bosques templados de Michoacán y el Estado de México). A cada paso se iba quedando atrás la ciudad de Toluca con su densa nata de esmog; al fondo, detrás de todo, las cimas más reconocibles del eje neovolcánico: el Popo con su penacho de humo, el Izta y el Xinantécatl coronado por una enorme nube blanca.

Tras un descanso, un grupo de ciclistas que pasaba por ahí nos sugirió subir hasta la punta del peñón que custodia las Cruces para contemplar la vista a 360°. Así lo hicimos y vaya que valió la pena. Lo que siguió fue un descenso sinuoso y solitario a través del bosque, sin ningún otro sonido más que el de las aves cantando a media mañana y el zumbido ocasional de un avión alejándose en la distancia. Habíamos rebasado los doce kilómetros y estábamos por ingresar a esa fase en la que el grupo platica cada vez menos y se limita a seguir el ritmo de sus pasos.

Poco más adelante dejamos atrás el ejido El Capulín y salimos a un majestuoso valle de pastizales dorados. Aquí, por tercera ocasión, hicimos escala para comer semillas, echarnos a descansar y estirar las piernas. No exagero cuando escribo majestuoso, aunque sea el tipo de frase hueca que uno repite para no quedarse en silencio. Porque, en última instancia, es al silencio a lo que empujan este tipo de lugares: no hay manera de decir algo sin quedarse corto o, más bien, sin reducirlo todo a un puñado de lugares comunes.

Al fin, en plena puesta del sol, llegamos a Corral de Piedra, una iniciativa comunal que tiene, entre otros propósitos, el de preservar el medioambiente y proteger la zona de incendios, talamontes y del tránsito indiscriminado de motocicletas y vehículos tipo Rzrz que, de un tiempo acá, se han convertido en una auténtica plaga que erosiona los senderos y ahuyenta a la fauna.

En menos de diez minutos acomodamos nuestras mochilas en la cabaña ($1200 pesos por 5 o 6 personas) y vamos directo al comedor en donde cenamos trucha empapelada, ensalada y agua de guayaba. Antes de dormir, mientras unos encienden la chimenea y otros se dan un baño de agua caliente, el velador cuenta la historia de un grupo de senderistas que se perdió en la montaña durante el verano. Entre los extraviados iba “una señora muy importante”, por lo cual — al ver que se hacía tarde y nadie llegaba — hubo que llamar a la policía y el bosque se llenó de gente con linternas que se pasó la noche buscando.

Ya de madrugada, cuando al fin dieron con el grupo, todos sus integrantes estaban pelados y de muy mal humor (había llovido y estaba helando). Cenaron rápido y sin dirigirse la palabra. Al guía que los llevaba le echaron una cubeta de agua fría y no le permitieron dormir dentro de la cabaña. Según el velador, aquel hombre pasó la noche arrimado al mostrador de la recepción, tiritando de frío y lamentando su mala suerte.

Vista del Nevado de Toluca

Vista del Nevado de Toluca

Segundo día: Corral de Piedra a Gran Estupa Bön, aprox. 21 km.

Despertamos a las siete y nos encontramos con el lago oculto por la niebla y los cerros recubiertos por la escarcha. Desayunamos chilaquiles con huevo estrellado, café de olla y pan de pulque, preparamos las mochilas y sintonizamos la ruta en Wikiloc. Luego de dejar atrás Corral de Piedra y una granja de truchas cruzamos el valle de Laguna Seca en donde encontramos a un Don cuidando a sus borregas. El hombre estaba sentado a la mitad de la nada, de lo más tranquilo, vestido con una camisa roja que refulgía en medio de tantos amarillos. Nos detuvimos unos minutos a platicar con él y a consultar nuestras dudas sobre el camino.

“Aquí es muy fácil perderse” dijo, “Lo más sencillo es seguir la carretera, porque si ustedes no conocen se van a perder”, insistió acomodándose el sombrero. Enseguida explicó que después del humedal uno podía seguir hasta El Ancón o hasta El Temporal, pero aclaró que era necesario conocer los senderos porque “allá al otro lado ya es puro rancho y está cercado”. A modo de cierre, dijo algo sobre la “gente de mucho dinero” que vive en Valle de Bravo y luego se quedó en silencio, en la misma postura en la que lo encontramos, como un oráculo de piedra.

Más adelante pasamos a un costado de la Capilla de Oración por la Lluvia y nos internamos en un sendero que atraviesa el bosque y que conduce hasta una carretera rural que avanza junto a unos caseríos de monoblock. Aquí vi a unas mujeres colgando la ropa, a unos niños jugando en un campito de flores y a unos señores trabajando en el techo de una pequeña iglesia, como una escena de Brueghel en su versión mexicana. Más granjas de trucha, perros que nos ladraban al pasar, guajolotes entre los matorrales y el rumor del río corriendo en la cañada.

Llevaríamos cerca de doce kilómetros cuando nos dimos cuenta de que los teléfonos (y por lo tanto nuestros mapas) se estaban quedando sin batería, lo cual implicaría un cierto grado de improvisación y cadenza para el trecho final, ya que justo antes de llegar a la Estupa la ruta de Wikiloc era poco clara. Sin darle demasiada importancia a este inconveniente cartográfico, continuamos el descenso a la vera del arroyo e hicimos una escala en la que unos aprovecharon para chapotear en las pozas de agua fría que conectan ambos lados de la cañada.

Lo que siguió fue un sendero paralelo a una antigua acequia y techado por la vegetación. Este fue, para varios integrantes del grupo, el “tramo favorito”, quizá porque tiene mucho de jardín secreto o de camino mágico, según se vea. Además, porque precede a una sección en la que uno comienza a abrirse camino entre las cercas de la propiedad privada y a andar entre los ranchos de “la gente de mucho dinero” referida por el Don de los borregos, lo cual añade una sensación de vértigo y trespassing que le sienta muy bien al espíritu de aventura.

Gracias al conocimiento erudito de Gabriel supimos que estas líneas angostas y serpenteantes que discurren entre los ranchos de San Simón el Alto son parte — más bien — de los Reinos de Elgaland-Vargaland que, desde el 14 de marzo de 1992, tuvo a bien anexarse todas las zonas fronterizas — las llamadas “tierras de nadie” — y las franjas liminales entre territorios. Después del papeleo burocrático correspondiente, los artistas Carl Michael von Hausswolff y Leif Elggren proclamaron los Reinos de Elgaland-Vargaland como obra de arte en construcción. Ya como majestades de estos Reinos, se cuenta que intentaron ingresar a Suecia con sus pasaportes Vargalandianos y, como era de esperarse, el gobierno sueco los arrestó y confiscó sus documentos, por lo cual Elggren y von Hausswolff se vieron en la penosa necesidad de demandar al gobierno sueco por robo de obra de arte.

En esas andábamos cuando se apagaron los mapas. Por suerte nos encontrábamos ya en las inmediaciones de la Estupa; sin embargo, aún faltaba encontrar el sendero que conduce a la entrada y el ánimo de algunos miembros de nuestra caravana era ya tenso y cabizbajo. Las cosas se complicaron a partir de un campo de espliego rebosante de abejas. Intentamos desandar algunos metros y abrirnos paso a través de la maleza, pero nada: solo el grito desgañitado de un hombre al que escuchamos preguntar: “¡¿Quién anda ahí?!”, y me avergüenza reconocer que nos faltó coraje para identificarnos como ciudadanos de Elgaland-Vargaland.

Al cabo de un rato, el camino nos escupió a unas cabañas en renta en donde pudimos preguntar por la Estupa y recargar nuestros teléfonos. Enrique, el encargado del lugar, nos hizo el favor de trasladar en su motocicleta al más agotado del grupo hasta la entrada de la Estupa, en donde ya nos esperaba una persona que nos llevaría de vuelta a la Ciudad de México. Al resto del grupo nos dio indicaciones para bajar hasta el poblado de El Castellano y desde ahí seguir a la Estupa. Como estaba atardeciendo y no faltaba mucho para que comenzara a oscurecer, hubo que caminar aprisa y adivinar entre las múltiples encrucijadas que nos salieron al paso. Así habremos seguido durante unos cuatro kilómetros más hasta llegar a una pendiente cerrada por la maleza que, con suma cortesía, nos obligó a reconocer que estábamos perdidos. No hubo más remedio que desandar el camino y volver a las cabañas en donde nuestro grupo se había separado.

Enrique, que había ido a hacer un mandado, tardó un par de horas en regresar. Ya con el frío y la noche encima, los huéspedes de una cabaña nos invitaron a arrimarnos a un asado sinaloense y nos ofrecieron agua y galletas. A falta de señal en los teléfonos no teníamos manera de comunicarnos con nadie y — como ya era de noche — tampoco nos hacía ilusión internarnos en el bosque por segunda ocasión. Horas antes habíamos escuchado a un animal grandote pasar cerca de nosotros; más tarde sabríamos que era, probablemente, un coyote hambreado.

Cuando Enrique volvió a las cabañas, todos pusimos nuestra cara de urbanitas extraviados y le pedimos un aventón hasta el punto 4G más cercano. Habiendo deshonrado nuestras raíces Vargalandianas, abordamos el Tsuru de Enrique quien nos llevó hasta el poblado de El Temporal, en donde al fin logramos contactar a nuestro compañero para acordar un punto de encuentro. Preocupados por nuestra demora, él y el chofer que nos llevaría de vuelta a la CDMX ya habían emprendido una misión de búsqueda por los poblados aledaños.

Mientras esto sucedía, la familia de Enrique — Don Cirilo, Doña María Paz y sus hijas — se encargaron de darnos un recibimiento que ya quisieran los monarcas de Elgaland-Vargaland. Guacamole con rábano, cilantro y tostadas, tacos de requesón en tortilla hecha a mano, huevos asados y café caliente. Nos reunimos en torno a un agradable fuego de leña en donde se cocían los frijoles del Año Nuevo y así estuvimos platicando durante algunas horas. Fue entonces cuando tuvimos noticia de los “coyotes groseros” que roban guajolotes y de las serpientes que asustan con sus cascabeles a quienes se pierden de noche.

Aunque nunca llegamos a la Estupa, resultó que la familia de Enrique había trabajado allí desde 2010, cuando el territorio que alberga el templo fuera declarado por el Lama Tenzin Wangyal Rinpoche como “tierra de la madre amorosa de la sabiduría”. Actualmente la Gran Estupa Bön para la Paz Mundial funge como espacio de silencio, recogimiento y contemplación. Con 34 metros de altura y un área de 400 metros cuadrados, esta Estupa es la más grande de Latinoamérica y simboliza, entre otras cosas, la esperanza de una humanidad unida, fraterna y apacible. Ahora supongo que si aquel día no llegamos a las puertas del templo fue — seguramente — porque antes había que compartir la mesa con quienes viven y a caminan a diario en los bosques de Amanalco.

No deja de ser curioso cómo las buenas caminatas sacan lo peor y lo mejor de uno mismo. Uno se (des)conoce y (des)conoce al otro. Aflora el coraje, la neurosis, el miedo, el humor, el espíritu de equipo y el egoísmo más feroz. Tras esta pequeña aventura, me quedo rumiando en el grupo aquel de “la señora importante” y en las pesadillas de quienes levantan muros y alambradas alrededor de sus ranchos; también en los ciudadanos de Elgaland-Vargaland y en la vida que florece entre las grietas y las fronteras. Por otro lado, es irónico que, a pesar de los GPS y los Wikiloc, la posibilidad de perderse jamás desaparece del todo. Es más, quizá con estos aparejos y aplicaciones digitales, sin brújulas de mano ni mapas de papel, uno vaya más perdido que nunca, creyendo que avanzas hacia alguna parte cuando en realidad apenas te has detenido a observar o a escuchar el paisaje.

Quizá lo anterior se deba a que, como argumenta el filósofo y caminante Frédéric Gros: “Hoy ya no se anda, se hace trekking […] y solo la marcha puede liberarnos de las ilusiones de lo indispensable”. En efecto: caminar nos libera de las ilusiones de las rutas únicas, de las fronteras entre territorios y de las incontables barreras mentales que uno se construye a sí mismo y a los demás. Al final, caminamos para recordar una lección que conocemos de memoria, pero que olvidamos una y otra vez. Y es que no importa tanto si llegaste o no llegaste: lo verdaderamente indispensable, tal vez lo único importante, sea aquello que sucede en el camino.

Segundo día de caminata

Segundo día de caminata


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