La vida real / yo amo a la tevé
La vida real / yo amo a la tevé

La semana pasada empecé un trabajo nuevo dando clases de artes en una secundaria. Mi primer trabajo de profesora en una institución, algo a lo que apuntaba y no sabía cómo llegar.
Uno de mis libros preferidos es Una Guía sobre el Arte de Perderse, de Rebecca Solnit, un conjunto de ensayos donde mezcla anécdotas históricas e historias personales de cómo gracias a perderse distintas personas llegan a lugares que no esperaban o descubren cosas nuevas. Son historias que transmiten mucha calma, es “normal” no saber el camino y a veces hay que entregarse, sin miedo. Algo así me pasó con la docencia.
Cuando me anoté a la carrera fui directo a la Licenciatura, pensaba con algo de soberbia que el profesorado era para los que no se tenían fe en conseguir otro tipo de trabajos. A medida que fui avanzando, que tomé clases, que me crucé con profesores espectaculares y, en paralelo, situaciones laborales me fueron cruzando con infancias y juventudes, creció en mí la idea de dar clases hasta que se convirtió en un deseo. ¿Lo hago para tener plata? Obvio. Tengo que pagar el alquiler. Pero también lo hago por gusto, por curiosidad y porque encontré en la docencia un espacio en el que puedo compartir, enseñar y aprender, mantenerme conectada con lo artístico, conocer distintas personas, de distintas generaciones y distintas clases sociales. Te llena del mundo, me encanta.
El año pasado en una materia leí algo de El Maestro Ignorante de Rancière, que dice algo así como que el conocimiento no se da, se toma y que es falso que el maestro es un sabio que enseña a un ignorante, sino que los lazos deben ser horizontales y que todas las personas tenemos el mismo poder de enseñar.
Mi mayor desafío, además de empezar como profesora nueva en una escuela el último mes de clases, es que uno de los cursos que me tocó es cuarto año. Las personas humanas más adolescentes, las que más podrían desafiarme o ignorarme o quizás ambas. Igual, como le expliqué a la rectora en la entrevista, me sentía preparada y no me daba miedo (sí ansiedad).
En el primer encuentro decidí presentarme y que se presentaran, conocernos y charlar. Tomar conocimiento. Venían de una especie de “hora libre” previa y el colegio es bastante exigente, por lo que la clase de artes funciona además como espacio de distensión, distinto a la rigidez que tienen otras materias.
Lo primero que aprendí es que a las adolescentes les sigue gustando mucho hacer tests, que a mi edad sacábamos de revistas y ahora creo que de TikTok. Me quisieron hacer un test de cuán MiliPili sos, que me rehusé a contestar pero sí dejé que se los hagan entre ellas y fui escuchando tanto las preguntas como las respuestas. Había otro que me dio mucha ternura que era: “¿Sos una nena de mamá?”. Ese me pareció hermoso porque a veces, cuando ves a un adolescente, entre sus cuerpos maduros y sus actitudes desafiantes, te olvidás por momentos que están más cerca de la niñez que de la vida de los grandes, pese a que les falta poco para pasar de rol. El test las exponía como niñas: ¿A quién llamás primero cuando te sentis mal? ¿Necesitás ayuda cuando tenés que hacer un trámite? Mientras las escuchaba, pensaba que nunca tuve la posibilidad de ser nena de mamá yo, pero me daba cierta alegría nostálgica ver cómo ellas sí podían contar con las suyas.
Comprometida con mi rol de maestra ignorante, cuando una me preguntó quién era mi participante preferido de Masterchef, se sumaron otras a la charla, y les dije que no había visto ni un programa, pero les prometí que lo iba a empezar a ver y decidí hacerlo, para que estuviéramos más cerca y tener más temas de conversación.
Desde ese día puse el programa de fondo mientras dibujaba o hacía mis propias cosas de la facultad prácticamente a diario. Mi intención es llegar al día para la próxima clase, la segunda, que es esta semana que comienza ahora.
Masterchef también es un programa de aprender y enseñar. La estudiante que me hizo esa pregunta no lo sabe, pero me puso una herramienta en la mano.
Por empezar, me tuve que correr del esnobismo de “no miro realities” en el que estaba bastante plantada. Miro muchas otras porquerías, igual, tampoco es que soy fan de la nouvelle vague, pero hace un tiempo que estoy un poco enojada y me siento abandonada por mi mamá, la que me crió: la televisión argentina. Me molesta que todo sean realities o programas de paneles y que hayan dejado morir en nuestros brazos a la ficción.
Cuando yo era adolescente, podías tener diferencias de clase, de origen o de educación, pero mal que mal tenías siempre dos ficciones exitosas en el horario del prime time que siempre te iban a dar tema de conversación con la persona de al lado. Sigo pensando y podría extenderme acerca de la falta de ficción en la televisión de aire, pero ahora me voy a centrar en que hoy una de esas conversaciones es Masterchef. Y que gracias a la existencia del streaming, se puede sostener la costumbre millennial y de generaciones anteriores de ver el programa por canales de aire o se puede ver “como ahora” on demand, que es lo que yo hice, gracias a que un amigo me prestó su usuario en una plataforma que yo no tenía. Ahí ya tenemos un tema de conversación.
Después, con humildad me tuve que tragar los prejuicios de que en los realities se la pasan boludeando. Me acuerdo, por ejemplo, cuando existía el Bailando, que en el fondo no me parecía una mala idea, me gustaba lo de los distintos bailes, el jurado con sus diferentes características y toda la cuestión del show, pero me daba una fiaca terrible que eso fuera el 20% del programa y el resto fuera gente charlando sobre cosas que no tenían nada que ver y muchas veces estaban enlazadas a peleas o escándalos, que luego iban a ser retomados en programas de paneles de la tarde.
(Al menos esta edición de) Masterchef tiene una cosa más cercana a la vida real, real de verdad. Charlan mientras cocinan, cuando la consigna lo permite, se piden prestados ingredientes o se dan consejos. La tele podría mentir, como siempre, pero da la sensación de que son un buen grupo, se llevan bien, se tiran buena onda, hacen chistes. Los jurados, que también son un poco profesores, a veces son más generosos con sus conocimientos y otras los dejan más solos a ver qué hacen. Es un programa muy amable. Se filtra algún que otro chisme de manera no escandalosa, más parecido a la vida de la gente común, a los ámbitos laborales. Se matan de la risa, payasean, laburan en serio, es, después de todo, un espectáculo. Y así como pretenden de los platos que presenten los participantes, es un programa con mucho equilibrio.
No te exige mucho como televidente, lo podés poner de fondo mientras hacés alguna otra cosa: Si no prestás tanta atención no pasa nada y si lo ves atento de punta a punta tiene buen ritmo y es entretenido. Aprendés un poco de cocina y otro de cultura general, y no me refiero a los orígenes étnicos de distintos platos específicamente. El casting es perfecto: hay famosos de diferentes edades, orígenes, clases sociales y niveles de “prestigio”. Cualquier persona que mire el programa puede sentirse cercano a algún participante, periodistas, deportistas, músicos de rock y de ámbitos populares, YouTubers e influencers. Quizás yo sepa desde antes quién es Miguel Ángel Rodríguez y mis estudiantes sepan quién es Mumi o Ian Lucas, a quienes yo jamás había visto. Y me gusta enterarme de quiénes son, porque me interesa saber qué le interesa a una parte de mi país en esta época. Es rompe nichos. Necesitamos más oferta cultural de esa índole.
La química y actitud de los jurados: Donato, Martitegui y Betular es espectacular. Dan vibes de “buenos tipos”. Ninguno es demasiado severo. Respetan los roles pero tienen cercanía con los participantes, quizás salen chistes de grupos de WhatsApp en donde no los incluyen, la vida real total. Ellos se ríen, los participantes se ríen. Todo transcurre en perfecta armonía.
Hace unos años había visto un reality de cocina en donde tenían que abrir un restaurante y era un nivel de estrés insoportable. En ese una de las jurados era Narda Lepes y era re exigente y mala onda, como supongo lo debe requerir un local gastronómico, pero no me quiero estresar viendo la tele, para eso está la vida. Acá ves a los participantes re nerviosos muchas veces, pero no es algo que atraviese la pantalla y nadie le grita ni trata mal a nadie. El mundo que queremos.
Otra cosa relevante: se les escapa alguna lágrima, sí; pero no se la pasan llorando por cualquier boludez, algo irritante en general y en particular para las personas que tienen (tenemos) problemas serios. No hay golpes bajos y no buscan contactar con la audiencia a través del drama. Quiere entretener, divertir, que llegues a tu casa cansado después de tus 3 empleos y digas “me pongo uno de Masterchef” y en la pantalla veas, gente distinta a vos, pero también gente como vos, que la está luchando (al menos en ese ámbito). Algunos con más entusiasmo, otros con más nervios o con algo de ironía. Algunos que quieren conquistar al jurado complaciéndolos , otros más quejosos. otros desafiándolos. Parecido a la dinámica de una clase de secundaria.
¿Y qué puedo decir de Wanda Nara? Todo el tiempo lo jode a Luis Ventura con que se merece el Martín Fierro de mejor conductora y la verdad tiene razón. Es excelente. Durante mucho tiempo existió la duda de quién podría ser la sucesora de una de las conductoras más icónicas de este país (Susana Giménez) y la respuesta es clarísima y es ella. También, muy equilibrada. El punto justo de humor, de auto referencialidad, es la conductora y autoridad total y también es una líder descontracturada que se corre del guión y les pregunta a los participantes de sus vidas. Todo mientras cocinan. Uno de ellos es su ex marido y padre de (algunos de) sus hijxs Maxi López, otro detalle que celebro. Es como cuando Susana entrevistaba a Darín, no pretenden que no son ex pareja, salen chistes, algún palito liviano. De nuevo: la vida real. No tienen una vida común pero por momentos, parecen personas cualquiera. Es reconfortante ver una ex pareja así en cámara. Entiendo que puede haber detrás de eso algún asesoramiento de abogados y cosas relacionadas a su actual divorcio, no soy tan inocente. Pero ni ella ni él son actores. Se habrán querido muchísimo en un momento, se habrán odiado en otro y hoy deben andar ok probablemente en pos del objetivo más importante (su descendencia) . Quizás eso le de alguna esperanza de un futuro de más paz a los televidentes menores que estén atravesando divorcios infernales de sus madres y padres.
Los participantes no solo son heterogéneos sino que además, como en la vida, tienen días mejores y días peores. Días en que salen con confianza y otros en donde se quieren morir y que el desafío termine rápido. Lo mismo que le pasa a cualquiera en cualquier trabajo, en la escuela, en cualquier responsabilidad.
Todavía no estoy al día y quizás no llegue a estarlo para la próxima clase, pero cuando me pregunten diré que mis preferidos son la Joaqui y Andy Chango. Walas me mata de risa, también me caen muy bien Susana Roccasalvo, el Chino Leunis y Evangelina Anderson. Pero lo más importante: no odio a ninguno. Quizás la mejor lección, no es necesario un villano.
메타데이터
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