Cuando el deseo deja de organizar la narración cinematográfica
Una de las cosas que más me llama la atención del cine contemporáneo es que cada vez encuentro más películas en las que cuesta responder a…
Cuando el deseo deja de organizar la narración cinematográfica

Una de las cosas que más me llama la atención del cine contemporáneo es que cada vez encuentro más películas en las que cuesta responder a una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué quiere realmente el protagonista? Durante mucho tiempo la teoría narrativa ha asumido que el deseo es el motor de toda historia. Un personaje quiere algo, encuentra obstáculos y la narración se construye a partir de esa tensión. Es una idea que aparece de formas muy distintas en Aristóteles, en la dramaturgia clásica o en buena parte de los manuales de guion actuales. Sin embargo, tengo la sensación de que algunas películas contemporáneas empiezan a funcionar de otra manera. No porque desaparezca completamente el deseo, sino porque deja de ocupar el centro de la estructura narrativa. Hay personajes que parecen moverse sin una meta clara. Personajes que observan más de lo que actúan, que atraviesan situaciones más de lo que las transforman. En ocasiones la película parece más interesada en acompañar una experiencia que en contar la consecución de un objetivo. Quizá esto explique por qué ciertos análisis narrativos tradicionales resultan insuficientes para abordar determinadas formas de cine contemporáneo. Cuando intentamos identificar el objetivo del protagonista, a veces descubrimos que la pregunta misma no es la más pertinente. Pienso en muchas películas recientes donde lo importante no es alcanzar algo, sino habitar un estado emocional, una incertidumbre o una forma particular de relación con el mundo. La experiencia sustituye parcialmente a la acción como principio organizador del relato. No estoy seguro de que esto suponga una ruptura total con los modelos narrativos clásicos. Probablemente sea más útil entenderlo como un desplazamiento. El deseo sigue estando presente, pero ya no siempre estructura la totalidad de la obra. Quizá la cuestión sea que hemos estado pensando el personaje desde categorías excesivamente teleológicas. Como si toda existencia narrativa tuviera que orientarse hacia una finalidad claramente identificable. Y, sin embargo, buena parte de nuestra experiencia cotidiana tampoco funciona así. Pasamos largos periodos sin perseguir objetivos definidos. Dudamos, observamos, esperamos, cambiamos de dirección o simplemente transitamos situaciones cuyo sentido solo comprendemos retrospectivamente. Tal vez algunas formas del cine contemporáneo estén intentando representar precisamente eso. Más que personajes que quieren algo, personajes que experimentan algo.
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