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2666, la bestia que devoró a Bolaño

Luego de cenar, mi compañera me muestra algunos apuntes de Roberto Bolaño sobre la escritura de 2666. Se tratan de imágenes de las…

Gabriel Diaz Heredia · 2021-12-21 12:24 · 0 claps · 5.5 min read
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2666, la bestia que devoró a Bolaño

Luego de cenar, mi compañera me muestra algunos apuntes de Roberto Bolaño sobre la escritura de 2666. Se tratan de imágenes de las anotaciones de la libreta personal del escritor chileno que Alfaguara incluyó en un dossier al final de la edición publicada en 2016 y que dejan ver un poco de la construcción de semejante obra en la mente de Bolaño. Son fantásticas y me pongo contento al verlas.

Conociendo mi admiración por el escritor chileno, mi pareja me pregunta por qué debería leer 2666. No sé qué decirle: el inmenso edificio de ideas y sentimientos que había erigido a partir de la pasión que sentí al leerlo se derrumba inmediatamente tras explotar ante el pedido de recomendación.

Hace algunos años, luego de leer Los detectives salvajes (1998) -segundo libro que leí de Bolaño tras el intento fallido de Amberes (2002)– , quedé tan extasiado y sediento que redoblé la apuesta y me dispuse a buscar más títulos del escritor chileno. Sin interludios pasé a la enorme 2666. La busqué en un sitio de compras online y en una semana ya la tenía en mis manos: un ejemplar amarillento de Anagrama que quizás estuvo en algún depósito olvidado de una librería de la calle Corrientes, una verdadera reliquia.

Las 1128 páginas en la mesita de luz me amedrentaron en los primeros días mientras trataba de buscar algún momento para dedicarle toda mi atención. Sin embargo, al poco tiempo me puse a hojearlo. Leí las primeras dos páginas e inmediatamente quedé atrapado en la telaraña bolañiana y no me pude despegar hasta liquidarlo.

En principio, 2666 eran cinco libros que el chileno con su último aliento pensaba publicar por separado en distintos años para garantizar el bienestar económico de sus hijos. Luego de su muerte, por decisión de sus herederos y la editorial se publicó todo en un solo volumen, respetando la división pensada por el autor: La parte de los críticos, La parte de Amalfitano, La parte de Fate, La parte de los crímenes y La parte de Archimboldi.

No pretendo realizar un resumen de la obra, no me interesa. Sólo realizaré algunos breves apuntes que no respetan el orden del libro.

Existen tres cuestiones centrales: una ciudad fronteriza, un escritor fantasma y el horror preponderante. Las distintas historias convergen en estos puntos gracias a la fascinante arquitectura de la obra en la que Bolaño dejó su vida. Santa Teresa, una ciudad ubicada al norte de México, en la frontera con Estados Unidos. Como ya se ha dicho en innumerables reseñas, Santa Teresa es el reflejo de Ciudad Juárez. Roberto Bolaño compone una ciudad, un paisaje urbano -y también rural-, y una vez más nos lleva al desierto de Sonora: pasan las páginas, el sol se eleva, todo se tiñe de amarillo y empieza a subir la temperatura, la sangre puede olerse a kilómetros en el aire seco y los ojos se enrojecen con el humo y la polvareda.

La ciudad de Santa Teresa trata de sobrevivir con las últimas gotas de la economía mexicana derruida por los tratados de libre comercio con Estados Unidos de los años noventa. Con lo que queda de la desindustrialización, las dos o tres maquiladoras estadounidenses que aún no abandonaron la ciudad ofrecen sueldos de hambre o condenan al desempleo. Aquellos que desean perseguir el sueño americano o simplemente escaparle a la miseria, se juegan vida o muerte al intentar cruzar solos o con sus hijos la frontera hacia Arizona, viniendo desde el mismo México o luego de atravesar medio continente, en la apuesta de ser abandonados en el desierto por coyotes y polleros. Obreros, desocupados, mendigos, prostitutas, proxenetas, hambrientos, policías y periodistas se chocan en las calles sórdidas de la ciudad.

Pero todo esto es la coyuntura en la que se desarrolla una ola monstruosa e imparable de femicidios que golpea a Santa Teresa desde principios de la década del noventa y que se extiende dolorosamente hasta el nuevo siglo. Cientas de mujeres asesinadas: estudiantes, obreras, niñas, adultas, madres, hijas, nietas. Desaparecidas, violadas, mutiladas, asesinadas.

Bolaño se apropia del argot policial en La parte de los crímenes para describir la brutalidad de los femicidios, haciendo una enumeración del horror que se vuelve burocrática, ilimitada y agotadora a medida que pasan las páginas y crece el número de asesinatos. Entre la desidia de la policía y la justicia sólo un agente policial tratará de ir un poco más allá en la investigación de los crímenes, pero el frenetismo de la violencia deja sin aliento y sin esperanza a los detectives y a los lectores que fracasan una y otra vez frente a pistas y soluciones falsas, mientras el silencioso desierto se convierte en un osario.

En este infierno el rol de los medios de comunicación se pone en tensión al visibilizar o invisibilizar los asesinatos de Santa Teresa y las denuncias de los familiares y de movimientos feministas que libran una batalla por la justicia y contra el olvido. En La parte de Fate, un periodista norteamericano viaja a la ciudad para cubrir una pelea de boxeo pero se entera de los femicidios y decide investigar los hechos, ante la negativa de sus superiores que se encuentran al norte del Río Bravo. Su viaje también nos brinda otra mirada sobre la ciudad mexicana, otra descripción del paisaje.

Aquí un párrafo aparte para destacar la fuerza con la que Bolaño les imprime el lenguaje a los personajes. Como en el resto de su obra, el chileno logra una imitación de la oralidad, las variedades lingüísticas construyen la identidad de los personajes y sus subjetividades; así los lectores accedemos a su visión del mundo, a su construcción de la realidad, escuchamos (leemos) su voz.

La otra cuestión es la literatura sobre literatura. En La parte de los críticos, cuatro académicos europeos se conocen mientras van tras los rastros del escritor alemán Benno Von Archimboldi. Estos profesores de literatura descubrieron al misterioso escritor y dedicaron toda su carrera profesional a estudiarlo. Bolaño nos pierde entre el bullicio de los intelectuales en congresos y seminarios, los placeres burgueses, charlas de café en Francia y paseos en taxi en Londres, llevándonos a un mundo académico al que ni nosotros ni él mismo hemos pertenecido.

Los críticos obtienen una pista: Archimboldi podría encontrarse en Santa Teresa. La pasión de los académicos europeos por encontrar a su escritor predilecto los lleva a viajar juntos hacia aquel pueblo mexicano donde se chocan con el recorte doloroso de la realidad latinoamericana: femicidios, pobreza y el encuentro con un profesor chileno que da clases en la universidad. En La parte de Amalfitano podemos perdernos entre las elucubraciones del profesor que no deja de estar situado y sitiado en Santa Teresa, mientras el desierto avanza sobre su casa y el porqué de su llegada a México se reconstruye en cada página.

Finalmente, como una especie de epílogo de proporciones exuberantes, en La parte de Archimboldi se presenta el derrotero de Hans Reiter, luego devenido en Benno Von Archimboldi. Para mí, la mejor parte, o la mejor forma de coronar una obra monumental. Bolaño desarrolla lo mejor del relato épico y nos adentra en una historia que se vuelve desgarradora, mucho más atrás en el tiempo: la infancia pobre de Reiter en Alemania, su amor por un libro único, su afición por el buceo, su trabajo como criado en la estancia de una adinerada familia prusiana, el llamado a las filas del ejército del Tercer Reich, la Segunda Guerra Mundial, su posterior conversión a escritor. Viajes interminables por Europa del Este, reencuentros, ocupación nazi, tortura, campos de concentración, genocidio, miedo y rebelión, en un relato demoledor.

2666 es un libro de muerte, de ausencias, de partidas sin despedida, de olvido y de desesperanza, de acontecimientos que jamás se resuelven, de revoluciones imposibles. Pero también de memoria: la desaparición y el exilio -al que los personajes definen ni más ni menos como la “abolición del destino”- se presentan nuevamente como fantasmas incansables que persiguen a un Bolaño que no se permite olvidar, que no nos permite olvidar. Como en Los detectives salvajes, el implacable paso del tiempo dentro de la novela añade un trago más amargo erosionando la ciudad, la historia y sus personajes, y destruye cualquier esperanza. Los relatos y microrrelatos dentro del texto ordenan o suman al caos, añaden reflexiones que muchas veces traen consigo dolor y risas en un espiral esquizofrénico e imparable.

Cuando terminé de leer el libro me sentí pleno y vacío al mismo tiempo, había pasado por todos los estadios, caminado por innumerables rincones y ahora estaba perdido, solo en un cementerio del año 2666. Al final, como los coyotes, Bolaño me abandonó en el desierto. La profecía se cumplió: la bestia me había devorado a mí también.


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