Condenados a ser libres
Últimamente, una persona querida me recordó una frase que suelo repetir y que, en mi opinión, describe mejor que ninguna otra la condición…
Condenados a ser libres
Últimamente, una persona querida me recordó una frase que suelo repetir y que, en mi opinión, describe mejor que ninguna otra la condición humana, en su sentido condicionado pero también incondicionado. Es esa famosa cita de Sartre que dice así:
“L’important n’est pas ce qu’on a fait de nous, mais ce que nous faisons nous-mêmes de ce qu’on a fait de nous.” (Lo importante no es lo que hicieron de nosotros, sino lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros.)
Y si bien las lenguas son herramientas incompletas a la hora de interpretar la realidad, esta frase se acerca para mí a una definición casi perfecta de lo humano: la incondicionalidad dentro de lo condicionado.
Sí: somos lo que hicieron de nosotros. Somos nuestra historia, nuestra genética, la gente que nos rodeó, la que nos crió y también las ausencias que nos marcaron. Pero también — ahí aparece la libertad — somos lo que decidimos, o lo que podemos hacer, con aquello que nos determinó tan profundamente.
Hoy me acordé de otras dos frases de Sartre que van de la mano con esta y que son quizás tan importantes como la anterior:
“L’homme est condamné a être libre.” “Ne pas choisir, c’est encore choisir.” (El hombre está condenado a ser libre. No elegir es también elegir.)
Estas frases nos recuerdan que, incluso en las condiciones más restrictivas, la libertad nunca desaparece: persiste en la forma en que respondemos a lo que la vida nos pone delante.
No hacer también es hacer; no responder, también es responder. Y muchas veces, ese silencio abre paso a las situaciones que más nos desgastan.
Generalmente creemos que evitamos elegir refugiándonos en la inercia, en la indecisión o en las circunstancias. Pero esa huida es lo que Sartre llamaba “mala fe” (mauvaise foi): el intento de negar nuestra propia libertad, cuando en realidad, al hacerlo, seguimos eligiendo.
Y es aquí donde aparece la otra cara de la libertad: la angustia. No se trata de un privilegio liviano, sino de una carga inevitable: estar condenados a la libertad significa que nunca dejamos de ser responsables de lo que hacemos con nuestra vida. Hoy en día, esta carga se multiplica: vivimos inmersos en un mundo de elección infinita y de distracción permanente, donde las posibilidades se expanden sin límites claros. Elegir entre un número creciente de caminos no solo intensifica nuestra libertad, sino que también amplifica nuestra incertidumbre y nuestra ansiedad.
Lo interesante es que esto no ocurre solamente en las grandes decisiones vitales. También en lo cotidiano — estudiar o posponerlo, hablar o callar, quedarse o irse — la libertad se despliega. Y aún cuando creemos que no estamos eligiendo, seguimos decidiendo el curso de nuestro camino.
Quizás vivir no sea otra cosa que aprender a cargar con esa condena: aceptar que estamos moldeados por una historia que no elegimos, y, aun así, reclamar conscientemente la última palabra sobre nuestro destino.

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