El cielo de Madrid
A una playlist de covers la llamé Versiones, y en la descripción puse recordar, del latín recordāri: volver a pasar por el corazón. Hoy he…
El cielo de Madrid

A una playlist de covers la llamé Versiones, y en la descripción puse recordar, del latín recordāri: volver a pasar por el corazón. Hoy he recordado que la última vez que estuve en Madrid quise escribir algo sobre haber estado aquí, y empecé hablando del cielo de la ciudad, diciendo algo así como que lo mejor de Madrid es el cielo, que ni siquiera es de Madrid. Aquel texto no siguió adelante porque, para cuando quise retomarlo, ya me había ido y el cuerpo no me pedía hacer nada con él.
Una razón menos clara me llevó a abandonar hace algún tiempo mi diario. Le he confesado a Inés que quizás se debiera a que ya no necesitaba desahogarme, pero pensándolo (ella) bien no es motivo suficiente, y tiene razón. Por eso lo retomo hoy sin un objetivo concreto; puede que para averiguar cosas que antes sabía y ahora no. Me da la sensación de que, hoy en día, la gente escribe su diario a través de las fotos que hace. No es mi caso, porque ni sé hacerlas ni me apetece (la zorra y las uvas).
A bote pronto he pensado en aquella entrada del diario de Kafka que decía que Alemania había atacado Rusia y él había ido a nadar. El diario, como la vida, no tiene por qué tener sentido, pero hay que darle uno para continuar.
El tema de esta entrada: los amigos. Juan se rio cuando le dije que no había ninguna jurisdicción sobre ellos. Tu tía abuela a la que nunca has visto tiene más prioridad que tu mejor amigo para visitarte en el hospital o cobrar una herencia. Debería haber algún modo de catalogar las amistades y concederles el valor que se merecen. No puede ser que sepamos el nombre científico de familias enteras de animales extintos, y amistad siga siendo una palabra tan ambigua, aunque no lo sea. Instagram ha propuesto una clasificación: amigos son quienes nos siguen y a quienes seguimos, ambas cosas a la vez. Hay que valorarle a la red social el deseo de querer abarcar lo inabarcable, porque dime tú que consideras a esa persona tu amiga —no hace falta dar más detalles, sabes a quién me refiero—. Los dos (los tres) sabemos que no, que os odiáis, o peor, os ignoráis mutuamente, como si dos espejos se dieran la espalda.
En fin, yo quiero a mis amigos; me alegra siempre verlos. Son ellos lo mejor de Madrid. Podrían, eso sí, aprender un poco del cielo y estar siempre a la vista. En todas partes.
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