El pintor de las sombras
El jardín oculto del cementerio de la Recoleta se encontraba bajo llave, lejos de los ojos de los turistas y el ciudadano corriente, ahora…
El pintor de las sombras

El jardín oculto del cementerio de la Recoleta se encontraba bajo llave, lejos de los ojos de los turistas y el ciudadano corriente, ahora sellado para mí. Solo había una manera de entrar, con la autorización de la logia. En dicho jardín, se han realizado sacrificios de carne, y sangre ha corrido entre los rosales marchitos. Nunca lo supo nadie fuera de este jardín. He participado en más de uno de esos rituales de sangre. Debo decir, aunque no me reste culpa, ya hace alrededor de un año que he dimitido de este culto. A mi entender, más que una logia, se trataba de un culto a Baphomet, el dios de lo oculto.
La historia sobre la que quiero hablar no tiene tanto que ver con Baphomet, como sí con los cultos satánicos en su nombre que se daban por la ciudad de Buenos Aires, allá por el 60, poco antes de que emergiera la civilización como la conocemos hoy en día, rodeada de tanta pornografía viceral y cultos satánicos de escala global.
Tenía apenas 22 años cuando me reclutaron. No solo era pintor, era el pintor al que recurrías si querías darle vida y renombre a tu casa o casona, a tu museo, a lo que se te ocurra. Como persona pública e importante que era, puedo decir que participé en banquetes y fiestas de toda clase de artistas y políticos, siendo estos primeros una suerte de inocentones que caían en las garras de los últimos. Solo unas alimañas de la astucia barata que conducían a la grandilocuencia y al estrellato, pronto, a artistas aún no tan renombrados. Esto atrapaba a los a los desprevenidos y cómo no, a aquellos ególatras — como yo — que querían un lugar en el salón virtual de la fama. Los artistas y políticos, juntos, compartían el pan de cada día, no había lugar para el discurso antipolítico o políticamente incorrecto en un sentido más literal de la expresión. Esto, que de otro modo hubiese llevado a altercados de diversa índole y que rara vez acontecía, dada la naturaleza sensible de los artistas, no sucedía. Al contrario, las cenas — casi siempre son cenas — eran armoniosas, y transcurrían con la misma calma con la que una anciana madre de dos hijos teje una bufanda para su esposo difunto. Estas cenas, a menudo ordinarias, eran concurridas por toda clase de actores, políticos, empresarios, pintores — entre los que estaba yo.
Fue una noche, tras la inauguración de una de mis primeras exposiciones, que una vieja diputada me preguntó si yo quería ser célebre. “Célebre de verdad, no como esos hijos de puta como Borges”. Yo, por supuesto, caí, presa de sus redes de politiqueo, como una mosca en la tela de una araña. Dije que sí, que quién no iba a querer eso. Me dijo que cuando saliéramos de la cena, me invitaba un café. En el Tortoni. Ella pagaba. Yo accedí. A pesar de ser un éxito pronto, no tenía un peso. Las pinturas y demás cacharros, que ahora echo de menos, me habían costado un dineral.
— Vos pintás muy bien, ¿no? — dijo.
— Sí, creo que sí.
— A ver, escuchame una cosita. El mes que viene damos una exposición en un museo en Nueva York, ¿te interesa?
— Sí, cómo no me va a interesar.
— Dale, te agendo entonces. Una cosita nomás, tus pinturas. Pintame a mí y cerramos el trato.
Dicho y hecho. Me llevó a su departamento. Fuimos en taxi. Se quitó toda la ropa. Vi que tenía una cicatriz bajo uno de sus pechos, no quise preguntar, parecía una operación. De resto, normal. Hasta cerca del final, cuando me dijo que le excitaba ser pintada, que termine y me la coja. No fue el mejor polvo de mi vida, pero con aquel trato cerrado, fue como la puerta al Edén.
Desnuda, en la cama, se encendió un pucho y me dijo que me fuera, que en el primer cajón de la mesita de luz había plata para el taxi y que agarrara un poquito más si quería, que lo viera como un adelanto. El museo de Nueva York era mío. Me dijo que abriera la ventana antes de irme, que le gustaba el viento fresco de la noche.
Confieso que entre cerrar el trato y coger, cuando llegué a casa estaba caliente otra vez. O me pajeaba o pintaba. Pinté toda la noche, dormí todo el día, fui a comer a un restaurante, me encontré con una amiga y cogimos toda la noche. Así habrá sido toda la semana hasta que me llamó la diputada para pedirme que le de la lista de pinturas mías que aparecerían en Nueva York. Le dije cuáles, me dijo que ella no era secretaria mía para andar haciendo esos mandados, que pase a la casa a darle la lista o que hable con su secretaria. Pasé a su casa. Después del polvo, me dijo que seguía sin ser mi secretaria y que hable con la suya. Fueron unos días agitados, aunque placenteros, así pasaron unas cuantas noches hasta que recibí una nueva llamada. Me enteré de que seguís haciendo retratos porno. Yo no los llamaría así, le dije. No me importa, tengo una oferta, un amigo mío quiere que los pintes a él y a la mujer, ¿vos querés? Obvio que quería, le dije que sí. Me dije a mí mismo, lo que sea que te oferte, pedile más. Pregunté cuánto me ofrecían, superaba mi tarifa diez veces. No pude decirle más.
Cuando llegué al caserón, plantado en el medio de unas calles laberínticas de la localidad de Olivos, vi cómo el sol resplandecía entre los árboles con su voluminosidad y espesor, dificultando el pasar de los rayos de sol y su llegada hasta la calle. Hasta en la plenitud del día, parecía el anochecer. Toqué el timbre. Al poco tiempo salió un hombre vestido apenas con una bata de baño de seda de un blanco impecable; yo, para la ocasión, había vestido una camisa vieja y desteñida con manchas de pintura. Junto a este señor, de unos cuarenta y
largos, me sentía — y parecía — un estropajo de la basura. Vestido para la ocasión, ¿no, Georgie? Pasa, pasa. Me hizo señas. Pasé. La reja, que él había abierto, se cerró tras de mí. Dentro, me esperaba su mujer, de cabellos rubí entrecanos, unos cuarenta y pocos, se hallaba acostada desnuda, de costado, mirando hacia el frente, sobre un sillón viejo en apariencia. Quizá el único mueble viejo de la casa, de resto, se veía impecable, a excepción de las paredes empapeladas de verde de ese salón, que exhibían dibujos varios. El tipo, reveló que ese sillón viejo perteneció a su abuelo y quería desecharlo luego de usarlo para aquel retrato que harían. En principio parecía ser un trabajo simple, así los clientes me desagradaran. Uno nunca sabe por dónde puede torcer la vida, porque acabamos siendo grandes amigos. El marido, quien todavía no se había presentado, aunque ya supiera su nombre (Carlos Benavidez), me hace una petición. Quiero que me pintes mientras lamo su muslo izquierdo y le clavo esta vieja daga — me la enseña — en su mano derecha. Yo me puse un tanto nervioso, cosa que esperé no haber revelado y supongo, por conversaciones posteriores, no se hizo; pero acepté la petición sin objeción alguna. No pasó mucho tiempo hasta que me preguntaran de dónde conocía a Johana. Ustedes se imaginarán cómo son las cosas cuando uno pinta un retrato. Por muy bueno que sea el artista, las cosas llevan su tiempo, y siendo como fue, hubo charla. Les dije que de una cena, que ella me prometió una exposición en Nueva York. Ah, la vieja Nueva York, dijo el marido, con desgano, hace mucho que no viajo ahí. Y decime, Georgi, si sos un pintor de renombre, ¿qué hacés pintando este garabato para nosotros? Sin estar seguro de a qué se refería, le pregunté si la oferta era correcta, si el precio era el que me dijo ella, y me dijo que sí, que era joda nomás, a ver cómo reaccionaba. Me mide, pensé. Qué chiquito que era, si estos tipos pagan cualquier cosa para que uno como yo los pinte. La charla derivó en mis aficiones fuera de la pintura, en mis autores más leídos, como Dostoievski o Sartre, en mi habilidad para batirme a duelo en el ajedrez. Isabel juega muy bien al ajedrez, al menos para ser mujer. Dijo medio en broma, medio en serio. Isabel, por otra parte, se mantenía callada, observadora. Más adelante supe que ella hacía esto en sus primeras charlas con una persona para encajarla bien dentro de su esquema. Ella era muy analítica y se le daba bien saber cuándo alguien mentía y cuándo no. Cuando se enteró de que Johana no me interesaba como pareja, ella se inquietó, al menos en apariencia. Te la cogiste y te fuiste, ¿no? La dejaste así, sola, para gusto tuyo, nomás, ¿no? Un tanto nervioso, un tanto irritado, musité un lacónico no, me respondió me jodía nomás, que también quería ver cómo reaccionaba. Ya pensaba para adentro “son tal para cual”, cuando terminé la pintura. Es decir, no la pintura, el primer estadio de la pintura, debería hacerle unos retoques más, pero concluí que hechos los retoques en el taller, estaría listo. Fuera como fuera, esos dos, se amaran o no,
eran el uno para el otro. Me despedí, alegre de haber terminado, de tener el cheque en mano y de haberme librado de esos dos. Ya era de noche y el tren, que estaba cerca, no pasaba con tanta asiduidad los domingos y feriados. De camino me crucé un mendigo y recordé cómo no hace tanto yo me creí capaz de ocupar su lugar, junto con un montón de lienzos y pinturas o lápices — son más baratos — . Quién sabe lo que a uno le depara el destino, ¿no? Un día sos una cucaracha para los grandes, al otro día te muestran los genitales, mientras te pagan por mirarlos con detenimiento.
Para cuando llegó el tren, unos cuarenta minutos después de haber estado esperando — cortesía de mi viejo reloj de pulsera — se largó a llover. Llegué a Belgrano y la lluvia amenazaba con tragarse la ciudad. Al día siguiente se informaría de la misma como la lluvia más importante del siglo. Siempre dicen lo mismo cuando llueve fuerte. Fuera o no fuera la lluvia del siglo, el centro estaba inundado, pero pude llegar hasta mi casita en Belgrano antes de que el agua subiera hasta lo alto, de modo que pude salvar la pintura — y más importante, el cheque — . En fin, la lluvia arrasó muchas cosas, no sé si alguna vida, pero sí muchas posesiones materiales de mucha gente. No salí de mi departamento por varios días. No me acuerdo cuántos, pero por varios. No asocié esa lluvia a nada particular, pero ahí estuvo, parte de mi vida, quizá como un momento de división entre lo que era y lo que se venía.
La tormenta pasó a los dos días más o menos. No me acuerdo. Más tarde, me llamaron y me dijeron que conserve el cheque si la pintura se había dañado, que no era mi culpa, que les podía hacer otra. Cortesía que me asombró, luego entendí que solo tenían que mantener su reputación de buenos empresarios, dispuestos a desenfundar el billete ante el trabajo requerido. Les dije que la pintura se había salvado y que no había nada de qué preocuparse. Asunto zanjado, me relajé en lo alto de mi montaña, aún virtual, de billetes, y por siempre virtual, dado que nunca me senté en una, aunque bien pude haberlo hecho. El punto es que el dinero estaba. Y así como el dinero estaba, también estaba el trabajo que terminé en dos sesiones de una hora, cada una en los días posteriores.
Como dije, estaba inundado, así que de preferencia, no saldría y tampoco tuve por qué, mi casa ya estaba abastecida de unos pocos alimentos que me eran suficientes. No hacían dos meses que salí de la pobreza, pero ya me imaginaba pronto viviendo en una mansión, siendo parte de la cumbre de la sociedad, o al menos en la parte económica. Es increíble como las idas y venidas de la vida lo ponen todo en su lugar, y a uno en su lugar, tanto para bien como para mal, porque luego de esto, mi exposición en Nueva York fue cancelada. No fue la peor mala noticia, pero fue una mala noticia. Me la dio la diputada, Johana. Me dijo que habían encontrado a alguien más, si me interesaba París, yo, aliviado, dije que sí, pero seguido de
esto, me dijo que no sería hasta dentro de seis meses y, de la plata, podía olvidarme. Claro, esto no terminaba acá, tenía el cheque, cheque que cobré ni bien la ciudad volvió a su normal acontecer de las cosas. Este dinero me abastecía con el caudal económico para vivir bien, como un jefe de familia, a cargo de dos hijos y una mujer por tres meses según mis cálculos. Mucho más de lo que necesitaba para vivir con pocos lujos. Aunque yo no viviría con pocos lujos, como estaba por ver. La familia Benavidez me invitó a cenar poco después. Poco después de que les enseñara el cuadro, el cual, me dijeron, colgarían en su cuarto. No es lo más púdico enseñar eso en nuestro cuarto de invitados, ¿no es así, Georgie? Pero fuera del acontecer de la daga y de las preguntas intimidantes de la vez pasada, no tenía nada que me incomodara de ellos. Me preguntaron si ya tenía boletos para New York, a lo que comenté lo sucedido, ellos me dijeron que a lo mejor podía verlo como una oportunidad y hacer una muestra en Madrid el mes que viene. Yo estaba pensando en Picasso, pero a lo mejor lo tuyo da algo de color, en un sentido, digamos… distinto. Han de haberme visto la cara de emoción y sorpresa porque Carlos continuó: Nos alegramos de que te guste la oferta, ¿qué decís? Dije que adelante con la muestra. En esa misma cena se me dio la citación para ofrecer una lista de pinturas. También cerré el contrato. Esta vez, oficialmente, por lo que no habría lugar a dudas o cambios de opinión, estaba hecho. Así fue como en Madrid conocí a Silvana. Dado que me trasladé allí poco después de que aquella cena tuviera lugar, para ser una suerte de anfitrión en la galería de arte de Madrid. Silvana era una joven crítica de arte que me reconoció por unas fotos mías exhibidas en el mural de la entrada. Dijo, reservándose sus opiniones, que mis pinturas no siempre eran sólidas, pero eran contrastantes con lo ofrecido por un iberoamericano, siendo así merecedor de valor — algo bueno, por lo menos — . Dijo, también, estar alojándose cerca, yo la invité a tomar un café, aduciendo la excusa de que me compartiera algo más sobre sus opiniones — solo quería llevarla a la cama — ella me dijo que claro, pero que vino con su novio — no sería posible, por lo visto — . De todos modos, me dijo, a la noche podemos salir a ver el parque más de cerca. Entendí por esto que tenía mi oportunidad, así que accedí. Sin embargo, ella solo se refería a caminar por el parque. Aunque me llevé una decepción, ella resultó ser agradable y probó ser una amiga de confianza que me acompañaría por mucho tiempo y a la que apadrinaría como pintora. Dado que esa misma noche me confesó que no quería ser crítica, sino pintora, al igual que yo. Solo que se asustó al ver el panorama y no creerse merecedora del éxito. El tiempo pone a la gente en su lugar, y así fue con Silvana, quien probó ser tanto o más talentosa que yo, y así el tiempo la olvide, dado que no logró tanto renombre, pudo pasar sus noches en compañía grata, rodeada de bienes materiales que, muchos, solo pueden imaginar. Siendo este el caso,
queda de relieve que, si no tuvo tanto renombre, fue por algo, y ese algo es que a ella no le importaba mucho ese renombre, lo cual no le impidió un alcance global, solo que quizá ella era merecedora de una placa virtual por el paseo de la fama de los artistas junto a Pablo Picasso, a pesar de no alcanzarlo en talento. Elogios a mi compañera de vida, mas no pareja, a un lado, puedo decir que aquella noche la pasé bien, y que más tarde me acompañó a mi taller, donde le pedí una breve demostración. Pintó una flor sobre una luna nada lamentable y nada original tampoco. Pero había ahí destellos de talento y una clara represión y vergüenza que, junto a mí, lograría destapar. Si algo pude darle al mundo, algo de lo que no me arrepiento, y no digo ya mis pinturas, que no me pertenecen a mí ahora, sino a la sociedad. Y si algo bueno, de verdad bueno y de valor que haga que mi existencia, frente a estropajos como adoradores varios de Baphomet a los que aún no me he referido, haya valido, es haberle servido de puente a Silvana Alonso para dar rienda suelta a su arte. Me despediría de ella a los pocos días, dado que mi exposición, tan importante como era, solo duraría dos semanas y luego sería mi regreso triunfal a Buenos Aires, en mi departamentito de Belgrano que aún no me dignaba a abandonar.
Fue en mi regreso, cuando mi día a día empezó a cambiar un poco. Ya no tenía tantas ganas de pintar. A pesar de pasar largos días sin coger, parecía que mi libido se había esfumado, cosa que a mis 22 años, yo concebía como impensable. Habrían pasado unas dos semanas así, sin que tuviera noticias de nadie, hasta que la familia Benavidez me llamó, querían hablar del éxito que fue mi exposición. Me dijeron que tenían más de un comprador para las pinturas. Yo dije que las pinturas no estaban en venta. Me dijeron cuánto ofrecían. No volví a decir en mi vida que una pintura no estaba en venta. Eso, lejos de animarme, me sumió en una depresión. Mi vida estaba resuelta, al menos en el plano económico, ¿y ahora qué? ¿Qué me deparaba el futuro? Querido, a todos les pasa eso, y al que no le pasa es un atorrante. Me dijo Isabel cuando le conté, me dijo que llegamos a la cumbre y no lo podemos creer, que pensamos que no lo merecemos y lo mandamos todo a la mierda. Me dijo que si quería, lo mandara todo a la mierda, pero no mucho ni tanto que después hay más exposiciones, más galerías, nene. Dicho y hecho, eso era lo que me andaba pasando. Sin embargo, la depresión y el abrupto cambio de ánimos no se me pasó de un día para el otro. Ahora, que tenía más plata, mucha más plata, decidí, por fin, irme de ese tugurio que tenía por departamento en Belgrano. Me mudé más al norte, en San Isidro. Un caserón con vista al río. Ahora, más cerca de la familia Benavidez, las visitas mutuas se harían más seguido, aunque no todavía. Por otro lado, decidí renovar los muebles. La plata seguía llegando en balde, y en bandeja de plata las oportunidades, yo solo tenía que hacer aquello para lo que
había venido al mundo: pintar. Parecía fácil, y era fácil, pero entre la juventud y los humores descontrolados, encontré mi vicio en las prostitutas y las mujeres que encontraba en los bares. Al principio me decanté por las últimas, luego, lo que viniera. Sexo, alcohol, droga, venta de pintura, exposición, ventas, más ventas, sexo, alcohol, droga, yo vomitando en un tacho de basura, en la vereda, en el baño, y demás. Pronto, yo mismo personifiqué la idea del artista trágico, pero las ventas no paraban, y enseguida había otra exposición, enseguida había más ventas, la plata llegaba en bandeja, y era mucha plata, mucha más de la que podía gastar, así que gastaba, y gastaba, y gastaba más, pero no regalaba, no tiraba la plata a la basura más que por alcohol, sexo o drogas. Y así pasé de hotel en hotel y de bar en bar y de telo en telo y de exposición en exposición de los 22 hasta los 26 años. Años de mi juventud que recuerdo como un gran borrón, como una gran neblina que se apoderó de mi mente y mis recuerdos. Aparentemente, habían pasado cosas en ese tiempo, cosas que referiré con brevedad dado que no las recuerdo: me casé dos veces, la primera por civil, la segunda por iglesia, ambas veces me divorcié dándole una parte importante de mi plata a la mujer correspondiente. Apadriné a Silvana, quien fue quien me rescató de esa vida, estuvo muy presente todo ese tiempo, aunque yo apenas la recuerde, no sé cómo, pero por suerte no me acosté con ella, hubiera, con toda seguridad, arruinado la gran amistad que se forjó con los años. Di gran parte de mi dinero al casino, compré casas, invertí en el negocio inmobiliario, algo bueno, por lo menos. Y después no sé, no me acuerdo. A día de hoy me río al recordar eso, qué chico que era. Claro, no estaba listo para esa fama de la noche a la mañana. Antes de darme cuenta, empecé a festejar a 300 por hora contra una pared, por suerte frené a tiempo. Antes de siquiera enterarme de hasta qué punto había triunfado. Triunfos de los que me enteré, consciente, tiempo después, a mis 26. Mi vida siguió su rumbo sin que el chófer estuviera al mando. Por suerte, Silvana no era la única que me ayudaba, se ve que, turbios como resultaron ser, la familia Benavidez me acogió como a un hijo y me ayudaron en muchos momentos. Siendo así que me enteré por parte de Carlos que una noche me presenté en su casa bebido de más, y que Isabel me salvó la vida por poco llamando una ambulancia, cuando intuyó que estaba teniendo un coma etílico. Fui atendido a tiempo y acá estoy, no como nuevo, pero estoy. Es irónica la vida a veces. Yo no merecía llegar hasta acá, sin embargo, lo hice, cuántos pobres artistas merecen una vida tan rica como la que tuve yo, y no la tienen. Claro está, yo, no creo, sé, hay una mano que ayuda a quien sabe ver el camino, y todo depende de eso, de saber verlo. Si tus intenciones son buenas o malas o si sos una persona que merece fama y éxito o no, es asunto para alguien más, para otro director de orquesta o para otra orquesta incluso.
Sea como sea, me metieron a un programa de rehabilitación para drogadictos y alcohólicos. No fue la primera tentativa de lo mismo, pero sí fue la primera efectiva. Y si bien siempre temí una recaída en el alcohol, nunca se dio, y si bien la temí por un tiempo en las drogas, nunca se dio y no frecuenté más esos sitios. Y si bien esta historia nos mete en lugares turbios, llegada la hora, no es necesario beber una gota de alcohol. O meterse por la nariz una mínima cantidad de polvo blanco para poder estar ahí. Con solo presenciar o ser partícipe de cualquier otra forma, basta y sobra. En cualquier caso, la rehabilitación me vino como anillo al dedo, ya que, aunque desconozco qué clase de problemas contrae uno con la drogodependencia prolongada, sí conozco los del alcohol, y por ese entonces, yo había contraído hígado graso. No pasaría mucho tiempo hasta que tuviera cirrosis si seguía así, era crónica de una muerte anunciada. Fui parte de un programa donde estuve encerrado en un psiquiátrico durante un mes. Luego fui a reuniones para alcohólicos anónimos — por suerte nadie me reconocía, porque me moría de vergüenza — sin embargo dimití al poco tiempo. Me parecía perder el tiempo ahí, era verse con un montón de don nadies que no hacían nada con sus vidas ni tenían intenciones de hacerlo. No me malentiendan, el alcoholismo es un problema serio y es un orgullo decir que lo superaste, sin embargo ir a verte con un montón de condenados que ya, supuestamente, lo superaron, y sin embargo siguen asistiendo a reuniones donde comentan pormenores de su vida adulta, no me parece haberlo superado, sino llorar sobre la leche derramada. Sin embargo no dimití enseguida, me procuré — o me procuraron, más bien — una excelente psicóloga que me ayudó a salir del fondo abisal que había tocado. No fue sin esfuerzo que salí del mismo. Pronto me di cuenta que hubo mucho más detrás que solo no sentirme pintor exitoso. Hubo también el temor a no reconocerme a mí mismo en un nuevo escenario, cuando ya estaba dentro de un nuevo escenario. Lo que no aclaré aún, yo provengo de Varsovia, mis padres emigraron a la Argentina cuando yo tenía unos seis años, así que ya era nuevo acá. Ambos murieron jóvenes, así que me vi arrastrado a un orfanato a los once. Cuando aún estaba adaptándome a la Argentina, es decir, mi período como pintor no exitoso, toca a la puerta el éxito y es otro lugar nuevo para mí. Así lo tomó mi psyche. Me vi tentado de poner un “así parece que lo tomó mi psyche” porque a día de hoy me resulta raro. Sin embargo, el hecho de que no haya vuelto a tocar el alcohol o las drogas supongo que es prueba suficiente. Me dijo la psicóloga que debía darle un cierre definitivo a esto, algo así como un acto simbólico. Hice una serie de pinturas ambientadas en la Varsovia que yo recordaba. Los edificios soviéticos, la gente en las calles como sombras de lo que fueron, recuerdos. Principalmente recuerdos. Pinté a mis padres tomados de la mano bajo un puente de un canal. No sé si ese puente o ese canal existen o existieron, pero lo pinté. Esa
pintura, mi favorita de entre todas las pintadas, y la de mayor valor simbólico, la compraron los Benavidez para mí, a sabiendas de que también la vendería. Yo no me opuse a tal obsequio, más por el gesto que otra cosa, pero la verdad era que prefería que se la hubieran llevado lejos y yo nunca más la hubiera vuelto a ver. Ahora colgaba en lo alto del comedor de mi casa. Quizá, como un recuerdo de que nunca debía olvidar mis raíces. Ahora, a mis 36 años, creo que fue un buen regalo. Esa serie de pinturas, a su vez, fue de las más exitosas a lo largo de mi carrera y fue luego de las tantas lamentables y, a veces, exitosas, series de pinturas que había hecho a lo largo de los últimos 4 años, la que mayor valor tuvo para mí. No sé, a día de hoy, a quien agradecer el haberme mantenido en pie todos estos años, pero a esa pintura y ese gesto de los Benavidez, les debo mucho.
Mi vida se tornó monótona y rutinaria. El caso es que la vida de un artista recuperado de las drogas y el alcohol, y con una vida exitosa, no dista mucho de la vida de un obrero cualquiera, con la clara diferencia del status, el dinero y el tiempo. Uno hace las mismas actividades todos los días. Me levantaba temprano para pintar. Pintaba desde que salía el sol hasta después de comer, a veces incluso hasta la cena. No porque fuera mi trabajo, de ser por esto, bien podía no molestarme en volver a pintar por el resto de mi vida, sino por el mero gusto de hacerlo. A menudo hacía largas caminatas por la ciudad. Solía ir a un restaurante, siempre el mismo, a eso de las dos de la tarde todas las tardes, aún por San Isidro. El mozo ya era amigo mío, le había propuesto ser ayudante en mi taller, para un salario más abultado, pero declinó gentilmente. Me dijo que era un negocio familiar, que con dificultad saldría de allí y que tenía horarios flexibles. Me pareció un buen motivo para quedarse así que no insistí. La comida era buena, eran tiempos buenos y la gente era buena. La vida acontecía con aburrida parsimonia, pero un aburrimiento tan gentil como el mozo y tan gentil como la vida podía ser. Al menos, en ese aburrimiento, yo no me sentía incómodo. Me sentía a gusto. Sentía que estaba en la cumbre de mi vida y que las cosas solo irían a mejor, quizá de a poco, pero solo a mejor. Estaba feliz.
Y así sería por un tiempo, hasta una mañana del verano del ’69. Le diagnosticaron cáncer a Silvana, me había llegado un fax. Enseguida partí para Berlín, donde estaba ella, en un hospital, internada. Madre, ya, de dos hijos, aun no tan exitosa como llegaría a serlo, no podía pagar el tratamiento. Así que me ofrecí. Ella, que por entonces me había acuñado como un hermano mayor, me dijo que no tenía que hacerlo, que era muy generoso, pero que su cáncer era terminal. El tratamiento probó lo contrario. Durante meses y meses, estuve a su lado, como un verdadero hermano lo estaría. El amor de familia, el puro, el indeleble, además de
con mis padres, quienes se habían borrado, casi del todo ya, de mi memoria, lo había conocido, o vuelto a conocer, con ella.
Estuve a su lado cuando perdió el cabello, estuve a su lado con la remisión del cáncer. Cuando se recuperó del cáncer y ella estaba escasa de recursos — razón por la cual, para respetar su dignidad, le hacía cheques no tan abultados, pero abundantes, por encargos que le hacía — le presenté a los Benavidez. Esa fue la primera vez que les llevé a alguien de mi entorno. También es cierto que no había mucha gente en mi entorno. Fue entonces que con los Benavidez, a pesar de que los años ya habían pasado, pudimos profundizar aún más la amistad, con sus tintes de paternidad, que teníamos. Silvana se mostraba renuente a ellos, decía que no le gustaban y que, a lo mejor, no eran mi mejor compañía. Cosa que rechacé como cierta. Eran extravagantes y altivos, sí, pero no me parecían mala compañía fuera de eso. Me dijo que a lo mejor era una impresión suya, pero le parecía que entre esos dos había algo oscuro, algo turbio. Yo rechacé la idea en un principio, y entonces me vino a la mente una imagen que hace tiempo había olvidado, aquella vez que los pinté. Carlos lamiendo el muslo desnudo, mientras, casi, apuñalaba la mano indefensa de su mujer. Esa imagen debió quedar sepultada entre litros y litros de alcohol. Estábamos en un ascensor, el que llevaba al departamento en Mallorca de Silvana, cuando pasó esto y me dio un vahído. Con esa imagen, se presentaron otras más de diversa índole, no sé si ficticias, de sueño o pinturas mías pasadas al olvido, pero vi sangre, cuchillos de mangos extraños, en carne, vísceras. Quise calmarme, pero esto solo me llevó a perder la consciencia. Desperté poco después, por lo que debe haber sido un desmayo de tan solo segundos, con el ascensor con la puerta aún abierta. Seguíamos en la planta baja. Más tarde referí todo esto a Silvana, quien se horrorizó ante la idea de que haya pasado por lugares así. Pero también pensamos que carecía de sentido que yo haya visto esas cosas y esté ahí, frente a ella.. Y si esas cosas eran fragmentos de sucesos que habían transcurrido en mis años de alcoholismo y drogodependencia, entonces, ¿por qué seguía así? ¿Entero? De vuelta a lo mismo, no tenía mucho sentido. Lo más probable era que fueran fragmentos de mi inconsciente y de películas oscuras y bizarras que hubiera visto por ahí. Hubo una imagen que me quedó grabada. De las que vi antes de desmayarme. Era una daga con un mango de oro con una serpiente enrollada de inscripción. Tiempo después, vi que aparecía esa misma daga usada en una película como defensa contra un secuestrador. Me pregunté si de ahí era la daga, o es que esa daga encerraba un simbolismo plasmado en la misma que aparecía en la televisión. Lo dejé pasar, asumiendo la primera posibilidad.
Sea como fuera, esto quedó atrás, y con esto, esa mala vida mía, lo que sí quedó delante, fueron mis ansias de poder. Y de riqueza. Más riqueza que la que ya tenía. Aunque ya pertenecía a la alta sociedad, a la clase alta de la misma, aún no tenía tanto dinero como aquellos que habían nacido allí. Y aunque nunca lograría pertenecer del todo, dado que yo no había nacido rico, sino que me hice rico. Gracias a un contacto fortuito con una persona que crucé pocas veces y luego desapareció de mi vida para no volver a aparecer hasta mucho después; aún así, yo tenía ese anhelo. Anhelo que perseguiría hasta llegados mis 36 años.
Llegados los 33 años, cuando ya hace tiempo había atravesado el tránsito de Saturno para la nada misma, dado que nada de mi vida no arreglé ni reconcilié más que el dejar la bebida y las drogas duras a los 26, y dicho tránsito lo tuve a los 29. Lo que me dejaba, ahora, en un punto muerto donde todo transcurría con una aburrida parsimonia. Una parsimonia que no me dejaba tranquilo, era sencillamente esperar. Esperar a que algo más se presentara en mi vida, sin saber bien qué o cómo conseguirlo.
Dije, al principìo de esta narración, que conocía a los satanistas muy bien, no con esas palabras, pero eso puede inferirse. A los 33 años conocería a la que fue por mucho tiempo mi pareja. Beatriz Bonpland. Beatriz, al igual que yo, era artista, ella pertenecía al rubro de la escritura, más concretamente la poesía. Fue en una cena con los Benavidez y otros personajes de la época que nos conocimos. Fue luego de una de mis tantas exposiciones, las cuales ya me daban cierto rechazo y a las que prefería no asistir. Ya, hace tiempo, la emoción que me generaban las mismas había quedado atrás. Ahora me quedaba el sexo, que no me satisfacía tanto como lo había hecho antes. Solía levantar minas en las exposiciones, todas querían conocer o pasar una noche con el aclamado Georgi. Mi libido, aún intacto, se había desviado más a prostitutas y encuentros de una noche luego de una cena o de fiestas plagadas de alcohol. Pero Beatriz no fue como otras. Ella no estaba interesada tanto en mi fama o en mi plata, parecía más bien seducida por la idea de un artista atormentado, aunque no lo fuera tanto como antes. Recuerdo que la cena se había dado en un restaurante que teníamos alquilado para nosotros solos. Nosotros, que no éramos nada más ni nada menos que alrededor de 60 invitados, atestábamos el lugar, con apenas suficiente espacio para todos. Había un espacio entre las mesas, donde nos disponíamos a bailar. Beatriz, en la misma mesa que los Benavidez y yo, me invitó a bailar con ella. Aún recuerdo sus cabellos rubios sobre su vestido negro, invitándome a esa primera probada de su esencia. Probada que probó ser insuficiente por la insistencia con que quise llevarla a la cama, cosa a la que ella se rehusó aduciendo que tenía que presentar su siguiente libro al día siguiente. Supe, luego, que esto era una mentira. El por qué, se lo tenía reservado para ella sola, aunque puedo deducir que era
solo una jugada. Le sirvió. A la semana siguiente ella accedió a venir a mi taller, en San Isidro, a ver mis pinturas. Las examinó como quien ve algo que es en extremo valioso, pero también en extremo olvidado. Vas a pasar a la historia vos, me dijo, pero no creo que esto que tenés acá sea todo vos, todo lo valioso, todo lo que hay dentro de esa cabecita tuya. ¿Y qué pensás que no te estoy mostrando? Decime vos. Se acercó con esa sensualidad tan suya, en silencio. Solo oíamos nuestras respiraciones, cuando íbamos acercando nuestros rostros, uno en torno al otro. Entonces se escucharon golpes en la puerta del taller. Ese beso al aire lo saboreé por el resto del día. Era Mónica Benitez, la que golpeaba a la puerta, tenía una entrega para mí. Un sobre. Dentro había una invitación para dos personas a ver la siguiente obra de teatro de Hamlet al Colón. El sobre era anónimo. Más tarde supe que Mónica estaba complotada con Beatriz para ese momento, la idea era que vaya con Beatriz, cosa que hice. Yo pensé que no hacía falta tanto teatro, y es que no hacía falta, pero Beatriz nunca le dijo a Mónica cuándo entregarme el sobre, y así coincidió con aquel espectáculo. Fui al Colón ataviado para la ocasión con un saco gris largo de paño, ella iba con un vestido cuadrillé. Fueron buenos tiempos. La relación avanzaba de a poco, ella me insistía en que viéramos mis obras en las galerías, que fuéramos a las exposiciones. Yo aceptaba la mitad de las veces, la otra mitad me quedaba en casa pintando, de a ratos meditando. Esta costumbre de meditar o reflexionar más bien sobre mi vida y mis actos, se haría más recurrente con el paso del tiempo, llegando al punto de ocupar todo mi tiempo. Solo pensar. Pero aún no habíamos llegado a eso. En cualquier caso, la noche del Hamlet fue maravillosa, los actores se lucieron, la música fue buena, la comida que pedimos, también. Lo que no fue tan bueno fue el sexo. Por primera vez, fui incapaz de coger. Había algo que me molestaba. Yo sabía que estaba tirando mi vida a la basura. Lo pensaba. Había intuido que eso pasaría, razón por la cual guardé una pastillita azul en el cajón de la mesita de luz, la cual tragué junto con un calmante, cortesía de Isabel. Cogimos como nunca. Quizá no haya sido la noche más memorable teniendo en cuenta mi episodio de impotencia, pero sí fue una buena noche. Y el principio de muchas noches iguales que tendríamos con el paso del tiempo. Beatriz, tan bella como era, parecía guardar muchos misterios dentro suyo. Yo había leído sus poemas. Eran buenos. Eran buenos, pero no me parecía a mí que merecieran la fama que ella había llegado a tener ni que fueran tan merecedores de ser aclamados y amados por el público. No era yo un escritor, pero sí era pintor, y como todo artista, tengo un ojo crítico para lo que la belleza y el estilo se refiere, y sus poemas, a menudo, eran vagos, esquivos, como un gato que se rehúsa al cariño. Como si hasta en sus propios versos ocultara algo. Muchos eran de materia esotérica, de lo cual no entendía mucho, pero eso no me importaba demasiado, no lo suficiente como para
excavar y encontrar lo que estaba buscando dentro de Beatriz. Fue en una de tantas noches de teatro, en medio de una cena en un restaurante de Recoleta, que me dijo si no estaba interesado en probar algo distinto. Algo más íntimo. No sexual, sino de índole espiritual. Medio en broma, le dije si era invocar a los muertos. Invocar no, adorar.
Fue así que me vi conducido al primer lugar de mal augurio, el cual no tendría lugar en Recoleta, sino en un despacho, más bien, en el espacio subterráneo de un despacho de abogados en Palermo. Beatriz me dijo que antes tendría que consultarlo, pero asumía que la respuesta sería afirmativa y así fue. La primera noche que pasé en aquel despacho en Palermo no fue muy extraña, ni nada difícil de imaginar en un principio. Ni siquiera nos pusimos túnicas negras, quizá, pensé, esto fuera más para una película que otra cosa. Las túnicas, me refiero. Llegamos al despacho, en la planta baja de un edificio, detrás de una biblioteca que ocupaba gran parte de la pared, al correrla, se accedía a un pasaje. Pensé que esto sería en un salón antiguo, pero no. El pasaje conducía a más pasajes, los cuales iban descendiendo y los participantes — unas 6 personas — usábamos linternas de kerosén para iluminar el camino. Al final del recorrido, luego de atravesar esos pequeños pasajes de no más de metro ochenta de alto y por dónde solo cabía una persona a la vez. Llegamos a un cuarto no muy grande, no muy pequeño, en el cual cabrían alrededor de 10 personas máximo. Había un altar, donde una suerte de diablillo con forma de cabra de pie, sosteniendo un pentagrama invertido, se erguía en forma de estatuilla de 20 centímetros. Aquel fue mi primer encuentro con Baphomet. Encuentro que, contra lo que pensaba, carecía de trivialidad, dado que al entrar allí, en esa sala asfixiante por donde, desde luego, no corría la mínima brisa de aire, sentí un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo al ver la estatuilla. Y sentí que me llamaba. El ritual no fue muy distinto de lo que esperaba que fuera, es más, se asemejaba a una misa católica, solo que los invitados adorábamos a un demonio en lugar de a un hombre crucificado. La misa satánica terminó. Pensé que nos iríamos y que había acabado, pero eso solo probaba ser el inicio, cuando la sacerdotisa, que no era otra que Beatriz, nos dijo que dispusieramos de las túnicas negras junto a la pared, colgadas en percheros, y nos las pongamos. Así hicimos, colocó velas negras en las puntas de un pentagrama rojo que trazó con tiza en el suelo, nos arrodillamos en el cuarto, todos esperando que pronunciara ciertas palabras que yo, luego, oiría hasta saberlas de memoria sin saber qué significaban, dado que nunca aprendí latín, y el ritual comenzó. Dijo que mataría a un gato, y que esto debía hacerse en completo silencio. El pobre animal murió sobre el pentagrama, derramando sangre y vísceras varias sobre la estrella pintada en el suelo. Entonces pedimos a la deidad que se cumplieran nuestros deseos, cosa que teníamos que hacer en silencio. Fue entonces que cada uno tomó un poco de la
sangre del animal con las manos, y la bebió. Luego de esto, luego de que aconteciera el horror, yo, en lugar de asco, de horror, sentía éxtasis, quería más, quería seguir. Y así empezaron mis idas y venidas por el mundo del satanismo, a mis jóvenes y lozanos treinta y tres años.
Yo creo que si aquella primera vez no me dio tanta impresión y no quise huir en cuanto supe de qué se trataba, se debía a que en realidad no era mi primera vez y que en parte sabía de qué se trataba. Volviendo un poco a la historia, aquella primera noche habrá terminado después de las 3 de la mañana. Fuimos directo a mi casa y me cogí a Beatriz como nunca, sin pastillas ni nada. No hablamos de lo sucedido, no hablamos de que no tomé pastillas. Solo sentía el éxtasis del, no tan fuerte, amor que sentía por Beatriz, y el todo poderoso éxtasis de aquel ritual y aquel momento culmen en sexo. Una de las pasiones primitivas y más importantes del hombre. No siendo suficiente para mí aquella vez, como ya sabrán, hube de asistir muchas veces más a aquellos rituales. Aunque no vale la pena aclarar lo que hacíamos, ya que siempre era lo mismo, unas palabras en latín que no sé qué significan, y luego el gato o animal del momento, casi siempre un gato. Negro, a poder ser. Esto, que aparenta no tener sentido a ojos ajenos al mundillo de la espiritualidad, debo decir que llamaba fuerzas de poder mayor al nuestro a ejercer su influencia en nuestras vidas. De modo que nuestros deseos, en especial los materiales, se vieran cumplidos así, por parte de la deidad convocada. En sí, esto era más una adoración que una invocación, pero aún así, era más o menos lo mismo y carece de importancia la aclaración y diferencia. El punto es que la deidad, con su enorme poder, ejercía su influjo. Influjo que veíamos en repentinas oportunidades de negocio, de ventas, de inmuebles, de lo que sea. Lo querías, lo tenías. Era el camino fácil. A mí no me importaban esos objetos mundanos de como es adentro es afuera. Para mí como era afuera, era afuera, fin.
Si bien, aunque pasó un tiempo antes de que esos rituales se me quedaran cortos, dicho tiempo pasó, y le manifesté esto a la deidad en mi última adoración con Beatriz a cargo. Luego, los Benavidez, como muchas veces en esta historia, ese matrimonio amigo, por fin enseñarían las garras que tenían y el cómo habían llegado a su lugar de éxito. No era otra cosa que el mismo Baphomet, solo que ellos hacían rituales distintos. Eran de índole humana. Esto fue cerca de mis treinta y seis años. Les dije, en una ocasión, como quien no quiere la cosa, que adoraba a cierto ser. Una suerte de deidad del inframundo. Ellos me dijeron si se trataba esto de Baphomet. Él puede ser muy engañoso, ¿cómo sabés que te da lo que querés? Inquirió Carlos. Yo dije que había conseguido vender más pinturas. Pero vos ya vendés bien, eso de que te quedaste relegado, que eras obra del momento, eso que dicen los críticos, que
sos de los ’60, no les hagas caso. A lo mejor era cierto que no soy de los ’60, pero también quiero ser atemporal. Esta última palabra fue lo que destapó el siguiente diálogo entre Benavidez y yo.
— Querido, vos sabés que te queremos mucho, acá Isabel y yo tenemos un lugar para vos siempre, pero — torció la boca antes de seguir — no sé yo hasta qué punto quieras de verdad lo que estás pidiendo.
A lo cual rectifiqué que por Baphomet haría lo que sea, siempre y cuando el trato sea justo y me dé de beber de su cáliz de sangre, ese cáliz de sangre que es capaz de cumplir cualquier cosa que uno quiera.
— Todo bien con eso, querido, pero vos no te movés mucho por estos ámbitos, a lo mejor puedo arreglar una reunión y vemos, les voy a decir que sos mi protegido y que querés unirte al club, así es como empiezan estas cosas.
Agregó que me quede tranquilo, que seguro se da.
Dicha reunión no pasó mucho después, sino a las dos semanas, una noche de luna creciente, cuando él, Carlos, me invitó, primero, a su despacho, para decirme que la cuestión estaba zanjada. Y luego, me dijo que solo quedaba que me presente en su casa a las nueve. Que lleve un buen vino y no vaya con esas ropas de ciruja que tenía puestas — las que uso cuando pinto — . Dicho y hecho, asistí, llevé un buen vino, pero no hizo falta, ya habían arreglado que sería en la casa del presidente. ¿El presidente está en esto? Ninguna sorpresa, me dije. Es cierto que no me movía en los ámbitos donde se mueve la gente de mayor poder, sin embargo ya estaba habituado a la clase alta de la sociedad y a los más ricos y acaudalados, así no fueran siempre los de las cumbres de poder, por lo que no me presentó mucho problema el presentarme ante aquella oportunidad. Oportunidad de la cual estaba muy agradecido. La cena transcurrió con lentitud y la hipócrita cortesía que se maneja en esos lugares. La cual, me traía sin cuidado, yo mismo la usaba cuando era oportuno o cuando era lo que se esperaba de mí. Y ahí se esperaba eso de mí, así que así lo hice.
La cena, a la que asistieron diferentes diputadas y senadores, entre ellos, Johana, que era ahora senadora, transcurrió con aburrida lentitud y calma. Fue cuando ya se estaban limpiando con servilletas luego del postre y del café y cuando la soñolencia se instauraba entre nosotros, cuando el presidente me dedicó una pregunta capciosa: ¿hace cuánto que esperás esta oportunidad? Respondí que desde que esperaba ser pintor había añorado una posición de poder y economía favorables para mí, que esperaba que con esto pudiera ascender más en el escalafón social. Sí, respondió el presidente, pero es más que eso, ¿crees poder estar a la altura de circunstancias que no sabés si te competen o no? Carlos quiso hablar
por mí, pero el presidente lo calló con un movimiento de manos. La primera luna llena nos vemos de vuelta, andá con Carlos, que él sea tu, digamos, padrino en esto. El tiempo apremia, caballeros, nos vemos la próxima. Carlos me felicitó, dijo que ya estaba adentro. Yo celebré para mi fuero interno también, dado que lo siguiente era solo participar, aunque no supiera bien cómo o dónde, detalles nimios dado que Carlos se ocuparía de eso. ¿Isabel va?, pregunté, a lo que me respondió que no, que ella nunca estuvo interesada en esos asuntos, que dice que son cosas de hombres. Yo no supe qué pensar de esto, pero tampoco tuvo mayor importancia.
Llegada la noche, ahí estaba, plantado ante la hermosa edificación con enredaderas que es el frente de la casa de los Benavidez. Carlos salió al poco tiempo de que tocara el timbre, me llevó en su auto hasta un descampado en Palermo. Yo le pregunté que por qué ahí, me dijo que ahí no era, pero que no nos podían ver estacionar ni todos los autos juntos ni cerca del lugar, así que caminamos. Un vicio que confieso he adquirido de mis años de borracho, es el cigarrillo, y me encendí uno mientras caminábamos con rapidez, aunque no apurados, hasta el parque. Habrán sido seis cuadras. Me dijo que lo espere en un banco, que tenía que hacer una llamada, se metió a la cabina próxima a donde me había sentado yo y realizó dicha llamada. Me dijo que habían pedido que llamara cuando ya estuviera ahí, para saber si asistía o no. Era eso nomás, dijo, aunque yo noté, quizá por una especie de sexto sentido, que estaba mintiendo pero que no era motivo de alerta. Entramos a un edificio antiguo que abrió Carlos con una llave vieja que tenía guardada, separada de las otras, es decir, de las de su casa y lugares varios que concurría. Abrió y entramos a un pasillo con corredores amplios y largos, era un edificio residencial. Entramos a uno de los departamentos de la planta baja, el cual estaba desocupado, pertenecía a Carlos. Corrió una estantería y dejó al descubierto una pared,con rendijas muy disimuladas, casi invisibles, él la empujó y la pared cedió. Daba lugar a unas escaleras descendentes. Me dijo que pase detrás de él y que le alcance la lámpara a kerosén que estaba al lado de la estantería. La encendió y recorrimos unos pasajes que iban descendiendo lenta, pero constantemente a lo largo de lo que parecían kilómetros. No muchos, pero el camino se me antojaba interminable, parecía como si esos pasillos subterráneos, de los cuales un olor a humedad horrible, no se acabaran nunca. En todo el trayecto, no vi una sola ventana y Carlos permanecía callado. Yo no me orientaba. No sé cómo podría haberme orientado, pero supe por Carlos que el lugar al cual llegamos, era el jardín oculto del Cementerio de la Recoleta. Más que un jardín, parecía una especie de capilla, de arquitectura italiana, que se extendía sobre nosotros. Encima nuestro, había luz eléctrica que iluminaba todo el lugar, había asientos, como en una iglesia cualquiera. La
capilla no poseía ninguna clase de ventana, y entendí por qué le decían jardín, dado que cerca del centro, había una fuente, donde, alrededor, reposaban toda clase de flores marchitas, como rosales y otras. Las flores no parecían muertas hace mucho, como si en este lugar, donde se respiraba una especie de energía densa de vida, las mantuviera aún en el umbral de la vida y la muerte. No era una energía agradable, era algo sobrecogedor, como si la misma energía que te da, al mismo tiempo pudiera (y quisiera), devorarte. Éramos, nosotros dos, los últimos en llegar, y aunque nos estaban esperando, la celebración o ritual se llevaría a cabo ya mismo dado que en el centro había ya un pentagrama rojo, probablemente este sí fuera con sangre, dudo mucho que la sustancia del suelo fuera de las velas rojas que había cerca. Había, también, velas en los extremos, pero estas eran negras. Pude observar, luego, que uno de los diputados tenía vendas en las manos, confirmando que esto era sangre, lo que podía deducir como obvio. Sentía que esa energía me rechazaba, no entendí muy bien por qué hasta después, cuando la misa ya estaba siendo celebrada y habíamos llegado a la parte del sacrificio. Como si una parte de mí siguiera impoluta, cuando entró el primer niño desnudo, desesperado, gritando, me puse pálido. Esperaba que nadie notara mi palidez, aunque tampoco había razones para que nadie volteara a verme.
El ritual sucedió como podría esperarse, el niño fue sacrificado, fuimos invitados a beber su sangre. Luego, se extrajeron ciertos órganos del cuerpo del niño sacrificado para ser comidos. No todos tenían el privilegio de comerlos, y aunque supuse que el presidente era un cargo lo suficientemente alto para devorar un órgano del niño, la experiencia me probó errado, dado que pertenecía a los que solo bebían la sangre. Debo decir que, aunque bebí la sangre, dicha sustancia no provocó nada en mí fuera de náuseas. ¿Quién me había mandado a meterme ahí? Nadie. Fue terminada la misa, que volvimos sin, como cabría esperar, saludar ni charlar con nadie. Me preguntó Carlos que qué tal, si eso era lo que tenía en mente. Yo mentí diciendo que sí, pero Carlos me leyó y me dijo “bueno, no es para todos, nene”. Hubo cierto tono de malicia en esa última palabra. No era esperable que yo denunciara a los partícipes de los rituales, por lo que nada aconteció y no fui llamado a repetir la ceremonia. Aunque seguía viendo a Beatriz de tanto en tanto, fue entonces cuando llegué a la ruptura definitiva con ella.
Los siguientes días a la misa, no dejaba de tener visiones y pesadillas por lo que había hecho, y aunque yo había adorado a la deidad en forma de cabra, ahora se me aparecía como lo que era, un ser atroz que merecía lo peor de nosotros o, quizá, la nada misma.
La segunda semana contraje una fiebre atroz, debía rondar los 39ºC y solo podía pronunciar dos palabras: muerte cabra. Esto sucedió en el hospital, las enfermeras me dijeron,
luego de mi internación, que eso era lo que decía día y noche, en mis delirios. Esperaba con todas mis fuerzas no haber dicho una palabra sobre lo que había acontecido y sobre dichos cultos. Por suerte para mí, así había sido, me dijeron que lo demás eran incoherencias. Incoherencias sobre un niño decapitado — no fue así como murió — y sangre en las rosas (los rosales marchitos, supongo), de resto no había nada que pudiera rastrearse hasta un suceso incriminador. Nadie me visitó en el hospital, dado que nadie sabía que estaba enfermo, siempre viví solo y casi es mejor que haya sido así. Por otra parte, yo fui por un simple dolor de cabeza al hospital. Un dolor de cabeza atroz, pero nada más en un principio. En la guardia del hospital perdí el conocimiento y terminé internado. Los médicos dijeron que no había nada mal conmigo, ningún virus o bacteria parecía ser el causante de lo que me sucedía, y todo apuntaba a ser algo más bien psicológico. Lo primero que pensé cuando desperté de mi sueño febril, fue llamar a Silvana y contarle lo sucedido, pero entonces no solo perdería una amiga, sino que iría a prisión, así que decidí no hacerlo. Podía hacer terapia, pero no sé si un crimen pertenece a la clase de cosas que no pueden decir los psicólogos por secreto profesional. Al final, decidí que resolvería el asunto por cuenta propia, denunciando a todos los involucrados en el asunto. No haría esto de la noche a la mañana, y perdería muchos amigos y conocidos por el camino. Lo que más me dolía de esto, era perder a los Benavidez, pero no había otra opción. Si Dios existe y me puso en este mundo por una razón, estoy seguro de que algo de destapar las mentiras de los ámbitos del poder y las grandes familias hay en eso.
Quería consultar con alguien sobre lo que haría, luego pensé que Silvana sería una gran compañera y probó serlo, y también probó que mis dudas e ideas sobre que ella me dejaría de lado por la turbiedad de mis asuntos eran infundadas. Aunque la puse en peligro, cosa que lamenté toda mi vida, por suerte no le pasó nada ni a ella ni a sus hijos o su marido. Esto porque ella salió del caso ni bien lo abrí yo. Quise destapar lo sucedido en estas familias, así es como empezaron mis tenebrosos 36 años. 1976. El año en que mi cuenta bancaria se vació repentina y misteriosamente, sin que nadie del banco hiciera nada al respecto o pudiera hacerlo. El año en que me vi amenazado de muerte en multitud de veces. Pero dicen que es mejor mostrar que contar, y así lo haré.
Corría el 2 de febrero de 1976 cuando salí del hospital dado de alta. No tenía mucho que hacer y hace tiempo que no presentaba una exposición. Aunque ahora tenía una dentro de dos semanas, cortesía de Isabel Benavidez, como fue en muchas ocasiones, ahora se me antojaba tal evento como lejano. Como si no existiera. Todo parecía tomar otro color en mi entorno, uno más grisáceo. Por un momento sentí el impulso de pasar por la licorería cerca de mi casa
y recaer en el alcoholismo, pero no lo hice. ¿El por qué? La licorería se hallaba cerrada. Apenas eran las 2 de la tarde y debía estar abierta, pero ponía cerrada por duelo. Pensé en ir al mercado a comprar una botella de vodka cualquiera, pero las 9 cuadras que me separaban del mercado más próximo se me antojaban como una eternidad. A pesar de que apenas había salido del hospital, estaba deshidratado. Claro, era verano, de qué otro modo explicarlo. La humedad tan común de Buenos Aires hacía que el calor fuera casi asfixiante. Pude haber pedido un taxi o un remis, pero ya había caminado unas cuadras dentro de la zona residencial y por allí sería difícil hallar uno, así que solo caminé, intentando no pensar en nada, lo que me resultó imposible. Al llegar a casa y entrar, comprobé que tenía más correo del usual. Silvana estaba embarazada, ponía en una carta. Casi me alegro. Un mes más tarde me llegaría otra carta diciendo que lo perdió. Siempre me pregunté si eso tenía algo que ver conmigo, como un karma compartido, por tonto que pueda sonar. La alegría, efímera como fue, se desvaneció al hallar otro sobre, este era negro con relieves dorados, dentro ponía solo ponía, en un escueto mensaje:
Para Georgi:
La siguiente celebración se llevará a cabo el 17 de marzo, lo espera con fervorosidad y admiración en la locación anterior. Cuenta usted con mi autorización.
El presidente.
Bien, un nuevo amigo, pensé con ironía. No ponía “el presidente”, ponía su nombre, el cual prefiero no referir, así como no referí el nombre de nadie, ni el mío. Todos los nombres, cargos y fechas están alterados, de otro modo esto podría no ser publicado nunca. Fuera como fuera, ahora estaba invitado a una siguiente celebración, aún no sabía cómo decir que no. Luego supe que era común ausentarse sin mediar explicación. Dichas celebraciones no eran de carácter obligatorio, pero sí merecían mucha importancia para el invitado. Por lo cual, aunque fuera común el ausentarse sin mediar explicación, la gente solía asistir. Yo no asistí más. Nunca nadie me preguntó por qué no fui el 17 de marzo. Carlos, a quien volví a ver en dos ocasiones, no mencionó el tema. Era tabú, por lo que vi. Quizá así fuera más fácil para mí en un principio. Solo ignorar, solo pasar desapercibido. Pero no quería dejar los asuntos de lado sin hacer nada al respecto. Llegué a preguntarme, con seriedad, durante ese período transcurrido desde que llegó la carta — la cual, por desgracia, deseché — si lo que había sucedido era real y no parte de los sueños y delirios febriles que tuve en el hospital. Ya no tenía la carta conmigo para confirmármelo. Sin embargo, el asunto se aclaró como real cuando Carlos fue el que envió una carta, el contenido era idéntico, el sobre también, lo que cambiaba era la fecha y la firma. Me llegó el 23 de abril. Esta vez conservé la carta. Resolví
hacer un manuscrito donde denunciaría, uno por uno, los miembros de las logias. Al menos los que conocía al momento de haber vivido aquellos eventos, de modo que pudiera concederme así, yo, tan solo un poco de merecimiento del reino divino en caso que exista. Es cierto, también, que no lo hice por eso, lo hice más bien por salvar mi alma de mí mismo. Siendo así, temí que me devoraran vivo las noches que tenía por delante, recordando al chico amordazado ser desmembrado luego de haber muerto a manos de aquel hombre, en medio de la noche, bajo el cementerio. Pensé que, aún si supiera el camino por los túneles ocultos, aún si enseñara aquella capilla satánica, nada probaría. Esos lugares, dudo mucho yo que se usen dos veces seguidas. Han de haberlos por multitud. Siendo el caso que fue fortuito para esta historia que sea una capilla debajo del cementerio de Recoleta la que se me presentó a mí. Podría, bien, haber sido bajo los Bosques de Palermo, o bajo el hipódromo, o bajo un despacho de abogados, o vaya a saber dónde. Fuera como fuera, ahora estaba destinado a destapar las redes de secuestro de menores, con toda probabilidad de prostitución y pederastía. Y también, cómo no, los rituales satánicos. Corría ya mayo de 1976 cuando comenzó la dictadura militar. Es decir, había comenzado poco antes y no podía salirse ya de noche. No recuerdo mucho de esos tiempos, pero sí recuerdo que me amenazaron de muerte más de una vez. Esto, la primera vez que sucedió, no fue fortuito, fue luego de haber exhibido una serie de pinturas que exhibían adoradores de aquella deidad (Baphomet). En la misma, había rostros conocidos, y aunque mi estilo no refleja las pinturas más nítidas, es decir, no pinto realista, no como una fotografía, bien se podían distinguir los rostros en aquellos cuadros lúgubres. Me cuidé de no involucrar, aún, a los Benavidez, pero había varios políticos. Aunque ningún artista había estado presente en el ritual que yo presencié, decidí incluir a algunos que participaban de esos círculos. Estas pinturas reveladoras e incriminadoras, arrojaron una nueva lupa sobre mí, de modo que los periodistas me paraban por la calle y me perseguían y acosaban buscando respuestas. Un hombre, entrecano, me dijo que si no respondía a las preguntas, bien podía escribir un libro en torno a lo que pensaba y quería transmitir. Este hombre, que salió en las noticias (un periodista) defendiendo mis obras y defendiendo lo que pensaba (bastante acertado) que quería decir yo, murió una semana después en circunstancias misteriosas. No fue un desaparecido, se suicidó (en apariencia). Fue el mismo día que salió esta noticia por la televisión, muy breve y escueta y luego a la publicidad, que me llegó una carta de un anónimo. Tenemos interferidos tus teléfonos, si hablás, sos boleta. Yo, que me había visto al borde de la muerte, aunque a causa de mí mismo y mis descuidos con el alcohol, multitud de veces, no me tomé tan en serio esto, además no parecía hecho por el gobierno. Es decir, no tenía forma de saberlo y en los círculos donde nos
movíamos, sabíamos que esas cosas eran moneda corriente, pero yo pensé que era otro, alguien más. A términos prácticos, no habría mucha diferencia si era el Estado, una amenaza de un cualquiera, un amague, o la propia logia cuyo nombre no revelaré. El caso es que empecé a moverme con más cuidado. Las primeras semanas luego de que llegara esa carta, otras similares le siguieron, así que mucha bola no les di. Sí hablé con Silvana, separados por la seguridad de un océano, sobre el tema. Ella me dijo que tenía que hacerlo, que tenía que seguir adelante con el proyecto de develar las monstruosidades que se llevaban a cabo en la ciudad. Yo le dije que no sabía bien cómo. Ella me dijo que escriba un libro, que desde allá, en España, no iban a hacerle nada a nadie. El tiempo probó estar de nuestro lado, pero también que Silvana se equivocaba. Cuando empezó el ida y vuelta con las cartas, se ve que las leían porque le llegó una amenaza de muerte a ella. Decía algo de que si seguía, le mataban al hijo. Ella, es evidente, me lo dijo, y como, es evidente, le dije que la dejaba fuera, pero que me diera alguien con quien seguir. Me dio un editor. Intercambié unas pocas cartas con el editor, gran admirador mío, aunque lo suyo fueran las letras, según dijo. Con el tiempo, forjamos una pequeña amistad con Ignacio Martínez, pero eso no viene al caso. Lo que importa es que le comenté mi idea de redactar una novela donde comentara, entre datos biográficos varios, cómo había conocido yo el ámbito de poder y qué acontecía en el mismo. Él accedió a leer los correspondientes manuscritos, siendo así, que llegamos a los primeros borradores. Para evitar levantar más sospechas, elegí un seudónimo y se lo enviaba así, con mi pseudónimo y una letra distinta, que practiqué mucho, de modo que fueran quienes fueran los que leían nuestra correspondencia, no leyeran esto. No supe en un principio si funcionó porque las amenazas de muerte seguían apilándose en mi cajonera de la entrada, y además había un falcon verde enfrente de mi casa. Yo, como se podrá inferir, salía lo mínimo e indispensable y siempre en mi viejo Ford Taunus. Con el pasar del tiempo, me acostumbré a la tensión, a los calambres, al dolor de espalda, las náuseas, a comer poco. Bajé de peso, unos 6 kilos. La ansiedad constante me traía sin cuidado, tenía algo importante delante. Y mi ejercicio sobre la letra falsa probó ser de fiar y de importancia, porque cuando envié el manuscrito terminado, nada pasó. Nada, hasta que me secuestraron. Claro, para entonces mi novela ya se había publicado, y aunque aún no me llegaba el cheque por la misma, había sido un éxito de ventas. Y aunque la había publicado con un pseudónimo, era evidente para los que sea que me espiaban que había sido yo, por muchos nombres truchos y fechas disimuladas y demás que había puesto, los rastros estaban ahí. Sin mencionar el hecho de que había hablado de esto, antes, con mi amiga Silvana en cartas que claramente fueron leídas por los señores, ahora lo sabía, de la logia.
Yo ya no vendía. Hace tiempo, desde una discusión no muy acalorada pero sí seria que tuve con Benavidez Isabel y Benavidez Carlos, además de mi dimisión simbólica — para ellos — de la logia, yo ya no pertenecía al club de la gente rica e importante. Pasé a ser un nadie. Y con los milicos que me tenían con los ojos encima por ser impredecible, dejé de pintar y dejé de vender. Un buen día me presento al banco con la intención de cobrar un cheque a mi nombre. El cheque rebotó. Pido hablar con el gerente, quien ya me conocía, me dijo que alguien había extraido todo los fondos de mi cuenta. Pedí el nombre de dicha persona, diciéndole que no podía ser, que esa cuenta estaba a mi nombre y de nadie más, pero no hubo caso. Era evidente que tenían que dejarme escaso de recursos para atacarme, a más débil, más fácil para ser atraído a la trampa, la cual nunca piqué. Había una exposición en Barcelona, me invitaron diciendo que podría vender cuadros ahí, que el pintor, hace tiempo olvidado, renacería de entre las llamas y que ese era el título de la exposición: El fénix. Yo no sé por qué, pero no caí, había algo en eso que me decía que no. Quizá por el hecho de que tuviera que compartir ciertos datos de antemano, o el hecho de que coincidiera al poco tiempo de que me dejaron sin fondos. Yo tenía plata, sí, pero no plata líquida, es decir, en el banco o en efectivo. Me quedaban unos pequeños billetes como para unos meses de un ahorro que había guardado en mi dormitorio frente a cualquier complicación, como una emergencia, así que subsistí de ahí. Además, también era sospechoso para mí eso de fénix. Qué fénix ni qué fénix, si hasta que llegó la barbarie político religiosa de las logias a mi vida, yo no había sido olvidado. Decliné luego de la breve llamada que me hicieron para confirmar que daba el visto bueno. La noche siguiente, entraron a mi casa dos tipos vestidos de negro, con pasamontañas y escopetas y me llevaron por la fuerza. No sé en qué auto me metieron, pero no era un falcon. Cuando me agachaba para entrar a dicho auto, uno me dio un culatazo en la cabeza y perdí el conocimiento para luego despertar en una pileta de privación sensorial, donde me torturaron con toques eléctricos durante horas. Me dijeron que luego de dichas torturas, pasaría a formar parte del montón de desaparecidos. Mi cuerpo estaba en el infierno, un infierno que se iba acrecentando con el paso del tiempo, sintiendo cada vez más y más dolor. Pero mi alma estaba en paz.
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