La plenitud de la soledad
Esto es lo que se dice un poeta: un hombre de 75 años, puro hueso y arrugas, con un gato como compañía y una casita oscura en la periferia
La plenitud de la soledad

Delfín Prats
Por Lilian Sarmiento Álvarez
Fotos: Roberto Ráez
Esto es lo que se dice un poeta: un hombre de 75 años, puro hueso y arrugas, con un gato como compañía y una casita oscura en la periferia.
La realidad de este poeta no es romántica. Es unos días con alcohol y otras noches sin dormir. Una lámpara fundida en la cocina y un clóset medio vacío.
Este poeta ya no escribe, o escribe poco. A veces lee o escucha música y a veces cree que la censura le hizo un favor.
De todas maneras, da igual si fuiste Hiram Prat en La Habana o Delfín en Holguín, si al final uno está solo con la poesía. Pero la poesía también lo deja a uno cuando no hay levomepromazina. Por eso Delfín Prats llevaba días sin poder dormir. “Estoy levantado desde la una de la mañana”. Las pesadillas regresaron. “Tuve que tomarme un trago porque estaba mal”. El té de las tardes es bueno para la ansiedad y el estrés. “No me funciona el alprazolam”. También hará un cocimiento con hojas de granada para ver si esta noche logra conciliar el sueño.
En el cuarto de Delfín Prats, Norah Jones descarga toda su sensualidad cantando “Crazy” mientras él, desde la cocina, toma café en su mesita de bambú y pone al fuego un jarro con agua para la granada. A la Jones le seguirán Amy, Nina, Diana Krall, una tras otra acompañando el striptease de la memoria. Claro, hoy está deprimido. De no estar yo, quizás estuviera tomando ron: “Tengo una tendencia a escuchar música dándome tragos. Cuando puedo hacerlo pongo boleros o a B.B. King, o algo de rock. No todo el rock, los clásicos”.
En caso de escuchar boleros puede que escoja a Benny Moré, pero su preferida es Elena Burke. Elena murió de SIDA y él nunca la vio en los clubes de La Habana. “La promiscuidad es muy peligrosa”, dice, y como un reflejo incondicionado recuerda a su compinche de bohemias: “Mira, Arenas pudiera estar vivo, pero cuando llegó allá se desató. Él tenía mucha facilidad para empatarse, sabía ligar fácilmente. Era un diablo”. Uno puede enterarse de estas cosas sin conversar con Delfín. Mucha gente ha querido conocerlo solo para que cuente las hazañas de Reinaldo Arenas, y bien pudiera haberle dicho a alguno, cansado ya de la persecución: Léanse su autobiografía y no fastidien más. Lo otro es consultar cuanta entrevista o investigación exista publicada, donde aparezca el pseudónimo Hiram Prat. “Talentoso y satánico… uno de los mejores poetas de su generación…terminó alcoholizado y envilecido, según Arenas. Poeta bohemio y marginal…incisivo compañero de playas y aventuras”, según Tomás Fernández Robaina.

Ninguno de ellos es el muchacho que escribió sus primeros poemas amparado por el silencio de la Biblioteca Nacional. Tampoco el que los destruyó después de la lectura (o pachanga, dice él) en casa de Lina de Feria, porque “no estaban logrados”. El joven traductor de ruso del octavo piso del Ministerio de las Fuerzas Armadas se había atrevido a enviarle sus textos a Nicolás Guillén después de la lectura en Boca Ciega. “Debe haberle parecido tremendo que un soldado, graduado por demás en la URSS, hubiera escrito aquellos poemas”, dijo Delfín en alguna entrevista. “Aquello sirvió para que no solo terminara el libro, sino que lo enviara a la segunda edición del concurso David para escritores noveles”.
Ese mismo año de 1967 un tal Irán Jorge publicó en La Gaceta de Cuba la Canción georgiana. Los cabellos rubios de Kolia y los licores europeos daban cuenta de las experiencias amorosas del autor en fríos parajes. Al año siguiente, el mismo poema aparece entre los trece que conforman el cuaderno ganador del Premio David de la Uneac. Era Delfín Prats un novel poeta provinciano que ni siquiera pudo llegar a la ceremonia de premiación del certamen, y Lenguaje de mudos sería el principio de un silencio prolongado durante casi veinte años. Algunos afirman que más.
Quién sabe si quede algún ejemplar de esa primera edición. Un amigo exiliado dice tener una fotocopia de aquella única tirada. Lo cierto es que hasta 1987 el nombre del holguinero y sus versos estaban ausentes de las librerías. Fue entonces que apareció Para festejar el ascenso de Ícaro, reconocido con el Premio Nacional de la Crítica. Durante esas dos décadas de mutismo editorial Delfín trabajó en el Instituto de Geología de la Academia de Ciencias, regresó a Holguín, de nuevo La Habana, trabajó en la Empresa Turística Santa María del Mar hasta que finalmente se estableció en Holguín en 1981.

“El problema es que el año 1968 fue un mal año”. Frente a su computadora de escritorio, Delfín revisa algunos documentos: la edición italiana de El esplendor y el caos; la antología poética El sueño de la insularidad publicada en Brasil; la entrevista de Leandro Estupiñán (una de ellas). “Esta es la revista de Belkis Cuza Malé en Nueva York, Linden Lane Magazine”. Abre el pdf. “Ella fue jurado el año en que yo gané con Lenguaje de mudos, junto a Barnet y Ángel Augier. Ella y Barnet me dieron el voto, Augier se opuso y muchos años después me dijo que se había equivocado”.
Sí. 1968 fue un mal año para los que replicaban y para los que se evadían. Y para los gays. “El problema es que mi libro no circuló, más que nada, por la cosa gay, porque no tiene connotaciones políticas. La UNEAC estaba como que retorcida”. Más de cincuenta años después hay un Delfín Prats que dice: “¡Claro! A mí me hicieron un favor porque después mi libro fue de interés de todo el mundo. Al pasar los años era muy buscado por esa razón extraliteraria”. Mientras lo dice se ríe como un loco, o como un bufón.
A estas alturas su suerte le parece risible y absurda. Pero qué más da si tiene a Ella Fitzgerald en la tarde tropical cantando para él. En la silla de hierro y madera, practica una extraña coreografía. Cruza las piernas y encima los brazos. Dice que la vida está dura. Se tira hacia atrás y reposa el brazo derecho sobre la cabeza. Mira más allá de la reja. Luego abre las piernas casi en un ángulo de 180 grados y se yergue con las manos sobre los muslos.
De esto no se puede culpar a la falta de levomepromazina. Lo primero que me dijeron sobre él fue que hablaba poco y se ponía ansioso. Cinco minutos conversando sería un logro admirable. Pero Delfín lleva más de media hora revisando sus películas y hablando de El joven Papa, de lo prodigiosa que era Amy Winehouse, que la literatura no tiene que ser contestataria para ser buena, y Que c´est triste Venise si el muchacho no viene hoy.

Será que sus lecturas orientales lo han preparado para lidiar con todo tipo de intenciones. Una vez, en 2006, mientras hacía la misma coreografía de ahora, dijo que tenía un mal karma, pero después rectificó: “En realidad yo no puedo creer en el karma, no puedo creer en que las cosas que constantemente nos están pasando, sean el producto de aciertos o descalabros ocurridos en vidas pasadas”. Y aquí es válido imaginarse qué habría hecho Delfín Prats en una vida anterior para merecer esta.
“Yo sería budista si pudiera. A mí me gusta el zen. Si yo encuentro un profesor de zen lo empiezo a practicar y lo dejo todo, dejo el café, el cigarro, todo”. Sobre la puerta que da a la cocina cuelga una hilera de banderitas de colores. Blanca, azul, roja, verde y amarilla, en ese orden. La secuencia se repite dos veces. Cada una tiene caracteres negros inscritos. Representan los elementos de la naturaleza y los caracteres forman oraciones budistas en tibetano. Si Delfín tuviera ese gurú recitaría las oraciones que cuelgan sobre su cabeza. Lo único que está por adivinarse es si también dejaría de escribir, entonces le hago la pregunta y dice que en realidad no está escribiendo. “Es una lástima porque así me entretendría, pero en la editorial (Ediciones La Luz) dejé un poema inédito que se llama «Islas Gilbert», tiene cositas un poquito homoeróticas. Yo autoricé que fuera enviado a Jamila Medina porque ella me habló de la posibilidad de publicarlo en *Rialta*”.
Delfín no sabe bien qué es *Rialta Magazine. Su poco tiempo de acceso a Internet lo destina a comunicarse con amigos en Cuba y el exterior. No tiene teléfono y la computadora de escritorio — que acumula diez años de uso y mucho polvo — apenas le da la seguridad de guardar los documentos más importantes. Menciono [Hypermedia Magazine](https://www.hypermediamagazine.com/)*. Eso sí lo conoce. En 2013, Yoandy Cabrera compiló una edición crítica de toda su obra poética bajo este sello. La única queja sobre ese volumen es que “él se empeñó en hacer una edición crítica, pero cometió la imprudencia de vincularme a Padilla, arrimó a la brasa su sardina porque parece que quería manifestar algo”. Eso y que se quedaron debiéndole la mitad del pago.“Me comieron el queso”, pero a Delfín no le gusta complicarse la vida por gusto.
Como aquella vez en que su nombre llegó a la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, porque lo suyo era “un caso típico de marginación del sistema socialista cubano”, y tuvo que viajar hasta La Habana para declarar frente agencias de prensa extranjeras que era un autor publicado, miembro de la Uneac y trabajador en el Centro Provincial de Información de Ciencias Médicas. O mucho antes, cuando un paseo por la bahía de La Habana en compañía de unos rusos le costó tres meses de detención en el Combinado del Este, acusado de receptación; porque entre el vodka y la comida en el barco los rusos le regalaron dos o tres cositas, y no hubo más remedio.

Ya Delfín no está para ese tipo de complicaciones. Bastante tiene con el antivirus desactualizado y la comida para los cuatro gatos que se le cuelan a través de la reja, aunque solo Arturo es el suyo. El pan que llega a las cinco de la tarde más dos horas de espera en la cola. Las antologías inconclusas que le quieren publicar en México y Barcelona, o la trabazón con ese poema que no sale, aunque se auxilie del alcohol. “¿Tú nunca has intentado la poesía…? Menos mal…”.
A las tres de la tarde la casa de Delfín Prats comienza a oscurecer. Las mañanas son para salir a la ciudad, ir a la sede de la Uneac o a Ediciones Holguín. Después de las dos vuelve a la rutina casera de seguir viviendo menos cada día: a las cuatro empieza a cocinar, a las cinco, el pan. Entre las seis y las siete tomará la levo, si hay. Si no hay, la noche será larga.
Arturo llega hasta el platillo con arroz que Delfín ha colocado en una esquina de la sala, prueba un poco y se esconde bajo el sillón de pajilla. “Este lo que quiere es pollo”. Se siente como si estuviera cansado todo el tiempo, pero cuando le habla al animal desaparece cualquier indicio de pesadumbre. También acentúa esa inflexión en el modo de hablar que tienen los que nacieron en el campo. Hace muchos años que Delfín conoció la urbanidad y ha vivido en grandes ciudades, pero una parte de él sigue allá en La Cuaba natal.
La Cuaba es un caserío en el límite sur de la ciudad de Holguín que inspiró aquellas escenas del aire feroz entre los ocujes y los niños descubriendo su sexualidad en la charca. Es el sitio predilecto al que de vez en cuando quisiera escapar. “Allá tuve una pequeña huerta, pero vino un ciclón y… La huerta de Cándido”. Delfín es el mayor de tres hermanos. La finca donde nació pertenece ahora a su hermano menor, quien la heredó de su padre, y este de su abuelo. “Era una vida dura, pero mi papá trabajaba la tierra, ahora mi hermano no practica la agricultura como es debido”.
A él le ha quedado esta casita en el barrio periférico de Pueblo Nuevo cuya única novedad sea, posiblemente, la residencia de un candidato múltiple al Premio Nacional de Literatura. Pero eso no todos lo saben. Solo algunos periodistas y amigos han llegado hasta la guarida de Delfín donde ahora se queja del ruido de los carros a toda hora y la música de los vecinos, este templo de exaltación al yo.
En una de las paredes una foto suya cubre un diploma “por su apreciable y digno aporte en beneficio del pueblo holguinero”. Delfín cree ser el poeta más fotografiado de Cuba. Me explica que esas fotos en la pared son de un viaje a Gibara con una japonesa y busca un álbum de fotos dentro del clóset cerrado con una gruesa cadena de hierro. La cadena tiene función decorativa porque no hay mucho que proteger dentro del closet: la ropa cuelga en una esquina del cuarto, un par de zapatos se esconde bajo la cama, revistas y libros viejos se apilan en un rincón.
En una de las fotografías, un Delfín Prats más joven lee (o hace como que lee) la edición de Tusquets de El color del verano. En otra el muelle de Gibara con el mar siempre en calma. En la siguiente está de pie en el patio de la casa donde almorzó con la japonesa. Aquella fue una de las tantas ocasiones en que la cosa iba sobre Reinaldo Arenas y no sobre él. No recuerda bien la fecha: “la memoria tiene sus resquicios” y hay tanta vida junta que el calendario se esfuma. Pero debió ser hace quince años.
Cuando no logra ubicar las anécdotas en la línea del tiempo dice: “Yo tenía que haber llevado un diario, que a lo mejor se hubiera perdido y no lo tuviéramos, pero a mí me gustaban los diarios. En Santa María del Mar yo escribía por las tardes a dónde había ido la noche anterior, con quién me reunía, si veía a Clarita Moreira”. Eso dirá Delfín Prats el día que cumpla 75 años. Pero ahora sigue buscando las fotos del viaje a la Villa Blanca. “La japonesa y yo en Gibara”. No conserva ningún retrato con ella, como tampoco hay fotos de familia o de su juventud, pero sí del muelle de Gibara con sus barcos, de la playa muy azul y de un pino majestuoso en un caserío. “Toma, te voy a regalar estas”, dice resueltamente. Me pregunto si a Delfín Prats le estorbarán los recuerdos.
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Publicado en la revista El Caimán Barbudo
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