El Cacique del Norte
Martín los observaba alejarse. Era ya casi mediodía pero el viento, inusualmente frío para esa época, no cedía en golpearle el rostro…
El Cacique del Norte
Martín los observaba alejarse. Era ya casi mediodía pero el viento, inusualmente frío para esa época, no cedía en golpearle el rostro quemándole las mejillas. Tras una larga caminata cuesta arriba, por un pequeño sendero bordeado por sacate, llegaron por fin a su pueblo. Lo dejaron sin cruzar palabra. Era esa altivez, muy peculiar de esos extranjeros, lo que les caracterizaba al considerar al resto como inferiores. Eran tres altos y fornidos, junto con tres mozos pequeños y delgados. En su rabia, Martín callaba al ver a los siervos llevar canastos rebozando mazorcas de su sembradío. Era insignificante lo que tomaban, pero lo hacían con toda libertad y sarna.
La aldea consistía de unas cuantas parcelas planas. Después de las laderas, al otro lado de los barrancos que lo rodeaban, se erigían montes gigantescos, hermosos, cargados de altos pinos, cipreses y otras especies que a pesar de ser tropicales, se adaptaron al frío del altiplano. La vida silvestre menguaba pero aún se veían venados, conejos y alguna otra manada de cerdos monteses. La caza hacia muchas estaciones que les dejó de proveer alimento suficiente para todos. Ahora lo importante era el cultivo. El maíz, frijol, chilacayote, papa y otras hortalizas que se daban en abundancia, evitaban que la pequeña población padeciera hambrunas.
Martín se encontraba de espaldas a la aldea. Desde ahí se observaban las precarias chozas de adobe y otras de palo, mimbre y paja. Sintió hambre cuando le llegó el aroma a comal ardiendo acompañado por el sonido de palmas torteando. Todo indicaba que era tiempo de comer. A pocos pasos, su hermano menor Joaquín se le acercó.
— ¿Qué te dijeron Martín? — Pues ¿qué más? Vienen por nuestra comida. — Fuiste un estúpido al ir solo. — Bueno, si me hubieran matado, al menos sería solo yo. Y tú te las tendrías que arreglar sin mí.
Nunca se lo confesaría a su hermano, pero sintió temor cuando, rodeado por aquellos tres guerreros, obligado lo llevaron al campamento a una jornada de distancia. Al llegar, la luz del sol aún se colaba por los árboles. Vio fogatas a medio arder, chozas de cuatro palos con petates cubriendo el suelo. Conforme se adentraban, las estructuras se hacían más sofisticadas. Quedó estupefacto al ver unas piedras, grandes como un niño que tenían grabados los rostros de figuras extrañas, manchadas con costras de sangre. Y junto a estas, la ceniza e incienso luchaban por solapar el olor a muerte dando una impresión mística y aterradora. Contó alrededor de unos cien guerreros. Mujeres y niños eran atraídos al verlo pasar. Y como a un cautivo, por momentos el trato era brusco, empujándolo o tomándolo del brazo con fuerza. El hecho que vestía a la castellana, con sus calzones a la rodilla, sus sandalias y su camisa sucia y deshilachada, hacían de él un traidor.
En el centro del establecimiento, le hicieron esperar en un claro qué hacía de patio. Mal iluminado por las demás residencias y corredores, a un costado de este se levantaba una estancia, construida con el mismo material y de la misma manera pero más grande. Delante de Martín, al otro costado y también vigilado por otro guardia, yacía un hombre un poco mayor que el. De rodillas sollozaba viendo en dirección al aposento. Una voz grave y fuerte se mezclaba con los gemidos de una mujer provenientes de la entrada cubierta por un manto de algodón que ondeaban por el suave viento del anochecer. Y cada vez que las voces se hacían audibles, el hombre hundía su rostro en su regazo en pleno sufrimiento. Martín permaneció de pie un largo rato evitando contemplar aquella escena. Vencido por la fatiga y aceptando la realidad que no le permitirían huir, decidió sentarse. Al no poder conciliar el sueño, para distraerse observaba las estrellas preguntándose qué estarían haciendo su mujer y su hijo.
— Tu turno.
Lo sacaron de su sueño con una patada. Abrió los ojos y se sorprendió al ver el amanecer con otro guardia que no era el mismo de anoche. Trastabillando se levantó tratando de volver en sí. Noto que el hombre al otro lado se encontraba sentado y su cabeza sobre sus rodillas. El guardia se adelantó y descubrió la entrada moviendo la manta para que ingresara. Pero antes, salió la mujer que no dejaba de llorar. Se reencontró con el hombre miserable y ambos partieron cabizbajos. ¿Cuánto tiempo nos queda? ¿Cuánto falta para que hagan lo mismo con nosotros? Hice bien en no dejar entrar a los guerreros a nuestras chozas.
Bajo un techo alto de paja se encontraban una variedad de troncos, adornos de madera, utensilios de barro y obsidiana, incienso, flores, figuras de piedra y un par de papagayos caminando sobre un travesaño que atravesaba la bóveda. Vio al cacique recostado sobre un paño de tela que le recordaba a los doseles vistos en la iglesia cuando de chico su padre le llevó de visita la única vez que vio aquel lugar. Casi desnudo, si no fuera porque tenía encima de su ingle un trapo de telas con colores vivos y bordes de plumas verdes y azules que brillaban en tonos distintos, el cacique lamia unos huesos con carne. Su piel estaba marcada por cicatrices, y sobre estas llevaba marcas trazadas con tinta oscura. Era como ver un mural contando una historia de guerra. Su rostro, con párpados caídos y con algunas arrugas, era tosco, con una vista amenazante. El lugar estaba impregnado con un olor fuerte que se desprendía de unas mojarras enormes secas bañadas en sal que colgaban de uno de los muros. Probablemente son ofrendas del pueblo pesquero montaña abajo. Cada quien hacía lo que podía para apaciguar a estos extranjeros.
El cacique soltó sus alimentos en una vasija en cuanto vio a Martín. Y el guardia obligó al joven a sentarse un peldaño abajo de su jefe.
— ¿Cómo te llamas aldeano? — hablo el cacique al mismo tiempo que termina de engullir el último bocado.
A diferencia de sus súbditos, este le habló en la lengua del norte. Idioma que Martín aprendió desde niño porque su padre le obligó para en un futuro, poder mantener el comercio con aquellos grandes pueblos lejanos. Lugares donde se decía, habían ciudades donde se levantaban templos de piedra tan altos como los árboles.
— Bien Martín, iré al grano. Las dinastías de nuestras tierras han desaparecido. Y fueron reemplazadas por pueblos extraños con los que estamos en guerra. Además, el último invierno fue inusualmente frío y quemó todas nuestras cosechas. Mi pueblo pasa hambre y me han enviado lejos en busca de alimento.
El cacique se acomodo estirando su brazo sobre el cual se postraba. Erguido, su cuerpo se veía más corpulento.
— Sabemos que tu y tu gente son buenos obreros y estamos aquí para comprarles su cosecha.
Miraba fijamente a Martín esperando su reacción. Por la mente del joven pasaron una y mil cosas. Pero después de todo, Martín sabía que contestar con la verdad era prudente.
— Gracias pero no está a la venta. — ¡Ni siquiera te he dado mi oferta y me dices que no! — Nosotros también sufrimos esas heladas y lo que ustedes han visto, es lo único que hay. Otros pueblos también dependen de nosotros y tenemos nuestras provisiones contadas.
El cacique respiro profundamente para contener su furia.
— Te ofrezco — hizo una breve pausa — que sean nuestros súbditos. Contarán con nuestra protección. A cambio, solo pedimos tributos en especies.
Al ver el silencio de Martín, continuó.
— Está bien. Te daré, diez sedas como esta que ves. Vienen de tierras lejanas al otro lado del gran lago azul, traídas por tus amos. También, tres cargas de mojarra con una carga de sal. Tres cestas de plumas verdes del dios quetzalcoatl y tres pieles de tu balam. Por último, te ofrezco paz, nadie os molestara. — Lo siento, aun así no puedo vender. — En ese caso, no podré cumplir ni con la primera ni con la última de mis ofertas. Y no solo perderás tu cosecha sino que también a tus mujeres.
Martín le sostuvo la mirada. Por un segundo se convenció que no saldría de ahí con vida. Luego el cacique empezó a reír, contagiando al guardia que flanqueaba la salida.
— ¡Vamos Martín que es una buena oferta! Mira, no me contestes ahora si no quieres. Medítalo con tu gente. En dos días te espero aquí cuando el sol este en lo más alto. Estoy seguro que recapacitaras — su tono paso de uno cordial a uno amenazante — . De lo contrario, verás a tu tierra arder, a tus hermanos morir y a tus mujeres gemir.
Esa noche no durmió. Antes de retirarse a descansar, convocó una reunión con los hombres y ancianos de la aldea. Entre alegatas y discusiones, unos proponían tomar lo que podían y salir huyendo. Otros, que se debía enviar a las mujeres al pueblo cercano y afrontar las consecuencias. Y algunos, que lo más prudente sería vender la cosecha y racionar lo poco que les quedara.
— Debemos sorprenderlos — habló por fin Martín después de escuchar a todos. — ¡Pero es una locura! Sabes que no podremos contra esos guerreros — contestó don Petronio, el más viejo de todos. — Están acostumbrados a que todos le teman. ¡Pues nosotros no seremos como los demás! — ¡Pero moriremos! Quién pues ¿cuidará de nuestras familias? — preguntó Juan, un hombre poco mayor que Martín. — Mi hermano Joaquín, ha despachado a un mensajero a Santa Catarina. Le dio instrucciones de buscar al padrecito y contarle lo que está pasando. Seguro enviaran al corregidor a poner orden. — Pero tardará días de camino, para cuando vengan, no encontrarán a nadie más que a los perros entre las ruinas — insistió Juan. — Si, quizá, pero si les entregamos lo que quieren, solo es cuestión de tiempo que nos pidan a las mujeres. Y luego pedirán nuestras vidas. Seremos sus esclavos para siempre.
Nadie le contradijo. Pensativos, miraban al suelo. Entre tanto, el crujir de la leña consumiéndose en el fuego era la voz que tomaba protagonismo.
— Además — continuó Martín — , están desesperados. No vienen como mensajeros. ¡Ellos son el pueblo! No viajarían largas distancias para comprar tanto alimento. Están emigrando. Y no necesitamos combatirlos a todos. Solo necesitamos deshacernos de su jefe, sin él, los guerreros no sabrán qué hacer. Este es el plan…
El día siguiente trajo consigo cierta calma. Después de escuchar a Martín, los hombres de la aldea cogieron ánimo. Se dedicaron a hacer los preparativos y a enlistar a los que se irían a la guerra. Cuarenta y cinco hombres, de los cuales la mitad no pasaban de veinte años. Mientras tanto, el joven líder ordenaba su hogar. Se aseguraba que su mujer entendiera las instrucciones en caso las cosas salieran mal. Tomarás solo lo necesario. Los ancianos sabrán que hacer, así que obedece. No me esperes y no te preocupes por mí. Llevar a Rodrigo a un lugar a salvo es lo más importante. Por cierto ¿dónde está Rodrigo?
Era ya después de medio día y quería despedirse de el. Lo encontró en las afueras de la aldea. Jugueteando en el monte, apuntaba hacia arriba con su honda intentando bajar un fruto de un palo de aguacates. Martín observaba al pequeño recoger una piedra tras otra. Apuntaba y giraba la honda soltando la piedra pero el tiro le salia desviado. Y de nuevo buscaba otra piedra y volvía a intentar. Tan concentrado estaba que no se dio cuenta que su padre estaba ya detrás de él.
— No hijo hombre, no es así como se hace. — ¡Tata! Me asustaste, pensé que eras un tigre. — Presta.
El niño observó a su padre tomar la honda, le busco una piedra lo más redonda posible y se la entregó. Martín la colocó, dio los giros y la dejó salir disparada. La piedra dio justo en el delgado tallo que sostenía al aguacate y como fruto maduro cayó. Y antes que golpeara el suelo, el niño lo atrapó.
— ¡Qué buen tiro! ¿Cómo lo haces? — No apuntes con los ojos hijo porque no le darás. Lánzala como si fuera parte de tu cuerpo. Si fallas, vuelve a intentarlo pero pon atención donde das y corrige. Con práctica, simplemente sabrás cómo tirar para dar en el blanco.
Vio al niño ponerse triste pero no podría ser por su partida pues lo ignoraba.
— ¿Que pasa? — Lo intentó pero no lo logró. — Pues sigue intentando hijo, día y noche, las cosas buenas no se dan solo porque sí.
Pasaron un largo rato juntos. Le explico, esforzándose en no asustarlo, sobre las cosas que acontecerían. Si en caso yo faltara, cuidaras de tu madre y pon en practica todas las cosas que te he enseñado. Cuando seas grande, los ancianos te pondrán a prueba para que tomes mi lugar, así como yo tome el de mi padre. Le dio un fuerte abrazo y un beso en su frente. De la mano se lo llevó de vuelta para dejarlo con su madre.
Por fin llegó la ansiada noche. Los hombres se despidieron de sus seres queridos. Excepto los ancianos que se quedarían montando guardia. Salieron en fila, uno tras otro en la oscuridad del bosque. La luna, tan útil para las cacerías nocturnas, andaba temerosa y esa noche no saldría de turno. Martín y su gente contaban con ello, pues eso les ayudaba a ocultarse fácilmente entre las sombras.
Después de varias horas de caminata, casi a tientas por unos senderos que conocían de memoria, alcanzaron las afueras del campamento enemigo. Contaban con tiempo suficiente antes que llegara el alba. Martín llamó a su hermano y a Juan para organizar el plan de ataque.
Joaquín, toma la tercera parte de los hombres y entrarás por el oriente. Recuerda, es vital que cruces el barranco lo más pronto posible. Tu Juan, otra tercera y entrarás por el lado contrario, por donde pasa el rió. Yo entraré de frente. Cuento con que ustedes hagan ruido para atraer la mayor atención de los guardias. Eso dejará al cacique en igualdad numérica y con eso bastará para atacar.
Cada grupo avanzó conforme lo acordado. Martín al llegar cerca del sendero que daba a la entrada del campamento, ordenó a sus hombres que se acostaran sobre su pecho y guardaran silencio. Esperaron un largo tiempo donde no había señales de que su hermano ni Juan empezaran los ataques. Empezaba a dudar si tendrían éxito cuando se fueron escuchando gritos aquí y allá. El sonido de los pasos de los guardias corriendo fueron aumentando. La luz de las antorchas se veían como espíritus jugueteando por las chozas.
Divisó un claro por donde entrar. Dio la orden para que todos pasaran al ataque. Sin hacer mucho ruido, corriendo como felinos tras su presa, se adentraron en el campamento y pasaban por cada esquina y rincón donde sorprendían a uno que otro guardia. Le caían encima entre varios con lanzas, palos y piedras hasta derribarlo. Mientras avanzaban hacia el centro, el grupo se iba desperdigando. Cuando llegó a darse cuenta, Martín andaba solo. Ubico el empalizado de la estancia que buscaba. Corrió y sin pensarlo entró con lanza en ristre dando un grito buscando el valor para enfrentarse aquel hombre que le había amenazado. El dormitorio estaba vacío con todo en su lugar. Martín, confundido salió de nuevo en busca de su enemigo, sintió un duro golpe por la espalda que lo mandó al suelo a varios pasos de distancia.
— ¡Imbécil! ¿Cómo te atreves a atacarme? Morirás esta noche pero antes te arrancaré la piel y quemaré tu corazón.
Martín como pudo se dio la vuelta. Vio al enorme hombre que le insultaba y con hacha en mano lista para enterrársela en su cabeza. Cuando de la nada, como un rayo, salió uno de los suyos lanzándose sobre el cacique. Después otro, y luego otro. Tenía encima a varios intentando batirlo pero así también aparecieron los guardias que rápidamente empezaron a defender a su jefe, golpeando a los pequeños campesinos, lanzándolos como bultos en varias direcciones.
Al ver que le superaban en número, el cacique pasó a la retirada. Martín le observó de lejos. En el suelo yacía muerto unos de sus compañeros con una honda todavía en su mano. La tomó rápidamente, colocó una piedra y dio varios giros. Dejó salir el proyecto directo a su contrincante. Rebotó como pepita de jocote sobre la cabeza del cacique con tal fuerza que lo hizo tambalear. El hombre fiero se detuvo y se apoyó sobre una rodilla. Se agarraba la sien y gritaba enfurecido. Se daba golpes leves a un costado para detener el mareo. Como pudo se puso de pie y poseído por su dios de la guerra, posó la mirada sobre Martín. Tomó una macana de un guardia muerto y como un jabalí se dejó ir sobre él.
Con poco tiempo, el joven campesino buscó una piedra. Pero eran tales sus nervios que le temblaban las manos y no se decidía cuál tomar. Una cosa era bajar frutos y otra estar en batalla. Se esforzó por imaginarse en el campo junto a su hijo practicando. Al fin tomó una, alistó y empezó a girar. En eso estaba ya el cacique con el mazo levantado para darle un golpe mortífero cuando soltó el proyectil pero fue con la misma honda que dio contra la nariz del viejo gordo. Este ya no tuvo reacción para el azote pero por la velocidad que llevaba, dio con Martín y los dos salieron volando por el aire.
Martín trató de levantarse pero no podía, tenía un hombro dislocado y el dolor era tal que le impedía moverse. Gemía en el suelo y al voltear, tenía el rostro del cacique a un palmo de la suya. Sufrió un feo susto al verle los ojos abiertos pero con la vista perdida. Había sido un golpe mortal en medio de los ojos. Al poco tiempo llegó alguien a prestarle socorro.
— No te muevas — le indico.
Pidió ayuda a otro compañero. Y entre dos, uno sujetándolo y el otro jalándole el hombro. Tras un tronido de huesos y un dolor insoportable del cual Martín dejó salir un aullido, regresaron el hombro a su lugar. Se levantó como pudo y se sujetó de uno de los postes de una choza. De a poco se fueron uniendo sus compañeros. Con la escasa luz del alba, se percibieron los rostros y cuerpos hinchados y ensangrentados. Y regados alrededor, aparecieron cuerpos sin vida. Unos propios y otros enemigos. Habían ganado pero a un costo muy alto. En silencio, bajo el canto de las aves, intentaban descansar pero sus mentes aturdidas no comprendía aquella pesadilla. Martín al ver que estaban totalmente a salvo, gritó con júbilo para anunciar la victoria. El resto se levantó en celebración.
Pasaron toda la mañana enterrando a sus hermanos jurando que volverían para rendirles tributo. Y arrojaron al resto al fondo del barranco. Llegaron ya muy tarde a su asentamiento donde los ancianos y mujeres anunciaban su llegada. En una mezcla de sentimientos se esforzaban por adivinar quienes venían y quienes no. El solo verlos era una señal de que habían logrado algo bueno. ¿Pero por cuánto tiempo? ¿Regresarían a hostigarlos? No tenían respuestas. Contaban con que el mensajero regresara con noticias de la parroquia y que todo volvería a su orden. Pero transcurrirían muchas lunas y quién sabe que podría suceder. Era solo el comienzo.
Fragmento de un ejercicio de escritura. Agradezco comentarios y lecturas.
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