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EL ZOOLÓGICO: UN OBSTÁCULO PARA LA EDUCACIÓN AMBIENTAL

Michelle Todd Uribe

Michelle Todd Uribe · 2025-09-17 23:41 · 0 claps · 22.0 min read
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EL ZOOLÓGICO: UN OBSTÁCULO PARA LA EDUCACIÓN AMBIENTAL

Michelle Todd Uribe

Nota previa: En Venezuela, los parques públicos son administrados por las instituciones que velan por la protección del ambiente, y que, a su vez, responden a una línea gubernamental que pretende tener una fundamentación “ecosocialista”. Misma línea que, en 2022, ordenó la reactivación de los zoológicos para el “sano esparcimiento” de la familia, al mismo tiempo que se impulsó la creación de nuevos zoocriaderos comerciales. Esta profunda contradicción queda al descubierto al analizar algunos aspectos técnicos y éticos elementales.

Introducción

En el cortometraje venezolano animado de 1978 “El cuatro de hojalata”, un niño intenta aliviar las penurias de los residentes del zoológico a través de la música: con ella, los barrotes de las jaulas desaparecen y los recintos reverdecen, haciendo que los animales recuperen sus colores y se sientan felices. Este es un claro ejemplo de la idealización del zoológico en el imaginario colectivo, al punto de considerar el enriquecimiento ambiental como sustituto de la libertad.

Pero la verdad es que los parques zoológicos, irremediablemente marcados por su origen colonial, no son más que colecciones en permanente exhibición, donde se toma el control total de la vida del animal, perpetuando la idea de supremacía del hombre sobre las demás especies. Es por ello que, aunque la institución zoológica moderna afirma cumplir una importante función de conservación y educación ambiental discutible por demás, su esencia no cambia, ni hay justificación ética para su existencia.

En 2020, la humanidad experimentó en carne propia lo que significa vivir en cautiverio, con un drástico aumento de la ansiedad y la depresión, a pesar de contar con diversas fuentes de entretenimiento y aun teniendo las necesidades básicas cubiertas. Del mismo modo, está científicamente demostrado que la privación de la libertad afecta todos los aspectos de la vida del animal, causándole frustración, sufrimiento, y un severo daño neurológico, entre otras patologías.

Este artículo inicia con una breve descripción de la oscura historia de los zoológicos, mostrando su vigencia. En las siguientes secciones se analizan, bajo consideraciones técnicas y éticas, cada uno de sus actuales objetivos: conservación, investigación, educación, recreación. Finalmente, se describen los daños físicos y psíquicos del cautiverio, cuestionando los limitados criterios del bienestar animal.

Tanto en zoológicos y acuarios, como en los zoocriaderos que alimentan el mercado de mascotas, nuestra fauna es sentenciada a cadena perpetua. En la búsqueda de una mayor coherencia en la aplicación de las políticas actuales, los zoológicos deben llegar a su fin, dejando que sus espacios se conviertan en parques ecológicos, santuarios, o centros de rescate temporal. Si hemos de educar sobre el amor al prójimo, la soberanía y la libertad, las jaulas ya no tienen lugar.

I. Los zoológicos, tristes hijos del colonialismo

Desde tiempos antiguos, en las más diversas geografías y culturas, coleccionar animales salvajes y exóticos era símbolo de riqueza y prestigio, y una demostración de poder y dominio sobre los territorios conquistados. Mucho después, en el mundo occidental del siglo XVI, despierta el interés por estudiar estas especies cautivas, describirlas, y aprender sobre su utilidad y mantenimiento. Sin embargo, para los propietarios de estas exclusivas exhibiciones el fin continuaba siendo básicamente estético y recreativo (Cortés y Flores, s.f.).

Tres siglos después, tales espacios se abrieron al público general. Así, gran cantidad de jardines zoológicos fueron inaugurados en importantes ciudades alrededor del mundo. El diseño de estos parques incluía ahora amplias áreas de esparcimiento para la familia, los recintos comenzaban a prescindir de las rejas, y en algunos de ellos convivían juntas varias especies. Además, fue incorporado el propósito educativo como nueva función del zoológico moderno.

No obstante, este auge estuvo estrechamente vinculado a la expansión del colonialismo y la explotación de la naturaleza, que representaba la supremacía de la sociedad europea blanca, civilizada y urbanizada. Bajo esta visión predominante del mundo, el jardín zoológico continuó siendo considerado símbolo de desarrollo, modernización y poderío de las grandes metrópolis.

Fue en esta misma época del siglo XIX a mediados del XX que se popularizaron los zoológicos humanos, con el apoyo de científicos estadounidenses y europeos, dando pie al racismo ideológico moderno. De hecho, los primeros de ellos fueron promovidos por el principal proveedor de animales africanos (Almirón, 2015; Cortés y Flores, s.f.; Galleguillos, 2016; Pezzeta, 2020).

Las razones que motivaban tales aberraciones coinciden con los argumentos de los actuales defensores de los zoológicos: “exotismo y espectáculo, descubrimiento de otras formas de vida, ciencia e investigación” (Almirón, 2015).

Dado que no se concedía a los animales un valor intrínseco, ni se reconocían sus necesidades o su capacidad de sufrimiento, y debido a que podían ser remplazados a través de la extracción de nuevos ejemplares, las condiciones de tenencia no eran apropiadas. Lo que importaba era exhibirlos, de modo que el objetivo era mantenerlos vivos y visibles, y este modelo fue el que se replicó hasta ya avanzado el siglo XX (Chaverri, 2013).

Para entonces, se adecuó la organización de las especies exhibidas, ya fuera por tipos de ecosistemas o por su distribución geográfica, con la respectiva señalización. También fueron ampliados y mejorados los recintos de los animales cautivos. Además del entretenimiento, la educación y la investigación, la institución zoológica asumió un nuevo objetivo: la conservación de la fauna. No obstante, tales intenciones están llenas de contradicciones (Cortés y Flores, s.f.).

II. Reevaluando el rol de los zoológicos modernos

1. Conservación

En las décadas de los ´60 y ´70, con el surgimiento de la preocupación mundial por la conservación del ambiente, los movimientos por los derechos de los animales comenzaron a manifestarse en contra de los zoológicos. Y en 1973, al firmarse la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Flora y Fauna Silvestre (CITES), se les impediría extraer nuevos ejemplares de la naturaleza para renovar su pool genético.

Ante esta nueva realidad, fortalecieron la Asociación Mundial de Zoológicos y Acuarios (WAZA), organismo que vela por sus intereses, a la vez que los audita y acredita aunque muy pocas instituciones han logrado certificarse. Pero, sobre todo, promovieron su imagen como actores esenciales para la preservación de especies en peligro de extinción.

Sin embargo, la idea de mantener y reproducir estos animales en cautiverio para luego liberarlos en sus respectivos hábitats (conservación ex situ), afronta serios dilemas: restricciones de espacio, poco éxito de la reintroducción en comparación con la cantidad de individuos cautivos, y el hecho de que las colecciones dan prioridad a las especies que resultan más atractivas para el público, en lugar de a aquellas que requieren mayor protección (Leyton, 2023; Pezzetta, 2020).

Ciertamente, los zoológicos sólo pueden albergar una ínfima parte de las más de 16 mil especies que hoy se encuentran en la Lista Roja de la UICN. La mayoría de las especies que exhiben un 70 a 90% no están amenazadas. Y existe apenas un centenar de Planes de Supervivencia de Especies (SSP) entre los parques acreditados.

Además, más del 80% de los escasos programas de reproducción de especies amenazadas están dirigidos a aves y mamíferos, a pesar de que el porcentaje de anfibios en riesgo es mayor, y su conservación sería mucho más efectiva y económica. Es decir, que esta marcada preferencia hacia los mamíferos y las aves no parece obedecer a razones ecológicas, sino a valoraciones estéticas, ya que suelen atraer más a los visitantes (Ortiz, 2019).

Por otro lado, muchas de las especies exhibidas no pertenecen al territorio en el que se encuentra ubicado el zoológico, por lo que los visitantes no tendrán mayor incidencia en el destino de las mismas. Todo esto pone en tela de juicio la estrategia que pretende mostrar a estos animales cautivos como “embajadores”.

También ha sido cuestionada la visión de los zoológicos como “arcas de Noé”. Uno de los obstáculos es la falta de diversidad genética, ya que las poblaciones cautivas suelen ser reducidas. La endogamia conduce a una alta mortalidad de las crías, y si éstas son liberadas en la naturaleza, las posibilidades de supervivencia serán limitadas. Esta es una de las razones por las que, a pesar de las regulaciones internacionales, los zoológicos aún capturan animales silvestres (Ortiz, 2019).

Los programas de reintroducción de especies son muy costosos, tienen escasas probabilidades de éxito, y son pocos los animales criados o mantenidos en cautiverio que pueden adaptarse a la vida en libertad. De modo que la reproducción de fauna en cautividad podría estar desviando los esfuerzos y recursos necesarios para su preservación en libertad. (Ortiz, 2019).

En realidad, si una especie desaparece en su hábitat natural y sólo sobreviven especímenes en cautiverio, hay pocas probabilidades de lograr su reintroducción a la naturaleza. Y si estos hábitats son destruidos, de nada serviría el éxito de los programas de cría o de los biobancos que preservan el material genético (Leyton, 2023; Pezzetta, 2020).

La reintroducción de especies requiere de ecosistemas saludables y protegidos, pero la destrucción de hábitats es precisamente lo que las ha puesto en peligro. En otras palabras, sin conservación in situ no tiene sentido la reproducción ex situ (Ortiz, 2019).

La verdadera lucha contra la extinción de especies se lleva a cabo en sus propios ecosistemas, protegiendo estos hábitats, previniendo la caza y captura, trabajando en conjunto con las comunidades locales, estableciendo políticas de turismo responsable, entre otras medidas (Tafalla, 2015).

En cuanto a la participación institucional en esos proyectos de conservación in situ, muy pocos parques cuentan con recursos suficientes. De hecho, la mayoría de los zoológicos acreditados destinan a ello menos del 3% de su presupuesto (Galleguillos, 2016). Aún si aportaran sumas considerables, su contribución no tendría que ver con el hecho de ser zoológicos, pues cualquier particular podría hacerlo, sin necesidad de mantener animales en cautiverio (Tafalla, 2015).

Ante tantas evidencias, algunos especialistas sostienen que “la conservación que hacen los zoológicos es, en primer lugar, acerca de la conservación de los zoológicos mismos, no acerca de conservar especies amenazadas” (Ortiz, 2019).

2. Investigación

En general, los zoológicos no cuentan con recursos para ello. Y las escasas investigaciones que se realizan, suelen ser financiadas con el apoyo de otras instituciones. Pero, de cualquier modo, la validez y utilidad de los resultados obtenidos ha sido seriamente cuestionada.

Uno de los argumentos en contra es la falta de rigor científico: usualmente se estudian poblaciones muy pequeñas, y sin contar con un grupo de control. Por ende, las publicaciones en revistas arbitradas son poco frecuentes (Ortiz, 2019).

Gran parte de los estudios se dedican a la conducta animal (etología). Pero, a este respecto, se ha señalado que el comportamiento de los animales cautivos difiere considerablemente del de aquellos en libertad, pues en esas condiciones no pueden desenvolverse naturalmente (Galleguillos, 2016; Ortiz, 2019).

De hecho, es debido a ello que los zoológicos implementan estrategias de “enriquecimiento ambiental”, para evitar la frustración del animal redirigiendo su energía. Un ejemplo básico son los “juguetes” que esconden el alimento, con los que se sustituyen las actividades instintivas de búsqueda del mismo. Así, se “inventan” nuevas conductas que, además, resultan atractivas para el público (Tafalla, 2015).

La institución zoológica sostiene que los conocimientos obtenidos sobre el comportamiento en cautividad proporcionan parámetros comparativos con la vida silvestre. Mas, lógicamente, si los animales no se encontraran en cautiverio, no se requeriría de esta información. Y lo mismo ocurre con las demás áreas de investigación, puesto que su finalidad es lograr una mayor adaptación, alargar el tiempo de vida y optimizar la reproducción.

En resumidas cuentas, la investigación que realizan los zoológicos sólo busca garantizar su propio sostenimiento en el tiempo. Pero, ¿qué sentido tiene estudiar a estos animales para mejorar sus condiciones de cautiverio, cuando es precisamente el cautiverio lo que atenta contra su salud y bienestar? (Ortiz, 2019; Tafalla, 2015).

3. Educación

Se dice que los zoológicos ofrecen a los habitantes de la ciudad la oportunidad de entrar en contacto con los animales silvestres y aprender sobre la naturaleza, y se ha enfatizado cada vez más en su función educativa. No obstante, hay poca evidencia que demuestre que este tipo de experiencia aumenta el conocimiento sobre biología o conservación, o que tenga un mayor impacto que otros medios de información. Y mientras más entusiastas sean las afirmaciones que defiendan estas ideas, también deberán ser más contundentes las pruebas que las respalden.

Aunque actualmente los parques más modernos buscan apoyarse en herramientas tecnológicas sofisticadas, la realidad es que la mayoría ni siquiera cuenta con visitas guiadas (Ortiz, 2019). Por lo general, la información científica se limita a carteles descriptivos y a la organización de las exhibiciones bajo criterios taxonómicos o geográficos.

Si educar fuera realmente su objetivo primordial, generarían una reflexión crítica sobre las causas de la pérdida de biodiversidad y la extinción de especies. Enseñarían sobre la historia evolutiva de cada animal, su comportamiento natural, las formas de comunicarse, sus capacidades cognitivas y emocionales (Tafalla, 2015).

En cualquier caso, más allá de informar al público, se deberían promover actitudes y valores de respeto hacia la naturaleza. En este sentido, sus detractores sostienen que los zoológicos tienen un impacto educativo negativo, pues implícitamente enseñan que encerrar fauna silvestre puede justificarse. Así, perpetúan la idea de que los humanos son superiores a los animales y, por lo tanto, pueden controlar sus vidas y usarlos a conveniencia (Almirón, 2015; Ortiz, 2019).

Los zoológicos conciben a sus animales como meros ejemplares de una especie, desconociéndolos como seres individuales únicos, con su propia historia y temperamento. En esencia, los muestran como simples objetos a ser contemplados, fotografiados o hasta tocados, y no como “sujetos de una vida”. Desde tal visión, es imposible educar en conservación (Corte y de los Santos, 2018; Tafalla, 2015).

A ello se suma el objetivo recreativo del zoológico, pues al procurar ofrecer entretenimiento y diversión, se ve comprometida la rigurosidad y profundidad de la enseñanza. Y es que, si realmente lograran concientizar sobre la crisis ecológica y el sufrimiento físico y psíquico del animal cautivo, quedaría en evidencia su falta de sentido.

Otra prueba de cómo los zoológicos fallan en educar a la población es el comportamiento de los visitantes, que dista mucho del que tendrían en una institución educativa. Más bien asisten como si se tratara de un parque de atracciones: esperan que cada animal les brinde un espectáculo. Hacen ruido y arrojan cosas buscando alguna interacción, pues de lo contrario les resulta aburrido observarlos. En general, dedican sólo unos pocos minutos a cada exhibición y apenas ojean los carteles informativos (Tafalla, 2015).

El hecho de que los visitantes tengan la posibilidad de tocar o alimentar algún animal, no garantiza que obtengan un mayor aprendizaje o que se motiven más a protegerlo. Al contrario, podrían reforzar aún más la idea de que es correcto mantenerlo cautivo, e incluso el deseo de tener uno como mascota. Además, esto afecta el bienestar del animal, y puede ocasionar accidentes o zoonosis (Corte y de los Santos, 2018; Tafalla, 2015).

La defensa por parte de la institución se ha basado en sus propias estadísticas, mostrando la cantidad total de visitantes como resultado final de su estrategia educativa: es decir, asumiendo que toda persona que asiste al zoológico participa activamente en las actividades ofertadas, está interesada o motivada, y finalmente se sensibiliza ante la necesidad de conservar la fauna. Claramente, esto no es posible.

Una aspiración no conduce automáticamente al resultado deseado. Las aspiraciones de la institución y las estrategias que desarrolla para alcanzarlas, son una cosa, y la obtención de resultados medibles que demuestren su impacto, es otra. El proceso de aprendizaje en zoológicos es más constructivista, autodirigido y de libre elección, por lo que amerita un enfoque más cualitativo. Por eso las críticas también se han dirigido a las pocas investigaciones publicadas, que acusan de tener serias deficiencias metodológicas y carecer de revisión por pares (Esson y Moss, 2013).

Todo esto plantea muchas dudas, sobre todo al considerar que la institución zoológica ha tenido tiempo suficiente para demostrar sus fortalezas y potencialidades en este campo. Pero, aunque este fuera el caso, ya en 1977 la Declaración Universal de los Derechos del Animal establecía que “toda privación de libertad, incluso aquella que tenga fines educativos, es contraria a este derecho” (Galleguillos, 2016).

La libertad es una “condición necesaria para que la propia identidad pueda desarrollarse”. Por eso, los animales encerrados han olvidado su identidad, al punto de no poder sobrevivir por su cuenta. Y los visitantes han olvidado lo que los animales realmente son (Tafalla, 2015).

Organismo y ambiente conforman una unidad indisoluble. Al hablar de “lo que rodea”, se hace en referencia a algo, de modo que el entorno no es ajeno al individuo. La identidad de un organismo “no reside únicamente en su cuerpo, sino que está entrelazada con su ecosistema”: cada una de sus características fue evolucionando dentro de un ecosistema determinado, y sólo allí puede desarrollar su forma de vida (Tafalla, 2015).

Extraer un animal de su hábitat rompe su identidad: trasladamos su cuerpo, pero no podemos conservar su forma de vivir. Siendo así, lo único que los zoológicos pueden mostrar son organismos disociados, insertados en “una recreación fraudulenta de sus respectivos hábitats” (Malpartida, s.f.).

Lo que los zoológicos están criando no son más que “animales desnaturalizados”: cuerpos de jirafas que no podrán desarrollarse como jirafas, delfines que no conocerán el mar, águilas que nunca surcarán el cielo. Y si una de estas especies se extingue, se pierde para siempre su identidad, su forma de vivir propia. Esto es equiparable a la desaparición de una cultura que ha sido desarraigada y fragmentada, cuyos descendientes apenas conservarían los rasgos físicos de sus antecesores (Almirón, 2015).

La conservación ambiental no se trata sólo de “cuidar el algo”, sino de cuidar nuestra forma de relacionarnos con el algo. Que el zoológico pretenda enseñar sobre los animales, ¿no es acaso un discurso de doble vínculo? (Malpartida, s.f.). ¿Es posible que esta colección de animales en exhibición pueda motivar la conservación de las poblaciones silvestres? “¿Cómo puede una jaula representar el valor de la libertad?” (Tafalla, 2015).

4. Recreación

Tradicionalmente, los zoológicos han sido considerados como lugares de recreación y esparcimiento. Muchos de ellos se publicitan de esta manera, e incluso se prestan para organizar celebraciones o eventos, u ofrecen posibilidades para interactuar con los animales. También han sido concebidos como atractivos turísticos característicos de las grandes ciudades. Y en países como Estados Unidos, llegan a competir por el público con los parques de diversiones (Pezzetta, 2020; Ortiz, 2019).

La verdad es que existen otras formas más llamativas de atraer turistas y entretener a las familias, sin necesidad de encerrar a un animal. De hecho, buena parte de los visitantes de zoológicos ni siquiera se interesa especialmente en los animales, deteniéndose si acaso un par de minutos ante cada exhibición, salvo cuando actúan de manera carismática, comen, o tienen crías (Ortiz, 2019).

Uno de los alegatos que defienden la función recreativa de los zoológicos, es que les permite generar ingresos para sostener las demás funciones. Pero esto convierte a los animales en un objeto de espectáculo y lucro, tal como sucede con los circos y delfinarios (Galleguillos, 2016). En definitiva, la exhibición de animales está claramente vinculada a la recreación, pero entra en contradicción con los objetivos de conservación (Pezzetta, 2020).

Cuando una especie está en peligro de desaparecer, en vez de proteger a sus últimos representantes en el lugar que habitan, son “puestos a salvo” en estas “vitrinas vivas”. Siguiendo la lógica del coleccionismo, mientras menos ejemplares queden, mayor será su valor en el mercado, y más público se interesará por verlos (Tafalla, 2015).

Dos términos marcan la esencia del zoológico: “exhibición” y “colección”. Cada parque intenta ampliar su muestrario o conseguir ejemplares raros, e incluso intercambian los animales que les “sobran”. La estética de estas colecciones se asemeja a la de los museos de ciencias naturales, pero también reluce una estética propia de los lugares de entretenimiento para niños.

Siendo así, la estructura del zoológico está pensada en función del disfrute del visitante. El espacio habitado por los animales es reducido, mientras que las amplias áreas de esparcimiento cuentan con cafeterías y zonas de juego. Los habitáculos están diseñados como escaparates, garantizando una mayor visibilidad e impidiendo que el animal pueda huir de las miradas. Y luego se puede adquirir en la tienda una imitación del ejemplar preferido (Tafalla, 2015). Incluso se pueden encontrar artículos que reflejan ideas “comercializadas” sobre la fauna, así como decoraciones que emulan hábitats de fantasía (Mariën, 2022).

El criterio estético también define cuáles especies son más llamativas y, por ende, más publicitadas, siendo las mismas en cualquier parte del mundo: grandes depredadores, monos y simios, y animales que despiertan simpatía, como los elefantes y jirafas. Así, los zoológicos refuerzan estos estereotipos, en lugar de enseñar que todas las especies son importantes y trabajar por erradicar los prejuicios que afectan a muchas de ellas.

Con miras a enriquecer la experiencia sensorial y estética del visitante, se intenta brindar una mayor cercanía a los animales, ya sea para tocarlos, alimentarlos, participar en su cuidado, observarlos de noche, fotografiarse con ellos o con reproducciones artificiales. A veces se convierte su hora de la comida en un atractivo, e incluso algunos parques los hacen actuar, como sucede con los delfines y cacatúas (Tafalla, 2015).

Siendo objetos de colección, los animales deben renunciar a su comportamiento natural y someterse a las pautas impuestas por el zoológico: qué comer y en qué horario, cuándo reproducirse, con qué congéneres u otras especies relacionarse. ¿Vale la pena mantenerlos en confinamiento, sólo para contemplarlos? Hay quienes alegan que, para la mayoría de las personas, es la única posibilidad de observar a estos animales vivos, y que se trata de una experiencia superior a la que brinda un documental. Pero tampoco tendrán la oportunidad de ver con sus propios ojos la aurora boreal o alguna otra de las maravillas del mundo, sino a través de una pantalla (Jamieson, 1985).

Si consideramos al animal como un objeto ornamental, o incluso como un elemento natural, sólo podemos contemplarlo de manera superficial, bajo el lente de lo que significa para nosotros. Apreciarlo estéticamente de manera seria y profunda, parte de reconocerlo como sujeto libre, con su propia forma de vivir y subjetividad, integrado al ecosistema, y esto es imposible de lograr en un zoológico.

En síntesis, todas las funciones de los zoológicos responden a carencias humanas, no de los animales: somos nosotros quienes necesitamos exhibirlos para distraernos, contemplarlos para recordar que compartimos con ellos este planeta, y estudiarlos y protegerlos bajo encierro porque estamos atentando contra su supervivencia (Almirón, 2015).

III. Daños físicos y psíquicos del cautiverio

Sin duda alguna, fuimos seriamente afectados por el confinamiento durante la pandemia de 2020, a pesar de tener nuestras necesidades cubiertas y contar con fuentes de entretenimiento. Así comprobamos, en carne propia, que un animal cautivo no puede ser feliz aun disponiendo de alimento, cobijo y estrategias de enriquecimiento ambiental (González, 2022).

Cada especie está diseñada para vivir en un ecosistema determinado, y es exclusivamente en su hábitat que puede desarrollar plenamente sus comportamientos naturales. De lo contrario, experimenta frustración y aburrimiento crónicos. Y al perder todo control sobre su entorno, se genera una indefensión aprendida (Jacobs, 2020).

Todo animal silvestre sometido al cautiverio se ve afectado psíquica y físicamente. En el zoológico, a partir de su captura, traslado, manejo y exhibición, los ejemplares permanecen bajo condiciones de continuo estrés. Además, por lo general pasan buena parte del tiempo resguardados en los pequeños cubiles, sobre todo en países donde el clima puede ser adverso para ciertas especies (Ortiz, 2019).

Dado que la condición de cautiverio es percibida como una amenaza continua, la activación fisiológica de defensa se mantiene. Por un lado, la glándula suprarrenal libera epinefrina y norepinefrina, aumentando la frecuencia cardíaca, la presión arterial y la tensión muscular, entre otros efectos. Unos minutos después, se liberan glucocorticoides, que son reguladores del metabolismo, y preparan al organismo para hacer frente a una amenaza más prolongada.

Estos son mecanismos diseñados para operar momentáneamente. Al mantenerlos activos por más tiempo, el cuerpo va dejando de invertir energía en el funcionamiento de procesos menos urgentes, como el sistema inmunitario o la reproducción, comprometiendo inevitablemente la salud del animal.

Mientras que el sistema inmune podría inhibirse o hiperactivarse, los glucocorticoides reducen o suprimen los esteroides reproductivos, y el estrés puede afectar el desarrollo de las gónadas y la maduración de los óvulos (González, 2022).

Grandes mamíferos sociales como orcas y elefantes terminan padeciendo artritis, obesidad, afecciones en la piel, problemas dentales, neumonía, problemas renales, y enfermedades gastrointestinales.

Muchas especies desarrollan estereotipias, que son conductas repetitivas y sin propósito, como balancear la cabeza de manera incesante, masticar los barrotes, o deambular de un lado a otro. Esto se debe a un desequilibrio en los niveles de serotonina y dopamina, que son neurotransmisores. La serotonina también está asociada al estado de ánimo.

Dado que el cerebro es un órgano altamente sensible al entorno, el cautiverio tiene un gran impacto a nivel neurológico. La corteza cerebral sufre un adelgazamiento, afectando el movimiento voluntario y la función cognitiva superior. Disminuye la irrigación sanguínea, y por ende el suministro de oxígeno. Las neuronas se vuelven más pequeñas y sus dendritas menos complejas, reduciéndose la conectividad entre ellas, lo que se traduce en una menor eficacia en el procesamiento de información. Los ganglios basales también pueden ser dañados.

La falta de ejercicio físico juega un importante papel en el deterioro de la salud cerebral. Y es que los elefantes libres recorren de 15 a 120 millas cada día, mientras que un ejemplar cautivo si acaso puede sumar unas 3 millas caminando dentro del recinto (Jacobs, 2020).

La muerte, sin embargo, puede no estar relacionada al estrés, la enfermedad o la vejez de los animales, sino a decisiones relativas al manejo de los mismos. La eutanasia de gestión o zootanasia de los ejemplares “excedentes” es una práctica común, ya que los programas de cría dan lugar a más nacimientos de los que un zoológico puede sostener. Especialmente cuando se trata de los machos, pues uno solo de ellos puede aparearse con varias hembras, y la presencia de un rival podría ser problemática.

Pero en lugar de evitar la reproducción de sus animales, los zoológicos la fomentan, debido a que la contracepción puede tener efectos negativos sobre la salud o el comportamiento, y la separación de sexos podría disminuir el bienestar. Al mismo tiempo, el permitirles procrear es, entre tantas privaciones, una oportunidad para que desarrollen parte de su comportamiento natural. No obstante, en la naturaleza, los individuos dominantes son los que logran aparearse en mayor medida, de modo que la privación de la reproducción no es exclusiva del cautiverio, y por ende no podría considerarse como indicador de malestar (Browning, 2018; Ortiz, 2019).

Antes de tomar la decisión de sacrificar a un animal “sobrante”, la primera opción es intercambiarlo con otro zoológico, lo que permite además prevenir la endogamia. No obstante, ello le genera tensiones, y provoca rupturas en las relaciones sociales. Por otro lado, puede que los demás parques ya no necesiten más ejemplares de esa clase o sexo, o que sus genes ya se encuentren sobrerrepresentados en el programa de cría del país o países.

Ya sea que se le logre alojar en su mismo zoológico o en otro nuevo, estará inevitablemente restando recursos para el mantenimiento de los demás animales. Y, en cualquier caso, más adelante se presentarán los mismos problemas, una y otra vez.

Una segunda opción es su venta a privados, como coleccionistas, clubes de cazadores (ranchos cinegéticos, caza “enlatada”), o laboratorios. Mas la mejor alternativa, la libertad, no es posible en la gran mayoría de los casos, tanto por razones ecológicas como económicas (Browning, 2018; Ortiz, 2019).

Tan sólo en Europa, se estima que se sacrifican de 3.000 a 5.000 animales sanos cada año, incluyendo a los más pequeños, como ratones y anfibios. De esta cantidad, los animales grandes podrían representar unos pocos cientos. No es fácil llevar las estadísticas, pues no todos los parques están afiliados, los registros no siempre son detallados, y a veces es difícil precisar si se trata de una eutanasia veterinaria o de gestión. Pero es muy probable que estas cifras crezcan, pues los programas de reproducción en son cada vez más exitosos (Barnes, 2014).

Ha habido casos en los que el animal sacrificado es expuesto a una autopsia pública, con fines educativos, argumentando además la necesidad de desmitificar la visión idílica y hasta fantástica de la naturaleza que ellos mismos fomentan.

Sin embargo, es contradictorio matar al animal que se está enseñando a conservar. El zoológico intenta que algunos ejemplares sean “especiales” sobre todo si son grandes y carismáticos, y busca que el público se conecte emocionalmente por ejemplo, dándoles nombres, convirtiéndolos en una suerte de personajes, para llamar la atención sobre la importancia de conservar la especie. Así, se crea una disonancia entre este mensaje y las prácticas de manejo.

Evidentemente, el público general tiene una idea de lo que es el cuidado de los animales en un zoológico, que difiere mucho de la realidad (Mariën, 2022). Por ejemplo, se le da tal publicidad al nacimiento de un nuevo ejemplar, que, seguramente, existirá confusión acerca de cuál será su verdadero destino (Tafalla, 2015).

Más allá de las obligaciones tácitas hacia sus animales, los zoológicos tienen el deber moral de responsabilizarse por ellos una vez que han promovido su reproducción: no tiene sentido traer al mundo crías cuyo bienestar no podrá garantizarse, para luego deshacerse de ellas (Mariën, 2022).

Está claro que la decisión de recurrir a la eutanasia de gestión responde únicamente a las necesidades de la institución. Tampoco es congruente la excusa del posible beneficio para el resto de los animales cautivos, pues si no estuvieran allí, no sería necesario tomar tales medidas. De cualquier forma, no es justificable éticamente cuando se reconoce el derecho a la vida (Browning, 2018; Ortiz, 2019).

El daño causado por los zoológicos a nivel físico-psíquico se comprende mejor al tener en cuenta que los animales salvajes no han pasado por un proceso de domesticación, “no han sido manipulados genéticamente para adaptarse a la vida en cautiverio”, no dependen del humano ni desean tener contacto con él (Leyton, 2023).

La preocupación por el bienestar animal no es más que un intento de lidiar con ello. Según establece la Organización Mundial de Sanidad Animal, debe garantizarse el bienestar de estos animales respetando cinco libertades: “ser libres de hambre y de sed, de temor y angustia, de molestias físicas y térmicas, de dolor, lesión y enfermedad, y libres para manifestar sus comportamientos típicos de especies”. Pero, claramente, esto no es suficiente, pues los zoológicos violan derechos tan fundamentales como la vida, la libertad y la integridad física y psíquica (Leyton, 2023).

Así pues, más allá del daño “material”, existe también el “daño simbólico”, que tiene que ver con la violación de la dignidad y los derechos del animal, y es lo que sostiene la visión antropocéntrica y especista a nivel “estructural, cultural y político”. Los estándares de bienestar animal son entonces ineficaces como parámetro ético (Pezzetta, 2020).

De hecho, el cuidado es aquí una relación de dominación, puesto que establece una diferencia entre el ser que “necesita” ser cuidado y el que puede dárselo. En el zoológico se hace más evidente esta violencia inherente. El parque atiende a sus animales porque depende de ellos: un animal descuidado, inactivo o deprimido carecería de atractivo. Y tal cuidado implica controlar completamente sus vidas (Mariën, 2022).

Pero el humano no es el amo, ni tampoco el protector, sino un ser más en la red natural, donde todos son igualmente importantes. El verdadero cuidado debe brindarse desde este reconocimiento (Mariën, 2022).

A modo de conclusión

¿Qué hacer con los zoológicos existentes, y los animales que aún viven allí? Dar el uso correcto a estos espacios implica:

· No adquirir más ejemplares.

· Evitar la reproducción de los existentes.

· No exhibirlos al público, excepto a través de visitas guiadas estrictamente educativas.

· Aislar los espacios de los recintos de las áreas de esparcimiento.

· Enfocar la estrategia comunicativa en la concientización sobre los daños del cautiverio y los impactos de la extracción de fauna.

· Mejorar las condiciones ambientales de los recintos, en función de las necesidades de los animales y no de su exhibición.

· Funcionar como santuarios y/o como centros de rescate de fauna incautada o accidentada.

Bibliografía

Almirón, N. (2015). Zoos, la gran mentira. Academia.edu Journals.

https://www.academia.edu/30354398/Texto_argumentativo_Zoos_la_granmentira

Barnes, H. (2014). ¿Cuántos animales sanos sacrifican los zoológicos? BBC.

https://www.bbc.com/news/magazine-26356099

Biamonte, G. (2013). Contra el cautiverio y uso de animales silvestres para diversión y enriquecimiento. Ambientico.

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