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Fragmentos de un club de lectura

Oscuridad, infancias, deseo. Esto es un poco de lo que se charló en el segundo Club de Lectura Vaivén, donde pensamos los cuentos: “Final…

Vaivén Literario · 2026-03-20 00:02 · 0 claps · 2.2 min read
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Fragmentos de un club de lectura

Oscuridad, infancias, deseo. Esto es un poco de lo que se charló en el segundo Club de Lectura Vaivén, donde pensamos los cuentos: “Final del juego”, “Cielo de claraboyas”, “El pelo de la virgen”, “Un hombre sin suerte”, y“El trampolín”.

¿Cómo hablar en un cuento de la oscuridad de la infancia? ¿Cómo ponerle palabras a lo que no se nombra, a lo prohibido, a lo ominoso? ¿Cómo sacarla del lugar inocente que le fue asignado?

Son distintos los procedimientos elegidos para retratar algo de esto en la literatura, y fue partiendo desde este punto que pensamos el Club de Lectura Vaivén: cómo hicieron Tomás Downey, Silvina Ocampo, Federico Falco, Julio Cortázar y Samanta Schweblin, cada uno con sus recursos, cada uno con sus obsesiones y sus contemporáneos, para retratarlo. Para hacer de la infancia un lugar Otro, un lugar oscuro y peligroso en tanto conectado con lo que no-se-debe.

En “Final del juego”, por ejemplo, tres hermanas inventan un juego al costado de las vías del tren: se disfrazan, representan “estatuas”, esperan la mirada de los pasajeros. El deseo de ser vistas, la fascinación por esa mirada adulta que pasa, rápida, detrás de las ventanillas. En “Cielo de claraboyas” de Ocampo, una niña que mira la muerte y la violencia distorsionadas por un techo de claraboyas. En “El pelo de la virgen” de Falco, un amor infantil se mezcla con obsesión, deseo, fe y culpa. En “Hombre sin suerte” de Schweblin, un hombre que se ofrece a comprarle una bombacha a una niña que conoce en el hospital. En “El trampolín” de Downey, una niña que insiste obsesivamente en tirarse del trampolín del club.

Fotografía de Sally Mann

Fotografía de Sally Mann

Son, desde ya, cuentos absolutamente increíbles que no vamos a intentar resumir más que para enseñar su conexión con el peligro; y es que detectamos que, en todos, la oscuridad reside ahí. En niños que van hacia la tragedia no con horror sino con deseo. Así, aunque la infancia funciona como un límite en la perspectiva (niños que no terminan de registrar lo que pasa, que no tienen las palabras para nombrarlo), construye su potencia en esa limitación. Porque mientras el personaje no entiende del todo lo que pasa, lo que le pasa, el lector siente (porque se sienten, claro, bien profundo) los excesos, lo límite, lo doloroso. Y en esa distancia aparece la tensión, la incomodidad, el horror.

Los niños, entonces, como un espejo capaz de devolvernos una realidad distorsionada y, en su distorsión, un mundo tanto más cruel, tanto más siniestro.

¿Es nuestra, entonces, la oscuridad? ¿A quién podemos culpar? O quizás, aún mejor y como escribió Cortázar, no se culpe a nadie. Que la literatura nos lleve con ella, que nos devuelva una percepción extrañada, para poder identificar nosotros, lectores, el horror dentro de nosotros.

Esto es un recorte de lo que se conversó en el Club de Lectura Vaivén de Junio 2025. Desde entonces nos reunimos de manera online el último sábado de cada mes para conversar, analizar, pensar cuentos que proponemos en base a un eje. Te invitamos a chusmear nuestro Instagram @vaiven_literario donde podés contactarnos y saber más acerca de este espacio.

Gracias por leer!

A&R ~ Vaivén


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