Donde
Mi hija, mi hijita, doce días ya pasaron. Belén. Eso dice el cartel que tengo en las manos. En los carteles que llevan otras manos veo…
Donde

Generado con IA.
Mi hija, mi hijita, doce días ya pasaron. Belén. Eso dice el cartel que tengo en las manos. En los carteles que llevan otras manos veo otros nombres, otras caras. Yo llevo una cartulina con el nombre escrito en témpera y la foto pegada con plasticola; sus útiles me ayudan a buscarla. En la imagen la veo con su sonrisa ingenua y una felicidad que yo ya no tengo. Doce días pasaron, pero muchos más desde que empezó todo.
Apenas terminaron las clases empezaron a desaparecer los nenes; los hijos, los sobrinos y los nietos de quienes estamos acá. Desaparecían uno o dos cada noche, o al menos recién ahí los padres se daban cuenta de que faltaban. Nos dábamos cuenta. Al principio ninguno de nosotros podíamos creerlo. En un pueblo como el nuestro los chicos se la pasan en la calle cuando no tienen clases. Están en la plaza, en el campito o andando en bicicleta. La mayoría vuelve a su casa a la hora de la merienda, o antes de la cena para bañarse y sacarse la mugre. De a poco nos enteramos de que algunos no volvieron, ¿cómo no íbamos a hacerlo?, es un pueblo chico. Y nos asustamos, también. No los dejamos salir, a pesar de los pataleos y gritos. Pero igualmente siguió pasando, y pasaba siempre de noche. Noches de tormenta en las que se iba la luz y llegaba un momento en que el miedo y la vigilancia nos hacía caer rendidos ahí donde estábamos. Cuando nos despertábamos a la mañana encontrábamos que las puertas estaban abiertas, los mosquiteros cortados, las camas de los chicos vacías y revueltas. Todos sentíamos, aun sin hablarlo, que la noche ya no nos pertenecía. Yo tenía miedo y por eso no dejaba a mi hija sola ni para ir al baño. Pero igual pasó. De noche. Durante un corte de luz en medio de una tormenta.
Ahora estamos protestando en la ruta de acceso al pueblo. Aunque es igual a otros piquetes, no es por lo mismo. En otros lugares, cerca de Buenos Aires, los cortes son para pedir comida, trabajo o que los dejen sacar su plata del banco. Este verano las protestas se intensificaron y también hubo saqueos, murió gente e incluso el presidente terminó renunciando. Pero acá, en nuestro pueblo, pasaron cosas más raras, como lluvias con rayos que no hacen ruido, cortes de luz abruptos, y lo peor: los chicos. Faltaron nuestros chicos. Eso es lo que le decimos a los periodistas de Buenos Aires que vinieron a hablarnos a la ruta. Les contamos que algo está pasando y que la policía no colaboró demasiado. Algunos vecinos nombraron al viejo que vive en un rancho cerca del monte, sobre todo porque de noche hace cosas raras como apuntar una luz potente al cielo. Ellos creen que fue él quien los secuestró para sacrificarlos en esos rituales que hace, pero yo no sé qué pensar porque la policía fue a la casa. Lo llevaron a la comisaría. Estuvo una semana detenido y de todas maneras otro chico desapareció de su casa. Al final lo soltaron, pero igual algunos siguen insistiendo en que fue él.
Se hace de noche en la ruta y por fin podemos bajar los carteles. Estamos todos agotados y las luces de las cámaras de televisión se apagan. Los murmullos llenan el aire y, mientras nos preparamos para volver a nuestras casas, veo a mi hermana corriendo hacia mí con la cara desencajada.
— ¡La encontramos! Está enfrente de casa — me dice agarrándome de las manos.
Sé que atrás mío vienen los demás, pero no me importa porque mis pies no tocan el piso, yo voy en el aire adónde va mi hermana. Me cuesta respirar, me tiemblan las manos. En la desesperación me digo a mí misma que si la encontraron y no está bien, prefiero morir. Pero cuando llego la veo a Belén, sucia, lastimada y con la ropa rota, pero está bien. Está viva, eso me alcanza. Le digo que sabía que iba a volver y, aunque no me responde, sus lágrimas mojan mi hombro. Los vecinos se aglomeran y las cámaras de televisión que nos venían siguiendo nos alumbran con sus reflectores y nos ametrallan a preguntas a las tres.
Entonces, en el barrio se vuelve a cortar la luz y un relámpago justo encima nuestro nos ilumina más que las luces de los equipos de noticias. A mí no me importa nada, sólo la abrazo, la alzo, me sumerjo en el mar de gente que sigue llegando y entro en la casa.
Me siento en el sillón, la subo a upa mío y, mientras le acaricio el pelo, la envuelvo con mis brazos. No quiero soltarla ni un segundo, como si así pudiera asegurarme que nunca más se me va a ir. Ella no habla, pero mientras la abrazo siento su cuerpito hundirse en mi pecho, buscando refugio. Mi hermana prende unas velas y viene al sillón. Se sienta al lado mío, me mira unos segundos, y se une a nuestro abrazo. De pronto nos interrumpe un trueno que hace temblar la casa entera. Mi hermana se levanta de golpe, va a la ventana, descorre las cortinas y mira para la calle.
— Todavía están los móviles de la televisión, pero se ve que algo pasa porque hay revuelo — dice.
Gira la cabeza para mirarme y adivino una urgencia en sus ojos. Tenemos una conexión casi telepática con Cecilia, capaz de transmitir cosas complejas a través de la mirada. Desde que nuestros padres se accidentaron en la ruta, cuando éramos adolescentes, siempre estuvimos juntas. Es mayor que yo, con dieciocho años se hizo cargo de todo lo que necesitábamos en aquel momento. Lloramos juntas y salimos adelante.
Dejo a Belén sentada en el sillón y voy hasta la ventana con Cecilia. Aunque miro para afuera para ver lo que pasa nunca dejo de controlarla; tengo la sensación de que si no lo hago va a desaparecer, como si nunca hubiera estado ahí. La oscuridad y la lluvia torrencial no nos dejan ver nada, pero cada tanto algún refucilo ilumina la calle. Entonces nos damos cuenta de que afuera está pasando algo grave. Los vecinos están a los gritos y la policía nunca apareció como hacen cuando ven que algo está fuera de control. Los de los canales siguen ahí con sus cámaras, pero según parece no están en vivo.
Le digo a Cecilia que vaya a averiguar mientras yo limpio un poco a Belén. La llevo al baño, su manito me aprieta con fuerza cuando se escucha algún trueno, pero se queda callada. La siento en el inodoro mientras lleno la bañera con agua tibia, le saco la ropita andrajosa, y cuando entra en el agua acerco una de las velas para poder limpiarla bien.
Con la claridad de la llama descubro que tiene decenas de marcas en la piel, algunas son lastimaduras que parecen hechas hace poco tiempo, otras son líneas violetas distribuidas en brazos y pecho, que parecen un gran bordado sin sentido. No sé quién o quiénes le hicieron esas marcas. Parecen tener una razón, no son al azar, sino que cuentan una historia que no llego a entender. Entonces le paso la esponja por las marcas para ver si se borran, pero nada. Respira hondo cuando le toco las heridas abiertas.
Mientras termino de limpiarla, la vela parpadea como si quisiera apagarse y la oscuridad amenaza con tragarnos. La puerta de calle se cierra de golpe y los pasos de mi hermana en el pasillo me hacen girar hacia ella. Cuando entra, sus ojos me hacen una pregunta que adivino sin que la formule. Quiere saber si encontré algo en ella, algo que confirme lo que tanto tememos. Le sonrío y niego con la cabeza. Ahora la que suspira es Cecilia, pero no de dolor sino de alivio, y me hace sentir que tal vez se terminó todo y que por fin vamos a estar bien.
Saco a Belén de la bañera y la llevamos al living envuelta en una toalla. Por primera vez en mucho tiempo siento una chispa de tranquilidad. Mientras la cambio, Cecilia me dice parada al lado de la ventana:
— Se están armando con lo que tienen a mano y juntando nafta. Van a ir a matar al viejo y a quemarle el rancho. Están seguros de que fue él el que los secuestró y ahora que la única que apareció fue Belén significa que los otros están muertos.
Yo no creo en la venganza. Quizás ver a Belén viva me volvió a poner el corazón en el lugar correcto. En cambio, quienes tenían dudas se entregan a ellas por la fuerza de la desesperanza. Sé que no es mi culpa, no soy responsable de lo que va a pasar, pero igualmente no puedo mantenerme al margen. Le pido a Cecilia que se quede cuidando a Belén y decido salir a la calle a hablar con mis vecinos antes de que sea tarde. Algo me hace detenerme mientras salgo y darme vuelta para mirarlas. Están sentadas en el sillón una al lado de la otra. Cecilia le está diciendo algo al oído a Belén y ella me sonríe o por lo menos eso me parece.
Afuera está lloviendo a cántaros y enseguida me empapo. Voy hasta donde están todos y les hablo a los gritos para sobreponerme al ruido de los truenos que no paran de sonar. Les digo que se calmen, que no hay que apresurarse y mandarse una cagada que no va a poder deshacerse. Al principio me escuchan, pero algunos son disidentes y me increpan.
— ¡Qué fácil es venir acá a hablarnos a nosotros cuando tu nena ya está a salvo! Ella está bien y nos alegramos, pero ¿y nosotros? ¿Y nuestros hijos? ¡No vengas a decirnos que hacer! — me dice la mamá de Martín, uno de los amiguitos de Belén que lleva desaparecido casi un mes.
Trato de razonar con ellos, pero ya no hay manera de hacerlo. Creen que mi planteo es mezquino porque mi hija ya apareció. Alguien se enoja y me empuja haciéndome caer. Suena un trueno fuerte que revienta los vidrios de las casas a nuestro alrededor y la gente empieza a correr pisoteándome mientras estoy en el piso. Siento que unas manos me levantan y veo a mi hermana empapada. Me quedo hipnotizada mirándola a Cecilia iluminada por un relámpago que no se apaga; observo cada arruga, cada línea de expresión, sigo cada surco que deja el agua mientras le cae por la cara. Todos los demás también miran hipnotizados, pero hacia mi casa. No a las ventanas o la puerta, sino que al cielo arriba de ella. El relámpago está ahí suspendido en el aire, apuntando directamente al techo iluminándolo todo. Arriba del rayo puedo ver que una sombra negra flota adelante de las nubes grises y violetas de la tormenta. Es opaca e inmensa, lo suficiente como para evitar que la lluvia moje mi casa, y se mantiene inmóvil en el aire sin hacer ningún ruido. En ese momento vuelve la electricidad y el rayo se extingue.
Mi boca se mueve sola y grito su nombre. Belén. Una palabra que define algo que solo puedo sentir por un ser humano en este mundo. Belén. Un nombre compuesto por cada latido en el ecógrafo, cada patada en mi panza, cada lágrima de amor profundo que derramé al verla por primera vez. Belén. Su nombre me despierta, me llama, me hace levantarme.
Vuelvo corriendo a casa mientras me obnubila la angustia. Cada paso parece ser más lento que el anterior, como si una fuerza me estuviera deteniendo. Cuando por fin entro, siento el aire denso, cargado de estática, como si la electricidad se hubiera corporizado ahí. El sillón está un poco chamuscado y de la tela sale humo. Belén no está en ningún lado, solo quedaron sus ojotas en el piso y la toalla a un costado. El techo tiene un agujero, un círculo con bordes perfectamente marcados, y no puedo evitar mirar en su interior. La sombra opaca se aleja moviéndose entre las nubes, subiendo y desapareciendo en el cielo. La lluvia vuelve a caer torrencialmente por la brecha y yo dejo que me moje y se mezcle con mis lágrimas. Se me vencen las piernas y me dejo caer de rodillas con la cara vuelta hacia arriba.
Mirando al cielo murmuro su nombre, ese que grité en la tormenta y escribí con témpera en los carteles. Belén. Te voy a esperar. Te vamos a esperar. Los vamos a esperar a todos.
메타데이터
- post_id
- 2ee08f4b86ea
- slug
- donde-2ee08f4b86ea
- url
- https://medium.com/cronicas-urbanas/donde-2ee08f4b86ea
- canonical_url
- https://medium.com/cronicas-urbanas/donde-2ee08f4b86ea
- author_url
- https://medium.com/@julianiniguez
- status
- ok
- fetched_at
- 2026-07-09 08:02:55